Elena no retrocedió esta vez.
Aunque sabía que debía.
Adrián estaba frente a ella, tan cerca que podía sentir su respiración, tan cerca que pensar dejó de ser una opción.
—Aún puedes irte —murmuró él, con la voz baja… casi peligrosa.
Pero no se apartó.
Ni un paso.
Elena lo miró fijamente, el corazón descontrolado, la razón gritándole que se detuviera.
—Si quisiera irme… ya lo habría hecho.
El silencio que siguió fue pesado.
Denso.
Como si algo invisible acabara de romperse entre los dos.
Adrián inclinó ligeramente el rostro, sin tocarla, sin cruzar ese límite… pero dejándolo claro.
—Entonces no digas que no te advertí.
Elena tragó saliva.
Sabía que aquello no era correcto.
Sabía que no debía confiar en él.
Pero también sabía algo peor:
no quería hacerlo.
Y cuando sus miradas se encontraron otra vez…
ya no quedaba duda.
No era curiosidad.
No era error.
Era elección.
Y esta vez…
ninguno de los dos pensaba detenerse.