Desde la muerte de su esposa, Gojo se ha volcado en la crianza de su hijo. Yuuji es un niño ejemplar; nunca lloró de bebé y criarlo fue bastante fácil.
Él también es muy obediente.
Esto está mal. Es completamente inaceptable. Yuuji solo tiene once años y últimamente sale corriendo de la escuela para encerrarse en el baño. No tardó mucho en darse cuenta de lo que estaba pasando.
Una vez, entró en la habitación de su hijo para preguntarle algo y pudo oír ruidos húmedos y una vibración inconfundible. Ni siquiera sabe de dónde sacó el niño un vibrador, pero claro, Yuuji nunca le pregunta cuando compra algo por internet. Simplemente pulsa el botón de compra porque sabe que el dinero no es un problema para su padre.
Es realmente obsceno, y no solo eso, sino que hace que Gojo se cuestione todo lo que creía saber de su hijo. Si ya se está dando placer a sí mismo, ¿qué más estará haciendo? ¿A quién le está dando todas sus primeras experiencias? ¿Por qué Yuuji no le ha contado nada al respecto?
Gojo lo odia. Y en lo más profundo de su ser, aviva una lujuria que ha enterrado hace mucho tiempo por su hijo.
Se queda allí, con la mano suspendida sobre la puerta del baño, escuchando los sonidos húmedos y desesperados de su hijo masturbándose. Yuuji suena tan bonito, tan tierno gimiendo y quejándose. Gojo imagina un vibrador pequeño, colocado justo sobre su clítoris, al mismo tiempo que Yuuji mueve sus dedos dentro y fuera de su ano. Y en su fantasía, Yuuji gritaría: "¡ Papi, por favor!".
Se toca a través de sus vaqueros. Los gemidos desesperados de Yuuji son como una droga que sumerge a Gojo aún más en su fantasía. Imagina el juguete, la pequeña bala, vibrando contra el clítoris de Yuuji, haciendo que arquee la espalda, separándose del frío suelo. Visualiza el rostro de Yuuji, contorsionado por el placer, con los ojos en blanco mientras alcanza el clímax. Es casi demasiado.
Se pregunta si Yuuji ve pornografía o si usa su imaginación. ¿En quién piensa cuando tiene un orgasmo?
—Papá —escucha a Yuuji gritar en su cabeza, la palabra alargada con necesidad. Gojo se aferra al marco de la puerta con la mano libre, su pene palpita contra la palma.
Desea abrir la puerta. Quiere entrar y someter a Yuuji con sus propias manos. Darle el pene que tanto necesita. Pero no lo hace. En cambio, se queda paralizado en la habitación de su hijo. Escuchando los sonidos húmedos de su coño.
La respiración de Yuuji se entrecorta desde dentro del baño, y Gojo ya sabe lo que va a pasar. El orgasmo de Yuuji suele ser silencioso, solo puro placer recorriendo su cuerpo. Pero esta vez…
Gojo oye un chorro de líquido y su hijo grita. Se ha salpicado.
Gojo se corre en sus pantalones justoahí, sus caderas se arquean involuntariamente contra el aire. La sensación de su propio orgasmo es explosiva, caliente y pegajosa. Gime, su cabeza cae hacia atrás contra el marco de la puerta, su visión se nubla.
Sabe que debería irse. Sabe que Yuuji saldrá del baño en cualquier momento y lo recibirá en su oficina, como de costumbre. Sonrojado y visiblemente satisfecho.
Entonces, mientras se prepara para huir, el sonido de la vibración vuelve a sonar en cuanto su hijo recupera el aliento. Lo escucha, hipnotizado y horrorizado a la vez, al ver que su hijo lo hace de nuevo tan pronto.
Yuuji sabe lo mal que está, sabe que no debería hacer esto mientras su padre está en casa. Pero al mismo tiempo… ¿Cómo puede estar mal si se siente tan bien?
Una vez en casa, sigue su rutina habitual. Abre la puerta y su padre, como siempre, lo espera. Yuuji se acerca, se inclina y le da un suave y casto beso en la mejilla. Es un ritual para ambos. Al separarse, no puede evitar que su mirada se detenga en los labios de su padre. La culpa lo atormenta, punzante y dolorosa.
¿Qué estoy haciendo?, piensa. Es mi padre.
Cuando por fin está a salvo en su habitación, no se molesta en quitarse el uniforme. En vez de eso, va directo al cajón de su cómoda y saca los juguetes que compró en las últimas semanas. Allí están, alineados como soldaditos; la idea le hace reír. De diferentes formas y tamaños, todos esperando a ser usados. Coge el más nuevo, un dildo grueso de silicona con punta curva y vibración. Siente su peso en la mano; mide unos quince centímetros y se siente pesado.
Se pregunta si el pene de su padre debe sentirse así. Lo lleva al baño, asegurándose de cerrar la puerta con llave. Se sienta en el suelo de baldosas frías; el frío le provoca escalofríos. Desbloquea el teléfono y activa el modo incógnito de inmediato.
El pulgar de Yuuji se cierne sobre el teclado, y sus dedos tiemblan ligeramente sin importar cuántas veces lo haga.
Las conocidas aberturas negras y naranjas.
'padre e hijo'
La pantalla se inunda de miniaturas, escenas íntimas, desordenadas y sudorosas que siempre le revuelven el estómago y le hacen contraer el ano. Desplaza la pantalla más allá de las genéricas, buscando algo que se sienta más real.
Se topa con un vídeo amateur; el actor parece joven y se está masturbando en su habitación. Entra un hombre mayor, de pelo canoso, y la sorpresa y la vergüenza en el rostro del joven parecen reales. Le hace pensar en su padre, y casi puede verse reflejado en él. Lo observa con los ojos muy abiertos.
El mayor le susurra cosas sucias al oído a su hijo y lo agarra bruscamente. Se muerde el labio, saboreando el cobre de su propia sangre. ¿Le susurraría su padre esas cosas? ¿Lo follaría con fuerza? ¿Sería gentil en su primera vez?
Mira el video, respirando con jadeos cortos y superficiales. La idea de la voz de su padre le provoca escalofríos. Deja escapar gemidos suaves y lastimeros mientras comienza a tocarse. Una mano en su clítoris, la otra en sus pequeños pechos.
Tras estimularse lo suficiente, agarra su consolador; no se molesta en usar los dedos, sino que simplemente empieza a follarse contra el suelo. Pronto llega el alivio y, antes de darse cuenta, su cuerpo se tensa con el orgasmo. El sonido del líquido al chocar contra las baldosas le provoca escalofríos.
Es la primera vez que le pasa. Normalmente se corre en silencio, su cuerpo se tensa y ve estrellas mientras se folla a sí mismo. Pero no creía que fuera capaz de eyacular.
Se da cuenta de que no es suficiente, necesita volver a sentirse satisfecho.
Gojo vuelve a escuchar, mientras su mente completa los vacíos.
'Papá...', piensa.
'¡Papá!'
'¡Papá!'
“¡Joder, oh, papi!”
Gojo se queda paralizado. Y al otro lado, el movimiento se detiene. Entonces Yuuji vuelve a empezar, pensando que su padre no lo ha oído.
El cuerpo de Gojo se mueve por sí solo. No llama a la puerta. No espera. La abre de golpe con tal fuerza que la estrella contra la pared.
La escena que ve le corta la respiración. Yuuji está en el suelo, con las piernas abiertas, el consolador profundamente dentro de él, brillante por los fluidos. El olor a sexo, sudor y excitación… y algo tan característico de Yuuji emana del ambiente, denso y asfixiante.
Gojo observa cómo el chico tiembla, los músculos de su estómago se contraen y sus muslos tiemblan de placer. «Creo que has hecho un desastre, cariño». La voz de Gojo es áspera y hace que Yuuji se estremezca. Sus ojos azules buscan en el rostro de Yuuji cualquier señal de vergüenza o miedo. Pero lo único que ve es una necesidad desesperada.
Se inclina, su mano se posa en la nuca de Yuuji, sus dedos se enredan en su cabello rosa. No le permite apartar la mirada. «Estás tan mojado», murmura Gojo, su voz bajando a un tono áspero que parece vibrar contra el oído de Yuuji.
Baja la mano y sus dedos se cierran alrededor de la base del juguete que aún está dentro de su hijo. No lo saca de inmediato, sino que lo introduce más profundamente, observando cómo la espalda de Yuuji se arquea, separándose del suelo con un suave gemido entrecortado. «Pero no creo que esto sea suficiente, ¿verdad? Sigues tan apretado, cariño».
Con un movimiento lento y deliberado, Gojo retira el juguete, y Yuuji gime por el vacío. Lo levanta, gotea con el lubricante de Yuuji, y se lo lleva a la boca, lamiendo la punta hasta dejarla limpia. El sabor le marea.
—Qué desastre —dice, deslizando el pulgar sobre el labio inferior de Yuuji. Este abre la boca instintivamente, dejando que Gojo la explore con los dedos—. Y lo hiciste tú solita. Pero sabes lo que realmente necesitas, ¿verdad? Necesitas algo más grande, princesa.
Gojo retira sus dedos húmedos de la boca de Yuuji, quien intenta saborearlo con la lengua, con los ojos muy abiertos y llorosos. «Glotón», susurra Gojo, observando cómo la baba se mezcla con el sudor en la barbilla de Yuuji.
No le da tiempo a recuperarse antes de bajar la mano directamente al clítoris hinchado y hipersensible de Yuuji. Lo frota con brusquedad, clavando los dedos en la suave piel de su hijo, sabiendo que aún está sensible por su orgasmo anterior. «Tú querías esto», se burla Gojo, apretando el botón hinchado entre los dedos y retorciéndolo. «Eres una puta, Yuuji». Gojo ignora los gemidos de Yuuji y sus desesperados intentos por apartarse de sus tocamientos bruscos. «Acéptalo, Yuu. Muéstrale a papi lo puta que eres en realidad».
Yuuji grita, arqueando la espalda con tanta fuerza que parece doloroso. Intenta cubrirse, cerrar las piernas, pero Gojo le sujeta las muñecas contra el suelo. La sobreestimulación lo golpea al instante; la fricción es excesiva, demasiado rápida. Las caderas de Yuuji se sacuden erráticamente contra la mano de Gojo, su mente se quiebra bajo el ataque.
“¡Papá! Papá, yo… voy a… oh, demasiado, por favor…” Yuuji balbucea, con lágrimas corriendo por su rostro.
Gojo no se detiene. Acelera, su palma golpea contra su coño con un sonido húmedo. Observa cómo el cuerpo del chico se tensa, sus músculos se contraen. Con un grito gutural, Yuuji se rompe de nuevo. Un chorro caliente y abundante de fluido brota entre sus piernas, empapando la mano de Gojo.
Gojo se queda de pie, con la tela mojada de sus pantalones pegada al cuerpo, pero la ignora. Se los quita descuidadamente, dejándolos caer al suelo, dejando su pene expuesto y palpitante. Es enorme, un marcado contraste con el juguete que Yuuji acababa de usar, y sabe que el chico lo va a sentir.
Agarra a Yuuji por los tobillos, separándole las piernas; los muslos del chico tiemblan bajo su agarre. Yuuji es diminuto comparado con el tamaño de su padre. Levanta las caderas de Yuuji, colocándolo de manera que lo mire directamente a la cara.
"Eres tan abierta", murmura Gojo, con una sonrisa burlona en los labios. "Toma la polla de papá".
Toma su propia erección, lubricándola generosamente con el desastre que Yuuji acaba de hacer, su propia liberación cubriendo la gruesa cabeza del pene de Gojo. Se alinea, la punta rozando la entrada ancha e hinchada, ya brillante y lista. Con un gruñido de esfuerzo, Gojo empuja hacia adelante. La resistencia es momentánea, el cuerpo de su hijo cede a la invasión. Se desliza profundamente, el calor de las paredes internas de Yuuji se cierran inmediatamente a su alrededor.
Yuuji grita, arqueando la espalda y separándose del suelo, con los ojos en blanco mientras se estira más allá de todo lo que había sentido antes.
—Dios, qué apretado estás —gruñe Gojo, comenzando a moverse. Se retira hasta que solo queda la cabeza dentro, y luego vuelve a penetrar con fuerza y sin piedad. El sonido de la piel chocando contra la carne resuena en las baldosas.
Lo folla con desenfreno, sin importarle la comodidad de Yuuji, solo su propio placer y la sensación de estar profundamente dentro de su hijo. Las uñas de Yuuji se clavan en los antebrazos de Gojo, dejando arañazos mientras este rebota sobre el pene de su padre, perdido en una bruma de sensaciones.
—Tómalo —escupió Gojo, agarrando a Yuuji por las caderas para empujarlo con más fuerza hacia abajo—. Tú querías esto. Dime que querías esto.
“¡Sí! Sí, papi, quería esto.” Gime. “¡He deseado tu polla dentro de mí durante tanto tiempo!”
El baño se llena con los sonidos de sus gruñidos ásperos y guturales, y el húmedo y obsceno golpeteo de la carne contra la carne. Gojo impone un ritmo implacable, sus caderas se mueven con tal fuerza que todo el cuerpo de Yuuji se estremece con cada embestida.
Es un desastre, los fluidos de la eyaculación anterior de Yuuji actúan como lubricante, intensificando el sonido. —Mírate —gruñe Gojo, inclinándose para morder el cuello de Yuuji, dejando marcas rojas que seguramente le dejarán moretones—. Te estás tragando la polla de papá de maravilla. Naciste para esto. Deberíamos haberlo hecho antes.
Yuuji está hecho un desastre debajo de él, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta mientras jadea en busca de aire. Sus uñas se clavan profundamente en los hombros de Gojo, dejando rastros de arañazos rojos que solo lo incitan. Cada vez que Gojo llega al fondo, golpeando su punto débil, la espalda de Yuuji se arquea separándose del suelo, los dedos de los pies se curvan con tanta fuerza que sus piernas tiemblan violentamente.
El calor del cuerpo de Yuuji es abrumador, la estrechez de sus paredes internas se cierra con avidez alrededor del pene de Gojo. Es lo mejor que Gojo ha sentido jamás, mejor que cualquier mujer, mejor que cualquier cosa que haya experimentado.
Le encanta su habilidad para destrozar a su hijo de esta manera, para hacerlo sollozar, gritar y eyacular una y otra vez. "Te voy a llenar", promete Gojo, imaginando a Yuuji, tan joven y embarazado de sus hermanos. Agarra a Yuuji por la cintura, girándolo sin esfuerzo hasta que queda de rodillas, con la cara pegada al azulejo.
Desde este ángulo, puede ver el ano de Yuuji dilatado y la curvatura de su columna. "Toma el semen de papá, Yuuji. Tómalo todo."
La sensación de plenitud es suficiente para que Yuuji vuelva a perder el control, su pequeño cuerpo se contrae contra el suelo. Chorros calientes y espesos de semen se derraman dentro de Yuuji, llenándolo por completo, y Yuuji se sumerge en un abismo de placer. Sus paredes internas se cierran sobre el pene de Gojo, extrayendo las últimas gotas mientras continúa convulsionando en el suelo.
Permanecen abrazados durante un largo y pesado instante, sus respiraciones mezclándose. Gojo cambia de posición, ahora Yuuji descansa sobre su pecho. Las manos de Gojo bajan, sintiendo por dónde sale su semilla de su pequeño.
Es un desastre. Está mal. Y es perfecto. Finalmente, Gojo exhala y le da un beso en el cabello húmedo a Yuuji. —Mío —susurra—. No más juguetes, cariño.