Las sombras no nacen de la oscuridad.
Nacen de la luz.
Eso lo aprendí el día que él regresó.
La ciudad estaba cubierta por una neblina densa, casi líquida, como si el aire hubiera decidido volverse pesado para impedir que alguien escapara. Las farolas apenas lograban dibujar círculos amarillentos en el pavimento mojado, y las siluetas de los edificios se estiraban hacia el cielo como dedos torcidos.
Yo siempre he odiado las sombras largas.
Se parecen demasiado a los recuerdos.
Habían pasado cinco años desde que Adrián desapareció sin despedirse. Cinco años desde que su risa dejó de resonar en mi cocina, desde que su taza favorita quedó intacta en el estante más alto, como una reliquia absurda de algo que jamás terminó bien.
Nunca encontré una explicación.
Solo una nota.
𝑵𝒐 𝒎𝒆 𝒃𝒖𝒔𝒒𝒖𝒆𝒔.
Dos palabras que pesan más que cualquier cuerpo.
Y sin embargo, esa noche, al cruzar la avenida, lo vi.
No su rostro primero.
Su sombra.
Proyectada contra la pared de un edificio gris, inmensa, deformada por la luz intermitente de un letrero roto. La reconocí antes de reconocerlo a él. Porque las sombras guardan la postura, la forma de sostener los hombros, la manera en que alguien inclina la cabeza cuando piensa.
Era él.
Mi corazón no se aceleró.
Se quebró.
— No puede ser… — murmuré, aunque nadie me escuchaba.
La figura se movió.
La sombra también.
Y entonces él dio un paso hacia la luz.
Adrián estaba más delgado. Más pálido. Sus ojos, antes cálidos, parecían contener una noche distinta, más profunda que la que nos rodeaba.
— Sabía que vendrías por aquí — dijo.
Como si cinco años fueran solo un retraso trivial.
Me quedé quieto.
— Tú dijiste que no te buscara.
Una sonrisa cruzó su rostro, pero no llegó a sus ojos.
— Y no lo hiciste.
Eso era cierto.
Nunca lo busqué.
Pero nunca dejé de esperar.
El silencio entre nosotros era un animal herido, respirando con dificultad. La neblina avanzaba lentamente, cubriéndonos los tobillos. Las sombras de los postes de luz se alargaban, fundiéndose con la suya… con la mía.
Fue entonces cuando lo noté.
Había algo extraño en su contorno.
La sombra de Adrián no coincidía del todo con su cuerpo.
Su figura real estaba quieta.
Pero su sombra… se movía con un retraso leve. Como si dudara en seguirlo.
Parpadeé.
Pensé que era el cansancio.
— ¿Por qué volviste? — pregunté al fin.
Él bajó la mirada.
— Porque no pude dejarte ir.
Una respuesta romántica.
Una mentira hermosa.
Su sombra giró la cabeza antes que él.
Lo vi.
Lo vi claramente.
El frío me recorrió la espalda.
— Tu sombra…
Adrián levantó el rostro.
Y por primera vez pareció asustado.
— No la mires demasiado — susurró.
Demasiado tarde.
La sombra comenzó a separarse.
Al principio fue sutil, apenas un desprendimiento en el borde del hombro. Luego el contorno se hizo más grueso, más oscuro. Como tinta expandiéndose en agua.
La silueta se despegó de la pared.
Cayó al suelo sin hacer ruido.
Y se puso de pie.
Tenía su forma.
Pero no su rostro.
Donde debería haber rasgos, solo había una negrura compacta, vibrante, como humo atrapado en piel.
Retrocedí.
— ¿Qué es eso?
Adrián cerró los ojos.
— Lo que dejé atrás.
La sombra inclinó la cabeza hacia mí.
Me observaba.
No con ojos.
Con hambre...
— Cuando me fui — continuó Adrián ─ no fue porque quisiera. Había algo siguiéndome. Algo que empezó como una sensación… y luego se volvió más grande que yo.
La sombra dio un paso.
Yo también.
Pero la mía permaneció en el suelo.
Fiel.
Temblorosa.
— Creí que podía huir — dijo él. ─ Creí que si me alejaba de todo lo que amaba… desaparecería.
La sombra rió.
Un sonido sin sonido.
Un quiebre en el aire.
— Pero las sombras no se eliminan — susurré.
— No — respondió él. ─ Se alimentan.
La figura oscura avanzó hasta quedar a un metro de mí. Sentí la temperatura caer. El aliento salir en nubes visibles.
Y entonces comprendí.
No había venido por él.
Había venido por mí.
Mi sombra comenzó a agitarse en el suelo, como si el pavimento fuera agua. Intenté moverme, pero mis pies parecían anclados.
La sombra de Adrián extendió una mano.
Larga.
Irreal.
Cuando sus dedos tocaron mi pecho, no sentí dolor.
Sentí recuerdos.
Cada discusión no resuelta.
Cada palabra que nunca dije.
Cada noche en que lo odié por irse.
La culpa.
La rabia.
El abandono.
Todo aquello que reprimí durante cinco años.
Eso era lo que buscaba.
No sangre.
No carne.
Emoción.
— ¡Detente! — grité.
Adrián se interpuso.
Su cuerpo real.
Frágil.
Humano.
La sombra lo atravesó.
Y por primera vez vi algo que no olvidaré jamás.
Adrián empezó a desvanecerse desde los pies.
Como polvo arrastrado por viento invisible.
— Perdóname — susurró.
Quise sujetarlo.
Pero mis manos atravesaron su forma.
— No era a ti a quien debía dejar atrás — dijo con una sonrisa triste. ─ Era a esto.
La sombra se agitó violentamente, como enfurecida.
Mi propia sombra se levantó del suelo.
No se desprendió.
Se estiró.
Como si quisiera alcanzarlo.
Como si entendiera.
Las dos sombras chocaron.
No hubo explosión.
No hubo gritos.
Solo una oscuridad súbita que cubrió todo.
Cuando abrí los ojos, la neblina había desaparecido.
Las farolas iluminaban la calle vacía.
Adrián no estaba.
La sombra extraña tampoco.
Solo yo.
Y mi sombra.
Miré al suelo.
Ahí estaba.
Perfectamente alineada con mis movimientos.
Normal.
O eso parecía.
Di un paso.
Ella también.
Me detuve.
Ella se detuvo.
Respiré aliviado.
Entonces parpadeó.
No yo.
Ella.
Un leve espasmo en su contorno.
Un retraso mínimo.
Casi imperceptible.
Sonreí.
No por felicidad.
Sino por comprensión.
Las sombras no se eliminan.
Se heredan.
Y esa noche entendí que algunas ausencias no regresan para reconciliarse.
Regresan para transferir el peso.
Caminé hacia casa.
La luz detrás de mí alargó mi silueta sobre el asfalto.
Y durante un segundo, juraría que mi sombra levantó la cabeza antes que yo.
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