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Lazo De Eclipse: Reclamada Por El Rey Hereje

Capítulo 1: El Peso de la Esperanza

El reflejo en el espejo agrietado no mentía, pero Astra deseaba con todas sus fuerzas que, al menos por una noche, la realidad fuera diferente.

Se alisó las faldas del sencillo vestido blanco de lino. Era la prenda más limpia que poseía, reservada exclusivamente para la Ceremonia de Aceptación Lunar. No tenía joyas, ni encajes caros, ni los perfumes exóticos que las hijas de los Betas y Guerreros usaban para llamar la atención. Solo se tenía a sí misma. Una Omega. La casta más baja de la Manada Colmillo de Plata.

Sin embargo, mientras presionaba una mano contra su pecho, una sonrisa involuntaria curvó sus labios.

Allí, justo encima de su corazón, un calor místico y latente comenzaba a pulsar con una intensidad rítmica. Era una vibración dorada, un eco espiritual que no le pertenecía a ella, sino a su otra mitad. El lazo de apareamiento se estaba despertando, respondiendo a la alineación de la luna llena. Y ese lazo la guiaba inconfundiblemente hacia una sola persona.

Logan.

El futuro Alpha de la manada. El hombre que estaba a punto de heredar el trono de Colmillo de Plata. El destino, en su misteriosa benevolencia, la había entrelazado con el ser más poderoso de la región. Astra respiró hondo, autoconvenciéndose de que todas las noches de hambre, los abusos y los trabajos forzados en las cocinas habías valido la pena solo para llegar a este momento. Logan la salvaría de la miseria. Logan la reclamaría ante todos.

Caminó hacia el Gran Salón de la manada, pero el frío de la noche de invierno pareció filtrarse en sus huesos antes de cruzar el umbral. Cuando las pesadas puertas de roble se abrieron para ella, el bullicio del banquete no disminuyó; en su lugar, se transformó en una ola de susurros cargados de veneno.

Astra mantuvo la barbilla en alto, intentando ignorar las miradas de desprecio que la envolvían como dagas.

—¿Qué hace esa muerta de hambre aquí con un vestido blanco? —se burló una mujer Beta en voz baja, cubriéndose la boca con una copa de vino.

—¿De verdad cree que tiene una oportunidad esta noche? Es una simple Omega —respondió un guerrero a su lado, soltando una risotada— Un estorbo para el linaje de cualquier lobo respetable. Debería estar limpiando las letrinas, no arruinando la vista.

Los comentarios golpearon el orgullo de Astra, pero no dejó que las lágrimas nublaran sus ojos. Continuó avanzando por el pasillo central. Sabía que las leyes de la Luna eran absolutas: cuando el lazo de mate se manifestaba, ningún Alpha, por más orgulloso que fuera, podía negar el diseño de la naturaleza.

De repente, el salón quedó en un silencio sepulcral.

Las puertas traseras se abrieron de par en par y él entró. Logan Thorne.

Su sola presencia física cortaba la respiración. Era alto, de hombros anchos y mandíbula esculpida, vestido con un traje militar oscuro que acentuaba su porte aristocrático. Su aura de Alpha era tan densa y sofocante que obligaba a los lobos de menor rango a inclinar la cabeza por puro instinto de sumisión.

Astra, sin embargo, no se movió. Su pecho ardió con una calidez ardiente, casi dolorosa. El lazo en su interior dio un vuelco salvaje, reconociendo a su dueño.

Logan caminó por el pasillo con paso firme. En un segundo que pareció congelarse en el tiempo, sus ojos oscuros se desviaron y se encontraron con los de Astra. Ella contuvo el aliento, esperando ver el destello de reconocimiento, la chispa de alivio o la calidez de un hombre que descubre a su compañera eterna. Esperó una sonrisa.

Pero no hubo nada de eso.

Logan solo le dedicó una mirada gélida, distante y extrañamente calculadora, antes de apartar la vista como si ella fuera un paisaje aburrido. El calor en el pecho de Astra flaqueó, reemplazado por un presentimiento helado que le oprimió la garganta.

El Alpha actual, un hombre canoso y cicatrizado por mil batallas, subió al estrado principal y alzó las manos para exigir la atención de la multitud. Logan se colocó a su derecha, imponente, con los brazos cruzados tras la espalda.

—¡Hijos de la Luna! —bramó el viejo Alpha, su voz resonando en las vigas del techo— Esta noche, mi sangre, Logan Thorne, asume el liderazgo de los Colmillos de Plata. Un nuevo ciclo comienza, y un Alpha necesita a su Luna para consolidar el poder de nuestra estirpe.

Astra dio un paso al frente de manera casi inconsciente. La multitud a su alrededor se abrió, no por respeto, sino para dejarla expuesta en el centro del salón. Su corazón golpeaba con tanta fuerza contra sus costillas que temía que los demás pudieran escucharlo. El lazo seguía tirando de ella, instándola a subir a ese estrado, a reclamar el lugar que el destino le había asignado.

Logan dio un paso adelante, relevando a su padre. Tomó el micrófono ceremonial de plata con una mano firme. Su rostro era una máscara de absoluta seriedad.

Por un instante, su mirada volvió a posarse en Astra, manteniéndose fija durante unos segundos agónicos. Sin embargo, antes de emitir una sola palabra, los ojos de Logan se desviaron deliberadamente hacia la primera fila de la aristocracia de la manada, donde una loba hermosa, vestida con sedas rojas y joyas ostentosas, le sonreía con total complicidad.

Astra sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Logan regresó la mirada hacia ella. Esta vez, la indiferencia en sus ojos se había transformado en algo mucho peor. Algo cruel.

El futuro Alpha inhaló profundamente y habló, usando su Voz de Mando, una frecuencia mística que hizo vibrar el aire del salón y obligó a Astra a tensar cada músculo para no caer de rodillas por la sumisión biológica.

—Miembros de Colmillo de Plata... esta noche anuncio que no gobernaré solo —declaró Logan, su tono resonando de manera implacable— Pero la debilidad no tiene lugar en mi trono.

Mientras pronunciaba esas últimas palabras, Logan clavó sus ojos en Astra, torciendo los labios en una mueca de absoluto asco.

Capítulo 2: La Sentencia del Alpha

El peso de las palabras de Logan flotó en el aire del Gran Salón como una densa neblina de azufre. Un silencio sepulcral, casi violento, se apoderó de los cientos de lobos presentes. Nadie se atrevía a respirar.

Astra sintió que la sangre se congelaba en sus venas. Sus ojos, fijos en el hombre que el destino le había asignado, suplicaban en silencio un rastro de piedad, una señal de que todo aquello era una retorcida broma de iniciación. Pero el rostro de Logan permaneció inmutable, tallado en la más fría e implacable piedra.

Lentamente, el futuro Alpha levantó su brazo derecho y extendió la mano hacia el frente.

Por una milésima de segundo, el corazón de Astra dio un vuelco desesperado.

«Es a mí», pensó, en un último y patético destello de esperanza. «Va a pedirme que suba».

Sin embargo, los dedos de Logan no apuntaban en su dirección. Su mano pasó de largo el ángulo donde Astra se encontraba y se dirigió hacia la primera fila de la aristocracia.

De entre la multitud, una figura elegante y esbelta se deslizó con la gracia de una pantera. Era Irina Volkov, la hija del general más condecorado de la manada. Su largo cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre un vestido de seda roja que simulaba la sangre fresca, y sus ojos grises brillaban con una altivez calculadora.

Irina avanzó por el pasillo. Al pasar junto a Astra, se detuvo apenas un instante, lo suficiente para clavarle una mirada cargada de una superioridad aplastante. Sus labios perfectos se curvaron en una sonrisa triunfal antes de ignorarla por completo y subir los escalones del estrado.

Logan la recibió tomándola de la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza posesiva que hizo que el lazo en el pecho de Astra crujiera como cristal templado.

El futuro Alpha alzó la barbilla, proyectando su imponente voz sobre la multitud, asegurándose de que cada rincón del territorio escuchara su decreto.

—Yo, Logan Thorne, futuro Alpha de la Manada Colmillo de Plata, rechazo públicamente a Astra como mi mate —su voz de mando azotó las paredes, haciendo que la propia tierra vibrara— Su sangre Omega es un insulto a nuestro linaje, una debilidad que corrompería la fuerza de nuestro futuro. En su lugar, reclamo a Irina como mi verdadera Luna y compañera de trono.

El salón, que un segundo antes parecía un cementerio, estalló en un clamor de vítores, aplausos y murmullos de absoluta aprobación. Los lobos de la alta casta celebraban la decisión como un acto de sublime sabiduría militar. Después de todo, ¿quién quería a una sirvienta desnutrida como reina cuando podían tener a la heredera de la facción guerrera?

Para Astra, el mundo se redujo a un zumbido agudo y ensordecedor.

En el instante en que Logan pronunció la palabra rechazo, el lazo místico en su interior se retorció violentamente. Fue una sensación física, brutal. Como si un puñal de hielo negro le atravesara el esternón y se hundiera directamente en su alma, desgarrando las conexiones espirituales que la unían a él. El vínculo sagrado, herido de muerte, comenzó a emitir oleadas de dolor que le nublaron la vista y le provocaron una náusea sorda.

Apretó los puños contra su vientre, obligándose a mantenerse en pie, negándose a darles el placer de verla colapsar en el suelo.

Con las lágrimas finalmente desbordándose y quemando sus mejillas, Astra dio tres pasos hacia el estrado. La multitud guardó silencio de nuevo, expectante ante el espectáculo de la paria herida.

—¿Por qué...? —su voz, rota y ahogada por la agonía del lazo desgarrándose, apenas fue un hilo en la inmensidad del salón— Logan... la Luna nos eligió. Sientes el vínculo tanto como yo... no puedes hacerle esto al destino...

Logan bajó la mirada desde la altura del estrado. No había remordimiento en sus ojos oscuros, solo una soberbia ciega y el fastidio de quien lidia con un insecto molesto.

—El destino es para los débiles que no pueden moldear su propio futuro, Astra —respondió él, con un tono gélido que cortaba más que la plata— Mírate. Eres una Omega sin aroma, incapaz de engendrar cachorros fuertes, un error biológico de la naturaleza. Eres una paria. No vales nada para mí, ni para esta manada.

A su lado, Irina se inclinó levemente hacia adelante, entrelazando su brazo con el de Logan. Sus ojos grises centellearon con una malicia contenida, disfrutando cada segundo de la destrucción pública de la chica.

—Deberías agradecer que el Alpha sea compasivo y te permita escuchar tu sentencia de pie, rata de cocina —susurró Irina, con una dulzura venenosa que solo Astra pudo escuchar.

Astra bajó la cabeza, dejando que su cabello ocultara su rostro. El dolor del alma mutó. La humillación era tan vasta, tan profunda, que algo más comenzó a agitarse en el vacío que Logan había dejado en su pecho. Una chispa extraña, fría y oscura, ajena a la magia de los lobos.

Pero no tuvo tiempo de entenderla.

El viejo Alpha, el padre de Logan, dio un paso al frente, interrumpiendo el tenso silencio. En su mano derecha sostenía una reliquia que hizo que todos los presentes contuvieran el aliento: la Daga de la Purga, un arma ceremonial forjada en plata pura y bendecida con magia lunar ancestral para cortar los lazos biológicos.

—Para consolidar la nueva unión y proteger el poder de la manada, el lazo erróneo debe ser extirpado de raíz —sentenció el viejo tirano, alzando el arma cuyo reflejo plateado iluminó el rostro pálido de Astra— Guardias, sostengan a la paria.

Capítulo 3: El Foso de las Cenizas

Antes de que Astra pudiera asimilar la orden, dos pares de manos robustas y despiadadas se clavaron en sus hombros. Los corpulentos Betas de la guardia de élite la sacudieron con brusquedad, obligándola a hincar las rodillas contra el gélido suelo de mármol. El impacto resonó en sus articulaciones, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de verse reducida a una prisionera en el lugar que consideraba su hogar.

Desde lo alto del estrado, Logan observaba la escena con los brazos cruzados, imperturbable. A su lado, Irina acarició perezosamente el hombro de su nuevo Alpha, con los ojos entornados en una muestra de pura satisfacción. Ninguno de los dos mostró un ápice de piedad. Para ellos, Astra era un cabo suelto que debía ser cortado de inmediato.

—Logan, por favor... —susurró Astra, intentando buscar una pizca de la humanidad del chico con el que había crecido.

Él simplemente apartó la mirada.

El viejo Alpha se plantó frente a ella. La Daga de la Purga emitió un destello azulado bajo la luz de los candelabros. La plata pura cortaba no solo la carne, sino las corrientes espirituales que la Diosa Luna tejía entre las almas gemelas.

—Por la autoridad conferida por la sangre y la manada, purgo el vínculo erróneo —sentenció el viejo tirano.

El Alpha alzó el arma sagrada y ejecutó un corte seco en el aire, justo por encima de la cabeza de Astra.

No hubo herida física, pero el efecto fue devastador. La daga rasgó el entramado místico del lazo de apareamiento. Astra abrió los ojos de par en par, incapaz de emitir un solo sonido mientras una agonía indescriptible se apoderaba de cada célula de su cuerpo. Fue una sensación visceral, horrorosa; como si unas manos invisibles se hundieran en su pecho y le arrancaran el alma a tiras, desollando su conexión con el mundo espiritual.

«¡No!», gritó su mente, pero su voz estaba ahogada por el dolor.

El lazo con Logan resistió por una fracción de segundo, tensándose como un cable de acero bajo demasiada presión, hasta que finalmente se cortó.

En el instante exacto de la ruptura, un chispazo violento de energía oscura y fría emanó del pecho de Astra. No era la luz dorada de la Luna; era un pulso negro y opaco que se expandió por todo el salón. La onda expansiva fue tan intensa que apagó las luces de los candelabros por un segundo completo, sumiendo el lugar en una oscuridad absoluta y terrorífica. Los lobos de la manada soltaron exclamaciones de pánico, sintiendo un escalofrío que les erizó la piel.

Cuando las llamas volvieron a encenderse titubeantes, Astra colapsó hacia adelante, golpeando el suelo con el rostro. Estaba completamente debilitada, con un hilo de sangre espesa y oscura brotándole de la nariz, manchando el pulcro lino blanco de su vestido.

Logan dio un paso al frente, bajando los escalones del estrado hasta quedar a pocos centímetros de su cuerpo quebrado. Su presencia ya no generaba calor en ella; solo un vacío helado y repulsivo.

—A partir de este instante, dejas de existir para los Colmillos de Plata —dictó Logan con su atronadora voz de Alpha— Quedas despojada del apellido de la manada y de tu estatus de ciudadana. Se te prohíbe permanentemente pisar nuestras tierras. Si regresas, serás ejecutada en el acto como una intrusa.

Logan hizo una seña despectiva con la mano a los guardias.

—Sáquenla de mi vista. Arrójenla a la frontera.

Astra no pudo luchar. Su cuerpo era una vasija vacía y rota. Perdió el conocimiento mientras sentía cómo los betas la arrastraban por los brazos, arrastrando sus pies descalzos por el suelo del salón y luego por el barro del patio exterior, bajo las burlas silenciosas de los que alguna vez llamó compañeros.

Un violento escalofrío la devolvió a la realidad.

Astra abrió los ojos con dificultad, escupiendo agua lodosa. La lluvia torrencial caía sin piedad sobre ella, empapando su ropa y pegando los mechones de su cabello al rostro. Estaba tirada en el fango, tiritando incontrolablemente, rodeada por la densa y opresiva neblina del Bosque de las Cenizas.

Los guardias la habían arrojado justo al otro lado de la línea de piedras sagradas que marcaba el límite de la manada. Un territorio sin ley, devorado por la oscuridad y la muerte, donde ningún licántropo cuerdo se atrevía a entrar.

Se llevó una mano temblorosa al centro del pecho. El dolor agudo del ritual había desaparecido, reemplazado por un abismo absoluto. El vacío donde solía latir el lazo dorado con Logan era ahora un agujero negro que devoraba su calor corporal. Estaba sola. Rechazada. Condenada a morir.

De repente, el crujido de una rama rompiéndose a pocos metros congeló el aire en sus pulmones.

Astra contuvo la respiración. A través de la penumbra y los árboles retorcidos del bosque, varios pares de ojos de un amarillo fosforescente y hambriento comenzaron a encenderse entre las sombras.

Un aullido gutural, salvaje y ajeno a cualquier raza conocida de lobos, desgarró el estruendo de la tormenta. Las bestias del bosque habían olido la sangre fresca de una Omega indefensa, y se acercaban rápidamente para el festín.

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