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EL RUIDO QUE DEJASTE

Historia para +18 - El Ruido Que Dejaste Capítulo 1: El Regreso

Todos los personajes son mayores de 18 años. Esta historia trata temas de acoso y superación en la vida adulta, universitaria y laboral.

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No hay un olor más particular que el de la Facultad de Derecho a las siete de la mañana. A cera de piso barata, a café quemado de la máquina del segundo piso y a papel viejo. Tenía 24 años y había jurado que nunca más iba a pisar ese edificio.

Tres años. Tres años me tomó irme y volver a juntar el coraje.

Me llamo Elena Rivas. Y a los 21 años fui la becada, la rara, la que no encajaba.

No era por mi ropa, aunque ahora lo entiendo, sí era un poco por eso. Yo venía de El Trébol, del interior, con una mochila heredada de mi hermano y con el acento todavía muy marcado. Entré a Derecho en Rosario con el mejor promedio de mi pueblo y con la ingenuidad de creer que eso importaba.

Importó los primeros dos meses. Después se convirtió en mi condena.

El grupo se formó rápido. Camila, Sofía, Marcos y Julián. Eran lindos, eran de familias conocidas de Rosario, tenían auto, tenían departamento en el centro, tenían todo lo que yo no tenía. Y al principio me adoptaron. Me acuerdo patente de la primera vez que Camila me dijo "venite con nosotros, interiorana". Me lo dijo riéndose y yo pensé que era con cariño.

El bullying en la adultez no es como en las películas. No te tiran los libros al piso. Es mucho más limpio y mucho más cruel.

Empezó con el grupo de WhatsApp. "Las Divinas del Derecho". Yo estaba. Al principio. Me mandaban los apuntes. Después empezaron a mandar stickers con mi cara. Fotos que me sacaban sin que me diera cuenta en clase, dormida porque me levantaba a las 5 para tomar dos colectivos, con un filtro de cerdo, con un filtro de vaca. "Nuestra beca de campo".

Yo me reía. Esa es la parte que más vergüenza me da ahora. Me reía para encajar. Mandaba un jajaja y ponía "son re boludos". Porque si te reís, no te duele. O eso te hacen creer.

Después dejaron de mandarme los apuntes. "Ay, Eli, pensé que te lo había mandado". "Uy, se me pasó". Y yo me quedaba hasta las 2 de la mañana en la biblioteca copiando a mano lo que me faltaba.

Después fue el trabajo práctico de Derecho Penal. Éramos grupo los cinco. Yo hice todo. Literalmente todo. 45 páginas. Las corregí, las cité, las imprimí con mi poca plata en la fotocopiadora cara porque la barata estaba cerrada. El día de la entrega, llegaron temprano y tacharon mi nombre de la carátula. Cuando la profesora preguntó, Camila dijo: "Profe, Elena al final no hizo nada, tuvo unos problemas personales y no pudo. Lo hicimos nosotros para no dejarla afuera, pero nos pareció justo no ponerla".

Saqué un 2. Mi primer 2 en mi vida. Me fui al baño del tercer piso, el que nadie usa porque no tiene espejo, y lloré tres horas seguidas hasta que me quedé sin aire. Nadie me buscó.

Lo peor no era lo que me hacían. Lo peor era que yo empecé a creer que tenían razón. Que yo era una campesina bruta que no tenía que estar ahí. Que mi ropa era fea. Que mi voz era molesta. Que mi esfuerzo daba lástima. Empecé a faltar. Empecé a reprobar. Empecé a pesar 48 kilos porque no tenía hambre. Mi mamá me llamó un domingo y me dijo: "Elenita, volvé a casa".

Y volví. Dejé la carrera a tres materias de terminar tercer año. Me volví a El Trébol con la cola entre las patas y con un diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada que todavía llevo en la mochila, más pesado que cualquier apunte.

Hice terapia. Dos años. Conseguí trabajo en un estudio jurídico chico de Cañada de Gómez, como asistente. Aprendí más ahí que en tres años de facultad. Mi jefa, la Dra. Ferrero, una mujer de 58 años que fuma como un escuerzo y te dice las cosas en la cara, un día me miró y me dijo: "Rivas, usted es demasiado inteligente para estar archivando. Vuelva y termine esa mierda. Que no le ganen los boludos".

Así que acá estoy. De nuevo. 24 años. Tercer año, segunda vez. Con otro pelo, con 8 kilos más, con tatuajes que no tenía antes, con terapia encima y con un límite muy claro.

Subo las escaleras. Segundo piso. Aula 203. Derecho Procesal II. La materia que dejé colgando.

Abro la puerta y el aire se va de golpe.

Están ahí. Los cuatro. Más grandes, más arreglados. Camila con el pelo más rubio que antes, con un blazer carísimo. Sofía embarazada de pocos meses. Marcos con barba. Julián con el mismo gesto de asco.

Y yo parada en la puerta, con mi mochila nueva, que esta vez sí es mía.

El profesor todavía no llega. Todos me miran. Se hace ese silencio espeso que solo se hace cuando alguien es el tema de conversación y acaba de entrar.

Camila es la primera en hablar. Me sonríe. Esa sonrisa que conozco de memoria.

"¡No! ¡Elena! ¡No puedo creer! ¿Volviste? ¡Qué valiente!"

Valiente. Lo dice como si dijera "qué caradura".

Siento el nudo en la garganta, el viejo conocido. El corazón me empieza a latir en las orejas. Mis manos sudan. Mi cerebro me grita "andate, andate, andate".

Pero esta vez tengo un plan. Lo practiqué con mi psicóloga.

Respirar. 4-4-4. Cuatro segundos inhalar, cuatro retener, cuatro exhalar.

"Volví", digo. Y mi voz sale más firme de lo que me siento. "Me quedaron algunas materias".

"Obvio, obvio, sentate con nosotros", dice Sofía, corriendo apenas su cartera de la silla de al lado, lo justo para que sea incómodo.

"No, gracias", digo. Y me voy al fondo. Sola. Elijo la última fila, contra la ventana. Desde ahí los veo a todos.

La clase empieza. El profesor es nuevo, el Dr. Valdez. Joven, no más de 35, con ojeras de quien no duerme y con una forma de explicar que te hace querer escucharlo.

A mitad de la clase hace una pregunta sobre nulidades. Nadie contesta. Yo sé la respuesta. La sé porque la vi mil veces en el estudio. Levanto la mano.

"Rivas", dice, leyendo mi nombre de la lista.

Contesto. Perfecto. Citando jurisprudencia nueva. El profesor me mira sorprendido.

"Muy bien, Rivas. Se nota quien trabajó en la práctica".

Siento los ojos de Camila clavados en mi nuca. No me doy vuelta.

Cuando termina la clase, junto mis cosas rápido. Quiero salir primera. Pero no soy lo suficientemente rápida.

"Che, Elena", me dice Marcos en el pasillo. Los cuatro me rodean. Es la misma formación de tiburones de hace tres años. "Te vimos muy picante en clase. ¿Ahora sos abogada de pueblo?"

"Trabajo en un estudio", digo, corta.

Julián se ríe. "¿Fichando? ¿O ya te dejan cebar mate?"

Y ahí, justo ahí, cuando estoy por volver a ese lugar chiquito y oscuro de los 21 años, escucho otra voz.

"¿Todo bien acá?"

Es una chica que no conozco. Está parada atrás mío. Tiene el pelo azul, muy corto, un aro en la nariz, y una remera de una banda que no conozco. Lleva una pila de libros que parece que se le van a caer.

"¿Son amigos de Elena?", pregunta, mirándolos fijo.

"No, no", digo yo rápido. "Compañeros de hace mucho".

La chica del pelo azul me mira, después los mira a ellos. Y entiende todo en dos segundos. Se ve que tiene un radar.

"Bueno, compañeros, la dejan ir porque tenemos que ir a Secretaría. Le prometí a Valdez que le llevaba a la mejor alumna de Procesal. Vamos, Elena".

Me agarra del brazo y me saca. No los deja contestar. Caminamos rápido por el pasillo hasta doblar la esquina. Ahí me suelta.

"¿Estás bien?", me pregunta.

"¿Quién sos?", le pregunto yo, todavía con el corazón a mil.

"Luz. Luz Sosa. Estoy en tu comisión. Te vi hoy. ¿Esos son los forros que te hicieron dejar?"

Me quedo helada. "¿Cómo sabés eso?"

"Porque Rosario es un pueblo grande. Yo dejé un año por lo mismo, pero en otra facultad. Se te nota en la cara cuando volvés a entrar al lugar donde te rompieron. Tenés la misma cara que tenía yo".

Nos sentamos en las escaleras. Luz saca un paquete de galletitas y me ofrece.

"Yo no me fui por boludos como esos. Yo me fui porque mi ex novia iba a mi misma carrera y me hizo la vida imposible cuando cortamos. Me decía torta por los pasillos. Literal. En 2023. Tremendo original la piba".

Nos reímos. Las dos. Una risa nerviosa al principio, después una risa de verdad.

"¿Sabés qué es lo peor?", le digo, sin conocerla, pero con la necesidad de decirlo. "Que yo pensé que si volvía iba a estar curada. Y los vi y sentí que tenía 21 de nuevo. Que no había avanzado nada".

"Obvio que no estás curada, boluda. Estás en proceso. Curada vas a estar cuando los veas y no sientas nada. Ahora sentís todo, y está bien. Sentir todo es volver a estar viva. Antes no sentías nada porque estabas apagada".

Luz habla como mi psicóloga, pero con mejor ropa.

Esa tarde me agrega a un grupo de WhatsApp. "Procesal - Los que laburamos". Somos seis. Tres pibas, dos pibes y yo. Mandan apuntes de verdad. Mandan memes malísimos. Nadie manda fotos mías.

Las semanas siguientes son una montaña rusa. Camila y su grupo no me hacen nada grave. Ya no hace falta. Ahora es más sutil. Es el susurro cuando paso. Es que me dejan afuera de los grupos de estudio de nuevo. Es que cuando expongo, Sofía pone los ojos en blanco. Es el bullying de adultas. Limpio, silencioso, que si lo contás parecés una exagerada. "Ay, pero si no te hicieron nada".

Pero ahora tengo a Luz. Y tengo a la Dra. Ferrero que me manda audios de 5 minutos diciéndome "no sea cagona, Rivas".

Y tengo algo que no tenía a los 21: rabia. No vergüenza. Rabia. Una rabia linda, que me da energía.

Un martes, a la tercera semana, Valdez nos da la consigna del trabajo final. Es el 40% de la nota. Grupos de 3. Obligatorio. Y nos asigna él.

"Rivas, Sosa y... Alderete, Camila".

El mundo es muy chiquito y muy hijo de puta a veces.

Luz me mira con cara de "la concha de la lora". Camila me mira y sonríe.

"¡Qué bueno, Eli! ¡Vamos a poder ponernos al día!"

La primera reunión de trabajo es en la biblioteca. Llegamos Luz y yo. Camila llega 40 minutos tarde, con un café de Starbucks y sin un solo apunte.

"Chicas, perdón, estuve a mil. Ustedes vayan avanzando y yo después lo veo y le doy mi toque, ¿sí? Es que yo redacto muy bien, ustedes saben".

Luz está por contestar, pero le agarro la mano por abajo de la mesa.

"Perfecto", le digo a Camila. "Nosotras avanzamos".

Esa noche, Luz y yo hacemos todo el trabajo. Todo. 30 páginas. Lo dejamos impecable. Le mandamos el archivo a Camila por el grupo de a tres. "Falta tu parte, la conclusión y la corrección final. La presentamos el viernes".

Camila contesta: "Genias!! Mañana lo veo sin falta!".

Miércoles. Nada. Jueves. Nada. Le escribo el jueves a las 10 de la noche: "Cami, ¿pudiste verlo?".

Visto. Sin respuesta.

Viernes, 8 am. Día de la entrega. Camila aparece en el aula con el trabajo impreso. Lo deja en el escritorio de Valdez.

"Profe, acá está el trabajo de mi grupo. Lo hicimos entre las tres, pero yo me encargué de la edición final y de imprimirlo porque mis compañeras no tenían plata".

Luz se pone roja. Yo siento que me sube la sangre a la cabeza como lava.

Valdez nos mira. "¿Rivas? ¿Sosa? ¿Algo que agregar?"

Y ahí, Elena de 21 se hubiera callado. Hubiera llorado en el baño.

Elena de 24 hace otra cosa. Se levanta, camina hasta el escritorio, agarra el trabajo impreso y lo abre.

"Profe, ¿puede ver la hora de creación del documento impreso y la del archivo digital que le mandamos al mail ayer a las 23:45 Luz y yo? Va a ver que mi compañera Camila no tocó ni una coma. De hecho, la conclusión que le pedimos que haga no está. Hay solo 30 páginas, no 35. Y si quiere, le muestro el historial de Google Docs donde se ve minuto a minuto quién escribió qué. Y también le muestro los mensajes donde le pedimos que haga su parte".

Silencio total en el aula. Ni un respiro.

Camila se pone blanca.

"Yo... yo... tuve un problema familiar..."

"¿Cuál es tu problema familiar, Camila?", le digo, y mi voz no tiembla. "¿Que estás acostumbrada a que los demás hagan tu trabajo?"

Valdez mira el historial que le muestro en mi notebook. Mira a Camila.

"Alderete, Rivas, Sosa, se quedan después de clase. El resto se puede ir".

Cuando el aula se vacía, Valdez nos mira a las tres.

"Alderete, esto que hizo es gravísimo. Es plagio de trabajo de sus propias compañeras y es mentir. Rivas, la felicito por defender su trabajo con pruebas y no con gritos. Eso es lo que hace una buena abogada. Voy a evaluar a cada una por separado según el aporte real. Rivas y Sosa tienen un 10. Alderete, tiene un 1 y va a tener que rendir un coloquio conmigo la semana que viene para ver si aprueba la materia. Y le aconsejo que les pida disculpas a sus compañeras".

Camila no me pide disculpas. Sale llorando del aula. Por primera vez, la que llora en el baño es ella.

Luz me abraza afuera. Me abraza fuerte.

"¡Sos una hija de puta hermosa! ¡La destruiste!"

"No la destruí", le digo, llorando yo también, pero de alivio. "Me defendí. Por primera vez en tres años, me defendí".

Esa noche, le mando un audio a la Dra. Ferrero. "Jefa, aprobé Procesal con 10".

Me contesta al toque: "Obvio, carajo. ¿Quién lo dudaba? Ahora andá y festejá, que mañana tenés que archivar igual".

Me río sola en mi departamento de una habitación. Miro por la ventana. Rosario se ve distinta ahora. No tan hostil. No tan grande.

Todavía me falta. Todavía me duele cuando los veo. Todavía me da ansiedad entrar a esa facultad. Pero hoy, por primera vez, siento que el ruido que dejaron en mi cabeza se está apagando un poco. Y que mi voz, la mía, se escucha más fuerte.

Y esto, recién empieza.

CAPÍTULO 2: SOBRAR

El lunes después de lo de Camila fue extraño.

No extraño malo. Extraño bueno. Por primera vez en tres años, entré a la Facultad de Derecho y no sentí que todos me miraban para burlarse. Sentí que me miraban porque la historia ya había corrido. En Derecho nada es un secreto, y menos si involucra a Camila Alderete.

Luz me esperaba en la puerta con dos cafés horribles de la máquina, de esos que saben a plástico quemado pero que a las siete de la mañana te salvan la vida.

"Toma, para la vengadora de los becados", me dijo.

"No soy vengadora de nadie", le contesté riéndome. "Casi vomito antes de hablarle así a Valdez".

"Ser valiente no es no tener miedo. Es tener un miedo que te paraliza y hacerlo igual. Lo leí en Pinterest".

Subimos al aula. Y ahí noté algo distinto. En nuestra fila del fondo, donde siempre nos sentábamos Luz y yo solas, había cuatro personas más esperando.

"¿Chicas, podemos sentarnos acá?", preguntó Santi, uno de los chicos del grupo de WhatsApp. Era alto, de rulos y con una remera de Los Redondos.

Hasta ese momento solo los conocía por chat. Santi trabaja en un call center y estudia de noche. Flor tiene una nena de tres años y la deja con su mamá para venir a cursar. Mica es la primera de su familia en ir a la universidad. Y Joaco tiene treinta y dos y dejó ingeniería para empezar Derecho de cero.

Eran el grupo de "Los que trabajamos". Los que sobrábamos en todos los demás grupos.

Luz y yo nos miramos. Sin decir nada, les hicimos lugar.

La clase de Valdez ese día fue sobre el acoso. Habló de mobbing, de acoso laboral y académico. Explicó cómo los abogados, aun siendo adultos, siguen repitiendo dinámicas de poder del colegio. Lo dijo mirando fijo a la primera fila, donde estaba Camila con los ojos todavía hinchados.

"El Derecho no es solo códigos. Es gente. Y si ustedes no aprenden a respetarse entre ustedes acá adentro, afuera van a ser los mismos que le hacen la vida imposible a un pasante por ochenta mil pesos al mes".

Camila no levantó la cabeza en toda la clase.

Cuando salimos, me frenó sola en el pasillo. Sin su grupo. Sin maquillaje. Se veía mucho más chica.

"Elena, ¿podemos hablar dos minutos?"

Luz me miró con cara de ¿querés que me quede? Le dije que no con la cabeza.

"Decime".

"Quería pedirte perdón", me dijo con la voz entrecortada. "Por lo del trabajo. Y por todo lo de antes también".

Este era el momento que había esperado durante tres años. En mi cabeza, yo le gritaba todo lo que me había hecho sentir. Le decía que por su culpa había tenido ataques de pánico, que me había vuelto a El Trébol llorando, que había dejado la carrera.

Pero teniéndola ahí, temblando, no me salió la rabia. Me salió otra cosa.

"¿Por qué lo hacían, Cami?", le pregunté.

Me miró sorprendida, como si nunca nadie le hubiera hecho esa pregunta.

"¿Qué cosa?"

"Todo. Los stickers con mi cara. Sacarme del grupo. Dejarme afuera del trabajo. ¿Qué les hice? Yo solo quería ser su amiga".

Se largó a llorar. No un llanto lindo de película. Un llanto feo, con mocos, con vergüenza.

"Porque éramos unas pelotudas. Teníamos diecinueve años y creíamos que si nos burlábamos de alguien éramos más cancheras. Porque vos estudiabas y a nosotras no nos salía nada, y nos daba bronca que a vos te fuera bien sin tener la guita que teníamos nosotras. Porque sos buena, Elena. Y la gente buena en un grupo de gente insegura siempre cae mal. Y porque mi papá me decía que si no era la mejor, era una fracasada. Entonces, si yo te hacía quedar como una fracasada a vos, yo me sentía menos fracasada".

Me quedé helada. No me esperaba sinceridad. Esperaba una excusa.

"No te voy a decir que está todo bien, Cami. Porque no está todo bien. Yo me tuve que volver a mi pueblo. Tuve que ir a terapia. Dejé la carrera dos años por ustedes. No te puedo perdonar en dos minutos en un pasillo. No sería justo para mí".

Asintió, limpiándose los ojos con la manga.

"Lo sé. Pero necesitaba decírtelo. Y gracias por no dejar que Valdez me mande a coloquio directo. Sé que si no mostrabas las pruebas, me reprobaba".

"No lo hice por vos. Lo hice por mí. Porque mi trabajo vale".

Me di la vuelta y me fui. Luz me esperaba en la escalera, comiéndose las uñas.

"¿Qué quería la rubia?"

"Perdón".

"¿Y vos?"

"Le dije que todavía no".

Luz me abrazó fuerte.

"Bien. El perdón no se pide apurado. Se gana. Como la materia".

Esa tarde nos fuimos a estudiar a lo de Luz. Vive en un monoambiente en Pichincha lleno de plantas, de vinilos y de libros subrayados con resaltador amarillo. Tiene una gata que se llama Doctrina.

"¿Por qué le pusiste Doctrina?", le pregunté.

"Porque es inentendible, contradictoria y todo el mundo la cita mal".

Nos reímos a carcajadas. Estuvimos estudiando hasta las once de la noche. Por primera vez, estudiar no se sintió como una tortura. Se sintió como lo que tenía que ser: dos amigas tomando mate, discutiendo si la nulidad era absoluta o relativa, y burlándose de los ejemplos del Código que parecen escritos por alguien que nunca salió a la calle.

A las once me llegó un mensaje a Instagram. Era de Marcos, uno de los del grupo de Camila.

Che Eli, vi que volviste con todo. Bien ahí. Tenés que entender que en ese momento éramos pendejos. No fue para tanto. No te lo tomes tan a pecho ahora, ya sos grande.

Lo leí tres veces. "No fue para tanto". La frase favorita de todo el que hizo daño y no quiere hacerse cargo.

Se lo mostré a Luz.

"¿Qué le contesto?"

"Bloquear y seguir", me dijo sin dudar. "No le debés una explicación de tu dolor a alguien que te dice que no fue para tanto. Si no fue para tanto, ¿por qué te escribe nervioso? Porque sabe que sí fue para tanto".

Lo bloqueé. Sentí un alivio enorme, como si me hubiera sacado una mochila de encima.

Los días siguientes fueron mejores. El grupo del fondo se hizo fuerte. Empezamos a ir a todos lados juntos. A la biblioteca, a tomar una cerveza después de rendir, a quejarnos de Valdez que nos daba doscientas páginas para el otro día. Santi me prestó su moto para no tomar dos colectivos. Flor me trajo una torta que hizo su nena para mi cumpleaños atrasado. Decía con glacé: "Feliz cumple para la abogada más valiente".

Por primera vez en Rosario, no me sentía sola.

Pero el acoso deja marcas que no se ven.

Un jueves teníamos que exponer un fallo en forma oral. Yo estaba preparadísima. Me sabía todo de memoria. Me paré adelante, respiré y empecé. Hasta que miré a la primera fila y vi a Camila, a Sofía y a Marcos cuchicheando y riéndose. No sé si se reían de mí. Probablemente no. Probablemente hablaban de otra cosa. Pero mi cabeza volvió a tener veintiún años en un segundo.

Me quedé en blanco. Por completo. La boca seca, las manos transpirando, el corazón a doscientos por hora. Valdez me miró preocupado.

"¿Rivas? ¿Está bien? ¿Quiere tomar agua?"

Quise decir que sí, pero no me salía la voz. Sentía que me iba a desmayar ahí adelante.

Y entonces escuché a Luz desde el fondo.

"¡Vamos, Eli! ¡Como lo practicamos en casa! ¡Acuérdate de la Doctrina!"

Todos se rieron, pero fue una risa buena, de compañerismo. Hasta Valdez se rio.

Y ese sonido me trajo de vuelta a la realidad.

Respiré hondo. Miré mi machete que tenía en la mano, aunque no lo necesitaba.

"Perdón, profesor. Me puse nerviosa. Retomo".

Y expuse. No fue perfecto, pero expuse. Me saqué un ocho.

Cuando volví a mi banco, Luz, Santi, Flor, Mica y Joaco me chocaron los cinco en silencio.

Esa noche le escribí a mi psicóloga: "Hoy tuve un ataque de ansiedad en clase y no me fui. Me quedé".

Me contestó: "Ese es tu verdadero diez, Elena".

El viernes, Valdez nos dio las notas del primer parcial. Yo tenía nueve cincuenta. El promedio más alto de toda la comisión.

Camila tenía un seis. Vino a felicitarme después de clase.

"Te lo merecés", me dijo. Y esta vez le creí.

No sé si esta historia termina con Camila y yo siendo amigas. Probablemente no. Y está bien. No todas las historias de acoso terminan en amistad. Algunas terminan en distancia sana. Y eso también es ganar.

Lo que sí sé es que el lunes siguiente, cuando entré a la facultad, ya no me senté en la última fila para esconderme. Me senté en la segunda fila. Porque desde ahí se ve mejor el pizarrón.

Y a mi lado, con su pelo azul y su mochila llena de pines, estaba Luz. Y detrás, todo el grupo de los que sobrábamos. Que ahora resultaba que éramos los que más importábamos.

Todavía queda un cuatrimestre entero. Todavía queda el final más difícil de mi vida. Todavía quedan miedos.

Pero ahora tengo con quién tener miedo. Y eso, para alguien que se pasó tres años teniendo miedo sola, es todo.

CAPÍTULO 3: DEFENDER

Elena no sabía cuándo había empezado a mirarlo distinto.

Valdez no era el típico profesor de Derecho que te imaginás. Tenía treinta y ocho, no cincuenta. No usaba traje caro ni corbata apretada. Usaba camisa arremangada, barba de tres días y siempre tenía el mismo termo de acero abollado. No era lindo de Instagram. Era otra cosa. Era de esos hombres que te escuchan de verdad cuando hablás, y que te hacen sentir inteligente cuando lográs seguirle el ritmo.

Y desde el día del trabajo práctico, algo había cambiado en cómo la miraba.

No era incómodo. No era baboso. Era respeto. Pero un respeto que tenía un filo distinto.

Ese miércoles, Valdez anunció el juicio simulado. El evento más importante de Procesal. Dos equipos, un caso real, jueces invitados. Ganar ese juicio era prácticamente asegurarte la materia y una pasantía.

"Voy a elegir a los oradores yo", dijo. "No quiero acomodos. Quiero a los que mejor argumentan, no a los que mejor apellido tienen".

Todos miraron a Camila. Siempre la elegían a ella porque el padre es juez.

Valdez miró su lista.

"Por la querella: Rivas, Elena. Y por la defensa: Torres, Luz".

El aula se quedó muda. Yo sentí que se me paraba el corazón. Luz me apretó la mano por debajo del banco tan fuerte que me dejó las marcas.

Camila levantó la mano, furiosa.

"Profesor, con todo respeto, ¿no sería más justo que...?"

"¿Más justo qué, Alderete?", la cortó Valdez sin levantar la voz. "¿Que elija a los que siempre eligen los demás? Rivas tiene el mejor promedio de la comisión. Se ganó el lugar. Si tiene un problema con eso, puede presentar una queja formal en Secretaría. Por escrito".

Fue la primera vez que alguien en esa facultad me defendía sin que yo tuviera que pedirlo.

Después de clase, me quedé acomodando mis cosas más lento que de costumbre. Valdez estaba guardando sus libros en el escritorio.

"Rivas, ¿tiene dos minutos?"

"Sí, profesor".

"Quería decirle que lo de la otra semana... cuando se quedó en blanco en la exposición... estuvo muy bien cómo lo resolvió".

"Gracias. Me morí de vergüenza".

"No tiene por qué. A mí también me pasó la primera vez que alegué en Tribunales. Me quedé mudo frente a tres jueces. Creí que me moría. Pero me quedé. Y eso es lo que importa. La mayoría se va. Usted se quedó".

Me miró fijo. Dos segundos de más. Y yo sentí un calor que me subió desde el cuello hasta las orejas.

"Gracias, profesor", le dije bajando la mirada.

"Elena", me dijo, y mi nombre en su boca sonó distinto. "Si alguien la molesta por haber sido elegida, si escucha algo... me lo dice. No voy a permitir que le hagan lo mismo de antes. No en mi materia".

No dijo cómo sabía lo de antes. No hacía falta.

Esa noche no pude estudiar. Cada vez que cerraba el Código, veía su cara. Me sentía culpable. Era mi profesor. Era diez años más grande que yo. Y yo estaba ahí para recibirme, no para enamorarme.

Al día siguiente, el grupo de Camila contraatacó. No con insultos. Con algo peor. Con la indiferencia organizada.

Nadie quería ser testigo para nuestro caso del juicio simulado. Nadie quería prestarnos jurisprudencia. En el grupo de WhatsApp de la comisión, que tenía ochenta personas, preguntábamos algo y nos dejaban en visto. Cuando entrábamos a la biblioteca, se levantaban y se iban a otra mesa.

Era bullying de adultas. Sin stickers. Sin gritos. Silencioso y efectivo.

El viernes, a diez minutos de cerrar la biblioteca, nos faltaba un fallo clave de la Corte que Valdez nos había pedido. Estaba en un libro que solo tenía Camila, porque su papá se lo había conseguido.

"Ya está, perdimos", dijo Luz, tirando la mochila al piso. "Son unas soretas".

Yo estaba por llorar. De bronca.

En ese momento sonó mi celular. Era un mail.

De: Martín Valdez

Asunto: Material juicio simulado

Elena, Luz: Vi que están teniendo inconvenientes para conseguir material. Les adjunto el fallo que necesitan escaneado de mi biblioteca personal y tres más que les van a servir para la querella. También hablé con la bibliotecaria para que les reserve la sala de audiencias mañana a la mañana para que puedan practicar tranquilas. Si necesitan algo más, me avisan. No están solas.

M. Valdez

Adjuntos: 4 archivos PDF.

Luz leyó el mail por encima de mi hombro y abrió los ojos como dos platos.

"¡Elena! ¡Te mandó mail a las diez de la noche! ¡Y te dice Elena!"

"No me dice Elena, me dice Rivas", le dije, pero me temblaban las manos.

"No. En el mail dice Elena. Y te dice 'no están solas'. ¡Amiga, tu profesor está enamorado de vos!"

"¡Shh! ¡No digas boludeces! Es buen profesor nada más. Nos defiende porque es justo".

"Yo también soy justa y no le escaneo fallos a nadie a las diez de la noche", me contestó Luz, y se empezó a reír.

Pero no era una risa burlona. Era cómplice.

El sábado ensayamos en la sala de audiencias vacía. Cuando terminamos, Valdez pasó por ahí, como de casualidad. Tenía ropa de gimnasio y una botella de agua. Se ve que vivía cerca.

"¿Cómo van?", preguntó.

"Bien, profesor. Nerviosas", dije.

"Van a estar bien. Tienen algo que los otros no tienen".

"¿Qué?", preguntó Luz.

"Hambre. Los demás hace años que tienen todo servido. Ustedes tienen hambre de ganar. Y eso en un juicio se nota".

Nos miró a las dos, pero se quedó un segundo más en mí. Sonrió. Y se fue.

"Definitivamente está enamorado", susurró Luz cuando se cerró la puerta.

Yo no contesté. Porque por primera vez en mucho tiempo, que alguien me defendiera no me hacía sentir débil. Me hacía sentir vista.

Y que ese alguien fuera él, me hacía sentir, por primera vez en años, que volver había valido la pena.

El juicio simulado era el lunes. Sabía que el grupo de Camila iba a estar en primera fila esperando que me equivoque.

Pero esta vez, yo no iba a estar sola. Tenía a Luz, tenía al grupo de los que sobran, y tenía, aunque no debía, a un profesor que me miraba como si yo fuera mucho más que una nota.

Y eso me daba un miedo nuevo. Un miedo lindo.

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