31/12/1995-1996: Puerta del Sol–Madrid.
La aglomeración de gente era enorme. Era la primera vez que celebraba Año Nuevo fuera de casa; hacía frío y una fina capa de nieve cubría las calles. Ese año, yo estaba en España de intercambio. Mientras mi familia celebraba a su manera en Australia. Yo había decidido celebrar como lo hacían los españoles. Por lo que había investigado, una parte de ellos asistían a una especie de evento en la capital, en “Plaza del Sol”.
Se escuchaban risas, gente aplaudiendo y comentarios sobre lo que llevaba puesto una mujer a lo alto del edificio frente a nosotros. Era una mujer morena, con el pelo y ojos oscuros, pómulos marcados, cejas gruesas, una sonrisa impecable y un vestido rarísimo; era difícil describir lo que llevaba puesto, casi parecía un mantel a capas. ¿Cómo podía caminar con esos tacones?
Faltaban pocos minutos para las 12:00 y la gente comenzaba a sacar bolsas de colores brillantes con uvas verdes. Me sentía rara, no tenía ni idea de sus tradiciones aunque tuviera amigos españoles y llevara ya 5 meses allí. En ciertas partes, me sentía sola rodeada de tanta gente junto a sus familias y amigos.
Empezaron a sonar campanas. Algunas personas saltaban emocionadas, otras parecían hablar con sus familiares y amigos sobre “retos” y “mala suerte”; algunos ya se habían llevado una uva a la boca… y la habían escupido dentro de la bolsita, con las mejillas rojas.
Por un segundo, todo el mundo se calló, como si esperaran que pasara algo muy importante. Todos se llevaron una uva a la boca… Un grito desgarrador cortó el silencio. Todas las miradas se volvieron a las últimas filas. Los campanazos dejaron de escucharse a oídos de todos.
Un hombre en el suelo y un arma blanca ensangrentada a su lado; la nieve bajo el hombre se volvía de un rojo oscuro. Algunas personas habían salido corriendo mientras gritaban; otras seguían allí, incapaces de moverse o formar palabras coherentes. Un hombre joven se había desmayado a pocos metros de la escena; posiblemente tenía hematofobia.
Varios policías habían llegado alterados por los gritos. Mientras que 3 de ellos alejaban a las personas, otros 5 comenzaron a rodear la escena.
Me acerqué cautelosamente a ellos. Sentía tristeza por el pobre hombre, pero a la vez, una profunda curiosidad por saber qué había pasado.
— ¿Podrían dejarme ver? —Traté de forzar el acento lo máximo que pude.
— Lo siento, señorita, pero debe mantener distancia —me respondió uno de ellos. Era un hombre de baja estatura, aunque con brazos notoriamente
musculosos, incluso bajo el traje. Su mano derecha estaba cerca de la pistola que llevaba en el cinturón.
— Soy estudiante de criminología.
Se miraron entre ellos; el mismo que me había respondido volvió a abrir la boca. Su compañero, un chico alto y corpulento, lo interrumpió:
— Has a degree? —me preguntó en inglés. Seguramente había notado que era extranjera (mi español era pésimo).
— I'm doing a master's degree —le dije con fluidez. Trate de poner mi cara más convincente.
Se volvieron a mirar entre ellos, no muy convencidos. Se susurraron algo el uno al otro. Estaba segura de que me iban a decir que me alejara y dejara espacio a los profesionales, y efectivamente, no me dejaron pasar. Otro de los policías, uno de muy baja estatura con el pelo revuelto, me dijo que me largara de allí, algo bastante agresivamente, pero tampoco lo veía raro.
Sin embargo, no me rendí. Seguí insistiendo; después de todo, no me podían disparar; lo peor que podían hacer era ponerme una multa. El mismo hombre que me había hablado en inglés volvió a hablar.
— You have five minutes. —Su respuesta fue corta y breve, como el tiempo que me había dado.
Cuando se apartó un poco para dejarme pasar, noté cómo el bajito se giraba para ver lo que hacía.
El hombre había muerto no hacía mucho. Lo habían apuñalado dos veces en los pulmones. Una persona más joven habría aguantado más. Pero era un hombre mayor, de unos 88 años más o menos. Me arrodillé a su lado sin tocar el cuerpo. Había sido un asesinato rápido; el agresor no se lo había pensado y seguramente estaría en la última fila, detrás del hombre.
La ambulancia llegó poco después, junto a dos patrullas más de policía y dos criminólogos. El lugar ya estaba desalojado. Con 5 minutos apenas me había dado tiempo a saber más de lo básico, así que no tenía mucha información. No esperaba que uno de los dos criminólogos se me acercara a preguntar, pero lo hizo. Debo admitir que me puse muy nerviosa; en realidad, no sé si fueron nervios o mucho entusiasmo y respeto hacia él. Le expliqué que estaba haciendo un máster y qué información había podido extraer en ese tiempo limitado. El criminólogo asentía con una sonrisa. Me dijo que ya podía irme y me dio una palmadita en la espalda.
Mientras estaba en el taxi, mis pensamientos rondaban por lo que había pasado. Para empezar, ¿quién había sido?, ¿cómo había escapado? y ¿por qué lo había hecho?
Un caso sin sentido alguno. En el último día del año. Qué pena no haber podido quedarme un poco más. Con suerte, me habría contado como prácticas.