Me encontraba ordenando la oficina de mi despreciable "jefecito". Él se había marchado a una reunión externa de suma importancia, por lo que, según su agenda, no regresaría hasta la mañana siguiente. Aquella era la oportunidad perfecta para trabajar con un poco de paz. Entonces, se me ocurrió la idea de poner algo de música mientras archivaba y organizaba los contratos que habíamos cerrado durante la semana. No crean que eran pocos; esta empresa es una transnacional de renombre y los contratos parecen llover sobre el escritorio de mármol de la presidencia de forma constante.
De pronto, los altavoces de mi teléfono soltaron una melodía hipnótica. Era esa canción que provoca en mí un instinto animal, que hace que me mueva como una auténtica stripper en un escenario imaginario. Su ritmo era denso, sexy, casi pecaminoso. Olvidé por un segundo que estaba en el piso más alto de un rascacielos corporativo y me dispuse a mover mi cuerpo al ritmo de la música. Cerré los ojos, dejándome llevar por el vaivén de mis propias caderas, cuando de repente, un carraspeo seco y autoritario cortó el aire detrás de mí.
—¡Señorita Parker! No pensé que tuviera esas habilidades ocultas —dijo el Sr. Brajkovich con una voz que vibró en mi columna vertebral.
Salté del susto, sintiendo que el corazón se me escapaba por la boca. Al instante, su aroma me invadió; era una fragancia tentadora, ese olor a hombre maduro y exitoso que siempre me había costado ignorar. Siempre me ha gustado su perfume, pero él, como jefe, era otra historia. Lo conozco desde hace cinco años y sé perfectamente lo mujeriego que es. He visto pasar a tantas mujeres por esa puerta que terminé por construir una muralla de desprecio para protegerme de su innegable atractivo.
—Es obvio que no conoce esta parte de mi vida, porque jamás he querido que la vea —respondí de forma cortante, tratando de recuperar la dignidad mientras apagaba la música con dedos temblorosos—. ¿Acaso piensa que a cualquier troglodita le bailo para llamar su atención? —sentencié, clavando mi mirada en la suya.
—Es que, de haber sabido que además de ser sexy y vestir impecable, tenía ese ritmo... la habría obligado a diario a deleitarme con su sugerente bailecito —respondió Aaron, acortando la distancia entre nosotros.
No supe en qué momento comenzó a acorralarme contra la pared. Su aliento a menta fuerte golpeaba mi rostro, su voz gruesa y su presencia imponente iban rompiendo cada una de mis barreras. Jamás me permití fijarme en él de esa manera, pero en ese instante, el calor de la oficina parecía haber subido veinte grados. ¿Será que mi ciclo hormonal y la falta de un hombre me hacían verlo con un deseo tan primitivo?
Afortunadamente, el estridente sonido de su teléfono nos sacó de aquella burbuja de alta temperatura. La oficina se sentía como si estuviéramos en pleno verano, a pesar de encontrarnos en el corazón del invierno.
—Cof, cof —tosió él para aclarar su voz, que se había vuelto seca y áspera. Pero lo que no pudo disimular, por mucho que lo intentara, fue su entrepierna, que resaltaba de forma evidente bajo el impecable corte de su traje a medida.
—Esto no creo que se quede así por mucho tiempo, Lorena —sentenció, mientras se acomodaba el pantalón con una mano y atendía la llamada con la otra.
Yo estaba roja como un tomate, sintiendo un calor incómodo y delatador entre mis piernas. "Realmente estoy muy necesitada", me dije a mí misma en un susurro. Debía reconocer que pasar un año entero sin intimidad con un hombre de carne y hueso estaba pasándome factura. Aunque intentaba cubrir mis necesidades básicas, mi fiel amigo de silicona vibrante ya no era suficiente para apagar este incendio.
—Creo que esto no se repetirá, jefe —alcancé a decir con la voz trémula.
Él me lanzó una mirada lujuriosa que recorrió cada centímetro de mi cuerpo antes de responder:
—Eso está por verse. Nadie me deja en este estado y se sale con la suya. Solo lo estoy posponiendo porque debo cerrar el trato con los nuevos socios.
Se dirigió al escritorio, tomó una carpeta de cuero que había olvidado y se marchó sin mirar atrás, dejándome con las piernas temblando. De inmediato, tomé mi celular y llamé a Cintia, mi mejor amiga, mi hermana de otra madre. Le conté cada detalle, casi sin respirar.
—¡¿Qué?! ¿Por qué no le seguiste el juego a ese monumento de masculinidad? —gritó Cintia desde el otro lado de la línea—. Sabes que llevamos siglos en sequía y, además, ¡hace unos años estabas loca por él!
—Es cierto que en algún momento aluciné con que me viera —admití con un suspiro de resignación—, pero eso quedó en el pasado. He escuchado cada "reunión importante" que tiene en esa oficina con las herederas más ricas de la ciudad. No quiero ser solo una muesca más en su cama, Cintia. No quiero ser la siguiente de la lista.
Mi día terminó en una nebulosa de confusión. No volví a saber de mi "jefecito" en las horas siguientes, pero aquel encuentro cercano había revivido brasas que yo creía apagadas.
Pasaron tres días antes de que volviéramos a cruzar palabras. Estaba nerviosa; si él cumplía con su promesa, yo sabía que estaba condenada a sucumbir ante el magnetismo de Aaron Brajkovich. La mañana del lunes llegó y, como siempre, me dispuse a cumplir con mi rutina: dejar sobre su escritorio las nuevas propuestas de proyectos, los contratos revisados y su café expreso, cargado y sin azúcar. Pero, para mi sorpresa, él ya estaba sentado tras su escritorio, observando la puerta con intensidad.
—Buenos días, señorita Parker. La estaba esperando con ansias —dijo con esa voz ronca que parecía acariciarme la piel. Sus pupilas estaban dilatadas, devorándome.
—Bue... buenos días, Sr. Brajkovich —contesté, sintiendo cómo la humedad regresaba a traicionarme. Definitivamente, estaba cayendo de nuevo.
—Estuve recordando cierto baile durante todo el fin de semana. No pude sacarlo de mi mente a pesar de intentar... ayudarme constantemente —confesó, con una naturalidad pasmosa, como si hablara del clima.
Yo no iba a quedarme atrás. Aunque yo también había recurrido a mi compañero de silicona recordando lo sucedido, no pensaba confirmárselo.
—Debió acercarse a sus "amigas", tal vez ellas podrían haberlo ayudado mejor que un recuerdo —respondí con una pizca de veneno.
Me di la vuelta para salir de allí como alma que lleva el diablo, pero su agilidad me superó. No supe cómo lo hizo, pero en un parpadeo me tenía acorralada entre la pesada puerta de madera y su cuerpo sólido. Sentía su respiración en mi nuca y algo duro y demandante presionando mi espalda baja. Mi corazón latía tan fuerte que juraría que podía escucharse en todo el piso.
—Realmente me tienes mal, Lorena. ¿No te bastan cinco años de verte menear el cuerpo frente a mí sin siquiera mirarme? ¿De dejar los informes sobre mi mesa luciendo esos escotes que me hacían alucinar cada noche? —me susurró al oído, su aliento rozando mi lóbulo.
Me quedé helada. ¿Había escuchado bien? ¿Él también me deseaba desde hace tiempo?
—Yo... yo no creo eso, Sr. Brajkovich —susurré, apenas con voz.
—Lorena, esto que siento no es algo pasajero. Llevo cinco años esperando el momento adecuado para tenerte —contestó con una urgencia que me desarmó.
—Es algo que me rehúso a creer, no puedo volver a amarl... —Me detuve en seco antes de completar la frase fatídica.
Él me giró con firmeza y, sin esperar a que recuperara el equilibrio, me pegó a su cuerpo y me besó con un desenfreno que me dejó sin aliento. Fue un beso que expresaba años de deseo contenido, de frustración y de pasión acumulada. Sus manos deslizaron por mi cintura, bajando con posesión hasta llegar a mis glúteos. Justo hoy había elegido un conjunto de falda estrecha, lo cual facilitó enormemente su camino.
Me guio hacia una puerta lateral de la oficina que yo nunca había cruzado. Era su suite privada; tenía una cama amplia, luz tenue y el embriagador aroma de su colonia. Me depositó suavemente sobre las sábanas de seda.
—Te he deseado por demasiado tiempo. Ahora debes asumir las consecuencias de haberme provocado —dijo con voz de mando.
Quedé en shock, pero la excitación anulaba cualquier rastro de duda. Un gemido involuntario escapó de mis labios cuando comenzó a besar mi cuello, bajando lentamente hasta mis piernas. Su lengua trazó un camino de fuego sobre mi piel, arrancándome más sonidos que jamás pensé emitir.
—¡Aaron! —exclamé, tapándome la boca al usar su nombre de pila por primera vez.
Él levantó la vista con una sonrisa socarrona y triunfal.
—Me encanta cómo suena mi nombre en tu boca, Lore. Dilo otra vez.
Siguió con lo suyo, abriéndose paso entre mis pliegues con una maestría que me hizo agradecer internamente que mi periodo hubiera terminado hacía apenas unos días. La acumulación de placer en mi centro era insoportable, una tensión eléctrica que estalló en una liberación absoluta. Quedé exhausta, pero mi cuerpo pedía más. Necesitaba sentirlo dentro de mí, cerrar ese ciclo de cinco años de tensión no resuelta.
—Así, Lore... eres deliciosa —dijo él, despojándose de su ropa con una rapidez asombrosa.
En un solo movimiento, me tomó por las caderas. Al ver su masculinidad, sentí un ligero temor mezclado con una curiosidad ardiente; era imponente, una obra de arte de carne y hueso. Antes de que pudiera procesarlo, entró en mí con una estocada profunda que me hizo dilatar las pupilas. Era una sensación de plenitud total.
—¡Ahh! Lore, eres la gloria —gruñó él.
Comenzó un vaivén rítmico, un baile mucho más sensual que el que yo había ejecutado días atrás. El sudor nos bañaba, nuestros gemidos se sincronizaban con el roce de los cuerpos. Continuamos hasta que el mundo desapareció y ambos alcanzamos el clímax en una explosión conjunta que nos dejó sin aliento. Caí desplomada sobre su pecho. Él me abrazó con fuerza y besó mi cabeza.
—Realmente fue mejor de lo que imaginé en mis sueños más salvajes —susurró.
Me quedé dormida, olvidando por completo que estábamos en horario laboral y que había reuniones programadas. Cuando desperté, él ya no estaba a mi lado, pero en la mesita de noche había un vaso de jugo natural y una flor fresca con una nota: "Eres lo que me hacía falta. Gracias".
Pasaron los meses y nuestra relación se convirtió en un torbellino. Aunque profesionalmente seguíamos manteniendo las formas, cada momento libre nos encerrábamos en esa suite privada. Me llevaba a sus viajes de negocios, compartíamos cenas íntimas en hoteles de lujo y la química sexual era, sencillamente, maravillosa. Pero siempre hay un "pero". Yo empecé a querer más. Quería un amor real, una vida compartida a la luz del día, no solo encuentros apasionados entre contratos y aeropuertos.
Después de una larga conversación con Cintia, llegué a la oficina un martes decidida a terminar con todo. No podía seguir siendo su secreto mejor guardado. Sin embargo, al llegar al piso de presidencia, me recibió un silencio absoluto. Al abrir la puerta, me quedé petrificada: la oficina estaba inundada de tulipanes burdeos, mis favoritos. Había una mesa con champán y un camino de pétalos que conducía a la habitación.
De pronto, sentí su presencia detrás de mí. Su aroma a menta y hombre me rodeó.
—Bienvenida, Lore. Espero que te guste este pequeño detalle —susurró en mi oído mientras me abrazaba por la cintura—. Sé que llevamos meses en el anonimato, pero quiero cambiar eso. Me llevó cinco años aceptar lo que siento por ti, y no quiero pasar un solo día más sin gritarle al mundo que te amo.
Me dio la vuelta con delicadeza y se arrodilló, sosteniendo una pequeña caja de terciopelo azul. Dentro, el anillo más hermoso y brillante que jamás había visto esperaba por mí.
—Lorena, sé que parece apresurado, pero necesito despertar a tu lado cada mañana del resto de mi vida. ¿Quieres casarte conmigo?
Yo estaba en shock. Esa mañana vine dispuesta a decir adiós y ahora estaba frente al hombre de mis sueños pidiéndome una vida juntos. Las lágrimas de felicidad nublaron mi vista.
—¡Claro que acepto, Aaron! —exclamé, lanzándome a sus brazos.
Nuestra boda fue el evento del año, llena de la opulencia y el prestigio que conlleva el apellido Brajkovich. Los periódicos se hicieron eco del magnate que se casaba con su empleada, pero a nosotros no nos importó.
Han pasado diez años desde entonces y sigo sintiendo que vivo en un sueño. Tenemos tres hijos maravillosos: dos niños que son el vivo retrato de su padre y una pequeña princesa que es la luz de sus ojos. Aaron ha demostrado ser un padre excepcional y un esposo devoto. No hay una sola noche en la que no nos entreguemos a esa pasión desmedida que comenzó con una canción y un baile prohibido en una oficina vacía. Al final, el mejor contrato que firmamos fue el de amarnos para siempre.
FIN