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Era Menor Que Yo Y Me Enseñó Tanto

Una mirada prohibida

Nunca imaginé que una simple mirada pudiera quedarse tanto tiempo en mi memoria.

Yo tenía treinta y dos años, una pareja y una vida que, al menos desde afuera, parecía ya establecida. Él, en cambio, tenía apenas veinticuatro.

Ocho años nos separaban.

La primera vez que realmente lo noté estaba con mi hijo, enseñándole a montar bicicleta cerca de mi casa. Mientras yo lo ayudaba a mantener el equilibrio, levanté la mirada y lo vi pasar.

Era él.

No sabía quién era, pero en aquel instante me pareció el hombre más hermoso que había visto.

—Fernanda, ni siquiera pienses en eso —me dije.

Era menor que yo. Yo tenía pareja. Y ni siquiera lo conocía.

Después descubrí que se llamaba Andrés.

Para llegar a su trabajo tenía que pasar frente a mi casa, así que comencé a verlo con frecuencia en su camioneta blanca. Al principio intentaba no prestarle atención, pero terminaba mirándolo.

Incluso memoricé su número de placa.

Era absurdo. No sabía prácticamente nada de él y, aun así, mi imaginación comenzaba a preguntarse cómo sería hablar con él, estar cerca de él, conocerlo realmente.

Pasaron días, semanas y meses.

Hasta que un día, mientras pasaba frente a mi casa, me preguntó:

—¿A dónde vas?

Lo miré sorprendida.

—Voy a salir —respondí, intentando parecer tranquila.

Fueron apenas unas palabras, pero para mí significaron mucho más de lo que deberían.

Después, por una casualidad del destino, mi pareja, Pedro, comenzó a trabajar en el mismo lugar que Andrés. Yo sabía que Andrés era uno de sus jefes, aunque Pedro tenía varios superiores, así que jamás imaginé lo que vendría después.

Un día, mientras almorzaba con mi hijo, sonó mi teléfono.

—¿Aló?

—¿Con la señora Fernanda?

—Sí, con ella. Dígame.

—Lo que pasa es que su esposo tuvo un accidente laboral. Está en el hospital. Necesito que se acerque y, si puede, que le lleve algunos artículos de aseo porque tendrá que quedarse unos días.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

El hospital estaba aproximadamente a una hora de mi casa. Pedí un carro y salí desesperada, pensando únicamente en Pedro.

Nunca imaginé quién estaba al otro lado de aquella llamada.

Cuando llegué al hospital y entré a la habitación, lo vi.

Pedro estaba acostado en una cama.

Y sentado a su lado, en una silla, estaba Andrés.

Me quedé sorprendida.

Así que había sido él quien me había llamado.

Lo miré y, a pesar de las circunstancias, tuve el mismo pensamiento que había intentado esconder durante meses: seguía pareciéndome el hombre más guapo que había visto.

Pedro se había quebrado una mano y tendría que permanecer en reposo aproximadamente seis semanas.

Mientras hablábamos, me dijo:

—Fernanda, algunas de mis herramientas quedaron dentro de la camioneta de Andrés. ¿Puedes pedirle que te las entregue?

Salí a buscarlo.

Cuando estuvimos frente a frente, intercambiamos unas palabras.

—Aquí están las herramientas —me dijo, entregándomelas.

—Gracias.

—Apoya mucho a Pedro estos días. Tuvo un accidente y necesita recuperarse.

—Sí, lo haré.

Me miró y añadió:

—Y cualquier cosa que necesiten, avísame.

—Está bien. Gracias.

Andrés sonrió, se despidió y se marchó.

Yo regresé al hospital intentando convencerme de que aquello no había significado nada.

Pero después comenzaron las llamadas.

Durante las seis semanas de recuperación de Pedro, Andrés llamaba para preguntar cómo estaba.

—¿Cómo sigue Pedro?

—Está bien. Todavía le duele la mano.

—¿Necesita algo?

—No, por ahora está bien.

—Bueno. Si necesitan cualquier cosa, me avisas.

Eran conversaciones normales. Inocentes. Andrés solo estaba pendiente de un trabajador que había sufrido un accidente.

Pero yo no podía controlar lo que sentía cuando escuchaba su voz.

Y seguía viéndolo pasar frente a mi casa.

Cada vez que aparecía aquella camioneta blanca, mis ojos lo buscaban.

Era alto, delgado, de ojos color café y tenía unos labios que llamaban demasiado mi atención. A veces me sorprendía imaginando cómo sería acercarme a él, tomar sus manos o sentir sus labios sobre los míos.

Entonces inmediatamente me reprendía.

—No, Fernanda. Esto está mal.

Yo tenía una pareja.

Él era ocho años menor que yo.

Y apenas nos conocíamos.

Pero los pensamientos no siempre obedecen a la razón.

Yo todavía no sabía qué significaban aquellas miradas, aquellas llamadas ni aquella extraña curiosidad que crecía dentro de mí.

Solo sabía una cosa:

Andrés había comenzado siendo un desconocido que pasaba frente a mi casa.

Y, poco a poco, sin que yo lo hubiera planeado, se estaba convirtiendo en alguien que ocupaba demasiado espacio dentro de mis pensamientos.

Todavía no sabía que aquella historia apenas estaba comenzando.

Ni que aquel hombre menor que yo terminaría enseñándome cosas sobre el amor, el deseo, el dolor y sobre mí misma que jamás habría imaginado aprender.

Entre la curiosidad y lo prohibido

Cuando Pedro comenzó a trabajar en aquel lugar, yo todavía no conocía personalmente a Andrés. Sabía que era uno de sus jefes, pero para mí seguía siendo aquel hombre que veía pasar frente a mi casa en su camioneta blanca.

A veces Andrés llamaba a Pedro por teléfono y, por casualidad, era yo quien contestaba.

—¿Aló?

—Hola, ¿está Pedro?

—Sí, pero está ocupado. ¿Quién habla?

—Soy Andrés.

Escuchar su voz me producía una sensación difícil de explicar.

—Ah, sí. Dígame.

Yo siempre lo trataba de usted. Era el jefe de mi pareja y, además, existía una distancia entre nosotros que yo misma me encargaba de mantener.

—¿Cómo está Pedro? —me preguntaba.

—Está bien. ¿Y usted?

—Bien, gracias. ¿Le puede decir que me llame cuando pueda?

—Sí, claro.

En una ocasión terminamos conversando unos cuatro minutos sobre cosas relacionadas con el trabajo de Pedro. No fue una conversación especial. No hubo nada romántico. Pero para mí significó mucho más de lo que Andrés podía imaginar.

Después de eso, cada vez que escuchaba hablar de él sentía curiosidad.

Y esa curiosidad fue creciendo.

Un día salí a la ciudad. Iba caminando bastante rápido, distraída con mis cosas, cuando de repente levanté la mirada.

Andrés estaba frente a mí.

Por primera vez estábamos realmente cerca.

Apenas había unos centímetros entre nosotros.

Nos quedamos mirando.

No recuerdo cuánto duró aquel momento, pero para mí pareció mucho más.

Lo miré a los ojos y sentí algo que hasta entonces había intentado negar.

¿Cuándo será mío?

Ese pensamiento apareció en mi cabeza sin permiso.

Y enseguida me asusté.

¿Cómo podía pensar algo así de un hombre al que apenas conocía?

Andrés tenía veinticuatro años. Yo tenía treinta y dos. Además, yo tenía pareja.

Era imposible.

O al menos eso me repetía.

Pero aquella noche, cuando me acosté junto a Pedro, volví a pensar en Andrés.

Cerré los ojos y apareció su rostro.

Me imaginaba a su lado. Imaginaba cómo sería acercarme a él, besarlo, tomar sus manos y descubrir qué se sentiría estar realmente cerca de aquel hombre que se había convertido en una presencia constante en mis pensamientos.

A veces hasta tenía miedo de pronunciar su nombre.

Andrés.

Era como si decirlo en voz alta pudiera hacer que aquello que ocurría únicamente en mi imaginación se volviera real.

Yo sabía que aquel amor, si algún día llegaba a convertirse en amor, sería prohibido.

Pero también había algo más que me hacía pensar que nunca podría suceder.

¿Por qué un hombre de veinticuatro años se fijaría en una mujer como yo?

Yo no me sentía hermosa.

Había descuidado mucho mi aspecto. Había subido de peso, casi no me maquillaba y muchas veces ni siquiera me peinaba como antes.

Sentía que los hombres ya no podían fijarse en mí.

Andrés, en cambio, me parecía demasiado hermoso.

Alto, delgado, con aquellos ojos color café y una expresión que a mí me parecía casi inocente.

Yo sentía que él todavía tenía mucho por vivir, mientras que yo ya había pasado por varias etapas de mi vida.

Había tenido tres relaciones. Había vivido una relación que terminó mal, había sufrido la pérdida del padre de mi hijo y ahora estaba con Pedro.

Mi historia era muy diferente a la de Andrés.

Y quizá precisamente por eso me atraía tanto.

Mientras yo intentaba entender lo que estaba sintiendo, en casa Pedro hablaba algunas veces de su jefe.

—Andrés estuvo hoy en el trabajo —me decía.

Yo intentaba aparentar indiferencia.

—¿Ah, sí? ¿Y qué tal estuvo todo?

—Bien. Trabajamos normal.

Yo quería preguntarle muchas cosas.

Quería saber cómo era Andrés, qué hacía, con quién hablaba, si tenía pareja, qué pensaba.

Pero no podía.

Si preguntaba demasiado, Pedro podía sospechar.

Así que aprendí a hacer pequeñas preguntas que parecieran casuales.

—¿Y Andrés estuvo hoy?

—Sí.

—Ah, bueno.

Y cambiaba de tema.

Pedro era muy celoso.

No le gustaba que yo saliera sola, que hablara con otras personas o que tuviera demasiada libertad. Muchas veces ni siquiera podía ir al centro, a la ciudad o a una tienda sin llevar a mi hijo conmigo.

También había tenido problemas por mi forma de relacionarme con otras personas y por cosas de mi pasado.

Pedro sabía que antes de estar con él yo había tenido otras relaciones, y durante nuestras discusiones muchas veces utilizaba ese pasado para reprochármelo.

Por eso yo había comenzado a esconderme un poco.

Me vestía de manera muy cubierta. Casi no me maquillaba. Evitaba ciertas prendas y trataba de no llamar demasiado la atención.

No quería provocar discusiones.

Yo sabía que mis sentimientos por Pedro ya no eran iguales que al principio, pero todavía quería mantener una relación buena con él.

Y entonces apareció Andrés en medio de todos esos pensamientos.

Un día iba a salir a la tienda cuando escuché su voz.

—¿Te llevo? ¿A dónde vas?

Me puse nerviosa.

Era una oportunidad que, en el fondo, había imaginado muchas veces.

Pero inmediatamente pensé en Pedro.

Pensé en sus celos, en sus preguntas, en lo que podría ocurrir si se enteraba.

—No, gracias —respondí.

Andrés no insistió.

—Está bien.

Y se fue.

Yo me quedé allí, viéndolo alejarse.

Y apenas desapareció de mi vista, me arrepentí.

¿Por qué le dije que no?

Quería conocerlo.

Quería estar cerca de él.

Pero tenía miedo.

Me sentía atrapada entre lo que deseaba y la vida que ya tenía.

Entre lo correcto y lo que imaginaba.

Entre Pedro y Andrés.

Y mientras afuera intentaba mantener todo bajo control, dentro de mi cabeza ya había ocurrido algo que no podía detener.

Había creado una historia con Andrés mucho antes de que realmente existiera una historia entre nosotros.

En mis pensamientos ya lo había conocido.

Ya había conversado con él.

Ya había imaginado sus manos, su mirada y sus labios.

Ya había imaginado cómo sería tenerlo cerca.

Pero Andrés no sabía nada de aquello.

Para él, yo probablemente solo era la pareja de uno de sus trabajadores.

Y quizá eso era lo que más me dolía.

Porque mientras yo pensaba en él cada vez más, estaba convencida de que él jamás podría fijarse en una mujer como yo.

Yo lo deseaba, pero no sabía si aquello era amor, atracción o simplemente una ilusión nacida de mi imaginación.

Solo sabía que, cada vez que lo veía, algo dentro de mí despertaba.

Y cuanto más intentaba apagarlo, más fuerte se hacía.

El camino equivocado

Pasaron semanas, meses y finalmente casi un año. Pedro continuaba trabajando en el mismo lugar y Andrés seguía formando parte de mis pensamientos.

Aunque durante todo ese tiempo lo vi pasar muchas veces frente a mi casa en aquella camioneta blanca, casi nunca tuvimos contacto. Después de nuestro encuentro en la ciudad, apenas nos saludábamos de lejos.

Pero yo seguía mirándolo.

Entonces llegó la fiesta navideña del trabajo.

Cuando Pedro me dijo que tendría que asistir, sentí una mezcla de nervios y emoción. Sabía que Andrés estaría allí.

El problema era que yo no sabía qué ponerme.

Me miraba al espejo y no me sentía bonita. Había subido de peso y me sentía insegura con mi cuerpo. Me gustaba mi busto, pero no me gustaban mi abdomen ni mis glúteos. Sentía que todo se veía peor porque casi nunca me arreglaba.

Finalmente me puse una camiseta de jean, un pantalón y una blusa blanca. Encima me coloqué una chaqueta grande, porque me sentía más segura cuando podía esconder mi cuerpo.

Cuando llegué a la fiesta, lo vi.

Andrés estaba allí.

Me saludó desde lejos y me sonrió.

No sabía si aquella sonrisa era especial para mí o si simplemente era su manera de tratar a todo el mundo.

Pero tenía una sonrisa capaz de conquistar a cualquiera.

Yo lo encontraba increíblemente atractivo.

No nos acercamos. Solo nos saludamos desde lejos con un pequeño movimiento de cabeza.

Y eso fue todo.

Pero para mí fue suficiente para pasar el resto de la noche pensando en él.

Los días continuaron pasando.

Y entonces ocurrió algo que no esperaba.

Mi hermana comenzó a fijarse en Andrés.

—Me gusta ese chico —me dijo una vez—. Creo que lo voy a conquistar.

Sentí algo extraño en el pecho.

Celos.

Pero no podía admitirlo.

¿Cómo iba a decirle a mi hermana que me molestaba que le gustara el mismo hombre que a mí?

Incluso llegó a detener la camioneta de Andrés para pedirle que la llevara a la ciudad. Desde donde vivíamos, salir del campo no siempre era sencillo.

Andrés aceptó llevarla.

Yo intentaba actuar como si aquello no me importara, pero por dentro pensaba:

¿Y si termina siendo mi cuñado?

Solo imaginarlo me dolía.

Después supe que mi hermana había estado coqueteando con él, intentando conquistarlo.

Pero Andrés se lo contó a Pedro.

—¿Sabes que tu cuñada me estuvo tirando la onda? —le dijo—. Intentó conquistarme, pero no me llamó la atención.

Cuando Pedro me lo contó, sentí un alivio que tuve que esconder.

Por dentro pensé:

Al menos no se va a convertir en mi cuñado.

Era extraño sentirme feliz por algo así.

Pero entonces comprendí hasta qué punto me gustaba Andrés.

Aquello que durante tanto tiempo había intentado llamar simplemente atracción se estaba convirtiendo en algo mucho más intenso.

Y, mientras todo eso ocurría, yo estaba buscando una manera de escapar de mis propios pensamientos.

Fue entonces cuando apareció el juego.

Al principio parecía una distracción.

Cuando jugaba, dejaba de pensar.

Durante un rato no existían Andrés, Pedro, las discusiones, mis inseguridades ni todos los problemas que llevaba dentro.

Solo estaba yo y aquella pantalla.

Pero no tardé en descubrir que había tomado la peor decisión de mi vida.

El juego empezó a atraparme.

Comencé a gastar dinero que no debía gastar. Tomé dinero de Pedro. Utilicé tarjetas de crédito. Incluso llegué a tocar dinero de la pensión de mi hijo.

Cada vez las cantidades eran mayores.

Y yo seguía pensando que podía recuperar lo perdido.

Pero no lo recuperaba.

Perdía más.

Y volvía a jugar.

Así pasaron semanas y meses.

Yo estaba cayendo cada vez más profundo en aquel hoyo llamado ludopatía.

Me estaba fallando a mí misma.

Y lo que más me dolía era sentir que también estaba fallándole a mi hijo.

A veces me quedaba despierta toda la noche jugando.

Mientras el mundo dormía, yo seguía frente a una pantalla intentando recuperar un dinero que ya no existía.

No entendía que estaba persiguiendo una pérdida que nunca iba a regresar de esa manera.

Mi vida se estaba dañando.

Y no era solamente por el dinero.

Estaba perdiendo oportunidades.

Oportunidades de estar tranquila, de cuidar de mí, de estar presente para mi hijo y de construir un futuro diferente.

También estaba mi relación con Pedro.

Las cosas entre nosotros ya no eran como antes.

Discutíamos constantemente, especialmente por dinero. Pedro era celoso, posesivo y quería controlar muchas de las cosas que yo hacía y gastaba.

Seguíamos juntos, pero muchas veces sentía que lo nuestro se mantenía más por las apariencias, por lo que pudieran decir los demás y por las consecuencias económicas que yo tenía que enfrentar.

Yo sabía que emocionalmente nuestra relación estaba prácticamente terminada.

Y, en medio de todo aquello, estaba Andrés.

Un hombre que quizá nunca llegaría a formar parte de mi vida.

Un amor que yo consideraba imposible.

Un sentimiento que había nacido sin que yo lo buscara.

Yo soy católica y siempre he tenido mucha fe.

Muchas noches le pedía a Dios que me ayudara.

—Dios mío, ayúdame a salir de esto. Ayúdame a cambiar.

Le hice promesas muchas veces.

Pero durante mucho tiempo no tuve la capacidad de entender realmente lo mal que estaba.

Pedía ayuda y después volvía a cometer los mismos errores.

Hasta que un día algo cambió dentro de mí.

Me di cuenta de que ya era suficiente.

No podía recuperar el dinero perdido.

No podía regresar el tiempo.

No podía borrar mis decisiones.

Pero sí podía decidir qué hacer con el resto de mi vida.

Comprendí que tenía que renacer.

Tenía que ser más fuerte.

Tenía que empezar a quererme.

Quería cuidar mi cuerpo, dejar poco a poco las cosas que sabía que me hacían daño y comenzar a preocuparme por mí.

Pero, sobre todo, entendí algo que nunca debía haber olvidado:

El dinero que había perdido podía volver algún día.

Pero no lo recuperaría jugando.

Lo recuperaría trabajando.

Poco a poco.

Un día a la vez.

Quizá no sabía qué iba a pasar con Andrés.

Quizá tampoco sabía cómo terminaría mi relación con Pedro.

Pero por primera vez empecé a comprender que, antes de pensar en amar a otra persona, tenía que aprender a elegirme a mí misma.

Y así, mientras aquella etapa de mi vida comenzaba a romperse poco a poco, yo todavía no sabía que el destino tenía preparada una historia completamente diferente para Andrés y para mí.

Una historia que apenas estaba comenzando.

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