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El Yacuza Tiene Un Amante

Nunca prometas LO QUE SEA

El despacho del profesor olía a papel antiguo, café amargo y el cuero gastado del sillón de la esquina. Un ambiente frío y sofocante donde Liam apenas podía encontrar aire para respirar.

Liam, un chico de primer año con la mirada aún cargada de una inocencia desarmante y facciones limpias, apretaba sus puños al borde del pesado escritorio de caoba. Frente a él, las pruebas del robo estaban sobre la mesa: un informe formal redactado por el propio profesor, listo para ser enviado al comité disciplinario de la universidad.

—Se lo suplico, profesor… —la voz de Liam tembló, rompiendo el pesado silencio de la habitación—. Mi hermano cometió un error stupido, lo sé. Es un ladronzuelo, no piensa las cosas, pero si usted mantiene esta denuncia, lo van a expulsar hoy mismo. Ninguna otra universidad lo va a aceptar. Su vida se va a arruinar por completo.

El profesor se mantuvo en silencio, reclinándose lentamente en su sillón. Su mirada no estaba fija en el informe, sino en Liam. Observaba el brillo desesperado de sus ojos, la tensión en su cuello y las facciones juveniles que encajaban perfectamente con sus gustos más oscuros.

—Si retira los cargos —continuó Liam con velocidad casi atropellada, buscando una salida—, le prometo que mi hermano se irá de la universidad. Él se retirará voluntariamente, buscará trabajo en otra parte o estudiará donde no moleste a nadie. Solo le pido que no le deje un antecedente.

El profesor cruzó las manos sobre la caoba y se inclinó levemente hacia adelante. La luz tenue de la lámpara de escritorio remarcó sus rasgo fríos y calculadores.

—¿Y qué estás dispuesto a dar tú por salvar a tu hermano? —preguntó el profesor con una voz pausada, casi melódica, midiendo el impacto de cada palabra.

Liam tragó saliva. La angustia por salvar a su hermano nubló cualquier atisbo de prudencia.

—Lo que sea —respondió Liam, cometiendo el primer gran error—. Lo que usted me pida, yo lo haré.

El profesor esbozó una pequeña y afilada sonrisa.

—Nunca digas "lo que sea", muchacho —dijo el profesor en un susurro gélido—. Porque siempre debe haber un límite.

Sin apartar la vista de Liam, el profesor tomó un bolígrafo y una hoja en blanco. Escribió algo con trazos rápidos y precisos. Luego, dobló el papel con parsimonia y se lo extendió.

—Mañana a primera hora tengo que presentarme ante el comité disciplinario para ratificar la denuncia contra tu hermano —explicó el profesor con absoluta serenidad—. Así que te espero hoy en esta habitación de hotel.

Liam tomó el papel con manos temblorosas y leyó la dirección y el número de habitación.

—Vete perfumado —añadió el profesor, mirándolo de arriba abajo con una lascivia fría que hizo que a Liam se le helara la sangre—... y vete dispuesto.

A Liam se le abrieron los ojos de par en par, mientras el color desaparecía de su rostro.

—¿Me... me está diciendo que usted quiere que yo...?

El profesor no cambió la expresión. Mantuvo esa mirada penetrante, calculadora y sin un solo rastro de piedad.

—Exacto. Tú o tu hermanito. Mañana, de una forma u otra, igual lo tendré a él o te tendré a ti.

El profesor guardó el bolígrafo en su saco, tomó su maletín y caminó hacia la salida del despacho. Se detuvo un segundo junto a Liam, cuya respiración se había vuelto agitada y presa del pánico, y sin añadir nada más, cruzó la puerta y lo dejó solo en la penumbra.

El dilema de Liam

El papel quemaba en la palma de la mano de Liam.

La dirección del hotel y el número de la habitación estaban escritos con una caligrafía elegante y despiadada, trazos firmes que contrastaban grotescamente con el peso de la proposición.

Liam permaneció inmóvil en el pasillo de la universidad hasta que las luces del edificio comenzaron a apagarse una a una. A su alrededor, la vida académica continuaba de manera ajena y rutinaria: estudiantes riendo mientras caminaban hacia los dormitorios, profesores ajustando sus abrigos al salir, la lluvia ligera comenzando a repiquetear contra los ventanales de la facultad.

Para Liam, sin embargo, el mundo se había reducido a una trampa sin salida.

Llegó a la residencia universitaria con el cuerpo entumecido. Al abrir la puerta de su pequeña habitación, encontró a su hermano mayor, Marcus, tirado en la cama con los pies sobre el escritorio, mirando distraídamente el teléfono.

—Liam, al fin llegas —dijo Marcus sin mirarlo siquiera, con ese tono despreocupado que tanto solía desesperarlo—. ¿Hablaste con el profesor? ¿Te dijo si me va a dar otra oportunidad o si solo es una sanción administrativa?

Liam se quedó de pie junto a la puerta, observando a Marcus. Su hermano era astuto, pero impulsivo; un ladronzuelo que siempre confiaba en que alguien vendría a limpiar sus desastres. Pero esta vez no se trataba de una nota baja o de un conflicto menor. Si el informe llegaba formalmente al comité disciplinario a primera hora de la mañana, el expediente de Marcus quedaría marcado de por vida por robo e intoxicación institucional. Ninguna otra facultad lo admitiría. Su futuro estaría completamente destruido antes de empezar.

—Él no va a bajar la denuncia, Marcus —dijo Liam con la voz apagada, apretando la nota dentro del bolsillo de su chaqueta.

—¿Cómo que no? —Marcus se levantó de golpe, la sorpresa y el pánico cruzando al fin por sus ojos—. Liam, tienes que ayudarme. Si me expulsan con eso en el expediente, mi papá me va a matar, y no podré matricularme en ningún lado. ¡Tú me dijiste que ibas a convencerlo!

—Él... aceptó no presentar los cargos —mintió Liam, tragándose el nudo que le atenazaba la garganta—, solo si te retiras voluntariamente mañana temprano y te vas de la ciudad. Pero me dijo que la decisión depende de lo que ocurra esta noche.

Marcus suspiró aliviado, ignorando la palidez en el rostro de su hermano menor.

—Menos mal. Sabía que podías arreglarlo. Eres el favorito de todos los profesores, Liam, a ti siempre te escuchan.

A ti siempre te escuchan. Las palabras resonaron en la cabeza de Liam como un eco burlón. Marcus no tenía idea del precio que el profesor había fijado.

A las nueve de la noche, Liam estaba frente al espejo del pequeño baño del dormitorio.

El agua caliente le había quitado el frío del cuerpo, pero no el vacío helado en el estómago. Siguiendo las instrucciones del profesor, se había duchado minuciosamente y se había aplicado una colonia suave. Cada gesto se sentía lejano, como si estuviera contemplando a un desconocido preparar su propia condena.

Sacó el papel de su bolsillo una vez más.

Habitación 408. Hotel Grand Central.

La advertencia del profesor le martillaba la mente: «Nunca digas "lo que sea", porque siempre debe haber un límite». Él mismo había entregado la carta de navegación para su propia vulnerabilidad al ofrecerlo todo sin medir las consecuencias. Pero ver a su hermano arruinado era un precio que Liam simplemente no podía permitir.

Salió a la calle bajo la llovizna constante. El trayecto en taxi hasta el hotel transcurrió en un silencio asfixiante. A medida que el vehículo se acercaba al centro de la ciudad, los edificios antiguos de la universidad quedaron atrás, reemplazados por las luces de neón y los grandes hoteles ejecutivos.

Liam pagó al conductor y se bajó frente a la fachada de cristal y granito del Hotel Grand Central.

Avanzó por el vestíbulo, pisando la alfombra mullida que ahogaba el sonido de sus pasos. El recepcionista ni siquiera levantó la vista mientras Liam caminaba hacia los ascensores. Marcó el piso cuatro.

El ascensor subió con un murmullo metálico y fluido. Cuando las puertas se abrieron, el pasillo del cuarto piso se desplegó frente a él: silencioso, iluminado por luces cálidas y flanqueado por puertas de madera oscura.

Liam caminó despacio, contando los números en las placas doradas.

402... 404... 406...

Se detuvo frente a la puerta 408.

Su corazón latía desbocado contra sus costillas. Levanto la mano temblorosa, dudo un segundo en el aire, y finalmente golpeo suavemente la madera con los nudillos.

Unos segundos después, se escucharon pasos al otro lado. La cerradura electrónica emitió un chasquido verde y la puerta se abrió lentamente.

El profesor estaba de pie en el umbral, vistiendo una camisa oscura sin corbata y con la mirada fría y calculadora fijada directamente en Liam. Observó detenidamente la expresión del muchacho, su postura rígida y el leve aroma a perfume que lo acompañaba.

—Llegas a tiempo, Liam —dijo el profesor con voz tranquila, dando un paso al lado para dejarle espacio—. Entra.

La habitación 408

El cerrojo chasqueó a sus espaldas con una definitividad de sentencia. Liam se quedó clavado a dos pasos de la puerta, atrapado entre el calor residual del vestíbulo y un temblor helado que le subía por las muñecas hasta los hombros, como si la sangre se le estuviera enfriando en tiempo real. Diecinueve años, un semestre de universidad y una beca que le había costado dos años de preparación no lo habían entrenado para esto. Nada lo habría hecho.

La habitación era amplia, pero la amplitud no aliviaba nada. Dos lámparas de luz ámbar ardían sobre las veladoras del aparador, y entre los visillos se colaba el resplandor difuso de la ciudad, un rectángulo azulado que no alcanzaba a tocar el centro del cuarto. En ese centro, enorme, con sábanas de un blanco quirúrgico, se alzaba la cama matrimonial. Liam la miró un segundo de más y desvió los ojos.

El profesor ya se había deshecho del abrigo. Caminó hacia el mueble del minibar con la calma de quien está en su propia casa, se sirvió dos dedos de whisky en un vaso de cristal esmerilado y dejó que el hielo tintineara contra el vidrio. El sonido rompió el silencio como una moneda cayendo en un pozo.

—Puedes dejar la chaqueta en el perchero —dijo, dándole la espalda, llevándose el vaso a los labios—. O en el suelo. Da lo mismo.

Liam tragó. La garganta le raspaba como si llevara horas sin beber. Con los dedos entumecidos, se desabrochó la chaqueta de la universidad y la dejó caer sobre el respaldo de una silla, como si el gesto le costara una voluntad que ya no poseía. Cada segundo se estiraba, se volvía espeso, imposible de atravesar.

El profesor se giró.

Sus ojos, oscuros y metódicos, recorrieron a Liam de arriba abajo con la paciencia de quien inventaría una pieza recién adquirida. No había prisa en esa mirada. No había curiosidad, siquiera. Solo una verificación tranquila, casi burocrática. Luego avanzó. Tres pasos medidos. Se detuvo a una distancia que obligaba a Liam a sentirle el aliento.

El olor llegó antes que las palabras: whisky reciente, tabaco adherido a la lana del traje y ese perfume amaderado, casi dulce, que se le metió en la nariz antes de que pudiera contener la respiración.

—Pensé que te acobardarías en el ascensor —murmuró el profesor. Alzó una mano y rozó con el dorso de los dedos la mejilla de Liam. El roce arrastró algo frío y metálico contra la piel: un anillo. Liam registró el destello dorado bajo la luz ámbar, un círculo liso y gastado en el anular, pero su cerebro estaba demasiado ocupado sobreviviendo para formular la pregunta que ese detalle exigía. El gesto, en otro contexto, habría sido tierno. Aquí era una marca, una comprobación de propiedad. Liam se tensó. No retrocedió—. La lealtad familiar suele ser frágil cuando el precio se vuelve concreto.

—Cumplo mi palabra —susurró Liam. Las pestañas le aleteaban; luchó por sostener la mirada—. Usted prometió romper el informe.

—Y lo haré.

La mano del profesor descendió hasta el cuello de la camisa. Los dedos se deslizaron bajo el borde de la tela y aflojaron el primer botón con una lentitud deliberada, casi pedagógica. El anillo volvió a rozarlo, esta vez contra la clavícula que asomaba bajo el algodón: un punto de frío diminuto, absurdo, que Liam sintió como una quemadura invertida.

—Pero primero vas a ganártelo. Siéntate en la cama.

Las piernas de Liam obedecieron con un retraso de autómata. Cruzó los tres metros que lo separaban del colchón y se dejó caer en el borde. El edredón era suave bajo las palmas, pero la suavidad le resultó obscena, una delicadeza que no le correspondía. Apretó los dedos contra la tela.

El profesor se colocó entre sus rodillas abiertas. Dejó el vaso sobre la mesa de noche con un *clac* seco. Apoyó una mano en el hombro de Liam —el anillo brilló una última vez antes de que la manga lo engullera— y empujó, despacio, con la presión justa para que no cupiera resistencia. La espalda de Liam tocó el colchón. El techo blanco se le vino encima.

Cerró los ojos. Apretó la mandíbula hasta que le dolieron los molares. Algo caliente y ácido le subió por la garganta: no sabía si era rabia o vergüenza, y descubrir que no podía distinguirlas lo asustó más que todo lo demás. El peso del profesor inclinándose sobre él, la frialdad de los dedos trabajando en los botones restantes, la certeza absoluta de que a partir de esa noche algo se partiría en dos y no habría forma de pegarlo.

—Mírame.

No fue un grito. Fue peor: fue una instrucción, un tono de aula, de «abra el libro en la página cuarenta». Liam abrió los ojos. El profesor estaba encima, recortado contra la luz ámbar del techo, y su expresión no contenía ira ni deseo ni triunfo. Contenía atención. Una atención limpia, profesional, como la de quien observa un experimento alcanzar la fase prevista.

—Dijiste que harías lo que fuera. —Una pausa. El pulgar del profesor trazó una línea lenta sobre el esternón de Liam, por encima de la tela—. Quise comprobarlo. No apartes la vista.

Liam no la apartó.

Afuera, muy lejos, una bocina tocó dos veces y nadie respondió. El rectángulo azulado de la ventana seguía ahí, indiferente, recortando un trozo de ciudad que continuaba existiendo sin él. Y las lámparas seguían ardiendo, y el hielo seguía deshaciéndose en el vaso, y el mundo seguía siendo exactamente el mismo mundo de hacía diez minutos, salvo que él ya no estaba dentro de él.

El profesor sonrió. No con la boca. Con los ojos.

Y Liam dejó de sentir las manos.

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