El viento soplaba con suavidad, revolviendo las hojas secas bajo mis pies. Frente a la lápida, el silencio pesaba más que cualquier palabra. Habían pasado meses, pero aún esperaba escuchar su risa en el eco del tiempo, ver su silueta doblando la esquina de nuestra calle, sentir su mano apretando la mía como siempre lo hacía cuando el frío se colaba en los huesos.
Me dijeron que el duelo tenía etapas, que con el tiempo dolería menos. Pero el tiempo solo había convertido la ausencia en una sombra persistente, en un peso constante sobre el pecho. Cada noche cerraba los ojos esperando soñar con ella, pero incluso en mis sueños su rostro se desdibujaba, como si la muerte no solo se la hubiera llevado de este mundo, sino también de mi memoria.
Me arrodillé y dejé las flores sobre la tumba, con la torpe esperanza de que, de algún modo, ella pudiera sentirlas. Respiré hondo, dejando que el aire fresco limpiara los nudos en mi garganta.
—No sé cómo hacer esto —susurré—. No sé cómo dejarte ir.
El viento respondió con una caricia helada en mi mejilla, como si sus dedos invisibles me tocaran una última vez. Cerré los ojos y, por primera vez en meses, sentí paz. No porque el dolor se hubiera ido, sino porque entendí que ella nunca se iría del todo. Vivía en cada recuerdo, en cada susurro del viento, en cada latido de mi corazón.
Me levanté, limpié las lágrimas de mi rostro y di un paso atrás. No era un adiós, solo un hasta luego. Dejé que el viento se llevara mi última palabra:
—Gracias por todo.