Nunca pensé que me iba a enamorar de él.
Y no lo digo en plan dramático. Lo digo porque cuando éramos pequeños, ese niño era literalmente mi enemigo número uno.
En primaria no había un solo día en que no discutiéramos.
—¡Eres un demonio con cuernitos! —me gritaba en el patio.
—¡Y tú un pedazo de caca! —le respondía yo sin problema.
Nos quitábamos los lápices. Nos empujábamos en la fila. Competíamos hasta por quién respiraba mejor. Era insoportable. Y yo tampoco ayudaba mucho.
Luego un día dejó de ir a clases.
Así, sin más.
Pensé: “Bueno, por fin paz mundial.”
Y la vida siguió.
Hasta que años después, en plena secundaria, la puerta del salón se abrió… y ahí estaba él.
Más alto. Y con esa sonrisa molesta lo pueden creer en tro cómo si fuera un modelo sacado de una revista las chicas no dejaba de miralo. En mi opinión seguía teniendo esa expresión de un idiota.bueno
Lo vi pasar frente a mi pupitre y pensé:
“Perfecto. Justo lo que me faltaba.”
Pero cuando habló…
—Oh… mira quién está aquí… la demonio con cuernitos.
Respiré profundo.
Se inclinó un poco hacia mí, mirando mi cabeza exageradamente.
—Pero… ¿dónde está tu cuerno? No lo veo.
Lo miré de arriba abajo.
—Mira nada más… la caca salió de la basura. Nunca pensé que tendría patas.
Algunos del salón soltaron una risa.
Él hizo una especie de reverencia ridícula.
—Uy, tú nunca cambias.
Se acomodó el cabello y pateó el piso como si estuviera actuando en una obra.
—Sigues igual de gruñona.
Me di la vuelta para ignorarlo, pero Lilia y Daniela ya estaban encima mío.
—¿Tú conoces a ese chico? —preguntó Daniela.
—¿Ese? —me encogí de hombros—. No lo conozco. Solo es un idiota.