La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la pequeña casa de los Valenti.
Isabella permanecía sentada frente a la mesa del comedor, con un libro abierto delante de ella. Llevaba casi veinte minutos mirando la misma página sin conseguir leer una sola palabra.
Algo no estaba bien.
Lo sabía desde que había llegado a casa y había encontrado a su padre sentado en la oscuridad, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas.
Su padre nunca se quedaba así.
Siempre había sido un hombre fuerte. Incluso cuando las cosas iban mal, encontraba alguna manera de tranquilizarla.
Pero aquella noche no.
—Papá —dijo Isabella finalmente—. ¿Qué pasó?
Robert levantó la mirada.
Sus ojos estaban cansados.
—Tenemos que hablar.
El corazón de Isabella comenzó a latir más rápido.
—¿Es la empresa?
Él tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Isabella cerró lentamente el libro.
—¿Qué pasó?
Robert respiró profundamente.
—La empresa tiene demasiadas deudas.
—¿Cuántas?
Su padre no respondió.
—Papá, ¿cuántas?
—Más de las que podemos pagar.
Isabella se levantó de la silla.
—Pero podemos vender algunas propiedades.
—Ya lo intenté.
—Entonces pedir un préstamo.
—Ningún banco quiere prestarnos dinero.
La desesperación comenzó a aparecer en el rostro de Isabella.
—Tiene que existir otra solución.
Robert bajó la mirada.
—Existe.
Aquella palabra hizo que Isabella se quedara inmóvil.
—¿Cuál?
Su padre tomó una carpeta que estaba junto a él y la colocó sobre la mesa.
Isabella se acercó.
—¿Qué es eso?
—Una propuesta.
Ella abrió la carpeta.
En la primera página había un nombre que conocía perfectamente.
BLACKWOOD CORPORATION.
Isabella levantó la mirada.
—¿La familia Blackwood?
Robert asintió.
Todo el mundo conocía a los Blackwood.
Poseían hoteles, empresas tecnológicas, inversiones inmobiliarias y compañías internacionales. Su fortuna era prácticamente imposible de imaginar.
—¿Qué quieren?
Su padre permaneció en silencio.
—Papá.
—Quieren hacerse cargo de nuestras deudas.
—¿Y qué tenemos que darles a cambio?
Robert tragó saliva.
—No es exactamente a nosotros a quienes quieren algo.
Isabella sintió un nudo en el estómago.
—¿A quién?
Su padre la miró directamente.
—A ti.
El silencio fue absoluto.
—¿A mí?
—Isabella, por favor, déjame explicarte.
Ella dio un paso hacia atrás.
—¿Qué quieren de mí?
Robert cerró los ojos durante un instante.
—Un matrimonio.
Isabella pensó que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Alexander Blackwood necesita casarse.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Su familia quiere que tenga una esposa antes de asumir oficialmente el control de una parte del imperio familiar.
Isabella soltó una pequeña risa de incredulidad.
—¿Y decidieron que yo soy la candidata perfecta?
—No fue exactamente así.
—¡Entonces explícame!
Robert se levantó.
—No quiero obligarte.
—Pero me estás diciendo que nuestra familia puede perderlo todo si no acepto.
Su padre no respondió.
Eso fue suficiente.
Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Cuánto tiempo?
—Un año.
—¿Un año casada con un desconocido?
—Después del año, el acuerdo termina.
Ella cerró la carpeta.
—Quiero conocerlo.
Robert pareció sorprendido.
—¿Estás segura?
Isabella respiró profundamente.
No estaba segura de nada.
Pero si aquel hombre era la única posibilidad de salvar a su familia, necesitaba mirarlo a los ojos antes de tomar una decisión.
—Sí.
Al día siguiente conocería a Alexander Blackwood.
Y aunque todavía no lo sabía, aquel encuentro cambiaría para siempre su vida.
Al día siguiente, Isabella despertó antes de que sonara su alarma.
Había dormido muy poco.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba las palabras de su padre.
Un matrimonio.
Le parecía absurdo.
¿Cómo podía alguien aceptar casarse con una persona que apenas conocía?
Y, peor todavía, ¿cómo podía ella considerar siquiera esa posibilidad?
Se levantó, se arregló y bajó a desayunar.
Robert ya la estaba esperando.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Un poco.
Su padre supo que era mentira, pero decidió no insistir.
—El señor Blackwood nos espera a las diez.
Isabella dejó la taza sobre la mesa.
—¿Alexander?
—Sí.
—¿Dónde?
—En las oficinas principales de Blackwood Corporation.
Isabella respiró profundamente.
—Bien.
A las diez menos cinco, Isabella llegó al enorme edificio de Blackwood Corporation.
Desde la entrada podía verse el poder de aquella familia.
Todo era elegante, moderno y perfectamente organizado.
Una mujer de recepción se acercó.
—¿Señorita Valenti?
—Sí.
—El señor Blackwood la está esperando en el piso treinta y dos.
Isabella asintió.
Mientras el ascensor subía, observó cómo los números cambiaban lentamente.
Treinta.
Treinta y uno.
Treinta y dos.
Las puertas se abrieron.
Un hombre la esperaba al final del pasillo.
—Señorita Valenti.
—¿Alexander Blackwood?
—No. Soy Mateo Collins. El señor Blackwood está en su oficina.
Isabella lo siguió.
Antes de entrar, Mateo se detuvo.
—Una recomendación.
Ella lo miró.
—¿Cuál?
—No intente impresionarlo.
Isabella levantó una ceja.
—No pensaba hacerlo.
Mateo sonrió.
—Entonces probablemente le irá bien.
Abrió la puerta.
Alexander estaba de espaldas frente a los ventanales.
Vestía un traje oscuro y tenía las manos en los bolsillos.
—Puedes irte, Mateo.
—Claro.
La puerta se cerró.
Alexander se giró.
Isabella sintió que había imaginado muchas veces cómo sería, pero ninguna de sus imaginaciones se acercaba a la realidad.
Él tenía una mirada seria, casi imposible de descifrar.
—Isabella Valenti.
—Alexander Blackwood.
—Siéntate.
Ella tomó asiento frente al escritorio.
Alexander permaneció de pie.
—Tu padre te explicó la situación.
—Sí.
—También te explicó el acuerdo.
—Sí.
—Entonces sabes por qué estás aquí.
Isabella lo miró directamente.
—Sé lo que dicen que quieren de mí. Pero todavía no sé por qué tú aceptaste.
Alexander guardó silencio unos segundos.
—Porque este matrimonio también me beneficia.
—¿Cómo?
—Hay ciertas condiciones dentro de mi familia que debo cumplir para obtener el control de una parte de la empresa.
Isabella comprendió.
—Entonces tampoco quieres casarte.
—No.
—Perfecto.
Alexander frunció ligeramente el ceño.
—¿Perfecto?
—Si ninguno quiere esto, será más fácil.
Por primera vez, él pareció divertido.
—No estoy seguro de que sea fácil.
Alexander tomó una carpeta y la deslizó sobre el escritorio.
—Aquí están las condiciones.
Isabella la abrió.
—¿Un año?
—Doce meses.
—¿Viviremos juntos?
—Sí.
—¿Tenemos que fingir que estamos enamorados?
—Frente a nuestras familias y los medios, sí.
Isabella suspiró.
—Esto es una locura.
—Probablemente.
Ella pasó varias páginas hasta llegar al final.
Entonces se detuvo.
—¿Qué significa esto?
Alexander miró el documento.
—La última regla.
Isabella leyó en silencio.
No enamorarse.
Levantó lentamente la mirada.
—¿En serio?
—Completamente.
Isabella soltó una pequeña risa.
—No tienes que preocuparte por mí.
Alexander la observó.
—Eso espero.
Ella cerró la carpeta.
—Necesito pensarlo.
—Tómate el tiempo que necesites.
Isabella se levantó y caminó hacia la puerta.
Pero antes de salir, escuchó la voz de Alexander.
—Isabella.
Ella se giró.
—¿Sí?
—Si aceptas, tu familia quedará libre de sus deudas.
Aquellas palabras la hicieron detenerse.
Miró nuevamente el contrato.
Sabía que estaba a punto de tomar una decisión que podía cambiar su vida.
Tomó la carpeta.
—Te daré mi respuesta mañana.
Y salió de la oficina.
Sin saber que Alexander la observaba desde la puerta, preguntándose por qué aquella joven había conseguido despertar su curiosidad en apenas unos minutos.
Isabella pasó toda la noche pensando en el contrato.
La carpeta estaba sobre su escritorio, exactamente donde la había dejado al llegar a casa. Había intentado ignorarla, pero cada vez que levantaba la mirada volvía a encontrarse con las palabras que podían cambiar su vida.
Matrimonio por doce meses.
Doce meses.
No parecía tanto tiempo.
Pero tampoco parecía poco cuando significaba compartir su vida con un desconocido.
Isabella tomó la carpeta y volvió a leer cada condición.
Su familia quedaría libre de las deudas.
Su padre podría conservar la empresa.
Su hermana Emma no tendría que preocuparse por perder su hogar.
Y ella solamente tendría que fingir ser la esposa de Alexander Blackwood durante un año.
—¿Qué podría salir mal? —murmuró.
La respuesta apareció inmediatamente en su cabeza.
Todo.
Cerró los ojos.
No quería hacerlo.
Pero tampoco podía ignorar la situación de su familia.
A la mañana siguiente bajó a desayunar.
Su padre estaba sentado junto a la ventana.
Al verla, dejó la taza sobre la mesa.
—¿Tomaste una decisión?
Isabella se sentó frente a él.
—Sí.
Robert la observó con preocupación.
—No tienes que hacerlo por nosotros.
—Lo sé.
—Isabella…
—Papá, ya lo pensé.
Ella tomó aire.
—Voy a aceptar.
Su padre cerró los ojos durante unos segundos.
—No quería que llegáramos a esto.
—Yo tampoco.
—Todavía podemos buscar otra solución.
Isabella negó lentamente.
—No hay tiempo.
Robert se levantó y la abrazó.
—Perdóname.
Isabella cerró los ojos.
—No tienes que pedirme perdón.
Pero una pequeña parte de ella sabía que nada volvería a ser igual.
A las nueve de la mañana, Isabella estaba nuevamente frente al edificio Blackwood.
Subió hasta el piso treinta y dos.
Mateo volvió a recibirla.
—¿Ya tienes una respuesta?
Isabella sostuvo la carpeta contra su pecho.
—Sí.
Mateo sonrió.
—Entonces te deseo suerte.
—¿Por qué?
—Porque Alexander no suele aceptar que las cosas no salgan como él quiere.
—Yo tampoco.
Mateo soltó una risa.
—Entonces quizá sean una buena pareja.
Isabella lo miró con incredulidad.
—No empieces.
—No dije nada.
Mateo abrió la puerta.
Alexander estaba sentado detrás de su escritorio revisando unos documentos.
Al verla, levantó la mirada.
—Llegaste temprano.
—Dije que vendría.
—¿Y?
Isabella dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Acepto.
Alexander permaneció en silencio.
No parecía sorprendido.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Todavía puedes cambiar de opinión.
—Lo sé.
Alexander tomó el contrato.
—Entonces debemos establecer algunas cosas antes de firmar.
Isabella se cruzó de brazos.
—Te escucho.
—Primero, frente a nuestras familias debemos parecer una pareja feliz.
—Puedo fingir.
—Segundo, no quiero que los medios sepan que esto es un acuerdo.
—De acuerdo.
—Tercero, tendrás libertad para continuar con tus estudios y tu vida personal.
Isabella lo miró sorprendida.
—¿No vas a decidir por mí?
—No.
—Bien.
Alexander hizo una pausa.
—Y cuarto, si en algún momento quieres terminar el acuerdo antes de tiempo, me lo dices.
Isabella no esperaba aquella condición.
—¿Incluso si mi familia todavía necesita tu ayuda?
—Sí.
Ella lo observó durante unos segundos.
Quizás Alexander Blackwood no era exactamente como había imaginado.
Tomó la pluma.
—Entonces hagámoslo.
Alexander firmó primero.
Después deslizó el contrato hacia ella.
Isabella sostuvo la pluma.
Por última vez pensó en todo lo que estaba a punto de perder.
Su libertad.
Su vida tranquila.
La posibilidad de enamorarse algún día de alguien por elección propia.
Finalmente firmó.
Alexander extendió la mano.
—Tenemos un acuerdo.
Isabella estrechó su mano.
—Tenemos un acuerdo.
Sus miradas se encontraron.
Durante unos segundos ninguno apartó los ojos.
Entonces Alexander soltó su mano.
—La boda será en tres semanas.
Isabella abrió los ojos.
—¿Tres semanas?
—Sí.
—¿No crees que deberíamos conocernos primero?
Alexander la miró seriamente.
—Probablemente.
Isabella suspiró.
—Esto va a ser complicado.
Él se levantó.
—Sin duda.
Y mientras Isabella salía de aquella oficina con el contrato en sus manos, ninguno de los dos imaginaba que aquella firma sería el comienzo de algo mucho más peligroso que un simple matrimonio.
Porque habían firmado para fingir amor.
Pero ninguno había pensado qué ocurriría si algún día dejaban de fingir.
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