En lo más recóndito de la sierra, donde el viento silbaba entre los pinos y las montañas se alzaban como murallas ancestrales, se encontraba San Cristóbal, un pequeño pueblo que parecía haber sido olvidado por el tiempo. Las casas, construidas de adobe y tejas rojizas, se alineaban en calles empedradas que serpenteaban hasta la plaza central, donde una iglesia de piedra se alzaba imponente. Sin embargo, lo que distinguía a San Cristóbal no eran sus paisajes ni su arquitectura, sino un misterio que atraía a viajeros de lugares lejanos: una luz que aparecía en la cima de la colina cada noche, justo al caer el sol.
Decían que esa luz era el alma de Don Mateo, el antiguo farolero que había muerto hacía décadas. Otros murmuraban que era un espíritu protector que vigilaba el valle. Pero la mayoría coincidía en que aquella luz era una advertencia, un recordatorio de un pasado que el pueblo prefería no recordar.
Mateo, un niño curioso de apenas doce años, creció escuchando estas historias. Su abuela, Doña Eulalia, le contaba que cuando ella era joven, la luz no aparecía y que San Cristóbal era un lugar alegre, lleno de música y festejos. Todo cambió una noche de tormenta, cuando el hijo del alcalde desapareció sin dejar rastro. Desde entonces, la luz comenzó a brillar, como un faro inquebrantable que observaba al pueblo desde lo alto.
—Abuela, ¿y nadie ha subido a la colina para ver qué es? —preguntó Mateo, con los ojos abiertos de asombro.
—Muchos lo intentaron, hijo, pero nadie volvió. Dicen que la luz se los lleva —respondió Doña Eulalia, mirando al horizonte con nostalgia.
La curiosidad de Mateo creció con cada relato, alimentada por el misterio y la prohibición. Un atardecer, mientras el cielo se teñía de naranja y púrpura, decidió que debía descubrir la verdad. Sin decir nada a su abuela, preparó una mochila con una linterna, pan y una botella de agua. Esperó a que todos en la casa se durmieran y salió en silencio, envuelto en la penumbra de la noche.
El camino hacia la colina era empinado y pedregoso. La luna apenas iluminaba el sendero y el viento susurraba entre los árboles como si le advirtiera que diera marcha atrás. Pero Mateo era valiente, o al menos eso se repetía a sí mismo con cada paso que daba. Al llegar a la cima, la vio.
La luz no era como la describían. No era un simple destello o una llama danzante. Era un resplandor dorado, suave y cálido, que flotaba a unos metros del suelo, rodeado de un halo resplandeciente. Parecía moverse al compás del viento, casi como si estuviera vivo. Mateo sintió una mezcla de miedo y fascinación. Dio un paso adelante y entonces escuchó una voz.
—¿Quién osa perturbar mi vigilia? —La voz era profunda, pero no amenazante. Parecía provenir de la luz misma.
—Soy Mateo... vine a descubrir qué eres... —dijo el niño, tratando de sonar valiente aunque su corazón latía con fuerza.
La luz titiló y se expandió, revelando una figura humana en su interior. Era un hombre alto, de cabellos plateados y mirada serena. Vestía ropas antiguas, como las que Mateo había visto en los retratos de sus antepasados.
—¿Eres... el espíritu de Don Mateo? —preguntó el niño con cautela.
—No, pequeño. Soy más antiguo que eso. Fui guardián de este valle mucho antes de que San Cristóbal existiera. —La figura habló con una voz que resonó en el aire, como un eco lejano.
Mateo sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—¿Entonces por qué apareciste después de que desapareciera el hijo del alcalde?
La figura suspiró, y por un momento la luz pareció atenuarse.
—Porque su desaparición no fue un accidente. Fue un sacrificio... un pacto oscuro para asegurar la prosperidad del pueblo. Alguien ofreció su vida para obtener riquezas, y esa maldad despertó fuerzas que yacían dormidas en estas tierras. Desde entonces, vigilo para que no vuelvan a despertar.
Mateo sintió un nudo en la garganta. Las palabras de la figura eran como un golpe de realidad.
—¿Quién hizo el pacto?
—Alguien con mucho poder... y miedo de perderlo. Pero esa verdad se perdió en el tiempo, enterrada bajo mentiras y silencio.
La figura se acercó a Mateo, y la luz envolvió al niño en un abrazo cálido.
—Ahora que sabes la verdad, puedes ayudarme. La maldición sigue viva, y sólo puede romperse si el sacrificio es recordado y honrado. Dile al pueblo que no tema la luz, sino la oscuridad que provocó su nacimiento.
Antes de que Mateo pudiera responder, la figura se desvaneció y la luz se apagó, dejando la cima de la colina en completa oscuridad.
Cuando el niño regresó al pueblo al amanecer, nadie le creyó al principio. Pero su determinación y la sinceridad en sus ojos hicieron que los ancianos comenzaran a recordar. Poco a poco, las historias prohibidas salieron a la luz y el nombre del niño perdido volvió a mencionarse en las oraciones.
Con el tiempo, la luz de la colina se hizo más tenue hasta desaparecer por completo. La maldición se había roto, y San Cristóbal recuperó la alegría que había perdido. Mateo creció para convertirse en el cronista del pueblo, asegurándose de que la verdad nunca volviera a ser olvidada.
Pero algunos dicen que, en las noches de tormenta, cuando el viento sopla con fuerza, una pequeña luz dorada aparece en la cima de la colina, como un recordatorio de la vigilia eterna del guardián del valle.
Haciendo que el pueblo se sienta en paz y felicidad, mientras pasa una tormenta de se las puede arrebatar la felicidad y pasar a tristeza, y el pueblo siempre está agradecido con la luz de la colina que hace desaparecer la tristeza del pueblo para siempre este en paz y armonía.
Haciendole ofrendas con comida y oraciones de agradecimiento hacia la luz de la colina, y todo esto fue gracias al san Cristóbal quien era el les daba está luz, para que el pueblo siempre estubiera en paz y felicidad.
Y haci fue como la luz de San Cristóbal hizo que el pueblo siempre estubiera en paz.
FIN