Descubrí que tengo cáncer y, en lugar de llorar, estoy inmensamente feliz. Me dirán loca, pero tengo el poder en este momento de disfrutar cada instante antes de morir, sin presión por trabajar y luchar. Ya nada de eso me importa.
Recuerdo el día que recibí la noticia como si fuera ayer. Estaba sentada en la sala de espera del hospital, rodeada de personas que parecían tener la vida en orden. Yo, por otro lado, me sentía como si mi mundo se estuviera derrumbando.
El médico entró en la sala y me llamó por mi nombre. Me levanté y lo seguí hasta su despacho. La habitación estaba llena de papeles y equipos médicos, pero lo que más me llamó la atención fue la expresión seria del médico.
"Lo siento", dijo, "pero los resultados de tus pruebas indican que tienes cáncer."
Me sentí como si me hubieran golpeado en el estómago. No podía respirar. No podía pensar. Solo podía sentir el dolor y la tristeza que me invadían.
Pero entonces, algo extraño sucedió. Empecé a reír. No era una risa histérica o nerviosa, sino una risa auténtica y liberadora.
"¿Qué es lo que te hace reír?", preguntó el médico, sorprendido.
"La ironía de la vida", respondí. "He pasado toda mi vida trabajando y luchando para llegar a algún lugar, y ahora que he llegado, resulta que no importa. La vida es corta y frágil, y podemos perderla en cualquier momento."
El médico me miró con una mezcla de sorpresa y admiración. "Eres una mujer muy fuerte", dijo.
No me sentí fuerte en ese momento. Me sentí vulnerable y mortal. Pero también me sentí libre. Libre de las expectativas y las presiones de la sociedad. Libre de la necesidad de demostrar algo a alguien.
Esa noche, después de recibir la noticia, hice algo que nunca había hecho antes. Empacé mis maletas y me fui de la ciudad. No sabía adónde iba o qué iba a hacer, pero sabía que necesitaba escapar de la rutina y la monotonía de mi vida.
Y así, empecé mi viaje hacia la libertad y la autenticidad. Un viaje que me llevaría a descubrir quién soy realmente y qué es lo que verdaderamente importa en la vida.