Lo recuerdo bien.
Recuerdo el día en el que todo se fue en picada y no dejó de llegar más abajo. Como caer en un enorme agujero sin fin.
Ese día, fue el punto que le puso fecha de caducidad a mi vida.
Fátima, mi novia, estaba sentada a mi lado platicando sobre una nueva serie que quería ver conmigo. Sus ojos brillaban de alegría, una gran sonrisa iluminaba su rostro.
Quedamos en mirar la serie durante la cena, ella estaba contentísima. Pero la cena no llegó…
Las cosas cambian en un instante, un segundo, una insignificancia… Esa tarde lo aprendí bien.
Fátima corrió hacia mí, gritando el apodo que siempre usaba para llamarme: “Miri”. Se oía desesperada. La abracé sin entender lo que le pasaba. Me asusté. Nunca la había visto así.
“Me duele mucho”, murmuró, retorciéndose en mis brazos.
“¿Qué te duele?”, pregunté, acariciando su espalda, tratando de calmarla.
“Me duele mucho el abdomen”, su voz era débil. Fátima sollozaba.
No dudé ni un segundo. Saqué el coche del garaje y la llevé al hospital. Mis manos temblaban mientras manejaba. Fátima no paraba de llorar. Ella fue a urgencias. Y antes de que algún médico me dijera sobre su estado, ya presentía lo peor.
“Le quedan 3 meses, se puede alargar su tiempo de vida, pero no será barato, y no será por mucho…. Lo siento”
Lo siento.
Lo siento.
Lo siento.
¿Cómo resultó así? ¿Un cáncer no detectado a tiempo? Fátima parecía bien siempre, ¿o es que yo nunca me di cuenta de nada?
¿Por qué ella? ¿Por qué...?
El estado de Fátima decayó con cada día. Hipoteque la casa, vendí lo que pude y trabajé como pude. No fue suficiente, y 8 meses después, Fátima partió.
8 meses de luchar, de aguantar el dolor, ella no pudo más. Y eventualmente después de perderla también perdí todo lo material. Fue cuestión de tiempo para terminar en la calle.
Recibí todo tipo de trato, la gente me miraba con indiferencia, incluso aquella que me conocía. ¿Pero qué importaba? Solo me importaba ella. ¿Qué más daba si se la pasaban hablando de mí, si tenía que soportar el no comer o el frío?
Esa noche, tuve un sueño hermoso.
“Miri”, gritó Fátima. Su cabello ondeaba hermosamente mientras corría. Ella me abrazó. Y sentí como si después de mucho pudiera vivir de nuevo, como si por fin pudiera respirar.
“Te extrañé tanto…”, murmuré mientras lloraba.
“Vamos a casa”, dijo caminando. Nuestras manos se entrelazaron.
Jamás volvería a apartarme de ella.
Ya todo estaba bien.
Juntas para siempre.
—¿Supiste lo que le pasó a esta loca, la que andaba en la calle?
—No, no supe.
—Se aventó del puente en la madrugada, había muchas patrullas.
—¡Dios mío!… La conocí antes de que fuera a dar a la calle. Nunca me dio buena espina. Seguro se mató porque ya no soportó el peso de su pecado.
Sí. Porque amar es un pecado, ¿verdad?