Los primeros días, Clara dejaba notas en mi casillero: «Tus ojos son más verdes que el pasto del jardín». Yo las guardaba bajo la camisa, cerca del corazón. Pero cuando el grupo de fútbol me eligió capitán, algo se hinchó en mi pecho, como un globo a punto de reventar.
Empecé a repetir frases de películas en los pasillos, a rozar manos ajenas en el autobús, a coleccionar sonrisas como trofeos. Clara me observaba desde la esquina del salón, silenciosa, mientras yo repartía cumplidos a Lucía, a Valeria, a quien se cruzara en mi camino.
Una tarde, me esperó frente a los lockers. Traía un clavel marchito.
—el mismo que le regalé el día que le dije que su risa sonaba a piano—.
—Los pétalos se caen solos cuando la flor está podrida —dijo, y lo dejó caer a mis pies—.
Esa noche, encontré una última nota en mi mochila: «Ahora tus ojos son de todos… y de nadie».
Al día siguiente, su asiento estaba vacío. Dicen que se cambió de colegio. A veces, cuando el viento sopla fuerte, todavía siento el aroma a clavel y me pregunto cuántas primaveras habrán muerto en mi garganta.