Aurora tenía dos hijos y una vida que nunca fue fácil. Su esposo no la trataba bien y tampoco apoyaba su sueño de confeccionar ropa. Ella siempre quiso coser, crear, trabajar con telas… pero nunca tuvo el espacio para hacerlo.
Un día él se fue. Sin muchas explicaciones. Y aunque fue doloroso, también fue el comienzo de otra etapa para ella.
Con sus hijos, Aurora empezó de nuevo como pudo. Consiguió trabajo como aseadora en una empresa de confección. No era lo que soñaba, pero era honesto y le permitía sostener a su familia.
El dueño de la empresa era Cristóbal, un empresario heredero de una gran fortuna. Tenía todo lo material, pero estaba cansado de su vida. Su mundo estaba lleno de personas superficiales, siempre buscando algo de él.
Hasta que un día notó a Aurora.
No porque llamara la atención como los demás, sino porque trabajaba en silencio, con esfuerzo, sin pretender nada. Y eso, sin saberlo, empezó a romper la rutina fría en la que él vivía.