Había una vez una hermosa doncella de mediana edad llamada Keth. Vivía sola en una cabaña en medio del bosque, sin ayuda de nadie, pero aun así había logrado sobrevivir a lo largo del tiempo.
Un día, mientras recogía frutos secos, se encontró con un hada. La pequeña criatura, al verla, se sorprendió mucho. Keth, movida por la curiosidad, intentó atraparla para verla de cerca, pero el hada escapó en un parpadeo.
Días después, ya habiendo olvidado al hada, Keth vio algo aún más extraño: un conejo de un tamaño inusual. El animal se quedó observándola por un instante antes de huir velozmente. Intrigada, Keth lo siguió, pero pronto el conejo desapareció sin dejar rastro.
Ese mismo día, más tarde, encontró una moneda de oro en el suelo. No muy lejos, descubrió pequeñas huellas de un pie desconocido. Pensó que podrían pertenecer al extraño conejo, así que siguió el rastro, pero pronto comenzó a llover, y las huellas se desvanecieron con la tormenta.
Los días pasaron y Keth comenzó a sentirse frustrada. Esos extraños sucesos la llenaban de curiosidad, pero desaparecían antes de que pudiera comprenderlos. Nada la entretenía y la soledad del bosque pesaba más que de costumbre.
Hasta que algo más ocurrió.
Un día cualquiera, un caballo cruzó el bosque corriendo como loco. A simple vista, Keth notó que pertenecía a la realeza, pero lo que más llamó su atención fue su evidente temor. Decidió seguirlo y terminó llegando a la orilla del río. Allí, el caballo bebía agua y emitía un sonido extraño, diferente a un simple relincho.
Keth se acercó lentamente, posó su mano sobre él y, en ese instante, el sonido se detuvo.
De repente, un grito atravesó el aire.
"¡AAAAAAAAAH, AAAAAAAAH, AAAAAAAAH!"
La voz resonó en mitad del río, como si algo o alguien estuviera alabando a una presencia invisible. Trompetas y tambores comenzaron a sonar, cada vez más fuertes, cada vez más agudos, hasta volverse insoportables.
Entonces, algo imposible sucedió.
En el centro del río, una rosa brotó de la nada, creciendo con rapidez. Luego, un lirio. Luego, un girasol. Una tras otra, las flores emergieron hasta que diez rosas se alzaron, todas a la misma altura, brillando con una luz etérea.
Entre ellas, una figura comenzó a formarse. No era fácil distinguir su forma, pero su resplandor era sobrecogedor.
Cerca de Keth, una piedra dorada cayó suavemente al suelo. Ella la recogió, la observó con asombro, y cuando alzó nuevamente la vista, las rosas habían desaparecido.
Esperó casi cuatro horas, esperando otro milagro, pero nada ocurrió. Exhausta por el largo día, regresó a su cabaña y se acostó a dormir.
Antes de que el sueño la reclamara por completo, una voz susurró en su mente:
"Keth, tú eres la elegida. Brillarás en nuestro reino."
Y al abrir los ojos, ya no estaba en su hogar.