Regresé al Gran Cañón con una sola intención: recuperar mi identidad. Hacía años que sentía que las palabras se me escapaban de las manos, que mi propio reflejo en el espejo era el de un extraño. Recordaba que, de niño, había lanzado mi nombre al abismo y el viento me lo había devuelto con una fuerza asombrosa.
—¡Julián! —grité esta vez, con los pulmones ardiendo.
Silencio.
El viento siseó entre las rocas rojizas, pero no hubo respuesta. Probé de nuevo, variando el tono, el ritmo, la desesperación.
—¡Julián! ¡Soy yo!
Nada. El vacío se tragaba mis sílabas como si fueran arena cayendo en un pozo sin fondo. Me quedé allí, de pie al borde del precipicio, esperando una señal, un rastro de mi propia existencia rebotando en las paredes de piedra.
Entonces, un susurro subió desde las profundidades. No era mi nombre. Era un sonido hueco, una vibración sin vocales ni consonantes. Comprendí, con un frío repentino en la nuca, que el eco no se había quedado callado por capricho. Simplemente, después de tanto tiempo buscándome en lugares ajenos, ya no quedaba nada en mí que la montaña pudiera reconocer.
Me di la vuelta para marcharme, pero al dar el primer paso, escuché un grito lejano que venía desde el fondo del desfiladero:
—¿Quién eres? Era mi propia voz, pero la pregunta ya no me pertenecía.