Hay algo que siempre me hace pensar, y es que la mayoría de las personas no tienen miedo de estar solas, sino de sentirse irrelevantes, de no ser elegidas, de no dejar huella en nadie. Creemos que buscamos amor, pero muchas veces lo que realmente queremos es confirmación: saber que importamos, que alguien nos mire de verdad y piense “te veo, y vales”. También pienso en cómo aprendimos a callar lo que duele para no incomodar, en cómo nos volvimos expertas en aguantar, en adaptarnos, en encogernos para caber en lugares donde nunca hubo espacio real para nosotras. Me hace pensar lo injusto que es que nos llamen “intensas” por sentir profundo en un mundo que siente tan poco. Y entonces entiendo que crecer no es volverte dura, sino no perder la capacidad de sentir aunque te hayan herido; que la verdadera madurez no es dejar de necesitar, sino elegir mejor a quién le das acceso a tu interior. Nadie nos enseña a despedirnos de las versiones viejas de nosotras mismas —la que aguantó, la que se conformó, la que creyó que el amor dolía por defecto— y quizá sanar no sea olvidar, sino no repetirte.
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