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Mi Amor Por Su Deuda

Plan en marcha

Las festividades en la ciudad habían empezado, pero en la casa Villarreal esa alegría no se sentía. En el despacho de su lujosa mansión se encontraba Leonardo Villarreal; sus ojos, inyectados en sangre, no dejaban de mirar el documento impreso que sostenía entre las manos temblorosas.

—Esto no puede estar pasando —susurró, con la voz ahogada por la frustración.

Su fiel abogado se encontraba frente a él, con una mirada llena de preocupación y lástima fija en su jefe.

—Lo siento, señor. Pero los cálculos son correctos —explicó Felipe, con la voz apagada—. Ese inversionista fantasma nos estafó y se llevó todo el capital... Además, los bancos nos congelaron las cuentas por presuntas malversaciones de fondos.

—¿Qué podemos hacer? —Leonardo se puso de pie, desesperado, pasando una mano por su cabello—. Debemos solucionar este asunto lo más pronto posible.

Si la situación no se resolvía con prontitud, todo su patrimonio familiar se esfumaría y él terminaría en prisión. El mundo se le venía abajo y, lo peor de todo, es que estaba de manos atadas. Su única salida era que el estafador apareciera por arte de magia, o que un milagro inyectara un capital masivo a su empresa.

Un milagro que, en su mundo, siempre tenía un precio muy alto.

Al otro lado de la ciudad, la realidad era completamente distinta. Allí se encontraba la hermosa Isabel Villarreal. Una joven alegre y, esa noche en especial, sus ojos color miel brillaban con fuerza. Su cabello dorado y piel clara atraían las miradas de muchos; sin embargo, ella solo tenía ojos para el hombre sentado frente a ella: Fabián Vargas. Con su cabello negro, ojos oscuros y un porte sofisticado, Fabián poseía un encanto natural que cautivaba a cualquiera. Aunque, para nadie era un secreto el interés que existía entre ambos, y aunque su relación se mantenía bajo la etiqueta de una estrecha amistad, él estaba listo para dar el siguiente paso.

—Te ves especialmente hermosa esta noche —dijo Fabián, con un brillo intenso en la mirada.

—Gracias —susurró Isabel, ruborizándose mostrando una sonrisa tímida.

—Quiero que me acompañes a un lugar que preparé solo para los dos —indicó él, poniéndose de pie.

El restaurante cinco estrellas donde Fabián había iniciado su plan de conquista le había quedado pequeño, ya que él quería que la velada fuera inolvidable, sin imaginarse que, a la distancia, unos ojos profundos como la noche más oscura los observaban de manera inexpresiva.

—Todo está listo, jefe. Es hora del espectáculo —un hombre alto y fornido se acercó al desconocido. Su semblante era tan implacable que infundía temor con solo mirarlo.

—Entonces no hagamos esperar más a nuestros amigos —una sonrisa gélida se dibujó en los labios del misterioso hombre—. ¿La sorpresa para Vargas está lista? —preguntó, deteniéndose un instante.

—Así es, señor. Su noche se arruinará por completo y no habrá manera de que la señorita Villarreal lo perdone después de esto.

Mientras tanto, el silencio en el despacho de Leonardo Villarreal se vio abruptamente interrumpido por el sonido del intercomunicador. La voz temblorosa de su secretaria rompió la densa neblina de desesperación que llenaba la habitación.

—Señor Villarreal... disculpe la interrupción, pero hay un hombre abajo. Exige verlo inmediatamente. Dice que tiene la solución a su problema financiero.

Leonardo y Felipe se miraron, compartiendo una mezcla de desconfianza y una desesperada luz de esperanza.

—Déjalo subir —ordenó Leonardo, enderezándose el saco y tratando de recomponer su fachada de hombre de negocios.

Segundos después, las pesadas puertas de madera del despacho se abrieron de par en par. Gael Sotomayor entró al lugar. Su imponente figura y la frialdad de su mirada congelaron el ambiente de inmediato. No tenía la actitud de un visitante, sino la de un conquistador que llegaba a reclamar un territorio ya vencido.

—Señor Villarreal —saludó Gael con una voz grave, profunda, que resonó en las paredes del despacho. No extendió la mano—. Sé exactamente en el agujero en el que está metido. Y sé que mañana a primera hora su nombre estará en las portadas de los periódicos y sus manos engrilladas.

Leonardo palideció, sintiendo cómo el poco aire que le quedaba en los pulmones se evaporaba.

—¿Quién es usted? —logró articular, apoyando las manos en su escritorio para no tambalearse—. ¿Cómo sabe...?

—Eso no importa —interrumpió Gael, caminando con total tranquilidad, derramando un aire de frialdad aterrador, sus pasos se detuvieron frente al gran ventanal, dándoles la espalda con una confianza absoluta—. Lo que importa es que soy el único hombre sobre la tierra dispuesto a comprar su deuda millonaria, limpiar el nombre de su empresa y retirar los cargos de malversación antes de que los fiscales toquen su puerta. Soy su único milagro, Villarreal.

Leonardo sintió que el corazón le daba un vuelco. Era una propuesta demasiado buena para ser real.

—¿Qué quiere a cambio? —preguntó Felipe, el abogado, interviniendo con suspicacia—. Nadie regala una fortuna de esa magnitud por benevolencia. ¿Qué porcentaje de las acciones de la empresa busca?

Gael se dio la vuelta lentamente. Una sonrisa de medio lado, carente de cualquier rastro de calidez, se dibujó en su rostro. Miró fijamente a Leonardo, clavando sus ojos oscuros en el anciano empresario.

—No me interesan sus acciones, caballero. Las empresas Villarreal no son más que un cascarón vacío en este momento —sentenció Gael, dando un par de pasos firmes hacia el escritorio—. Yo no vine a negociar por dinero. Vine por algo de igual valor.

—Hable de una vez —exigió Leonardo, sintiendo un frío presentimiento recorrerle la espina dorsal.

Gael apoyó ambas manos sobre el escritorio de caoba, inclinándose ligeramente hacia él. La estocada final estaba lista.

—Quiero a su hija, Isabel —soltó Gael, con una frialdad matemática—. Firmaré el rescate financiero de su familia el mismo día en que Isabel Villarreal firme el acta de matrimonio que la convierta en mi esposa.

Leonardo y Felipe quedaron en shock, sus miradas se cruzaron mostrando un rastro de incredulidad.

La traición del amor

Mientras las sombras de la noche caían sobre la ciudad y Gael Sotomayor avanzaba con firmeza para ejecutar su fría estocada, la realidad en el otro extremo de la ciudad parecía sacada de un idílico cuento de hadas. En el exclusivo restaurante de cinco estrellas, la elegancia y el refinamiento flotaban en el aire como un perfume caro. El murmullo de los violines y el tintineo de las copas de cristal de fondo envolvían a los comensales en una burbuja de absoluta sofisticación.

Fabián Vargas, manteniendo su acostumbrada caballerosidad y esa sonrisa ensayada que dominaba a la perfección, guio a Isabel hacia la terraza privada del establecimiento. Era un rincón ideal, suspendido sobre las luces de la ciudad, iluminado únicamente por la parpadeante y tenue luz de decenas de velas aromáticas. El aire de la noche estaba impregnado con la fragancia de las orquídeas y rosas blancas, las flores favoritas de Isabel, dispuestas estratégicamente en arreglos monumentales que enmarcaban la mesa.

Isabel sentía que el corazón le latía a mil por hora en el pecho, un ritmo desbocado que amenazaba con robarle el aliento. Todo parecía perfecto, casi irreal. Fabián se detuvo frente a ella y, con una suavidad calculada, la tomó de las manos. Sus dedos eran cálidos, pero su mirada albergaba una devoción fingida, un brillo actoral que había perfeccionado durante meses con el único propósito de ganarse la confianza ciega de la heredera de los Villarreal. Isabel, encandilada por el romanticismo del momento y la innegable belleza de su acompañante, no fue capaz de detectar la frialdad detrás de esos ojos oscuros.

—Isabel... —comenzó Fabián, bajando el tono de su voz a un susurro íntimo, arrastrando las palabras con una estudiada ternura—. Hemos compartido tanto tiempo como amigos. Hemos reído, hemos construido recuerdos invaluables y me has permitido conocer la pureza de tu alma. Pero esta noche ya no puedo seguir ocultando lo que verdaderamente siento en mi pecho. Mantener la distancia me quema. Tú eres la mujer con la que quiero compartir mi vida, mi presente y mi futuro.

Isabel contuvo el aliento, con los ojos color miel brillando con una fuerza inusual, empañados por lágrimas de genuina emoción. El mundo exterior pareció desvanecerse por completo. Observó cómo Fabián, sin soltar una de sus manos, deslizaba la otra con lentitud hacia el bolsillo interior de su saco de diseñador. Con un movimiento fluido, extrajo una pequeña y elegante caja de terciopelo azul marino.

Su corazón dio un vuelco definitivo. Estaba a punto de presenciar el momento que tantas veces había imaginado en sus sueños de juventud. Sin embargo, antes de que las rodillas de Fabián pudieran tocar el suelo y consolidar su gran obra de manipulación, el eco de unos pasos apresurados, torpes y violentos sobre el mármol del salón principal rompió de golpe la magia del lugar.

—¡Le dije que no puede pasar, señorita! ¡Esta es una zona estrictamente privada! —se escuchó la voz tensa, alterada y desbordada de uno de los empleados principales del restaurante.

—¡A mí nadie me detiene, imbécil! ¡Quítate de encima! ¡Fabián! —un grito agudo, quebrado e histérico resonó con la fuerza de un latigazo en la tranquilidad de la terraza.

Isabel parpadeó repetidamente, confundida, sintiendo cómo la neblina del romance se disipaba de golpe. Rompió el contacto visual con Fabián, cuya respiración se había detenido en seco. Al voltear la cabeza hacia el arco de entrada de la terraza, la expresión de absoluta felicidad de la joven se transformó en un desconcierto total. La intrusa respiraba de forma entrecortada, con el cabello dorado ligeramente revuelto y un vestido de seda que denotaba un lujo descuidado.

—¿Samanta? —susurró Isabel, frunciendo el ceño, incapaz de procesar la violenta escena.

Fabián se congeló por completo en su sitio. Toda la sangre pareció abandonar su cuerpo en una fracción de segundo, dejándolo con una palidez fantasmal y espantosa, similar a la de un espectro atrapado en su propia maldición. Al ver a Samanta, la hija de la mujer con la que se había casado el padre de Isabel tras su divorcio, el terror puro, visceral y primitivo se apoderó de sus ojos negros. Sus dedos comenzaron a temblar con tanta violencia que la pequeña caja de terciopelo estuvo a punto de resbalar de sus manos y caer al vacío. El andamiaje de mentiras sobre el que había construido su vida, su secreto más oscuro y retorcido, ese que había guardado con un recelo enfermizo para poder ganarse el afecto de Isabel y parasitar la fortuna de los Villarreal, estaba a escasos segundos de quedar expuesto bajo la implacable luz de la verdad.

—¿Qué... qué demonios haces aquí? —logró articular Fabián con una voz pesada, ahogada por el pánico. Intentó dar un paso al frente de manera desesperada, buscando interponer su cuerpo atlético para interceptarla y sacarla a rastras antes de que pronunciara una sola palabra más cerca de Isabel.

Pero Samanta, cuyos ojos desbordaban el despecho, el odio y la humillación de quien ha sido usada y desechada, leyó sus intenciones de inmediato.

Con un movimiento rápido y lleno de desprecio, esquivó el agarre de Fabián. Dio un paso firme hacia la mesa, clavando sus pupilas en una estupefacta Isabel, mientras una sonrisa amarga, casi desquiciada, se dibujaba en sus labios pintados de rojo carmesí.

—Vaya, vaya, Isabel... Veo que llegué justo a tiempo para el gran clímax. Estabas a punto de aceptar la propuesta del hombre del año, ¿verdad? —escupió Samanta, cruzándose de brazos con una falsa postura de superioridad que no lograba ocultar el temblor de su mandíbula—. Es una lástima, una verdadera tragedia, que tu querido y perfecto Fabián olvidara contarte un pequeño y asqueroso detalle sobre nosotros dos antes de ofrecerte ese anillo.

Isabel alternó la mirada entre el rostro desencajado y sudoroso de Fabián y la mirada venenosa de Samanta. El aire en la terraza se volvió denso,

asfixiante, cargado de una tensión tan espesa que casi se podía palpar en el ambiente. El silencio sepulcral que siguió a la acusación fue la confirmación definitiva. Isabel sintió un frío ártico correr por su espina dorsal; el pánico evidente y la falta de defensa en el hombre que juraba amarla le gritaron al oído que el mundo de cristal en el que vivía estaba a punto de hacerse añicos para siempre.

—Fabián... ¿de qué está hablando Samanta? —preguntó Isabel, con la voz temblorosa, exigiendo una verdad que, en el fondo, ya temía escuchar.

—No le hagas caso, Isabel, esta mujer está loca, está borracha. ¡Seguridad, saquen a esta demente de aquí! —rugió Fabián, perdiendo por completo los estribos, mostrando por primera vez la verdadera fiera acorralada que se escondía detrás de su fachada de adonis.

Samanta soltó una carcajada estridente que rompió el último hilo de magia que quedaba en la noche.

—¿Loca? Dile la verdad, Fabián. Dile a tu futura esposa que el anillo que le estás ofreciendo lo compraste con el dinero que me robaste. Dile que mientras le jurabas amistad y pureza a ella, pasabas las noches en mi cama, prometiéndome que nos escaparíamos juntos en cuanto le sacaras el último centavo a su estúpido padre.

Las palabras cayeron como rocas pesadas sobre Isabel. El restaurante de cinco estrellas, las velas, las flores y las promesas de amor eterno se desmoronaron a su alrededor, dejando solo el eco de una traición devastadora. El juego de Gael Sotomayor había comenzado con una precisión implacable, y Fabián Vargas acababa de caer en su propia trampa.

El colapso del imperio

Mientras la verdad destruía el mundo de Isabel en la terraza del restaurante, las paredes del despacho de Leonardo Villarreal eran testigos de una batalla igual de despiadada. Gael Sotomayor permanecía inmóvil, con la arrogancia de un soberano, esperando la respuesta a su monstruosa condición.

Leonardo, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada, apretó los puños sobre el escritorio de caoba hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El insulto a su honor y el peligro sobre su amada hija encendieron una furia que borró, por un segundo, el terror a la quiebra.

—¡Jamás! —rugió Leonardo, con una voz que vibró con el orgullo herido de la dinastía Villarreal—. ¿Quién se cree que es para venir a mi casa a mercadear con la vida de mi hija? ¡Isabel no es una propiedad, no es una jodida moneda de cambio para sus juegos de poder! ¡Lárguese de mi propiedad antes de que ordene a la seguridad que lo saque a patadas!

Gael no pestañeó. Ni un solo músculo de su rostro se movió ante el arrebato del anciano. Una sonrisa apenas perceptible, fría y carente de cualquier empatía, se dibujó en la comisura de sus labios.

—Su orgullo siempre ha sido su peor enemigo, Villarreal —sentenció Gael, acomodándose los puños de su costosa camisa con total calma—. Su seguridad no me tocará, porque ellos saben, al igual que su abogado, que mañana yo seré el dueño de sus salarios, de esta casa y de cada centavo que cree poseer. Disfrute de sus últimas horas de falsa moral. Mañana, cuando los fiscales vengan a arrastrarlo a una celda, recuerde que usted eligió el orgullo sobre la salvación de los suyos.

Gael dio la media vuelta para marcharse, con la absoluta certeza de que el anzuelo ya estaba enterrado profundamente. Al abrir las pesadas puertas dobles del despacho, una figura femenina dio un paso atrás, sobresaltada.

Era Francisca, la segunda esposa de Leonardo y madre de Samanta. Había estado pegada a la madera, escuchándolo todo. Sus ojos, antes apagados por el pánico de la pobreza inminente, ahora brillaban con una ambición renovada y peligrosa.

Francisca vio pasar a Gael como una exhalación de poder y dinero. En su mente calculadora, las piezas encajaron con rapidez: si la empresa quebraba, ella perdería sus joyas, sus viajes y su estatus en la alta sociedad. Además, si Isabel se casaba con ese magnate implacable, el camino quedaría completamente libre para que su propia hija, Samanta, retuviera a Fabián Vargas, a quien Francisca consideraba el partido perfecto para asegurar el futuro de su estirpe. Isabel tenía que aceptar. No había otra opción.

Al entrar al despacho, Francisca encontró a Leonardo de espaldas, jadeando pesadamente mientras se apoyaba en el borde de la ventana. Felipe, el abogado, intentaba inútilmente calmarlo.

—¡Leonardo, tienes que recapacitar! ¡Ese hombre es la única salida! —exclamó Francisca, acercándose con pasos rápidos, sin un ápice de compasión en la voz—. ¿Vas a arrastrarnos a la miseria por un capricho? ¡Isabel puede casarse con él, salvar el apellido y divorciarse en un año! ¡Es un negocio!

—¡Cállate, Francisca! —rugió Leonardo, girándose con violencia. Sus ojos estaban desorbitados y su rostro había adquirido un tinte purpura alarmante—. ¡No voy a vender a mi hija para mantener tus lujos! ¡Prefiero la cárcel antes de... antes de...

Las palabras se congelaron en la garganta de Leonardo. De repente, sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en la nada, llenos de un terror repentino. Su mano derecha se elevó espasmódicamente hacia su pecho, enterrando los dedos en la tela de su camisa, justo sobre el corazón. Un gemido sordo, ahogado, escapó de sus labios.

—Señor... ¿Señor Villarreal? —Felipe dio un paso al frente, alarmado.

Leonardo no respondió. El aire falló en sus pulmones y sus piernas cedieron por completo, desplomándose pesadamente sobre la alfombra persa del despacho. Su respiración se volvió un silbido agónico mientras el sudor frío empapaba su frente. Estaba sufriendo un infarto.

—¡Llama a una ambulancia, Felipe! ¡Ahora mismo! —gritó Francisca, fingiendo pánico.

Sin embargo, mientras el abogado corría desesperado hacia el teléfono del escritorio, la mente de Francisca trabajó con una frialdad espeluznante. Miró a su esposo tendido en el suelo, luchando por su vida, y vio la oportunidad perfecta. El destino le estaba entregando el arma definitiva para doblegar a Isabel Villarreal sin que ella tuviera que ensuciarse las manos. El infarto de Leonardo no era una tragedia; era la palanca perfecta para su manipulación.

Treinta minutos después, los pasillos de la clínica privada eran un eco de urgencia y desolación. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre Isabel, quien acababa de llegar corriendo desde el restaurante, con el vestido de noche desarreglado, las lágrimas surcando su rostro y el corazón completamente roto por la traición de Fabián.

No había tenido tiempo ni de procesar la humillación cuando recibió la llamada del colapso de su padre.

Francisca la esperaba en la sala de espera privada. Al ver entrar a su hijastra, la mujer transformó de inmediato su expresión en una máscara de dolor absoluto y desesperación ensayada. Se cubrió el rostro con un pañuelo, sollozando con fuerza teatral.

—¡Isabel! ¡Qué desgracia, hija mía, qué desgracia! —exclamó Francisca, corriendo a abrazarla para evitar que viera la frialdad en sus ojos.

—¿Cómo está mi papá, Francisca? ¿Qué pasó? ¡Dime algo, por favor! —suplicó Isabel, temblando descontroladamente, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies por segunda vez en la misma noche.

Francisca la apartó suavemente, tomándola por los hombros y mirándola con una gravedad que helaba la sangre. Era el momento de dar el golpe de gracia.

—Tu padre se está muriendo, Isabel... Y la culpa es de la ruina en la que estamos —soltó Francisca, dejando caer la bomba sin anestesia—. Nos han estafado. Las empresas Villarreal están en la quiebra absoluta, las cuentas están congeladas y mañana tu padre iba a ser arrestado por malversación. Su corazón no pudo soportar el peso de saber que perderíamos todo y que él terminaría en prisión.

Isabel retrocedió un paso, con los ojos abiertos por el shock. La revelación la golpeó como un impacto físico.

—No... no puede ser verdad... Mi papá no es un criminal —balbuceó Isabel, negando con la cabeza.

—No lo es, pero el mundo es cruel —continuó Francisca, apretando el agarre en sus hombros, clavando sus palabras como puñales—. Pero hay una esperanza, Isabel. Un hombre... un magnate poderosísimo llamado Gael Sotomayor vino al despacho justo antes del ataque. Él ofreció pagar cada centavo de la deuda, salvar la empresa y limpiar el nombre de tu padre. Iba a ser nuestro milagro.

—¿Y por qué papá no aceptó? —preguntó Isabel, con un hilo de voz, intuyendo la terrible respuesta.

Francisca fingió una mirada de profunda pena, soltando un suspiro trágico.

—Porque ese hombre puso una condición condenable, Isabel. Él no quiere dinero. Dijo que salvará a tu padre y a nuestra familia solo si tú te conviertes en su esposa. Tu padre prefirió infartarse y elegir la muerte antes de sacrificar tu libertad. Ahora la vida de Leonardo está en tus manos, Isabel. Si no firmas ese contrato matrimonial con Gael Sotomayor, tu padre saldrá de esta clínica directo a una tumba o a una prisión. Tú decides si lo dejas morir.

Isabel sintió que el aire desaparecía de sus pulmones. Atrapada entre el eco de la traición de Fabián y la agonía de su padre, miró el abismo que se abría ante ella. El tablero de Gael Sotomayor la había acorralado por completo.

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