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A Los 42, Me Enamoré De Un Stripper

Presentación y personajes

Derechos de autor y MANGATOON

© DarianRB, 2026. Todos los derechos reservados. Queda Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio sin autorización expresa del autor.

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Sinopsis

Entre ensayos, celos que no sabe cómo nombrar y la traición de su esposo como posibilidad real, Claudia deberá elegir entre la seguridad conocida y una segunda oportunidad de sentir algo real, aunque no encaje con lo que "corresponde" a su edad.

Personajes principales

Claudia (42 años)

Dueña de un bar de barrio que atraviesa un momento crítico, tanto en lo económico como en lo personal. Descubre que su matrimonio con Fabián está roto —sin intimidad, con mensajes sospechosos de por medio— justo cuando su vida da un giro inesperado y le da la oportunidad de reconstruirse a sí misma.

Eric (22 años)

Joven actor que trabaja como stripper para pagar sus estudios y su alquiler. De ojos claros, seguro de su cuerpo y sin ningún pudor en escena, pero honesto y directo fuera de ella, son cualidades atractivas para cualquier mujer. No busca una relación seria.

Melina (30 años)

Socia del bar y amiga de Claudia. Descarada, divertida y sin filtro, pero con sus propias contradicciones: mantiene una relación oculta con un hombre casado.

Fabián (50 años)

Marido de Claudia. Es un hombre anticuado y machista, de quién Claudia tiene las peores sospechas de infidelidad.

Luz (23 años)

Camarera del bar, es una joven extrovertida y que buscas aventuras con hombres, es torpe para seducir y para todo en general. Claudia no le tiene paciencia.

Dedicatoria: Escribo para quienes me leen hace tiempo, y escribo como me gusta a mí, con un poco de erotismo, comedia, drama romántico y otros condimentos, espero les guste.

Aviso que hay también imágenes tipo historieta, de escenas seleccionadas >>>>

🖤 Comencemos>>>>>

La entrevista equivocada

Buenos Aires, 2026. Una ciudad que nunca duerme, que vive a su ritmo y donde muchas mujeres se sienten empoderadas y buscan todo tipo de diversión. Pero, a no todas les va bien.

Claudia subió la persiana del bar con el mismo gesto cansado de todas las mañanas: tirando fuerte del cordón, esquivando el chirrido que hacía años prometía aceitar. La luz entró de a poco, iluminando las mesas vacías, las sillas apiladas y ese olor a cerveza vieja mezclado con desinfectante que ya no notaba, pero que sabía que ahuyentaba a más de un cliente nuevo. El lugar necesitaba reinventarse, cambiar de formato, convocar a más gente, o cerrar.

Miró el reloj. Las once de la mañana. Todavía faltaban horas para la única franja del día en que el lugar se llenaba un poco —si es que se podía llamar "lleno" a seis mesas ocupadas—, y ya se sentía agotada, sin energías para cumplir con su rutina.

Muy a su pesar, no era solo el bar...

La noche anterior, mientras Fabián dormía a su lado dándole la espalda como hacía desde hacía meses, ella había tomado su teléfono sin pensarlo demasiado. Una tontería, se dijo. Una paranoia. Hasta que vio el nombre en la pantalla de bloqueo, ese mensaje que alcanzó a leer antes de que la pantalla se apagara: "te extraño, contame cuándo podés escaparte un rato." ¿Será una amiga? Pensó en un primer momento, hasta que se dio cuenta de la cruda verdad, de la cual no tenía certeza absoluta, pero tampoco muchas dudas.

Claudia no necesitó despertarlo ni desbloquear nada. Con eso alcanzó para que algo se le rompiera adentro, silencioso, sin gritos ni portazos, porque a esa altura ya ni siquiera le quedaban fuerzas para armar una escena.

Obviamente, no tenían intimidad. Hacía meses que dormían como dos desconocidos que compartían colchón por costumbre.

—¿Otra vez con esa cara? —La voz de Melina la sacó de sus pensamientos. Su socia pelirroja, entró contoneándose con dos cafés, treinta años, minifalda y tacos y esa seguridad que a Claudia siempre le había dado un poco de envidia—. Te digo una cosa, si seguís así de amargada el bar se nos va a la quiebra antes de fin de mes.

—Estoy bien —mintió Claudia, agarrando el café.

—Ya, claro. —Melina se sentó en la barra, cruzando las piernas—. Bueno, mirá, hoy tenemos las entrevistas para mozo. Se anotaron cuatro. Yo tengo que salir temprano así que las hacés vos, ¿te parece?

Claudia asintió, agradecida en el fondo de tener algo, lo que fuera, para no pensar. Ordenó las cuatro carpetas sobre la mesa del fondo, la que usaban de "oficina" cuando no había clientes, y se dispuso a esperar al primer candidato.

El primero llegó diez minutos tarde y con aliento a cigarrillo, literalmente un asco. El segundo no sabía ni sostener una bandeja, poca experiencia y mal trato. El tercero canceló por mensaje, cero responsabilidad.

Y entonces, cuando ya estaba por cerrar la libreta y resignarse a que el cuarto tampoco iba a presentarse, la puerta del bar se abrió con ese chirrido eterno.

Entró un joven. Alto, con una campera de cuero gastada y el pelo revuelto como si hubiera venido corriendo. Se veía muy guapo, quizás demasiado para un bar de mala muerte como el de ella. Pero lo primero que Claudia notó, antes que nada, fueron sus ojos. Color celeste claro, eran preciosos.

—Hola, perdón la demora —dijo él, un poco agitado—. ¿Sos vos la que hace las entrevistas?

—Sí, sentate por favor. —Claudia señaló la silla enfrente, tratando de recomponer la compostura—. Contame, ¿tenés experiencia como mozo?

El chico —Eric, decía la ficha que Melina le había dejado— sonrió de una manera que a Claudia se le hizo, por algún motivo, más nerviosa que profesional.

—Mirá, la verdad prefiero mostrarte directamente. Se entiende mejor así.

—¿Mostrarme...?

Antes de que pudiera terminar la pregunta, Eric ya se estaba sacando la campera. La tiró sobre la silla vacía con un movimiento que parecía ensayado, y empezó a desabrocharse la camisa botón por botón, mirándola fijo, con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas de que él creía estar haciendo exactamente lo que correspondía. Se veía seguro, confiado, seductor.

—Esperá, esperá —atinó a decir Claudia, pero la voz le salió más floja de lo que hubiera querido.

Él no esperó. La camisa cayó al piso. Después un movimiento de cadera nada casual, coordinado, como sacado de un ensayo de meses. Su cuerpo era musculoso, pero no a extremo, más bien tonificado, sobre todo en su abdomen que parecía ser de piedra.

Claudia se quedó paralizada, con la libreta apretada contra el pecho, viendo cómo ese desconocido de ojos claros, se agachaba, se pasaba las manos por el torso al ritmo de una música que solo él parecía escuchar, hasta quedar frente a ella en boxer, transpirado, exultante, esperando algún tipo de aplauso.

Ella abrió la boca, pero para babear, estaba agitada. No le salió una sola palabra, porque lo que había visto la había dejado un poco menos que en shock. Y no podía quitar los ojos de encima de ese cuerpo joven y vigoroso.

Primera fila

—Esperá, esperá, esperá —logró decir Claudia por fin, levantando ambas manos como si eso pudiera frenar lo que ya había pasado y lo que había visto—. Hubo un error. Nosotros buscamos un mozo.

Eric se quedó a mitad de camino de un giro de cadera, con la sonrisa desarmándose de a poco en su cara.

—¿Un... mozo? Osea, ¿nudista?

—Emm, no. Un mozo normal, para servir mesas. —Claudia sintió que el calor le subía por el cuello—. Vos viniste a la entrevista equivocada.

Él se pasó una mano por el pelo, entre avergonzado y divertido, y empezó a juntar la ropa del piso.

—Uy, perdón. Tenía anotada una dirección de acá cerca, pensé que era este el lugar. —Se puso la camisa de nuevo, sin apuro, como si el papelón no le costara nada—. Yo trabajo de esto en un local del centro de la ciudad. Pero, pagan una miseria por función.

—¿Cómo se llama el lugar? —La pregunta se le escapó a Claudia antes de poder pensarla.

—Eclipse sensual —dijo él, terminando de abotonarse—. Bueno, discúlpame de nuevo. Que tengas buen día.

Y se fue. Así, sin más, dejando a Claudia sentada frente a una silla vacía y una campera de cuero olvidada en el respaldo, hasta que él volvió corriendo a buscarla, le sonrió una última vez y desapareció por la puerta.

Ella se quedó mirando el lugar donde había estado parado, todavía con la libreta apretada contra el pecho. Debería sentirse escandalizada. Debería sentir vergüenza ajena, o propia, algo.

Pero lo único que sentía era esa palabra, Eclipse sensual, dando vueltas en su cabeza, y la imagen de ese cuerpo moviéndose sin el más mínimo pudor, como si el mundo entero fuera su escenario y a él no le importara nada quién estuviera mirando o deseando tocar y besar su piel.

Hacía mucho que no veía a nadie sentirse tan cómodo con algo.

Esa noche, cuando se metió en la cama, encontró a Fabián de espaldas, con el teléfono contra el pecho como si durmiera abrazado a él. Al sentirla acercarse, hizo un gesto casi imperceptible: lo deslizó bajo la almohada.

Claudia se quedó quieta, mirando el techo. Sabía la clave. Se la sabía de memoria, la fecha de cumpleaños de los dos, la que él nunca se había molestado en cambiar. Podía estirar la mano ahora mismo, esperar a que se durmiera del todo, y tener la confirmación que necesitaba.

Pero no lo hizo.

......................

Cuando la respiración de Fabián se volvió pesada y regular, se levantó despacio, se puso una campera arriba del pijama y agarró las llaves.

Encontró Eclipse Sensual sin mucho esfuerzo, un cartel de neón discreto entre una ferretería cerrada y un local de repuestos. Pagó la entrada sin pensarlo demasiado, como si otra persona estuviera tomando las decisiones por ella, y entró a una sala en penumbras, con música fuerte y mesas alrededor de un escenario circular.

Fue al acomodarse en una de las sillas del fondo que la vio.

—¿Melina?

Su socia estaba en primera fila, con una copa medio vacía en la mano y el rímel un poco corrido, sacudiendo la cabeza al ritmo de la música. Tardó un segundo en reconocerla, parecía estar alcoholizada.

—¡Claudia! —Se rió fuerte, sin ningún disimulo, y le hizo un gesto para que se acercara—. No lo puedo creer. ¿Vos acá? Ay perdón, no me escapé para venir acá eh, solo me quedaba de paso.

—¿Y vos? Pensé que le habías dicho a tu novio que te ibas a dormir.

Melina puso los ojos en blanco, como si la pregunta fuera absurda.

—Le dije eso, sí. —Se llevó la copa a los labios—. Mirá, con Gustavo está todo bien, pero tiene más de 45 años, Claudi. A mí me gusta venir acá. Me gusta mirar. No es tan grave, aún me siento pendeja para estas cosas.

Antes de que Claudia pudiera responder algo, las luces del escenario cambiaron. La música bajó de golpe y un reflector único cayó sobre una figura que entraba caminando despacio, con una máscara negra tapándole medio rostro.

El cuerpo se movió con una seguridad que a Claudia ya le resultaba conocida. Los mismos gestos, el mismo control de cada músculo, esa manera de mirar al público como si supiera exactamente el efecto que causaba.

—Uy, este está buenísimo, siempre es el último que veo y hasta le dejo alguna billetito en el boxer —dijo Melina, inclinándose hacia adelante — y estoy rogando que algún día se lo quite —.

Claudia no contestó. Tenía la vista clavada en esos ojos que, aun bajo la máscara, reconoció al instante.

Cuando la coreografía llegó a su punto final, él se llevó las manos a la máscara y la deslizó despacio hacia arriba, revelando la cara entre los aplausos.

Era Eric, sin dudas, era él.

Melina soltó una carcajada y se dio vuelta hacia Claudia, todavía sin saber lo que pasaba.

—¿Qué te pasa? Estás pálida.

—Ese es el que se equivocó de entrevista hoy —dijo Claudia, sin poder despegar los ojos del escenario—. Vino al bar pensando que buscábamos stripper.

—¿En serio? —Melina abrió mucho los ojos, y después sonrió con esa picardía que la caracterizaba—. Bueno, ojalá se hubiera confundido conmigo ja, ja. Mira lo que es, un bombón.

Claudia se quedó callada un momento, viendo cómo Eric se movía en el escenario entre aplausos, saludando con la misma soltura de siempre, aún en ropa interior, sin demasiado que ocultar a la vista.

—Melina —dijo por fin, muy despacio— creo que sé lo que necesita el bar para salvarse de la quiebra.

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