El periodo entre 2020 y 2025 ha sido un viaje de contrastes profundos; un tramo del camino que trajo consigo metas alcanzadas, pero también despedidas que dejaron huecos difíciles de llenar. Fue un tiempo de sonrisas genuinas y lágrimas tan amargas que, en más de una ocasión, el único refugio posible fue el sueño. No siempre dormí porque las cosas fueran malas, sino porque la vida, en su afán de enseñarnos, me puso frente a situaciones desconocidas, de esas para las que no existe un manual de instrucciones.
El reto más grande no fue solo resolver los problemas externos, sino lograr que la mente no se fragmentara en el proceso. Cuando el miedo y los pensamientos intrusivos te abrazan con fuerza, la lucha se vuelve interna. El miedo no siempre es un grito; a veces es un susurro constante que te convence de que no podrás con lo que viene. Es esa extraña parálisis de quien sabe a lo que se enfrenta: por un lado, te preparas con la lógica y la perspectiva, pero por el otro, la espera te consume lentamente, erosionando la calma mientras aguardas lo inevitable, sintiendo cómo la ansiedad se convierte en una sombra que no te suelta ni en los días de sol.
A pesar de la fatiga, sentí que este año no podía simplemente terminar; merecía una despedida adecuada, un cierre que estuviera a la altura de lo vivido. No encontré mejor confidente que la inmensidad del mar. Fui a la playa a pedir permiso, a entregarle al salitre todo lo que pesaba en los hombros y lo que dolía en el pecho.
Hay nudos en la garganta que son imposibles de explicar a otro ser humano. Son nudos hechos de palabras que no encuentran voz, de miedos que no tienen nombre. Pero las olas no necesitan explicaciones. El mar tiene esa capacidad mística de golpearte con su realidad y, al mismo tiempo, abrazarte con su espuma. Al entrar en el agua, sentí que cada ola que rompía contra mí se llevaba un fragmento de ese peso, transmutando el dolor en movimiento y dejando que la marea arrastrara hacia el horizonte todo aquello que ya no me pertenece cargar.
Lo que el agua se llevó
Me puse frente al gigante azul,
con el alma cargada y el paso lento,
pidiendo permiso al cielo y a la sal,
para soltar, por fin, lo que llevo dentro.
El miedo me abrazó como un invierno frío,
la mente se cansó de tanto batallar,
pero el nudo que nadie entendía en el río,
se disolvió en la espuma al llegar al mar.
Golpéame, ola, y llévate el quebranto,
abraza mis dudas, mi sed y todo lo que dolio se quede en tu canto,
y yo me quede libre, mirando hacia el cielo.