Daniel era un chico uno de los guapos en la universidad. Era el típico «red flag»; aquel que enamoraba tirando de los cabellos, jugando a ver quién tiene más fuerza, el que hacía calzón chino si eras la que le gustaba. Sí, suena algo loco, pero así era él. Y lo más raro era que, aun teniendo todas esas cualidades escritas en color rojo, prácticamente a diario iba al gimnasio para hacer ejercicio y mostrar sus músculos en el salón de clases. Me parecía insoportable hasta cierto punto, pero a la vez agradable. Y eso era lo que me desagradaba: ¿cómo era posible que una persona así me llamara la atención y me gustara?
A veces tomaba mi mano y, entre bromas, entrelazábamos los dedos como si fuéramos pareja; caminábamos juntos tomados de la mano, pero bien sabía yo que solo era un juego y no cumplía con sus estándares. Siempre sería aquella amiga a la que le pediría consejos para disimular las inseguridades de sus novias. Era todo un gigoló: había sido novio de un poco menos de la mitad del salón, que en su mayoría eran chicas muy guapas. Sí. En cambio, yo era la persona que menos se daba mala vida por arreglarse. Las veces que me había arreglado el cabello eran contadas con cuatro dedos de la mano, y sobraba uno de más. Al tenerlo tan largo, era tan incómodo y cansino cepillarlo todos los días, por lo que optaba por recogerlo en una coleta y listo. Esto a él le causaba cierta gracia. Unas dos o tres veces llegué a escuchar de su boca que, hasta cierto punto, era guapa. Pero siempre no basta con parecer un poco guapa; siempre se necesita ejercicio, creación, tiempo, dinero. Y lo último me hacía falta; lo primero lo hacía todos los días para bajar de peso. Y vamos por el tercer año de la universidad y mi peso era de 57.5, cosa que no era igual en los primeros años, en los que llegué a pesar casi 100 kilos. Esto último era mi mayor inseguridad: el no poder ponerme ropas que me gustaban y tener que usar prendas holgadas para disimular mi alto peso.
Nunca he dado a conocer mi gusto por él, ya que había alguien más importante: mi amiga tenía una fascinación por Daniel que jamás llegué a comprender, y para mí ella era más importante que él. Pero él jamás se fijó en ella, ni antes ni ahora. Su gusto siempre iba por chicas que parecían más modelos que estudiantes normales. Eran chicas que, al cien por ciento, cada día mínimo se levantaban a las 4 de la mañana para arreglarse detenidamente, viéndose al espejo a cada momento. Chicas que tenían suficiente dinero a diario para poder salir, divertirse, comer en restaurantes caros, probar los helados más exquisitos e ir de viajes cada vacaciones, cosa que nosotras no teníamos. Mi amiga es linda, ella es hermosa, una persona tan pura, siempre velando por los demás. Por eso decidí hacer como si no me importara él.
—Todavía no entiendo qué le ves a ese, si se le nota que solamente es una persona que ve el exterior —le dije a Cristina mientras ella lo veía desde lejos con cara de embobada.
—Te juro que yo tampoco sé lo que le veo. A veces me parece la persona más guapa del mundo, como hoy; otras veces, cuando estoy demasiado deprimida, me parece un completo duende horrible, feo, con demasiado músculo. A veces llega a darme cierto repelús solo pensar en él —menciona mientras sigue comiendo su pan dulce y tomando una soda fría.
—Deja de lado tus sentimientos; solamente te harás daño. Si es así, la única manera de que te preste atención será con dobles intenciones, y lo sabes. Recuerda lo que le hizo a Lizbeth.
—Lo recuerdo muy bien, créeme que jamás lo olvido. Es algo que cada día que lo recuerdo me da tanta rabia, pero no podemos hacer nada. Prácticamente él, delante de los chicos, es todo un caso nuevo, un ejemplo a seguir... Alguna vez llegué a tener envidia por ella; luego de lo sucedido, le tengo pena y me arrepiento de haberle tenido envidia.
Lizbeth era una chica de la facultad de Derecho con la cual Daniel había salido por un mes. Ella fue la que más duró en una relación con él, pero él le fue infiel y publicaba estados con otra en las redes sociales; pero ella creía que eran para ella. Hasta que un día discutieron y ella, en medio de su inconformidad, tuvo la oportunidad de revisar el teléfono de él y consiguió fotos y videos de ambos felices juntos, como si ella no existiera. Lizbeth, cuando todos los días subía estados e historias a las redes presumiéndolo a él, toda la universidad se enteró de esto. O más bien, toda la universidad lo sabía, sobre todo toda la facultad de Derecho, y ninguno tuvo la decencia de decírselo. Y la persona con la cual estaba poniéndole los cuernos no era nada más y nada menos que su hermana menor.
—Debe ser la cosa más asquerosa, ¿verdad? El conseguir un video de ese tipo en donde están tu pareja y tu hermana juntos... ¿En qué estaba pensando en ese momento?
—Quizás estuvo pensando que, como todos lo ven como un ejemplo, así nadie lo criticaría. Bueno, así fue, nadie lo criticó; más bien alzó su estatus. Y eso da mucha rabia. Ella fue quien más... Yo, por eso es que no quiero que tú tampoco sufras. Nadie debería sufrir por un estúpido como él.
Lizbeth había caído en depresión luego de esta traición. Estuvo muy grave, ya que se había tomado un frasco completo de pastillas y había entrado en shock. Gracias a los paramédicos que llegaron a tiempo en una ambulancia y la llevaron al hospital, pudo salvarse. Y él, aún al enterarse de la noticia, no sintió un poco de remordimiento. Y esto no lo digo porque me lo dijeron, sino porque lo confronté y me dijo que ella debió haberse dado cuenta antes y que ella sabía con quién se había metido, ¿por qué se sorprendió tanto?
Al escuchar estas palabras, me sentí tan airada que le solté un bofetón en ese momento. Después de esto, le fui a decir a Cristina lo que había pasado, que ya lo tenía hasta cierto punto idealizado, aun sabiendo todo lo que él decía y que no duraba más de dos semanas o una semana con una «novia». Y aunque a mí también me gustaba, una parte de mí se mantenía distante por tener tan poco apego hacia los demás.
Al cabo de unos meses, estuve haciendo trabajos en grupo con él. Nos habían asignado juntos en un proyecto universitario y, como él tenía en su casa impresoras y todo aquello electrónico que necesitaba, cosa que en la mía no había, acepté y no puse ningún tipo de contratiempos al emparejamiento.
Por la tarde, a eso de las 2 p. m., aparecí en su casa. Él me estaba esperando; su cara era de una persona que acababa de levantarse.
—Pasa, sube las escaleras, cruza a la izquierda, la primera habitación es la mía. Allí haremos el trabajo —me dijo mientras se daba la vuelta. Estaba sin camiseta y con un pantalón largo azul oscuro, llevaba los pies descalzos y el cabello mojado.
Le respondí un «Okay, está bien» e hice lo que él me dijo. Abrí la puerta de la habitación al llegar frente a esta, y el frío golpeó mi cuerpo. La habitación era demasiado helada para mi gusto; mi cuarto era más parecido a un sauna que al Polo Norte.
Minutos después, él llegó con una jarra de agua y un vaso. Iba dejando todo sobre el escritorio que está en su cuarto, y al lado de este había una pequeña repisa y muchos libros. Entre esto había cómics, mangas y una figura coleccionable.
—Comenzamos. Toma esto, yo me haré cargo de lo demás. Adelántate, ¿verdad lo que te dije que hicieras anteriormente en tu casa? Solamente tendremos que imprimir y sacarle copias para poder repartirlos —me dijo respecto a unos flyers que se le entregarían a los invitados de la presentación, ya que habría personas que venían de otras ciudades para nuestra presentación en la universidad.
—Por supuesto, hice todo lo que tenía que hacer.
—Perfecto, así terminamos hoy mismo —menciona desde su cama, donde se acostó con la computadora portátil y sus gafas para evitar el cansancio.
Yo, por mi parte, hice caso omiso de él mientras tarareaba una canción. Había llevado mis auriculares para poder concentrarme y no perder el momento. ¿Cómo se le ocurría estar sin camisa mientras la chica estaba en su casa? No tenía vergüenza alguna, pero ¿qué se podía esperar de una persona como él?
Dado que terminé temprano lo que tenía que hacer y ya había sacado las copias e impreso los documentos, un cansancio llegó a mis ojos. Mis párpados, por sí solos, no daban más tras tanto rato tecleando en la computadora.
Si cierro los ojos por un momento, no creo que me quede dormida, ¿verdad? Pensé en un instante. Tampoco él se dará cuenta, me dije a mí misma.
Y así lo hice: cerré los ojos. Pero al parecer me quedé dormida, porque cuando los volví a abrir ya no estaba sentada en la silla frente al ordenador. Ahora me encontraba acostada en la cama de Daniel. Él se hallaba besando mi pecho. Al sentir su lengua contra mi pezón derecho, mi cuerpo se encrespó y lo empujé de inmediato, tirándolo de la cama.
—¿Qué se supone que haces? ¿Estás loco? Esto es abuso —grité colérica.
—¿Me vas a decir que no te gustó? Por favor, sé que te gusta. A todas les gusta. Además, lo hiciste a propósito, ¿verdad? —dijo levantándose y sentándose nuevamente sobre la cama.
—¿De qué hablas, imbécil?
—El quedarte dormida... Esa estrategia es nueva, no me la sabía.
Sus palabras solo hicieron que me hirviera más la sangre.
Me le acerqué y le propiné un golpe en las bolas que seguro jamás olvidaría, dejándolo allí retorciéndose del dolor, y salí hecha una furia de su casa.
¡Imbécil!
Luego de esto, solo presentamos el proyecto días después y no volvimos a hablarnos.