A los ocho años, se supone que un niño debería estar pensando en con qué jugará al día siguiente con sus amigos. Claro, esto ocurre cuando se trata de un pequeño con una vida privilegiada, que tiene qué comer, dónde dormir y no debe trabajar para ayudar con los gastos del hogar. Así era yo: no tenía necesidad de trabajar ni de colaborar en casa; solo me preocupaba estudiar, obtener buenas notas y hacer lo posible por salir adelante, algo que mis padres no pudieron lograr en su tiempo.
Sin embargo, todo era diferente… hasta que una noche cambió por completo. En medio de un sueño, soñé algo que nunca antes había imaginado. Acostado al lado de mi madre, en un profundo dormir, me di cuenta de que iba a morir. Sí, a mi alrededor habían muerto muchas personas: algunos vecinos, amigas, amigos de mis padres o de mis hermanas; personas buenas, personas malas y otras a quienes no llegué a conocer lo suficiente como para juzgarlas. No tenía conocimiento de sus intenciones en este mundo. Y ahí estaba, temblando. Sentí como si mi mente se abriera; no era un dolor de cabeza, sino una simple sensación de despertar, pero más allá de lo habitual: como después de haber dormido por mucho tiempo. Mi subconsciente me gritó: “algún día morirás”, y eso me causó un miedo inmenso. Mi madre me tomó entre sus brazos y me preguntó qué había soñado esa noche. Soñé con mi abuela, a quien no conocí porque había fallecido años antes de mi nacimiento. Muy pocas veces había escuchado hablar de ella, y en esas ocasiones llegué a sentir remordimiento por todo el daño que le hizo a mi madre, por haber sido una mala progenitora, aunque no fuera una mala abuela, pues nunca llegué a tratarla. En mi sueño, ella estaba lejos y a la vez cerca. Lo que más me aterró no fue su presencia, sino quien se encontraba en el extremo opuesto: no sé si era un hombre —podría serlo—, pero no estoy segura. Vestía de negro, con un traje muy arreglado; era carismático, pero su aura era oscura, tétrica, inquietante. Me hacía temblar más allá de lo consciente; creo que por eso mi madre se despertó antes que yo. Gracias a ella pude salir de aquella pesadilla tan horrible.
Mientras yo soñaba y mi mamá me acurrucaba entre sus brazos tratando de despertarme, nuestro vecino y otra persona estaban robando en la casa, algo de lo cual no nos percatamos hasta momentos después, cuando ya me había calmado. Nos levantamos de la cama, lanzando las colchas a un lado, y colocamos nuestros pies descalzos en el piso frío de la madrugada. Eran alrededor de las tres y media o cuatro de la mañana. Desde lejos podía ver la imagen de alguien cargando nuestras pertenencias. Ambas nos quedamos paradas bajo el marco del portón de la casa. Nuestro vecino, quien había ofrecido ayudarnos a guardar nuestras cosas sabiendo que nuestra anterior vivienda se había inundado por las intensas lluvias que habían azotado la ciudad, ahora actuaba junto con otro individuo desconocido. Ambos se llevaban nuestras posesiones; no todas, pero sí aquellas que nos ayudarían a construir un nuevo hogar.
Creo que desde ese preciso momento sentí que algo se rompió, o más bien, algo despertó en mí. Mi forma de ser cálida y alegre se fue por completo; me abandonó. Era el año 2013 cuando ocurrió; lo recuerdo bien porque el año anterior, en 2012, decían que el mundo se acabaría. Y, para ser exactos, en ese entonces no sentí miedo; creo que la emoción que me invadió fue más bien de felicidad, porque pensé que todo lo malo terminaría. Pero no sucedió nada y tuve que seguir adelante.
Mis chistes y reflexiones se volvieron oscuros, con un tono de sátira, algo que en esos momentos no llegaba a entender; simplemente salían de mí. A veces no lo pensaba dos veces antes de decirlos. Muchos años después, ahora que soy adulto, reflexiono más antes de hablar o actuar. Creo que es una ventaja y a la vez una desventaja el analizar tanto a las personas; es más bien como una maldición, porque solo así nos damos cuenta de muchas cosas que antes ignorábamos, quizás como mecanismo de defensa para proteger nuestra integridad.
Si hablamos de sueños, creo que he tenido muy pocos; más que nada, he tenido pesadillas, tantas que no las puedo contar. Algunas son hermosas, otras tediosas, mientras que ciertas se repiten tanto que no puedo vivir tranquilo sin pensar un solo día en ellas. Estas son las que se han repetido desde que tengo uso de razón, desde que era muy pequeño —incluso desde antes de comenzar a hablar—. Otros sé que no son sueños ni pesadillas, simplemente recuerdos que vuelven a mí estando despierto o entre dormido. Y confieso que, aunque ha sido difícil, he podido llegar hasta aquí. He escondido lo más oscuro de mi ser, aquello que me carcome día y noche. Todo lo que sucede, bueno o malo, es analizado antes, durante y después de los hechos. Muchas cosas han ocurrido, situaciones que llegué a prever pero que nunca conté a otros, por miedo a que pensaran que estoy loco.