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Susurros Del Más Allá.

Capítulo 1: Llegada a Mar Azul.

El aire salado golpeaba el rostro de Lyssa mientras el viejo autobús traqueteaba por el último tramo de camino de tierra. A través de la ventanilla sucia, el paisaje se transformaba: los verdes densos de la selva costera daban paso a acantilados altos y oscuros que caían bruscamente hacia un mar de aguas profundas y revueltas. Allí abajo, entre las rocas y la bruma grisácea, apareció por fin Mar Azul.

El nombre parecía una ironía cruel. El agua no era azul, sino de un tono gris oscuro, casi negro, que reflejaba un cielo cubierto de nubes pesadas y amenazantes. No había luz brillante, ni colores alegres; todo parecía teñido de una melancolía antigua, como si el propio pueblo estuviera envuelto en un velo de silencio y secreto.

Cuando el vehículo se detuvo en la pequeña plaza principal, Lyssa bajó su pesada maleta y respiró hondo. El silencio le llamó la atención de inmediato. No se escuchaban risas de niños, ni música, ni el bullicio habitual de una zona costera. Las pocas personas que caminaban por las calles de adoquines bajaban la cabeza al pasar, evitando mirar a los ojos, apresurando el paso como si tuvieran miedo de quedarse demasiado tiempo al aire libre.

—Este lugar no es como lo describían los viejos relatos de mi madre —susurró para sí misma, ajustándose la chaqueta contra la brisa fría que venía del océano.

Desde que puso un pie en la tierra de Mar Azul, una sensación pesada se instaló en su pecho. No era solo nervios por el viaje o la incertidumbre de lo que encontraría allí. Era algo más profundo, una presencia invisible que parecía observarla desde todos los rincones. Y luego empezaron los sonidos.

Al principio creyó que era el viento entre las palmeras o el romper de las olas contra las piedras. Pero pronto comprendió que no eran sonidos naturales. Eran voces. Susurros bajos, arrastrados, que se mezclaban entre sí, formando palabras que no lograba descifrar del todo, pero que le helaban la sangre en las venas. «Llegaste… Por fin… Te estábamos esperando… Ella sabe que estás aquí…».

Lyssa se detuvo en seco y miró a su alrededor. Una mujer mayor caminaba cerca, cargando una cesta de pescado. Lyssa se acercó con cautela.

—Disculpe, señora… ¿Escucha usted eso? —preguntó con voz suave, señalando hacia el mar.

La mujer se detuvo bruscamente, sus ojos se abrieron de par en par y retrocedió un paso, cruzándose rápidamente a sí misma con una mano temblorosa.

—No digas esas cosas, niña —susurró con miedo, sin mirarla directamente—. Aquí no hay nada que escuchar, salvo lo que el mar quiere que oigamos. Y lo que el mar dice… no es bueno. Vete mientras puedas. Mar Azul no recibe visitas por gusto, y mucho menos a quienes oyen lo que nadie más escucha.

Dicho esto, la anciana echó a correr, alejándose rápido y perdiéndose entre las callejuelas estrechas de casas de madera oscura.

Lyssa frunció el ceño, sintiendo cómo los susurros se hacían más intensos, casi emocionados, como si su presencia hubiera despertado algo que llevaba mucho tiempo dormido. Sabía que no estaba loca; esa era la razón por la que había venido. Desde pequeña, había tenido esa capacidad: escuchar lo que otros ignoraban, percibir lo que estaba oculto. Y su madre, antes de desaparecer sin dejar rastro, le había escrito cartas donde mencionaba este pueblo, donde hablaba de voces, de una leyenda antigua y de algo que «la llamaba» desde el agua.

Caminó hacia la costa, arrastrando su maleta. El pueblo terminaba bruscamente en una playa de arena oscura y piedras afiladas. El mar rugía con fuerza, golpeando los acantilados con furia. Allí, de pie en la orilla, Lyssa sintió que la presencia invisible se volvía más fuerte, envolviéndola por completo. Los susurros se transformaron en una sola voz, más clara, más dulce y aterradora a la vez, que parecía salir directamente de las profundidades.

«Eres igual a ella… Vendiste lo que amabas por conocer la verdad… Y ahora tú también eres mía».

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Al levantar la vista, entre la espuma de las olas y la bruma espesa, creyó ver una silueta. Una figura hermosa, de cabellos largos y oscuros que flotaban en el agua, con ojos que brillaban con una luz extraña y penetrante. Pero antes de que pudiera distinguir algo más, una sombra se interpuso entre ella y el mar.

—No deberías estar tan cerca del agua cuando el viento cambia —dijo una voz grave y profunda a su espalda.

Lyssa se giró de golpe. Un hombre estaba apoyado contra un tronco viejo, con las manos en los bolsillos y una expresión dura, de ojos oscuros y mirada cansada, como si cargara con el peso de todo el pueblo sobre sus hombros. Era alto, de cabello oscuro y rasgos marcados, pero lo que más le llamó la atención fue su mirada: llena de dolor, pero también de una advertencia clara.

—¿Y usted quién es? —preguntó ella, recuperando la compostura y sosteniéndole la mirada.

El hombre no sonrió. Solo señaló hacia las aguas oscuras con la cabeza.

—Soy Christhian. Y te digo lo mismo que te dirá cualquiera que no haya perdido la razón en este lugar: aléjate de la orilla, no hagas preguntas y, sobre todo… no escuches lo que el mar te susurra. Porque una vez que empiezas a oírlo… ya no hay forma de volver atrás.

Dicho esto, dio media vuelta y se alejó por el camino rocoso, perdiéndose entre las sombras de las casas, dejando a Lyssa sola frente a un mar que rugía con fuerza y unos susurros que ahora parecían reírse, bajitos y maliciosos, confirmando que su llegada a Mar Azul no era el comienzo de una simple búsqueda… sino el inicio de una condena.

Capítulo 2: Huellas en la arena.

Apenas Christhian desapareció entre las callejuelas de Mar Azul, Lyssa se quedó inmóvil, con las palabras de él resonando en su mente como una advertencia helada. Sin embargo, lejos de asustarla, aquella advertencia solo avivó más su determinación. No había recorrido tantos kilómetros para echarse atrás ante una mirada dura o frases misteriosas. Su madre estaba aquí, lo sabía en el fondo de su corazón, y algo —o alguien— se la había llevado.

Esperó a que el sol empezara a descender, tiñendo el cielo de tonos violáceos y grisáceos, para bajar de nuevo hacia la playa. A esa hora, el pueblo parecía cerrarse en sí mismo; puertas y ventanas se cerraban con estrépito, como si todos se escondieran de algo que llegaba con la tarde. El viento soplaba con más fuerza ahora, trayendo consigo el olor intenso a sal, algas húmedas y algo más… un aroma dulce y embriagador, pero que ocultaba un peligro antiguo.

Caminó por la franja de arena oscura, pegada a las rocas altas que separaban el pueblo del acantilado. Los susurros seguían ahí, flotando en el aire, rozando sus oídos como dedos invisibles, pero ahora aprendió a ignorarlos, a concentrarse solo en lo que sus ojos podían ver. Su madre siempre le decía: “Las cosas que se esconden de día dejan sus huellas cuando cae la luz”.

Fue entonces, al doblar una saliente de roca cubierta de musgo, cuando vio el lugar. Era una pequeña caleta oculta, protegida del viento fuerte, donde la arena era más fina y oscura, casi negra. Allí, la marea baja había dejado al descubierto objetos que las aguas no habían podido llevarse.

Se arrodilló con cuidado, sintiendo el frío de la arena bajo sus rodillas. Entre conchas rotas, maderos carcomidos y restos de redes viejas, empezó a encontrar señales que le helaron la sangre, pero que al mismo tiempo le llenaron de una extraña esperanza.

Primero halló un broche metálico, oxidado por el tiempo y la sal, pero reconocible al instante. Era una pieza de plata antigua, con el grabado de una ola rodeada de espinas: el símbolo que su madre llevaba siempre, el adorno que jamás se quitaba, un regalo de su propia abuela. Lyssa lo tomó entre sus dedos, sintiendo cómo el metal frío le quemaba la piel. No cabía duda: ella había estado aquí.

Más adelante, semienterrada bajo un montón de algas, apareció una caja de madera pequeña, desgastada por el agua. Al abrirla con manos temblorosas, encontró restos de papeles mojados, casi ilegibles, pero entre ellos, una página aún legible, escrita con la caligrafía elegante y torcida que conocía tan bien:

“Lo que habita aquí no es un mito, Lyssa. Es real, es hermoso y es terrible. Me ha encontrado, igual que te encontrará a ti si bajas a esta orilla. Hay marcas en las piedras, símbolos que cuentan cómo empezó todo… y me temo que yo soy parte de ello. No vengas… pero sé que vendrás. Ten cuidado con las voces, hija mía, y más aún con quien parece querer protegerte. Nada es lo que parece en Mar Azul.”

Las letras se difuminaban al final, como si quien escribía hubiera tenido las manos mojadas o temblorosas. Junto al papel, había un dibujo incompleto: una figura femenina con cola de pez, de rasgos bellos pero ojos vacíos, y a su lado, una silueta masculina encadenada al agua.

Lyssa siguió buscando. Más allá, grabadas directamente en la roca plana que daba al mar, descubrió marcas talladas profundamente. Eran símbolos antiguos, circulares y enredados, idénticos a los que aparecían en los libros viejos que su madre guardaba bajo llave en casa, aquellos que hablaban de pactos, de sangre y de maldiciones que se heredaban de generación en generación. Las líneas estaban recién hechas; algunas piedras alrededor aún tenían polvo fresco, lo que significaba que no hacía mucho alguien había estado allí, trazando o repasando esas señales.

Los susurros crecieron de golpe, volviéndose urgentes, casi ansiosos: «Aquí estuvo… Aquí esperó… Ella la llamó… Y ella respondió… Pronto tú también…».

Se levantó de golpe, mirando hacia el agua negra que rompía con fuerza contra las rocas. ¿Había sido su madre quien talló esas marcas? ¿O fue la criatura de la que hablaban las leyendas la que la había arrastrado a las profundidades?

En la arena, cerca del borde donde llegaba la espuma del mar, vio otras huellas. No eran de pies humanos. Eran marcas largas, curvas, profundas y pesadas, como si algo con peso y fuerza descomunal se hubiera arrastrado desde el agua hasta la orilla. Y entre esas huellas, las pisadas pequeñas y claras de su madre, que avanzaban hacia el mar, sin retroceder, como si hubiera caminado voluntariamente hacia su destino… o como si algo la guiara con una fuerza irresistible.

—¿Qué te pasó, mamá? —susurró Lyssa, apretando el broche contra su pecho, mientras una mezcla de dolor y rabia le subía por la garganta.

Un crujido detrás de ella la hizo girar bruscamente, con el corazón golpeándole las costillas. Entre las sombras de las rocas, distinguió de nuevo la figura alta y oscura de Christhian. No se acercaba, solo observaba desde la distancia, con esa misma expresión de tristeza y advertencia.

—Encontraste lo que buscabas —dijo él, con voz grave que el viento llevó hasta ella—. Pero ahora ya no hay vuelta atrás. Esas huellas no son solo de tu madre… son el rastro de lo que se la llevó. Y ahora que las has visto, ahora que has tocado lo que ella dejó… la que habita en el agua ya sabe que estás aquí. Y no te dejará ir tan fácilmente.

Lyssa se puso de pie, limpiándose la arena de la ropa, y lo miró fijamente, desafiante.

—No me importa —respondió con firmeza, guardando el broche y el papel dentro de su bolsillo—. Vine por la verdad y por mi madre. Y aunque lo que haya aquí sea un monstruo, lo enfrentaré. Porque sea lo que sea lo que vive en este mar… tiene algo que me pertenece.

Christhian negó con la cabeza, y por un instante, Lyssa creyó ver en sus ojos no solo advertencia, sino también un rastro de lástima… o quizás reconocimiento.

—Entonces prepárate —murmuró él antes de perderse de nuevo entre las sombras—. Porque esta noche, cuando salga la luna, los susurros dejarán de ser solo palabras… y empezarán a ser llamadas. Y tú, Lyssa… tú eres la que mejor las escucha.

El viento aulló más fuerte, borrando poco a poco las huellas de la arena, como si el mar quisiera limpiar cualquier rastro, cualquier prueba, dejando solo el misterio y la certeza de que algo antiguo, poderoso y terriblemente peligroso despertaba bajo las aguas oscuras de Mar Azul.

Capítulo 3: La leyenda prohibida.

La noche cayó sobre Mar Azul como un manto pesado y húmedo. El viento no cesaba de soplar, trayendo consigo el rugido constante del mar, un sonido que ya empezaba a parecerle a Lyssa no solo ruido de agua, sino un lamento largo y profundo. Después de lo que encontró en la caleta, su mente no paraba de dar vueltas: las marcas en la roca, el broche de su madre, las huellas extrañas que se adentraban en el agua… necesitaba respuestas, y Christhian, con sus advertencias enigmáticas, no se las había dado.

Recordó entonces a la anciana que había encontrado al llegar, la que le había hablado con tanto miedo. Si todo el pueblo vivía aterrado, debía haber alguien que conociera la historia completa, aunque se la guardara bajo llave por temor. Preguntando en voz baja, con cuidado de no levantar sospechas, le indicaron una casa pequeña, apartada del centro, construida casi pegada al acantilado, con las paredes cubiertas de musgo y las ventanas siempre cerradas. Allí vivía don Elías, el habitante más viejo del pueblo, el único que aún recordaba los relatos que sus abuelos le contaban en susurros, esas historias que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta.

Lyssa dudó un momento antes de golpear la puerta de madera desgastada. Cuando finalmente lo hizo, pasaron varios minutos antes de que se abriera una pequeña rendija. Unos ojos pequeños, brillantes y rodeados de mil arrugas la observaron con desconfianza.

—¿Qué quieres? —preguntó una voz temblorosa pero firme—. Aquí no hay nada que vender, ni nada que ver. Vete.

—Don Elías… por favor —dijo Lyssa, bajando la voz—. Solo quiero saber la verdad. Sé que algo extraño pasa en este pueblo. Sé que hay una leyenda… una historia sobre el mar, sobre algo que vive en él. Mi madre vino aquí hace meses y desapareció. Creo que ella también buscaba lo mismo que yo.

El anciano se quedó inmóvil, mirándola fijamente, como si buscara algo en su rostro. Luego, miró hacia los lados, asegurándose de que nadie los viera ni los oyera, y abrió la puerta lo suficiente para dejarla pasar, haciendo un gesto rápido para que entrara y se escondiera.

El interior era oscuro, iluminado solo por una vela que ardía sobre una mesa de madera llena de manchas. El aire olía a humo, a hierbas secas y a encierro. Don Elías caminó con dificultad hasta una silla y se sentó, señalando a Lyssa que hiciera lo mismo frente a él. Sus manos, llenas de venas salientes, temblaban ligeramente.

—Eres igual a ella… —murmuró el anciano, sacudiendo la cabeza con tristeza—. Tenía que ser. Solo alguien de tu sangre puede oír lo que el mar susurra. Solo alguien de tu linaje puede ver lo que está oculto. Escúchame bien, niña, y graba cada palabra en tu memoria, porque lo que te voy a contar nunca se dice en voz alta. Es la leyenda prohibida de Mar Azul.

Hizo una pausa, mirando hacia la ventana cerrada, como si esperara que algo escuchara desde fuera, y luego continuó en un susurro apenas audible:

—Hace siglos, cuando este pueblo era joven y próspero, vivía aquí una mujer llamada Serena. Era hermosa, de una belleza que parecía hechizar a todo el que la miraba, pero también era orgullosa y de corazón duro. Se enamoró de un marinero, un hombre que prometió amarla siempre, que juró que nunca la dejaría por nada ni por nadie. Pero los hombres mienten, niña, y los que navegan por este mar mienten el doble. Él se marchó en un viaje largo y prometió volver… pero regresó trayendo consigo a otra mujer, una forastera con la que se había casado en tierras lejanas.

Don Elías apretó los puños sobre la mesa, y la luz de la vela bailó, proyectando sombras largas sobre las paredes.

—Serena sintió que el mundo se le venía encima. El dolor se convirtió en rabia, y la rabia en algo oscuro y retorcido. Juró que, si no podía tener el amor de él, nadie más lo tendría. Fue a buscar ayuda a las antiguas fuerzas que habitan estas costas, fuerzas antiguas y crueles que se alimentan del odio y la tristeza. Le pidió poder para atar a su amado a ella, para que nunca pudiera alejarse, para que perteneciera solo a ella. Pero esos poderes no regalan nada; todo tiene un precio.

El anciano señaló hacia la oscuridad, como si señalara el mar al otro lado de la pared.

—La transformaron. Su belleza humana se volvió algo distorsionada, hipnótica pero aterradora. Sus piernas se fundieron en una cola de escamas duras y afiladas, oscuras como la noche. Su voz, que antes era dulce, se volvió capaz de atraer a cualquier ser vivo hacia el agua, una voz que promete amor eterno y felicidad, pero que solo trae muerte y condena. Ya no era Serena… se convirtió en la sirena demoníaca de Mar Azul.

Lyssa sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La imagen que había visto entre las olas, la figura hermosa, pero de mirada cruel, encajaba perfectamente con la descripción.

—¿Y la maldición? —preguntó ella en voz baja—. ¿Por qué dice todo el mundo que pesa sobre el pueblo?

—Porque su odio no se quedó solo con el marinero —continuó don Elías, con los ojos muy abiertos por el miedo—. Ella no quería estar sola en su condena. Desde entonces, cada luna llena, ella sale de las profundidades. Busca lo que desea, lo que le pertenece. Es posesiva, niña… terriblemente posesiva. Cualquier cosa, cualquier persona que le llame la atención, la reclama como suya. Quienes caen bajo su encanto, ya no son libres. Se convierten en sus prisioneros, atados a ella por siempre, viviendo una existencia entre la vida y la muerte, obligados a obedecerla, a amarla y a sufrir con ella. Y lo peor… —se detuvo, tragando saliva con dificultad— lo peor es que ella nunca muere. Y la maldición no se rompe con el tiempo. Se hereda. Se pasa de generación en generación. Hay familias aquí, y la tuya es una de ellas, que lleva esta marca en la sangre. Tu familia fue la que ayudó a Serena en su momento… y ahora, cada uno de vosotros paga esa deuda.

Lyssa se llevó una mano al pecho, donde llevaba guardado el broche de su madre. Todo empezaba a tener sentido: por qué su madre vino, por qué se fue acercando cada vez más al mar, por qué desapareció sin dejar rastro.

—¿Y Christhian? —se le escapó preguntar—. Él sabe cosas… me advirtió.

El anciano se echó hacia atrás, como si hubiera dicho un nombre prohibido.

—¡Cállate! —siseó, aterrado—. No digas su nombre en vano. Christhian… él es el ejemplo vivo de lo que te he contado. Hace años, cuando era apenas un niño, ella lo vio desde el agua. Le gustó. Lo reclamó. Desde entonces, él le pertenece. Puede caminar por aquí, puede hablar, puede parecer libre… pero no lo es. Ella lo siente, ella lo vigila. No puede alejarse de este lugar, no puede amar a nadie que no sea ella, porque ella destruye todo lo que toca lo que considera suyo. Tu madre se acercó a él, ¿verdad? Y tú también lo haces… ¡Ella ya lo sabe! Y ahora te considera una rival. Por eso tu madre desapareció, y por eso tú estás en peligro mortal.

De repente, un golpe fuerte resonó en la puerta, seguido de un sonido agudo, como un canto que venía desde muy lejos, pero que se colaba por las rendijas de la casa. Don Elías se cubrió los oídos, llorando de miedo.

—¡Ya viene! ¡Sabe que te he hablado! ¡Vete, niña, vete ahora mismo! ¡Corre y no mires atrás! ¡La sirena escucha todo lo que se dice sobre ella, y no perdona a quien revela su verdad!

Lyssa se levantó de golpe, el corazón a mil por hora. El canto se hacía más claro, más dulce y aterrador, llenando todo el aire. Se acercó a la puerta, pero antes de salir, el anciano le agarró la muñeca con fuerza, sus ojos llenos de lágrimas y advertencia.

—Recuerda esto, Lyssa: ella no solo busca cuerpos… busca almas. Se alimenta del amor y del odio. Cuanto más sientes, más fuerte se vuelve. Y si alguna vez te mira a los ojos y te dice que te ama… huye, porque ese es el momento en que te condena para siempre.

Lyssa salió corriendo hacia la oscuridad de la calle, mientras detrás de ella, dentro de la casa, los sollozos del anciano se mezclaban con aquel canto lejano y mortal. Ahora lo sabía todo. La leyenda no era un cuento para asustar a los niños. Era la cruda y terrible realidad de Mar Azul. Y ella, sin saberlo, había entrado directamente en la trampa de la criatura que habitaba en las profundidades.

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