La casa en la colina no aparecía en los mapas. La compré por una suma ridícula en una subasta online, descrita solo como "propiedad singular con elementos decorativos fijos". Cuando el agente inmobiliario, un hombre pálido que evitaba mi mirada, me entregó las llaves, murmuró: "Los espejos están incluidos. No pueden removerse".
Esa primera noche, exploré las habitaciones. Había espejos por todas partes: enormes y ovalados en los pasillos, redondos sobre las chimeneas, rectangulares en las puertas. Todos compartían la misma peculiaridad: no reflejaban el presente. Al pasar frente al del vestíbulo, vi no mi figura cansada por el viaje, sino una imagen de mí mismo, unos años mayor, sonriendo mientras sostenía un diploma. Un futuro posible, pensé. Qué curiosidad.
Pero la curiosidad se tornó en inquietud en el dormitorio principal. Allí, un espejo de marco negro mostraba mi reflejo actual, pero con los ojos cerrados, yaciente, vestido con un traje que no poseía. Me alejé rápido, atribuyéndolo al cansancio.
Los días siguientes confirmaron el patrón. Cada espejo mostraba un momento distinto de mi futuro. En la cocina, me veía cenando solo a los cuarenta. En el baño, a los sesenta con el pelo completamente blanco. Momentos banales, envejecimiento común. Excepto por el del dormitorio. Ese nunca cambiaba. Mostraba siempre el mismo instante: mi muerte, aparentemente pacífica, en una cama.
Me obsesioné. Comencé a alterar mi presente para ver si los espejos reaccionaban. Si decidía no desayunar, la imagen del espejo de la cocina me mostraba desayunando igual. Los espejos no mostraban posibilidades, sino certezas. Eran ventanas a momentos fijos de un futuro ya escrito. Y mi muerte, según ellos, era inminente: en el reflejo, yo no parecía mucho mayor que ahora.
El horror no reside en saber cuándo morirás, sino en verlo una y otra vez, con lujo de detalles: el patrón de la sábana, la luz tenue de la lámpara, la calma grotesca de tu propio rostro. Comencé a evitar el dormitorio. Dormía en el sofá, bajo el espejo del pasillo que me mostraba, irónicamente, leyendo un libro a los ochenta años. Una esperanza cruel.
Una madrugada, con el viento aullando fuera, escuché un quejido proveniente del piso superior. Subí, una linterna en mano, olvidando por un instante mi miedo. El sonido venía de una habitación que siempre había estado cerrada con llave. Esa noche, la puerta estaba entreabierta.
Dentro, no había muebles. Solo un espejo enorme, desde el suelo hasta el techo, cubierto por una tela pesada. El aire olía a polvo y a algo metálico. El quejido sonó de nuevo, más débil, y vi que procedía de detrás del espejo. Con mano temblorosa, tiré de la tela.
Y allí estaba mi reflejo. Pero no el del futuro. Era yo, ahora mismo, con la linterna, con la misma ropa desarreglada, el terror dibujado en mi rostro. Era perfecto, sincrónico. Por primera vez, un espejo mostraba el presente.
Aliviado, di un paso hacia él. Mi reflejo hizo lo mismo. Entonces sonrió. Una sonrisa que yo no estaba haciendo. Y lentamente, alzó su mano izquierda para señalar algo detrás de mí, en la habitación real.
Giré sobre mis talones, la linterna barriendo la oscuridad vacía. No había nada. Cuando me volví hacia el espejo de nuevo, mi reflejo ya no estaba allí. En su lugar, vi la escena familiar de mi muerte en la cama. Pero esta vez, los detalles eran distintos. La sábana estaba arrugada, como si hubiera habido una lucha. La luz de la lámpara parpadeaba. Y en mi rostro inerte no había paz, sino una mueca de puro terror.
Entonces lo entendió. Los espejos no mostraban el futuro. Eran depredadores. Observaban, aprendían y luego mostraban la imagen más aterradora que podían concebir: la muerte que ya habían planeado para ti. El del dormitorio era solo un cebo, una predicción que ellos mismos pretendían cumplir.
Oyó un crujido a sus espaldas. No se atrevió a volverse. En el espejo frente a él, vio su espalda real. Y vio también las figuras pálidas y alargadas que salían de los marcos de otros espejos en la habitación, silenciosas como mercurio, avanzando hacia él. Eran los reflejos que nunca había tenido. Los dueños reales de la casa.
Corrió hacia la puerta, pero esta se había cerrado. En la superficie bruñida de la puerta, ahora otro espejo, vio su imagen corriendo hacia sí misma. Al chocar contra ella, el cristal no se rompió. Era frío y gelatinoso. Sus manos se hundieron en la superficie, como en un agua densa. Algo desde el otro lado lo agarró de las muñecas y tiró con una fuerza sobrehumana.
La última cosa que vio, antes de que el espejo de la puerta lo absorbiera por completo, fue su propio reflejo en el espejo grande de la habitación. Ya no mostraba su muerte. Ahora mostraba la habitación vacía. Y luego, lentamente, su propia figura emergía de dentro de ese mismo espejo, con una sonrisa vacía y ojos de cristal oscuro. Listo para esperar al próximo inquilino, para mostrarte, con paciencia infinita, el momento de tu muerte.
Hoy, si pasas por la casa en la colina en una noche de viento, a veces verás una luz parpadeando en la ventana del ático. Es solo un reflejo de la luna, dicen algunos. Pero si te acercas demasiado, y tu mirada coincide con la de la figura pálida que a veces se asoma entre las cortinas, recordarás esta historia. Y te preguntarás, mientras huyes, qué espejo en tu hogar te está observando ahora, aprendiendo tu miedo, y diseñando, con calma perfecta, el instante final que algún día, sin duda, te mostrará.