Elías tenía veintitrés años y una forma de estar en el mundo que parecía pedir permiso incluso al respirar. Era caucásico, de rasgos suaves, cabello claro siempre un poco desordenado y una sonrisa tímida que aparecía cuando no sabía bien qué hacer con las manos. No era débil, pero sí delicado, como si la vida le quedara apenas grande.
Mateo, un año mayor, era lo opuesto en presencia. No por ser dominante, sino por tener una calma firme, de esas que no necesitan imponerse. Vivían juntos desde hacía casi dos años, compartiendo un pequeño departamento donde el tiempo parecía transcurrir sin prisa.
Al principio, nada parecía fuera de lugar.
Elías siempre había tenido una relación despreocupada con su cuerpo. Comía cuando tenía hambre, dormía cuando estaba cansado, se movía lo justo. Pero cuando cambió de trabajo —horas frente a una pantalla, menos movimiento, más cansancio mental— algo empezó a modificarse sin que él quisiera notarlo.
Mateo fue el primero en percibirlo, aunque no dijo nada.
No fue un cambio abrupto. Fue lento. Tan lento que Elías podía mirarse al espejo cada mañana y verse igual. Pero la ropa empezó a ajustarse de forma casi imperceptible. Los jeans tardaban más en subir, las camisetas se marcaban distinto. Elías se limitaba a encogerse de hombros.
—Es la lavadora —decía, riendo—. Seguro encoge todo.
Mateo no reía. Observaba en silencio, no con juicio, sino con una mezcla de preocupación y cuidado. Intentó mencionarlo una vez, con suavidad.
—¿No sentís que estás más cansado últimamente?
—Es el estrés —respondió Elías rápido—. Nada más.
Y con eso cerró el tema.
Los meses pasaron, y el cuerpo de Elías siguió cambiando. Su figura se volvió más pesada, sus movimientos más lentos. Al subir escaleras, respiraba con dificultad, aunque lo atribuía a estar “fuera de forma”. Cuando caminaban juntos, Mateo reducía el paso sin decir nada.
Elías evitaba mirarse demasiado. Evitaba balanzas. Evitaba comentarios. No porque no supiera, sino porque aceptar el cambio significaba enfrentar algo que no estaba listo para nombrar.
—Estoy bien —repetía—. Solo estoy pasando por una etapa.
Pero la etapa no terminaba.
Hubo un día en que caminar varias cuadras le resultó realmente difícil. Sus piernas dolían, el aire no le alcanzaba, y tuvo que detenerse. Mateo se acercó de inmediato, sin dramatizar.
—Sentémonos un momento —propuso.
Elías asintió, incómodo. No por el cansancio, sino por la sensación de haber cruzado una línea invisible.
—No es para tanto —murmuró—. Me pasa a veces.
Mateo no discutió. Se sentó a su lado, cerca, lo suficiente como para que Elías sintiera su presencia sin sentirse acorralado.
—No tenés que demostrarme nada —dijo con calma—. No te quiero menos por esto.
Esa frase quedó suspendida entre ellos.
Esa noche, Elías lloró en silencio, dándole la espalda. No quería que Mateo lo viera así. No quería que nadie confirmara lo que él aún se negaba a aceptar: que su cuerpo había cambiado más de lo que podía ignorar, y que ese cambio le estaba pidiendo algo que no sabía cómo dar.
Con el tiempo, caminar se volvió más difícil. No imposible, pero sí cansado. Elías comenzó a evitar salidas largas. Decía que prefería quedarse en casa, que estaba cómodo así. Mateo lo acompañaba, aunque cada vez le costaba más no decir nada.
La relación no se rompió. Tampoco fue fácil.
Había días buenos, de risas suaves y películas en el sofá. Y otros en los que el silencio pesaba tanto como el cuerpo de Elías parecía pesarle a él mismo.
Una tarde, finalmente, Mateo habló.
—No quiero que te escondas —dijo—. Ni de mí, ni de vos mismo.
Elías no respondió de inmediato. Miró sus manos, apoyadas sobre su vientre, más grande de lo que recordaba.
—Si lo digo en voz alta —susurró—, va a ser real.
Mateo tomó su mano.
—Ya es real —respondió—. Pero no estás solo.
No hubo soluciones mágicas. No hubo promesas inmediatas. Solo un reconocimiento lento, doloroso y necesario.
Elías no cambió de un día para otro. Pero dejó de negarse. Y eso, aunque no lo resolvía todo, fue el primer paso para volver a caminar —no solo con el cuerpo, sino consigo mismo.
Y Mateo siguió ahí. No como salvador. No como juez. Solo como alguien que eligió quedarse.
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El reconocimiento no detuvo el proceso.
Durante un tiempo, Elías creyó que aceptar lo que estaba pasando sería suficiente para cambiarlo. Pero aceptar no siempre significa poder. Había días en los que se proponía salir a caminar, cocinar algo distinto, “empezar el lunes”. Y había otros —cada vez más— en los que levantarse de la cama ya era una negociación agotadora.
El cuerpo seguía avanzando, lento e implacable.
El peso se acumuló sin estridencias. No hubo un momento exacto en el que todo se quebrara, solo una sucesión de pequeñas renuncias: una salida menos, una escalera evitada, una silla elegida antes que estar de pie. El departamento se volvió su mundo. Después, el dormitorio.
Mateo lo vio pasar todo.
Al principio insistió con cuidado. No con órdenes ni planes rígidos, sino con invitaciones.
—¿Te acompaño a dar una vuelta?
—Después —respondía Elías—. Hoy no puedo.
Ese “hoy” se volvió permanente.
Moverse empezó a dolerle. Las rodillas, la espalda, la respiración. Cada esfuerzo parecía desproporcionado, y cada fracaso reforzaba la idea de que intentarlo no valía la pena. Elías no hablaba de eso; se limitaba a cerrarse, a minimizarlo.
—No pasa nada —decía—. Estoy cómodo acá.
Pero no era comodidad. Era cansancio. Era miedo. Era una tristeza espesa que se le había instalado en el cuerpo.
Con el tiempo, incluso desplazarse dentro del departamento se volvió complicado. Elías necesitaba apoyarse en los muebles. Se sentaba para hacer cualquier cosa. Empezó a pasar la mayor parte del día en la cama, no por pereza, sino porque era el único lugar donde el cuerpo dejaba de exigirle.
Hubo una noche en que intentó levantarse solo y no pudo.
Mateo lo escuchó respirar agitado, el sonido de algo pesado cayendo sobre el colchón otra vez. Entró sin decir nada. Se sentó a su lado.
—No pasa nada —dijo Mateo, repitiendo por primera vez la frase de Elías—. Estoy acá.
Elías giró el rostro, avergonzado.
—No quiero que me veas así.
Mateo lo vio igual. Vio el cuerpo que ya no respondía, la mirada cansada, la culpa mezclada con alivio por no estar solo.
Desde entonces, las cosas cambiaron de forma definitiva.
Elías dejó de caminar. No de golpe, sino como quien apaga una luz poco a poco. Primero fueron pasos mínimos. Después, traslados con ayuda. Finalmente, el cuerpo simplemente ya no pudo más. Estar de pie era un riesgo. Caer, una posibilidad constante.
Quedó inmovilizado.
No como una imagen dramática, sino como una realidad pesada, cotidiana. Dependía de Mateo para casi todo. Para levantarse, para asearse, para comer. Cada ayuda era una herida silenciosa para Elías, y un peso nuevo para Mateo.
Mateo no se fue.
Al principio, porque no podía. Porque dejarlo ahí le parecía impensable. Después, porque el hábito también ata. Y más tarde, porque el cariño no desaparece solo porque el amor se vuelve difícil.
Pero algo en él empezó a cambiar.
Había días en los que lo hacía todo en automático. Cuidar, limpiar, acomodar. El cansancio se le acumulaba en la espalda, en los hombros, en la forma en que suspiraba sin darse cuenta. A veces se descubría mirando a Elías sin saber qué sentir exactamente.
No era rechazo. Tampoco era ternura plena.
Era resignación.
—No te voy a dejar —le dijo una vez, sin épica—. Pero tampoco voy a mentirte. Esto… esto no es fácil.
Elías cerró los ojos.
—Lo sé —respondió—. No te lo pedí.
Y eso era lo que más dolía: que nadie lo hubiera elegido conscientemente, y aun así ambos estuvieran ahí.
Mateo empezó a amar de otra manera. No como antes. No desde el deseo ni desde la proyección de un futuro compartido “normal”. Empezó a amar lo que había: un hombre roto, cansado, dependiente, que seguía siendo Elías, aunque ya no se pareciera al que conoció.
A veces le hablaba de cosas pequeñas. De una serie. De la lluvia. De recuerdos que no exigían nada. Elías escuchaba en silencio, agradecido y culpable a la vez.
Había noches en que Mateo se quedaba despierto, mirando el techo, preguntándose cuánto de eso era amor y cuánto era miedo a irse.
Pero al amanecer, cuando Elías abría los ojos y lo buscaba con la mirada, Mateo seguía ahí.
No como héroe.
No como mártir.
Solo como alguien que, aun cansado y resignado, seguía intentando querer lo que su novio era ahora, aunque eso también significara aceptar la pérdida de lo que ya no volvería.
Y esa aceptación —triste, incompleta, humana— fue lo que sostuvo la relación, no con felicidad, sino con una forma silenciosa de resignación.
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Al principio, cuando Mateo todavía estaba ahí todo el tiempo, Elías sentía algo parecido a alivio.
No orgullo. No felicidad. Alivio.
Saber que alguien más se encargaba de su cuerpo —de moverlo, limpiarlo, alimentarlo— le quitaba una carga que ya no podía sostener. No tenía que decidir. No tenía que intentar. Mateo estaba ahí, firme, constante, casi automático. Y aunque la culpa seguía, había momentos en los que Elías se dejaba llevar por esa quietud.
Era extraño: depender de alguien lo hacía sentirse menos expuesto al mundo, como si su inmovilidad lo protegiera de tener que fallar otra vez.
Cuando Mateo dijo que necesitaba irse un tiempo, Elías no protestó.
—Tenés derecho —le dijo, con la voz apagada—. Yo… yo no puedo pedirte más.
Mateo se fue con una mochila liviana y una mirada pesada. Prometió llamar. Y lo hizo. Al principio.
El cuidador llegó pocos días después. Se llamaba Matías. Tenía una voz amable, una forma excesivamente cercana de hablarle, como si Elías fuera frágil en un sentido distinto al real.
—Vos no tenés que esforzarte —le decía—. Ya hiciste bastante.
Al comienzo, Elías agradeció esa suavidad. No le pedían nada. No le hablaban de objetivos ni de dietas estrictas. Matías le preguntaba qué quería comer, no qué *debía* comer.
—Un poco más no te va a hacer mal —decía, sirviendo porciones más grandes—. Bastante duro es todo esto ya.
Elías sabía que no estaba bien. Lo sabía con una claridad dolorosa. Pero también sabía otra cosa: comer era uno de los pocos placeres que todavía podía sentir sin moverse. Y que alguien se lo ofreciera sin reproche lo hacía sentir, por momentos, cuidado… incluso deseado como persona, no como problema.
El coqueteo era sutil. No físico. Era en las palabras.
—Sos lindo, ¿sabés?
—No deberías ser tan duro con vos mismo.
—Mateo te exigía mucho.
Eso último se le quedó clavado.
Con el paso de las semanas, su cuerpo se volvió todavía más pesado. Los brazos dejaron de responderle del todo. Levantarlos era un esfuerzo inútil. La respiración empezó a fallar incluso en reposo. El médico habló de oxígeno. De riesgos. De urgencias que Elías escuchó como desde muy lejos.
Cuando le colocaron los tanques, entendió que había cruzado otro límite. Uno del que no se volvía caminando.
Y Mateo no estaba.
Cuando finalmente regresó, el departamento parecía más chico. Más silencioso.
Mateo se detuvo en la puerta del dormitorio.
Elías lo vio primero. Vio cómo sus ojos recorrían el cuerpo inmóvil, los brazos inútiles, el pecho subiendo con ayuda del oxígeno. Vio cómo se le desarmaba la cara antes de que pudiera decir nada.
—Lo siento —susurró Elías—. No supe… no pude…
Mateo no respondió enseguida. Se acercó despacio, como si temiera romper algo. Se arrodilló junto a la cama.
—Me fui —dijo, con la voz rota—. Te dejé. Y ahora…
No terminó la frase.
Elías quiso decirle que no era su culpa. Que nadie lo había obligado. Que él también había elegido rendirse. Pero las palabras no salieron. Solo pudo mirarlo, con una mezcla de vergüenza y alivio por verlo ahí otra vez.
Mateo empezó a moverse distinto desde ese día. Habló con médicos. Cambió al cuidador. Leyó. Preguntó. Se obsesionó con posibilidades mínimas: terapias, ajustes, cuidados paliativos que no sonaran a final.
Elías lo observaba hacer todo eso con una sensación amarga.
Parte de él se sentía agradecida.
Otra parte sabía que quizá era tarde.
Por las noches, cuando el oxígeno zumbaba suavemente, Elías pensaba en cómo el amor podía volverse una forma de culpa. En cómo Mateo intentaba ahora reparar algo que ambos habían dejado caer, cada uno a su manera.
No sabía si iba a mejorar.
No sabía si su cuerpo volvería a responder.
No sabía si Mateo podría perdonarse… o perdonarlo.
Pero estaba despierto.
Y Mateo estaba ahí, buscando ayuda, aunque no supiera si aún existía.
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El cuerpo empezó a apagarse en detalles pequeños.
No fue una caída repentina, sino una pérdida constante de cosas mínimas que antes todavía estaban ahí. Primero fue la fuerza en las manos. Luego, la capacidad de acomodarse solo en la cama. Después, incluso hablar se volvió cansado, como si cada palabra tuviera que atravesar un espacio demasiado estrecho.
El oxígeno ya no era solo apoyo. Era compañía permanente.
Elías aprendió a medir el día en respiraciones. En pausas. En la forma en que el pecho subía con dificultad incluso cuando no hacía nada. El cuerpo, tan grande e inmóvil, parecía exigirle cada vez más para darle cada vez menos.
Mateo estaba siempre cerca.
No hablaba mucho. Ajustaba tubos, acomodaba almohadas, humedecía los labios de Elías cuando se le secaban. Había dejado de intentar “arreglarlo todo” y ahora se movía con una concentración casi reverencial, como si el cuidado se hubiera vuelto un acto silencioso de despedida que aún no se atrevía a nombrar.
Elías lo observaba.
Veía el cansancio acumulado, las ojeras, la forma en que Mateo respiraba hondo antes de ayudarlo a girar, como si el esfuerzo no fuera solo físico. Y sentía una culpa nueva, más limpia y más dolorosa: no la culpa de haber llegado ahí, sino la de seguir reteniéndolo.
—Podés irte si querés —logró decir una noche, con la voz quebrada—. No te voy a odiar.
Mateo negó con la cabeza sin mirarlo.
—No me voy —respondió—. No ahora.
Elías entendió que ese “no ahora” era lo único que Mateo podía prometer sin romperse.
Los médicos hablaban de complicaciones. De riesgos respiratorios. De infecciones. Usaban palabras técnicas que Elías escuchaba con una calma extraña. No porque no entendiera, sino porque ya no tenía energía para asustarse.
Lo que más le dolía no era el cuerpo.
Era darse cuenta de que su mundo se había reducido a esa habitación, a ese sonido constante del oxígeno, a la presencia de Mateo como único punto fijo. Todo lo demás —el futuro, los planes, incluso el miedo— había quedado fuera.
A veces recordaba cómo había sido antes. No con nostalgia intensa, sino como quien mira una foto ajena. Ese chico que caminaba, que reía sin pensarlo, que creía que las etapas terminaban solas.
Ahora sabía que algunas no terminan: solo se profundizan.
Una madrugada, despertó con la sensación de no poder llenar los pulmones. El aire entraba, pero no alcanzaba. Mateo se levantó de inmediato, ajustó el oxígeno, llamó a un médico. Todo pasó rápido y lento a la vez.
Cuando volvió a estar estable, Elías estaba agotado.
—Tengo miedo —admitió, por primera vez en mucho tiempo.
Mateo apoyó la frente contra la suya.
—Yo también.
No dijeron de qué.
Desde entonces, Elías empezó a dormirse más. A perder la noción del tiempo. A confundirse entre sueño y vigilia. A veces despertaba creyendo que todavía podía moverse. Otras, no recordaba en qué día estaba.
Pero siempre reconocía a Mateo.
Su voz era lo último que se mantenía nítido.
En uno de esos momentos de lucidez, Elías pensó que tal vez el amor no era quedarse para siempre ni salvar al otro, sino acompañarlo hasta donde se pudiera llegar sin desaparecer uno mismo.
Quiso decirle eso.
No pudo.
El cuerpo ya no respondía lo suficiente.
La historia no terminó ahí.
Tampoco se resolvió.
Solo siguió avanzando hacia un punto incierto, donde el cuidado, la culpa y el cariño se mezclaban sin forma clara, sosteniéndose apenas, como una respiración más… y otra… mientras aún quedara aire.