Nadie vio cuándo empezó la guerra. No hubo trompetas ni banderas, ni discursos heroicos. Empezó un martes cualquiera, con una taza de café frío y un espejo que devolvía una cara cansada. Yo estaba ahí, mirándome, y supe que el enemigo también.
Al principio fue una escaramuza pequeña: posponer un sueño, callar una verdad, aceptar un “después” que se volvió costumbre. Cosas mínimas, casi inocentes. Me dije que era estrategia, que a veces retroceder es avanzar. Mentí bien. Me creí.
Luego vinieron las trincheras. Una era el miedo: profunda, cómoda, oscura. La otra era la culpa: estrecha, afilada, imposible de dormir en paz. Entre ambas levanté mi campamento. Desde ahí disparaba excusas como si fueran balas y levantaba muros con promesas rotas. El problema es que yo estaba en los dos lados del campo.
Cada mañana salía a pelear con una armadura hecha de “puedo con esto”. Cada noche volvía con grietas nuevas. Perdía terreno sin notarlo: un poco de risa, un poco de fe, un poco de nombre propio. Empecé a llamarme “luego”, “mañana”, “cuando todo esté mejor”. Nunca estaba mejor.
Hubo días en que gané batallas. Lo sé porque celebré. Ordené mi cuarto, respondí mensajes, cumplí horarios. Me sentí invencible durante cinco minutos. Después, el silencio. El mismo silencio que sabe exactamente dónde tocarte para que te duela. Ahí entendí algo incómodo: mi enemigo estudiaba mis movimientos desde adentro.
También hubo una persona. Siempre hay una. No vino a salvarme; vino a mirarme sin miedo. Eso fue peor. Me preguntó cosas simples: “¿Estás bien?”, “¿Qué quieres de verdad?”. No supe qué responder. En la guerra contra uno mismo, la verdad es territorio prohibido.
Empecé a perder de verdad cuando dejé de escuchar. Cuando preferí la comodidad del “así soy” a la incomodidad del “así puedo cambiar”. Cuando confundí resistencia con terquedad. Cuando defendí ruinas como si fueran castillos.
Una noche, el enemigo lanzó su ofensiva final. No fue violenta. Fue silenciosa. Se sentó a mi lado y me dijo con mi propia voz: “No hace falta seguir luchando. Solo quédate aquí. No duele tanto”. Y tenía razón: no dolía tanto. Por eso era peligroso.
Bajé el arma. Me senté. Dejé que las horas pasaran como soldados cansados que ya no quieren marchar. En ese descanso perdí la guerra.
No hubo explosiones. Solo una firma invisible en un tratado de rendición: aceptar menos de lo que merecía, esperar menos de lo que podía, querer menos de lo que sentía. Perdí.
Pero aquí está la parte que casi nadie cuenta: sobreviví.
Sobrevivir no es ganar, pero es un tipo raro de victoria. Es levantarte con las manos vacías y aun así buscar algo que valga la pena sostener. Es admitir, sin teatro, “me derroté”, y usar esa frase como punto de partida, no como lápida.
Ahora camino por el campo después de la batalla. Veo restos de lo que fui: decisiones torcidas, planes a medio construir, nombres que ya no digo. No los quemo. Los recojo. Aprendo.
Porque perder contra mí me enseñó algo simple y duro: nadie puede salvarte si tú no te quitas del camino. Y nadie puede destruirte tan fácil como tú mismo.
Sigo aquí. Con cicatrices. Con menos orgullo y más cuidado. No gané la guerra, pero tampoco me desaparecí en ella. Y eso, por ahora, es suficiente para volver a intentarlo.