Amar a una Luminaria
Nadie sabía quién era realmente.
Para todos, Iris solo era una chica pobre, de piel muy blanca y ojos claros, que había logrado entrar a una universidad de ricos.
Él la vio como un juego.
Ella lo amó de verdad.
Pero hay personas que nacen con algo especial.
Y perderlas siempre deja huella.
Iris tenía 18 años. Era albina: piel blanca, ojos azules, labios rosados, pestañas y cejas claras. Desde pequeña aprendió lo que era sentirse diferente. En la escuela algunos se burlaban de ella por su apariencia, otros solo la miraban porque les parecía extraña, aunque bonita.
Con el tiempo creció acostumbrándose a eso.
Entró a una universidad prestigiosa gracias a su tío, un hombre con contactos entre personas de dinero. Su madre nunca confió en él; decía que era ambicioso y que solo quería salir de la pobreza. Aun así, fue él quien ayudó a Iris a conseguir esa oportunidad.
El primer día en la universidad, Iris caminaba mirando todo con asombro. Nunca había estado en un lugar así. Ese día llevaba un jean claro, una blusa rosa y un abrigo. Su cabello blanco lo llevaba suelto.
Iba distraída cuando chocó con alguien.
Era Gabriel.
Tenía el cabello negro, la piel bronceada y una seguridad que se notaba a simple vista. Cuando la miró, se quedó quieto. No recordaba haber visto a una chica como ella en ese lugar.
Iris levantó la mirada, nerviosa.
Gabriel no supo qué decir.
Y sin que ninguno lo imaginara, ahí empezó todo.