La música electrónica vibraba directo en el pecho, distorsionando los latidos del corazón en medio de la penumbra del club más exclusivo del centro de Roma. Las luces de neón, en tonos violetas y carmesí, cortaban el aire denso, reflejándose en las copas de cristal y en las siluetas que se movían con frenesí. En medio de la abarrotada pista de baile, Irina se dejaba llevar por completo por el ritmo, rodeada por el movimiento constante de decenas de personas que compartían la misma energía de la noche. Tras semanas de encierro absoluto entre paletas de colores digitales, tipografías y entregas finales para lograr su graduación en diseño gráfico, ese espacio se sentía como la liberación definitiva. Sus amigas reían a su alrededor, moviéndose al unísono y levantando los vasos a medio llenar cada vez que el DJ dejaba caer un nuevo cambio de ritmo. Irina compartía sus risas, sintiendo cómo el cansancio acumulado de los últimos meses se disolvía entre los acordes potentes y los destellos intermitentes que iluminaban el lugar.
Fue en un instante de pausa, justo cuando una ráfaga de luces blancas barrió la zona de la barra principal, que la ligereza de la noche se congeló. En una sociedad moderna donde la existencia de Alfas y Omegas estaba completamente integrada a la vida cotidiana, aprender a reconocer el peso de un aura dominante era casi un instinto de supervivencia. Y lo que emanaba del hombre sentado al final de la barra era una autoridad absoluta. Vestía un traje oscuro impecable, sin corbata y con los primeros botones de la camisa desabrochados, contrastando con el ambiente informal del resto de los clientes. Cuando el desconocido desvió la mirada y sus ojos oscuros, fríos y letales, chocaron directamente con los de Irina a través de la multitud, la música de la discoteca pareció pasar a un segundo plano. Una corriente eléctrica y sumamente intensa la golpeó en el estómago; el magnetismo era tan fuerte que desafiaba cualquier lógica.
Lejos de intimidarse o apartar la mirada como solían hacer la mayoría de las personas ante un Alfa puro, Irina sintió una oleada de audacia que nunca antes había experimentado. Mantuvo el contacto visual de manera fija, sosteniendo la atención de ese depredador de trajes caros. Con una sonrisa lenta y coqueta dibujándose en sus labios, le dedicó una última mirada cómplice a sus amigas, quienes seguían bailando abstraídas por la música, y se apartó del grupo con paso decidido. Caminó a través de la pista de baile, esquivando los cuerpos que se movían a su alrededor, sin romper en ningún momento la línea invisible que la unía a los ojos oscuros del desconocido.
Al llegar a la barra, se deslizó con naturalidad en el taburete vacío justo al lado de él, sintiendo de inmediato cómo el aire cambiaba. A esa distancia, el perfume genérico del club fue reemplazado por el aroma propio del hombre: una mezcla magnética de madera de sándalo y tormenta inminente que delataba un poder absoluto.
—Es peligroso jugar con fuego en un lugar tan lleno —la voz de él irrumpió en su espacio, un tono profundo, rasposo y cargado de una arrogancia natural que le erizó la piel de la nuca.
—A veces, el fuego es exactamente lo que se necesita para dejar atrás una rutina aburrida —respondió Irina, inclinando la cabeza con coquetería, apoyando el mentón en su mano mientras lo recorría con una mirada desinhibida.
El Alfa soltó una risa baja, un sonido oscuro que no llegó a sus ojos pero que encendió una chispa de anticipación inmediata en el ambiente que los rodeaba. La observó con detenimiento, apreciando la falta de temor en sus ojos humanos y la firmeza con la que sostenía su posición a su lado.
—Me gusta la gente decidida —comentó él, haciendo una ligera seña con la mano al barman, quien se acercó de inmediato con evidente deferencia hacia su presencia—. ¿Qué estás tomando? Déjame invitarte la siguiente ronda.
—Sorpréndeme —replicó ella, sosteniéndole la mirada con un deje de desafío.
El barman asintió y comenzó a preparar un par de copas elegantes bajo la atenta mirada de ambos.
El barman deslizó las dos copas de cristal cortado sobre la superficie pulida de la barra, donde el líquido carmesí atrapó los reflejos violetas del techo. El hombre de traje oscuro tomó su vaso sin apartar los ojos de Irina, levantándolo apenas un par de centímetros en un brindis mudo. Ella imitó el gesto, rozando intencionalmente sus dedos con los de él al sostener el cristal. El contacto directo fue como una descarga eléctrica; el calor de su piel de Alfa era abrasador, una confirmación táctil de la fuerza contenida que vibraba bajo su postura impecable.
—Por las sorpresas de la noche —dijo él antes de darle un trago corto a su bebida.
—Por las noches que queman la rutina —replicó Irina, sosteniéndole la mirada mientras probaba el cóctel, un sabor intenso, con notas cítricas y un fondo amargo que encendía la garganta.
El Alfa la escuchaba con una fijeza casi predadora, fascinado por la audacia de esa humana de ojos brillantes que no titubeaba al desafiarlo con la mirada. De vez en cuando, los dedos largos de él delineaban el borde de su propia copa, o se movían sutilmente por la barra, acortando la distancia física hasta que el hombro de Irina rozaba el suyo. El aroma a madera de sándalo y tormenta inminente se volvía cada vez más denso, inundando los sentidos de la joven hasta dejarla completamente embriagada, no por el alcohol, sino por la pura presencia del hombre.
—Eres peligrosa, preciosa —murmuró él, con una voz que había descendido rasposo, casi un susurro destinado únicamente a los oídos de ella—. Tienes una forma de mirar que podría hacer que un hombre olvide sus responsabilidades.
—¿Y eres un hombre que olvida fácilmente, o de los que toman lo que quieren? —desafió Irina, con un brillo coqueta en los ojos, acortando los últimos centímetros que los separaban.
La respuesta del Alfa no fue verbal. Sus dedos firmes se movieron con rapidez, atrapando la mandíbula de Irina en un agarre posesivo pero extrañamente cuidadoso. La obligó a levantar el rostro, y por un segundo que pareció eterno, sus pupilas se dilataron, devorando cada facción de ella bajo la penumbra del local. La tensión sexual en la barra se volvió tan pesada que el aire parecía faltar.
Cuando él se inclinó y sus labios finalmente reclamaron los de ella, el beso fue una explosión de necesidad contenida. Fue demandante, hambriento y cargado de una autoridad implícita que hizo que a Irina se le cortara la respiración. Sus manos buscaron de manera instintiva los hombros del traje de él, aferrándose a la tela costosa mientras se dejaba arrastrar por la marea de sensaciones.
Cuando el beso finalmente se rompió, ambos quedaron a escasos milímetros de distancia, con la respiración entrecortada y las miradas fijas, conectadas por un hilo invisible de puro deseo. Las pupilas de él estaban completamente oscuras, reflejando una posesividad salvaje que habría asustado a cualquiera, pero que a Irina solo le provocó un escalofrío de anticipación en la espina dorsal. El Alfa deslizó el pulgar por el labio inferior de ella, delineándolo con una lentitud tortuosa que la hizo estremecer.
—Nos vamos de aquí —sentenció él. No fue una pregunta, ni una sugerencia; fue una orden directa, dictada con esa seguridad absoluta de quien está acostumbrado a que el mundo se pliegue ante sus deseos.
Irina ni siquiera se planteó dudar. La timidez y la cordura se habían quedado rezagadas en la pista de baile, sepultadas bajo el influjo magnético de ese aroma a sándalo que parecía haber reclamado el control de sus sentidos. Con un asentimiento sutil, dejó que él se pusiera de pie. Al levantarse, la imponente estatura del Alfa y la anchura de sus hombros bajo el traje italiano se hicieron aún más evidentes, envolviéndola por completo mientras él dejaba un billete de alto valor sobre la barra, ignorando el cambio.
El hombre le tendió la mano y ella la tomó sin vacilar. Sus dedos grandes y cálidos se entrelazaron con los de ella, guiándola a través de la densa multitud de la discoteca con una firmeza que abría paso de manera automática. Los cuerpos que bailaban se apartaban casi por instinto al percibir la barrera invisible de su aura dominante. Irina apenas tuvo tiempo de lanzar una mirada rápida hacia la pista, donde sus amigas seguían sumergidas en la música y los flashes de neón, ajenas por completo a la fuerza de la naturaleza que la estaba arrastrando hacia la noche romana.
Al cruzar las puertas del club, el aire fresco de la madrugada los recibió de golpe, sirviendo como un contraste helado para la piel ardiente de ambos. En la acera, un auto deportivo de gama alta, negro y reluciente bajo las farolas de la ciudad, los esperaba en la zona preferencial. El Alfa abrió la puerta del copiloto para ella con un gesto caballeroso pero cargado de urgencia. En cuanto él rodeó el capó y se deslizó tras el volante, el motor rugió con un sonido grave y potente que vibró directamente en el pecho de Irina.
El trayecto por las calles de Roma fue un viaje silencioso y veloz, donde la velocidad del auto solo alimentaba la tensión que crecía dentro del habitáculo. Nadie habló. No hacía falta. La mano libre de él abandonó la palanca de cambios para posarse firmemente sobre el muslo de Irina, una caricia pesada y posesiva que la hizo jadear en voz baja y fijar la vista en el perfil afilado del hombre. Sus facciones, recortadas por las luces de la ciudad que pasaban a toda prisa a través de los cristales, revelaban una seriedad implacable, la mandíbula tensa por el autocontrol que estaba ejerciendo.
Pocos minutos después, el vehículo se detuvo ante la imponente fachada de cristal de uno de los hoteles de cinco estrellas más lujosos de la capital. El personal del lugar reaccionó con una deferencia inmediata, abriendo las puertas y entregando la tarjeta de la suite presidencial sin que el Alfa tuviera que pronunciar una sola palabra; era evidente que su presencia allí no era la de un cliente cualquiera, sino la de alguien que se movía en las esferas más altas del poder.
Subieron en el ascensor privado en un silencio sepulcral, pero en cuanto las puertas de la suite se cerraron detrás de ellos, toda la contención de la noche saltó por los aires.
El Alfa la acorraló contra la madera noble de la puerta, atrapando su cuerpo con el suyo mientras sus manos buscaban su cintura con una desesperación hambrienta. El beso que siguió no tuvo la lentitud del primero; fue salvaje, demandante, una colisión de labios y lenguas que buscaba reclamar cada centímetro de su voluntad. Irina se aferró a los hombros de su traje, perdiéndose por completo en la textura de la tela costosa y en la ruda calidez de su pecho, entregándose sin reservas a una noche que prometía borrar cualquier rastro de su realidad.
Las luces de la suite permanecieron apagadas, dejando que únicamente el resplandor ámbar de las farolas romanas y la luna llena que se colaba por los inmensos ventanales dibujaran sus siluetas en la penumbra. Con una agilidad que le cortó la respiración, el Alfa la despojó de la chaqueta de su traje, dejándola caer al suelo sin importarle el valor de la prenda, para luego buscar con desesperación la piel desnuda de los hombros de Irina. Cada caricia suya quemaba; sus manos grandes y firmes delineaban sus curvas con una mezcla de rudeza posesiva y una fascinación oculta que la hacía vibrar de pies a cabeza.
Irina, completamente obnubilada por el aroma a sándalo que ahora impregnaba toda la habitación, guió sus manos hacia los botones de la camisa de él. Su respiración se volvió errática cuando logró abrir la tela, encontrando un pecho firme y esculpido que subía y bajaba al ritmo de una urgencia contenida. El Alfa soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal que resonó en el pecho de la joven, antes de levantarla en vilo. Irina rodeó la cintura de él con sus piernas de manera instintiva, aferrándose a su cuello mientras él la transportaba con paso seguro hacia la inmensidad de la cama, cuyas sábanas de seda relucían bajo la luz nocturna.
Al caer sobre el colchón, el mundo exterior terminó de desvanecerse. Lo que siguió fue una coreografía salvaje de deseo reprimido, donde las castas y las diferencias sociales no tenían cabida. Él la reclamaba a cada segundo con la mirada fija en sus ojos, buscando una sumisión que ella le entregaba de buena gana, arrastrada por la corriente de una química sexual destructiva. Los jadeos y los susurros sin nombre llenaron el espacio de la suite presidencial; no hacían falta las palabras cuando el instinto del Alfa dictaba el ritmo y ella respondía a cada estímulo con una audacia que jamás pensó poseer.
Fue una entrega absoluta, prolongada durante horas en las que el calor de sus cuerpos desafió la frescura de la madrugada. Irina se perdió en la textura de su piel, en la fuerza de sus brazos rodeándola y en esa intensidad implacable que parecía consumirlo todo a su paso. Exhausta, con el pulso aún acelerado y el cuerpo impregnado por completo del aroma de su acompañante, se dejó vencer por el sueño, acurrucándose de manera inconsciente contra el pecho firme del Alfa, sintiendo por unos instantes que ese refugio oscuro era el único lugar seguro en el mundo.
El despertar, sin embargo, fue una caída abrupta y helada hacia la realidad de la mañana. Cuando los primeros rayos del sol se filtraron por el inmenso ventanal, iluminando la lujosa habitación de hotel, Irina estiró el brazo de manera perezosa buscando el calor de la noche anterior. Sus dedos solo encontraron el vacío y la textura lisa de las sábanas de seda, completamente frías.
Se incorporó de golpe, sintiendo un vuelco violento en el estómago mientras recorría la suite presidencial con la mirada. El lugar estaba sumido en un silencio sepulcral. No había ropa tirada en la alfombra, ni notas sobre la mesa de noche, ni el menor rastro físico del hombre que la había hecho tocar el cielo pocas horas antes; el Alfa se había marchado en absoluto silencio, dejándola completamente sola. Un sentimiento de abandono mezclado con una profunda humillación la golpeó de lleno. Se había entregado por completo a un desconocido del que ni siquiera sabía el nombre, guiada únicamente por una atracción salvaje y un aroma a sándalo que todavía flotaba levemente en el aire.
Obligándose a tragar la frustración y el orgullo herido, Irina se levantó de la cama a toda prisa. No tenía tiempo para lamentos románticos ni crisis existenciales: ese lunes era el día más importante de su año. Tras semanas de esfuerzo para graduarse en diseño gráfico, hoy comenzaba su pasantía profesional en la Textilera Galo, la firma de alta costura más prestigiosa y poderosa de Roma, a la cual había sido asignada por sus excelentes calificaciones.
Media hora después, tras un viaje en metro donde intentó ocultar el cansancio y las ojeras con una buena capa de maquillaje, Irina se encontraba frente al imponente edificio de cristal y acero que servía de sede para el imperio Galo. El vestíbulo era un hervidero de actividad ejecutiva, con pantallas de última generación que proyectaban las campañas de moda y empleados moviéndose con una eficiencia implacable. Tras registrarse en la entrada, fue guiada por los ascensores hasta el moderno departamento de diseño gráfico, tratando con todas sus fuerzas de concentrarse en su carrera y enterrar el recuerdo de la noche anterior.
—Bienvenida a Galo, Irina. Aquí el ritmo es brutal, así que espero que estés lista para dar el mil por ciento —le advirtió el supervisor del área, un Omega de aspecto pulcro pero visiblemente estresado, mientras le señalaba su cubículo provisional—. El dueño de la empresa es extremadamente exigente con la imagen de la marca, y hoy pasará a revisar los portafolios y las propuestas de los nuevos pasantes. Así que mantén la cabeza baja y tu trabajo impecable.
Irina asintió, acomodando sus herramientas digitales y encendiendo la tableta gráfica mientras intentaba calmar los nervios que hacían mella en su estómago. Pasaron un par de horas en las que se sumergió por completo en la edición de unos catálogos, logrando por fin distraer su mente. Sin embargo, a media mañana, un silencio sepulcral cayó repentinamente sobre todo el piso. Los murmullos del personal cesaron y el aire del departamento pareció densificarse de golpe, adquiriendo un peso imponente que a Irina le resultó horriblemente familiar.
Las puertas del ascensor privado se abrieron al final del pasillo y los pasos firmes de un grupo de ejecutivos comenzaron a resonar en el suelo de madera pulida. Irina levantó la vista de la pantalla, sintiendo que el corazón se le detenía en el pecho cuando el aroma a sándalo y tormenta inminente inundó el pasillo, borrando cualquier otro olor en la oficina.
Caminando al frente del séquito, vistiendo un traje gris marengo hecho a medida que resaltaba su porte atlético y dominante, estaba él. El Alfa del bar. El hombre que la había poseído con una pasión devastadora y la había abandonado al amanecer avanzaba por el departamento con una expresión de absoluta frialdad. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado y sus ojos recorrían el lugar con una indiferencia letal que helaba la sangre.
—Señor Galo, estos son los bocetos preliminares para la campaña de la nueva temporada —explicó el supervisor, con la voz ligeramente temblorosa debido a la imponente presencia del Alfa.
Irina se quedó petrificada en su silla, con la respiración contenida, esperando el momento en que las miradas de ambos se cruzaran y la máscara de hielo de su jefe se rompiera. Damian Galo detuvo su caminata justo frente a su cubículo, bajando la vista hacia la pantalla de ella y luego, lentamente, clavando sus ojos oscuros directamente en el rostro pálido de Irina.
El silencio entre ambos se volvió asfixiante. Ella podía jurar que él recordaba cada segundo, cada jadeo de la madrugada, porque las pupilas del Alfa se dilataron apenas una fracción de milímetro al percibir el rastro de su propio aroma en ella. Sin embargo, lo que vino a continuación fue un golpe devastador para Irina.
—El concepto es plano y carece de fuerza. Que lo rehaga desde cero si quiere conservar la pasantía —dictaminó Damian, con una voz gélida y desprovista de cualquier emoción o reconocimiento, como si estuviera hablando con un objeto insignificante.
No hubo una pizca de complicidad, ni un saludo, ni el más mínimo parpadeo que indicara que la conocía. Damian Galo la ignoró por completo, dándose la vuelta para continuar su camino por el pasillo mientras el séquito de secretarios anotaba sus órdenes. Irina se quedó congelada en su asiento, sintiendo una mezcla ardiente de rabia y humillación quemándole el pecho, mientras una de las diseñadoras senior se acercaba a su espacio para susurrarle con lástima.
—No te lo tomes como algo personal, niña. El señor Damian es un Alfa de hielo, nadie logra sacarle una reacción profesional que no sea una crítica. Además, hoy está de peor humor porque tiene un almuerzo ejecutivo con su esposa, la señora Galo. Estar casado con una de las herederas más influyentes de la industria lo vuelve un hombre intocable.
Las palabras de su compañera resonaron en la mente de Irina como un balde de agua helada. *Casado.* El hombre misterioso, su nuevo jefe supremo y el Alfa que la había reclamado en la oscuridad de una suite, tenía una esposa. Mientras observaba la imponente espalda de Damian desaparecer tras las puertas dobles del ala ejecutiva, Irina apretó los puños sobre el escritorio, dándose cuenta de que acababa de entrar en un juego peligroso donde las reglas ya estaban escritas, y ella acababa de convertirse en el secreto mejor guardado del Alfa.
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