NovelToon NovelToon

Prohibido Llamarte Amor

Capítulo 1 - La silla vacía

La silla de mi padre nunca me había parecido tan grande hasta que la vi vacía.

Estaba en la cabecera de la mesa, como siempre. Negra, ligeramente separada del borde, con una taza de café que alguien había colocado por costumbre antes de recordar que esa mañana nadie iba a ocuparla.

Él estaba en el hospital.

Había sufrido un paro cardíaco hacía apenas unas horas y, aunque los médicos habían conseguido estabilizarlo, seguía delicado.

Delicado, pero estable.

Llevaba desde la madrugada repitiéndome esas tres palabras. No ayudaban demasiado.

—Deja de mirar la silla —murmuró mi hermano, Adrián, a mi lado.

Giré hacia él.

—Tú también la estás mirando.

—Yo estoy pensando —dijo.

Su teléfono se iluminó entre sus manos. Alcancé a ver una notificación antes de que la ocultara con el pulgar.

—¿En Instagram?

Mi hermano me lanzó una mirada.

—¿En serio, Lizzie?

—Tú empezaste.

Suspiró y dejó el teléfono boca abajo.

No tenía ganas de discutir con él. Mucho menos ese día.

La llamada de mamá había llegado antes del amanecer, y después todo se había vuelto un desfile: la ambulancia, el pasillo del hospital, los médicos entrando y saliendo mientras nosotros esperábamos una respuesta que nadie parecía tener. Y luego, casi encima, llegó la empresa. Porque al parecer ni siquiera un paro cardíaco podía detener las llamadas de accionistas, bancos y miembros del consejo.

Por eso estábamos allí. Adrián y yo habíamos salido del hospital apenas una hora antes, dejando a mamá con papá, y habíamos terminado en aquella sala intentando resolver un problema para el que ninguno de los dos estaba preparado.

Yo no quería haberme ido. Pero tampoco podía fingir que no estaba pasando nada.

Levanté la mirada.

Y me encontré con James.

Estaba sentado al otro lado de la mesa, hojeando una carpeta. Traje oscuro, expresión seria y esa tranquilidad suya que siempre conseguía hacerme sentir que todos los demás estábamos exagerando. No sabía si me irritaba o me tranquilizaba verlo allí. Probablemente ambas.

James levantó los ojos y me descubrió observándolo. Por un segundo, ninguno de los dos apartó la mirada.

Entonces sus ojos descendieron hacia mi mano izquierda. Hacia el anillo.

Moví los dedos casi por reflejo. Cuando volvió a mirarme, su expresión no había cambiado.

Cinco años. Y seguía siendo imposible saber qué demonios estaba pensando.

—Comencemos —anunció el vicepresidente.

Me obligué a prestar atención. Durante los siguientes minutos escuchamos informes sobre las consecuencias que la noticia ya estaba provocando: las acciones habían reaccionado, algunos inversionistas pedían explicaciones, y había decisiones que necesitaban la autorización de papá sin que nadie supiera cuánto tiempo estaría ausente.

Cada vez que alguien decía el presidente, mis ojos regresaban a la cabecera de la mesa.

Hasta que llegó la pregunta inevitable.

¿Quién ocuparía su lugar?

—Yo puedo hacerlo —dijo Adrián.

Giré hacia él. Debí imaginarlo.

Mi hermano se había enderezado en la silla y, por primera vez desde que empezó la reunión, había dejado de mirar el teléfono.

Adrián tenía veintisiete años y una confianza en sí mismo que a veces envidiaba. El problema era que esa confianza rara vez venía acompañada de prudencia. No era tonto; todo lo contrario. Era inteligente, encantador y ambicioso, capaz de entrar en una habitación sin conocer a nadie y salir con tres amigos nuevos y una propuesta de negocio. Pero también era capaz de desaparecer un fin de semana entero porque alguien lo había invitado a una fiesta al otro lado del país.

Papá llevaba años intentando prepararlo. Adrián llevaba años asegurando que todavía había tiempo.

Ahora quería la silla.

—Conozco la empresa —continuó—. No necesitamos traer a alguien de fuera.

El silencio del consejo dijo suficiente.

El señor Carter, el más veterano de todos, fue el primero en hablar, y lo hizo sin levantar la vista de sus papeles.

—Nadie duda de que la conozca. Dudamos de que los inversionistas lo sepan.

Vi cómo la expresión de mi hermano se endurecía.

—Soy el hijo del presidente.

Cerré los ojos un instante.

Ahí estaba. El apellido como argumento.

Adrián no entendía que ese era precisamente el motivo por el que no podíamos permitirnos que fracasara.

—El Señor James podría asumir temporalmente —propuso alguien.

El ambiente cambió. Adrián giró la cabeza. Yo miré a James.

Él cerró la carpeta.

—No.-respondió de inmediato

Una palabra. Ni siquiera se tomó tiempo para considerarlo.

El vicepresidente insistió: James conocía la empresa desde hacía años, era uno de sus principales accionistas y tenía la experiencia necesaria para sostenerla durante la ausencia de papá.

Todo era cierto. Y James lo sabía.

—Agradezco la confianza —respondió—, pero no aceptaré el puesto.

Sentí que la preocupación empezaba a mezclarse con la irritación. Adrián quería dirigir aunque no estuviera preparado. James podía hacerlo y simplemente no quería. No sabía cuál de las dos cosas me molestaba más.

El consejo siguió presionando hasta que James terminó explicando lo que significaría aceptar. No prometía conservar todo como estaba. Si la ausencia de papá se prolongaba, habría que tomar decisiones difíciles: reducir gastos, reestructurar áreas enteras, incluso desprenderse de aquello que pusiera en riesgo al resto.

—¿Vender? —pregunté.

James me miró.

—Si fuera necesario.

—Para ti todo suena demasiado sencillo.

—No dije que fuera sencillo.

—Hablas de cerrar áreas como si solo fueran números.

Su expresión se endureció ligeramente.

—Sé perfectamente que hay personas detrás de esos números, Lizzie.

—No lo parece.

La sala quedó en silencio. James dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Mantener algo funcionando hasta que arrastre al resto tampoco ayuda a esas personas.

No respondí enseguida. Porque odiaba admitir que tenía un punto, y porque James tenía esa forma desesperante de decir las cosas: sin suavizarlas, sin el menor interés en caerle bien a nadie.

—Entonces acepta —dije finalmente—. Si sabes lo que habría que hacer, hazlo.

James sostuvo mi mirada.

—No.

Sentí ganas de lanzarle la carpeta que tenía delante.

—¿Por qué?

—Porque no es mi lugar.

Mis ojos se desviaron hacia la cabecera.

—Ahora mismo no es el lugar de nadie.

Algo cambió en su expresión. Fue mínimo.

—Precisamente.

Adrián soltó una risa sin humor.

—Perfecto. Entonces se acabó la discusión. Yo puedo hacerlo.

James giró hacia él.

—Querer hacerlo no significa estar preparado.

La mandíbula de mi hermano se tensó.

—¿Y tú decides quién está preparado?

—No hace falta que lo decida yo.

—James —intervine.

No quería que aquello se convirtiera en una pelea. Adrián ya estaba lo bastante molesto por la resistencia del consejo, y James tenía la desagradable habilidad de provocarlo sin necesidad de levantar la voz.

Miré a mi hermano. Lo conocía. Cuanto más cuestionaran su capacidad, más se aferraría a la idea de ocupar el puesto; no porque de pronto hubiera descubierto una vocación por la empresa, sino porque Adrián detestaba que alguien le dijera que no podía hacer algo.

Y James acababa de hacerlo delante de todo el consejo.

—Podemos discutir mis capacidades todo el día —dijo mi hermano, esforzándose por recuperar la calma—, pero seguimos necesitando a alguien al frente.

En eso tenía razón.

Las voces comenzaron otra vez. Unos querían decidir ese mismo día, otros preferían esperar; alguien sugirió un comité temporal y Ordóñez descartó la idea antes de que terminara la frase.

Intenté seguirlos. No pude.

Hacía apenas unas horas había visto a mi padre conectado a un monitor. Y ya estábamos discutiendo quién ocuparía su lugar.

Miré la silla. Sentí un nudo en el estómago.

Quizá por eso tardé unos segundos en notar que James había dejado de participar.

Estaba guardando sus documentos. Lo vi cerrar la carpeta y ponerse de pie.

—Tengo que irme.

Levanté la cabeza.

—¿Te vas?

James tomó su saco del respaldo.

—Ya di mi respuesta.

El vicepresidente intentó detenerlo. Le pidió que lo reconsiderara antes de tomar una decisión definitiva, pero James no parecía dispuesto a hacerlo.

—No voy a aceptar la dirección.

Y eso fue todo.

Caminó hacia la puerta. Lo seguí con la mirada, sintiendo cómo la poca tranquilidad que me quedaba desaparecía con cada uno de sus pasos.

—James.-lo llamé, mi voz apenas salió y él lo escuchó

Se detuvo. Giró hacia mí.

Por un momento pensé en pedirle que se quedara. No sabía exactamente qué esperaba conseguir. Quizá que volviera a sentarse. Que nos diera una solución. Que por una vez dejara de mirar el desastre desde fuera, como quien observa un incendio desde la acera de enfrente y decide a qué hora se marcha.

Pero todos nos observaban.

Y James también.

Así que no dije nada.

Él sostuvo mi mirada un instante. Después abrió la puerta y se fue.

El sonido al cerrarse detrás de él fue suave. A mí me pareció ensordecedor.

Adrián volvió a hablar casi de inmediato. Uno de los consejeros lo interrumpió; otro insistió en considerar todas las opciones antes de entregar la dirección a alguien sin experiencia suficiente. Las voces empezaron a mezclarse hasta volverse una sola cosa, ruidosa y sin forma.

Dejé de escucharlas.

Miré la puerta por la que James acababa de salir. Después a mi hermano.

Y finalmente a la silla de papá.

Seguía vacía.

Apreté las manos debajo de la mesa. Llevaba toda la mañana diciéndome que tenía que mantener la calma. Por mamá. Por papá.

Respiré profundamente.

No funcionó.

Capítulo 2. La mejor opción

La puerta apenas había terminado de cerrarse detrás de James cuando todos comenzaron a hablar otra vez.

Yo no.

Seguía mirando el lugar por donde se había marchado, intentando comprender cómo alguien podía levantarse, rechazar semejante problema y salir de la habitación con tanta tranquilidad.

En ese momento lo envidié.

Yo también quería irme.

Quería volver al hospital, sentarme junto a mamá y esperar noticias de papá sin pensar en acciones, inversionistas ni en quién ocuparía su puesto. Quería que alguien me dijera que todo estaría bien y poder creerle.

Pero nadie podía hacerlo.

Así que seguía allí.

Frente a la silla vacía.

—No podemos perder más tiempo —dijo Adrián.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

Mi hermano había necesitado menos de un minuto para volver al asunto.

La discusión continuó alrededor de la mesa. Adrián defendía que nombrar a alguien de la familia enviaría un mensaje de estabilidad. Algunos consejeros intentaban explicarle que el apellido no era suficiente. Otros preferían no enfrentarlo directamente.

Yo escuché durante un rato.

Hasta que dejé de poder hacerlo.

—Basta.

No grité.

No hizo falta.

La sala quedó en silencio y Adrián giró hacia mí.

Llevaba toda la mañana conteniéndome. Desde el hospital había intentado mantener la cabeza fría, ayudar a mamá, escuchar a los médicos y no imaginar el peor escenario posible.

Pero había llegado a mi límite.

—No vas a ser presidente, Adrián.

Su expresión cambió inmediatamente.

No le gustó.

Era lógico.

Mi hermano estaba acostumbrado a conseguir casi todo lo que quería y, cuando no lo conseguía, solía encontrar la forma de convertirlo en un desafío personal.

Aquella vez no podía permitírselo.

Adrián tenía muchas cualidades. Era inteligente, carismático y sabía moverse entre personas como si hubiera nacido para conseguir que lo escucharan. También era ambicioso, y en otras circunstancias quizá eso habría sido una ventaja.

El problema era que nunca había aprendido a acompañar esa ambición con paciencia.

Durante años, papá había intentado involucrarlo en la empresa. Le había dado proyectos, responsabilidades e incluso un despacho que Adrián utilizaba con una irregularidad casi ofensiva.

Siempre aparecía algo más interesante.

Viajes.

Fiestas.

Amigos.

Alguna inversión que prometía resultados extraordinarios y que, unas semanas después, dejaba de mencionar.

Adrián quería llegar arriba.

Simplemente nunca había mostrado demasiado interés por subir los escalones.

—No puedes decidir eso tú —respondió.

—No. Pero puedo decir lo que todos están pensando.

No necesité mirar a los demás para saber que varios se habían puesto incómodos.

Lo sentía por Adrián.

De verdad.

Pero lo sentiría mucho más si su orgullo terminaba dañando la empresa que papá había construido durante toda su vida.

Mi hermano me observó con una mezcla de enfado y decepción.

Por un instante sentí culpa.

Entonces miró la silla de papá.

Y la culpa desapareció.

—Estoy preparado —insistió.

Negué con la cabeza.

—No lo estás.

Esta vez mi voz salió más tranquila.

Quizá por eso dolió más.

Le recordé que conocer la empresa no era lo mismo que saber dirigirla. Haber crecido escuchando conversaciones de negocios durante la cena tampoco nos convertía automáticamente en capaces de tomar decisiones que afectaban a miles de personas.

Y dije nos por una razón.

Porque no pensaba esconderme detrás de los errores de Adrián para parecer mejor.

—Yo tampoco estoy preparada.

Él pareció sorprendido.

También algunos miembros del consejo.

No sabía por qué.

Ser hija de papá no me había transferido mágicamente sus treinta años de experiencia.

Yo conocía la empresa. Había trabajado en ella, entendía muchas de sus operaciones y probablemente había prestado más atención que Adrián durante los últimos años.

Pero de ahí a ocupar la presidencia existía una distancia enorme.

Y yo era lo suficientemente consciente para reconocerla.

Algún día quería estar preparada.

Ese día no había llegado.

Mucho menos de aquella forma.

Con papá conectado a un monitor y todos esperando que alguno de sus hijos pudiera convertirse en él de la noche a la mañana.

Adrián apartó la mirada.

Supe que lo había herido.

No quería hacerlo, pero tampoco podía protegerlo de una verdad que afectaba a demasiadas personas.

—Entonces, ¿qué propones? —preguntó finalmente.

No tuve que pensarlo.

—James.

El nombre quedó entre nosotros.

Adrián soltó el aire con fastidio y volvió a sentarse.

Yo miré la puerta.

No me gustaba admitir que necesitábamos a James.

Había algo especialmente irritante en necesitar a una persona que acababa de dejarnos con la palabra en la boca.

Pero no podía permitir que mis sentimientos personales interfirieran.

James era la mejor opción.

No porque fuera perfecto.

Definitivamente no lo era.

Era frío cuando los demás dudaban, calculador cuando todos querían ganar tiempo y capaz de tomar decisiones que a mí probablemente me quitarían el sueño.

Precisamente por eso lo necesitábamos.

James no iba a ocupar la silla de papá para alimentar su ego.

No necesitaba el título.

Ni el dinero.

Ni demostrar que podía hacerlo.

Y quizá esa era la diferencia más importante entre él y Adrián.

Mi hermano quería el poder que representaba aquella silla.

James entendía el peso.

La conversación continuó, aunque ya no me interesaban demasiado las otras opciones.

Un comité provisional podía servir durante algunos días, pero no resolvería el problema. Traer a alguien completamente ajeno a la empresa tomaría tiempo. Y entregársela a Adrián solo porque compartía el apellido de papá era una apuesta que no estaba dispuesta a hacer.

James conocía cada rincón importante del negocio.

Su relación con la empresa había comenzado mucho antes de que cualquiera de nosotros tuviera edad suficiente para preocuparnos por esas cosas. Conocía a papá. Conocía a los accionistas. Y, sobre todo, sabía enfrentarse a una crisis sin dejar que el miedo decidiera por él.

Yo llevaba toda la mañana haciendo exactamente lo contrario.

Tenía miedo.

Muchísimo.

De que papá empeorara.

De que la empresa comenzara a caer mientras él estaba en el hospital.

De que Adrián hiciera alguna estupidez por demostrar que podía dirigirla.

Y también de James.

Aunque esa era una clase de miedo que no pensaba analizar en aquel momento.

—No quiere hacerlo —murmuró Adrián.

Lo miré.

Su enojo parecía haber disminuido. Ahora solo parecía cansado.

—Lo sé.

Y ese era nuestro nuevo problema.

James ya había dicho que no.

Más de una vez.

Podíamos convocar otra junta, enviarle documentos o pedirle a alguien del consejo que hablara con él.

No funcionaría.

Si queríamos que reconsiderara, alguien tendría que enfrentarlo fuera de aquella sala.

Y por alguna razón que prefería no examinar demasiado, supe que ese alguien tendría que ser yo.

Adrián me conocía lo suficiente para darse cuenta.

—No me digas que piensas ir detrás de él.

No respondí.

Tomé mi teléfono.

No tenía intención de perseguir a James por toda la ciudad. Mucho menos llamarlo para preguntarle dónde estaba. Después de la forma en que había salido, probablemente disfrutaría demasiado ignorando mi llamada.

Pero conocía a alguien que sí sabría dónde encontrarlo.

Busqué un contacto que llevaba años sin utilizar.

Clara — Asistente de James.

Mi dedo quedó suspendido sobre el nombre.

Cinco años.

No recordaba la última vez que había tenido una razón para preguntarle a alguien dónde estaba James.

Y me parecía perfectamente bien mantenerlo así.

Hasta hoy.

Me levanté de la mesa y salí al pasillo antes de hacer la llamada.

Clara respondió después del tercer tono.

Intenté sonar casual.

No lo conseguí.

Le expliqué que necesitaba hablar con James por un asunto urgente de la empresa y le pregunté si sabía dónde podía encontrarlo.

Hubo un pequeño silencio al otro lado.

Después me dio la respuesta.

James se había marchado a su hacienda

Le agradecí y le pedí que no le informara que llamé.

De todos los lugares posibles tenía que ser ese.

Miré a través de los ventanales. El cielo, que había amanecido gris, estaba cada vez más oscuro. A lo lejos se acumulaban nubes que prometían una tormenta antes de que terminara la tarde.

Una persona sensata habría esperado hasta el día siguiente.

Le habría enviado un mensaje.

Habría permitido que el consejo buscara otra solución.

Guardé el teléfono en mi bolso.

Por desgracia, nunca había sido especialmente sensata cuando se trataba de James.

Y si él no pensaba regresar a nosotros, tendría que ir yo a buscarlo.

Y haría lo necesario para converserlo, hasta recordar lo sucedido hace cinco años ...

Capítulo 3. La tormenta

Salí de la ciudad discutiendo una vez más con mi hermano, esta vez por teléfono.

Esa fue la parte que después me costó más admitir: que no me fui porque tuviera un plan, sino porque mi hermano me dijo que no me metiera y yo colgué antes de que terminara la frase.

Para cuando la señal empezó a fallar, ya llevaba noventa kilómetros de arrepentimiento acumulado.

La primera gota golpeó el parabrisas a la altura del desvío.

Cinco minutos después llovía. Diez minutos después, el limpiaparabrisas iba al máximo y no servía de nada. El agua caía en láminas, los árboles se doblaban hacia el camino y las luces de la camioneta apenas alcanzaban a iluminar tres metros de tierra convertida en algo que ya no era tierra.

Reduje la velocidad.

Había pasado un puente.

Creía.

Miré el teléfono en el soporte. La ubicación llevaba un rato sin moverse.

Llegué a una bifurcación sin señalamiento. Dos caminos idénticos. Los dos oscuros. Los dos hundiéndose entre los mismos árboles.

Elegí la derecha.

No fue el peor error que cometí esa noche.

Fue el primero.

El camino empezó a estrecharse a los pocos minutos. Después dejó de sentirse como un camino.

Escuché las llantas patinar, corregí, aceleré un poco y la camioneta se movió de lado con una lentitud casi obscena antes de detenerse por completo.

Puse reversa.

El vehículo retrocedió unos centímetros y se hundió más.

Lo intenté otra vez.

Peor.

Apagué el motor y me quedé con las manos sobre el volante, mirando la lluvia estrellarse contra el cristal.

Lo inteligente era esperar dentro.

Bajé.

El agua me golpeó como si llevara rato esperándome. En menos de un minuto tenía el cabello pegado a la cara, la blusa empapada y los zapatos enterrados hasta el tobillo en algo espeso y frío que hacía un ruido asqueroso cada vez que me movía.

Rodeé la camioneta. Me arrodillé junto a la llanta trasera, enterrada hasta la mitad, y la miré como si eso fuera a servir de algo.

Busqué piedras. Ramas. Metí lo que encontré debajo del neumático, volví a subir, aceleré y las escuché salir disparadas hacia atrás.

Lo repetí dos veces más.

A la tercera me quedé sentada al volante, con las manos temblando sobre las piernas y el agua escurriéndome desde el pelo hasta la cintura.

Encendí la calefacción.

Afuera ya no se veía el camino. No sabía cuánto me faltaba para llegar a la hacienda ni cuánto había avanzado en la dirección equivocada. Caminar era una forma elegante de perderme.

Así que me abracé las rodillas contra el pecho y acepté lo evidente.

Iba a esperar.

Cerré los ojos.

Tenía frío.

Mucho más del que estaba dispuesta a admitir, incluso estando sola.

Pasaron veinte minutos.

Quizá treinta.

Entonces aparecieron las luces.

Dos faros temblando a lo lejos, deformados por el agua.

Me incorporé tan rápido que me golpeé el hombro contra la puerta.

Avanzaban despacio. Se acercaron lo suficiente para tomar forma.

Una camioneta negra.

Grande.

Imponente.

Se detuvo a unos metros.

La puerta se abrió y James descendió.

Cruzó la distancia sin cubrirse y sin apresurarse. La camisa se le oscurecía sobre los hombros a cada paso y su cabello rubio, empapado por la lluvia, comenzaba a pegarse sobre su frente.

Abrió mi puerta de un tirón.

No dijo nada durante un segundo entero.

Sus ojos azules bajaron desde mi cabello pegado al rostro hasta mi ropa empapada y, finalmente, mis manos.

—¿Qué demonios haces aquí?

Parecía enfadado.

Pero debajo del enojo había algo más.

Preocupación.

—Necesitaba hablar contigo.

Miró la llanta hundida.

Después volvió a mirarme.

—No debiste venir. Mucho menos sola y con este clima.

—No había nadie a quien pedirle que viniera conmigo.

Algo se movió en su mandíbula.

—Baja.

—James...

—Baja, Lizzie.

Esta vez no fue una petición.

Obedecí.

El barro cedió en cuanto lo pisé y tuve que agarrarme del marco de la puerta.

James ya me sostenía del brazo.

Su mano estaba caliente.

Fue así como entendí cuánto frío tenía.

—Estás temblando.

—No me importa.

—Tienes los labios morados.

—James, escúchame. Por favor.

No me gustó cómo sonó mi voz.

Débil.

Cansada.

Casi suplicante.

Él intentó llevarme hacia su camioneta. No forcejeé. Simplemente no me moví, y tuvo que detenerse o arrastrarme.

Se detuvo.

—Acepta la presidencia.

La lluvia le corría por el rostro y no hizo nada por apartarla.

—¿Manejaste dos horas en medio de esto para decirme algo que ya te respondí?

—Sí.

—Pudiste llamar.

—No me habrías contestado.

James me sostuvo la mirada.

—Eso no lo sabes.

Por alguna razón, aquella respuesta consiguió descolocarme.

Mi corazón dio un golpe un poco más fuerte, pero lo ignoré.

No había ido hasta allí para analizar la posibilidad de que James todavía contestara mis llamadas.

—Adrián no está listo para ser presidente. Yo tampoco. Y tú eres la única persona en la que el consejo confía.

—Este no es el momento.

—Ya no sé cuánto tiempo tengo.

No aclaré si hablaba de la empresa o de mi padre.

No estaba segura de saberlo yo misma.

James no dijo nada.

Tampoco me soltó.

—Sube a la camioneta —dijo finalmente—. Hablamos adentro.

—No.

—Lizzie.

—Si subo, me llevas a tu casa, me das una toalla y mañana me mandas de regreso a la ciudad sin haberme contestado.

El frío me cortó la voz durante un segundo.

—Te conozco.

Algo cruzó por su expresión.

Y ahí, con el agua entrándome por el cuello, se me acabaron los argumentos.

Los había ordenado durante todo el camino.

Experiencia.

Accionistas.

La amistad entre nuestras familias.

Los tenía contados, listos.

Delante de él no me sirvió ninguno.

Porque había otra razón.

Una que llevaba cinco años sin nombre.

Cinco años de saludos correctos, de lugares separados en la mesa, de evitar quedarnos solos y salir de las habitaciones en las que él entraba.

Y de pronto me pareció tan obvia que me dio vergüenza no haberlo pensado antes.

—Si es por mí...

James frunció el ceño.

—¿Qué?

Tragué saliva.

Ya había empezado.

No podía detenerme.

—Lo siento.

Su expresión cambió.

—Lo que pasó entre nosotros... Yo...

Dios.

¿Realmente estaba teniendo aquella conversación empapada bajo una tormenta?

Al parecer sí.

—Lamento haberme acostado contigo.

James se quedó completamente inmóvil.

Excelente.

Respiré hondo.

—Si no quieres aceptar porque eso significa tener que verme todos los días, no tienes que hacerlo.

Sus cejas se juntaron.

—Puedo alejarme.

Ahora parecía más confundido que molesto.

Yo seguí hablando porque, si me detenía, probablemente moriría de vergüenza.

—No tengo que trabajar en la empresa mientras tú estés ahí. Ni siquiera tienes que verme. Puedo mantenerme completamente al margen.

James me observó.

Su silencio empezó a ponerme nerviosa.

—Hazlo por mi padre. Por favor. Por todos los años que nuestras familias han sido amigas. Él confía en ti y ahora te necesita.

Mi voz volvió a fallarme.

—Te lo suplico, James.

Me abracé con más fuerza, pero ni siquiera eso conseguía detener los temblores.

—Mi familia te necesita.

James no apartó los ojos de mí.

Y entonces dije lo que probablemente no debía decir.

—Yo te necesito.

El silencio entre nosotros duró apenas unos segundos.

Se sintió mucho más largo.

No sabía si temblaba por el frío o por todo lo que acababa de decir.

Probablemente por ambas cosas.

—Me alejaré —añadí—. Te lo prometo.

La expresión de James cambió.

No supe interpretarla.

La preocupación desapareció detrás de algo mucho más frío.

Vi cómo apretaba la mandíbula.

—¿Terminaste?

Parpadeé.

—Sí.

Mi voz apenas salió.

James dio un paso hacia mí.

—Bien.

Esperé.

Una respuesta.

Un sí.

Un no.

Algo sobre aquella noche.

No obtuve nada.

En lugar de eso, James se inclinó y pasó un brazo por detrás de mis rodillas.

—¿Qué haces?

El suelo desapareció bajo mis pies.

Solté un pequeño grito y me aferré a sus hombros mientras él me levantaba como si no pesara absolutamente nada.

—¡James!

No respondió.

Caminó conmigo en brazos hacia su camioneta.

—¡Puedo caminar!

—Lo sé.

—Entonces bájame.

Su bota se hundió ligeramente en el barro y, por puro instinto, me aferré con más fuerza a él.

James bajó la mirada.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Estaba furioso.

Mucho más que cuando me había encontrado.

Y yo no tenía la menor idea de por qué.

—No vuelvas a decirme que vas a desaparecer de mi vida.

Dejé de moverme.

James abrió la puerta de su camioneta y me acomodó en el asiento.

Después la cerró de un golpe.

Me quedé allí, empapada, congelada y completamente confundida.

Había conducido noventa kilómetros, me había perdido en medio de una tormenta, había enterrado mi camioneta en el lodo y prácticamente le había suplicado que salvara la empresa de mi padre.

Y seguía sin tener una respuesta.

Apoyé la cabeza contra el asiento.

Definitivamente, aquello no había sido un sí.

Download MangaToon APP on App Store and Google Play

novel PDF download
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play