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Cuando La Luna Vuelva A Recordarme

¡¡ANUNCIO IMPORTANTE!!

A todos los que decidan acompañarme en esta historia, quiero decirles algo antes de que continúen.

Esta será una novela larga. No porque quiera alargarla con relleno, sino porque esta historia necesita tiempo para contarse como merece. Cada personaje, cada conversación, cada detalle y cada pequeño misterio tiene un propósito. Habrá momentos que quizá parezcan simples al principio, pero llegará un punto en el que todas las piezas encajarán como un rompecabezas y muchas escenas cobrarán un significado completamente diferente.

Aunque la historia comienza con una niña de apenas seis años, les pido que no se desesperen por verla crecer. Esa etapa no es un simple prólogo; es el corazón de toda la novela. Todo lo que ella viva, aprenda, pierda y descubra durante su infancia construirá a la mujer en la que algún día se convertirá. Si alguna vez sienten que un detalle es demasiado pequeño para importar... recuerden de el, porque probablemente vuelva a aparecer cuando menos lo esperen.

Esta tampoco será una historia que gire únicamente alrededor del romance. Sí, habrá amor, y será una parte muy importante de la novela, pero también encontrarán misterio, fantasía, amistad, familia, sacrificios, secretos que han permanecido ocultos durante siglos, personajes que crecerán junto a ustedes y decisiones capaces de cambiar el destino de todo un reino.

Quiero que rían con ellos, que se emocionen con sus pequeños logros, que se enojen cuando las cosas no salgan como esperan, que lloren cuando llegue el momento de hacerlo y, sobre todo, que terminen queriendo a Seraphine tanto como yo.

Solo puedo prometerles una cosa: esta es una historia escrita con paciencia, cariño y mucho amor. No tengo prisa por llegar al final, porque quiero disfrutar del camino junto a ustedes. Mi mayor deseo es que, cuando lean el último capítulo, puedan mirar hacia atrás y descubrir que la respuesta siempre estuvo ahí, escondida entre las páginas desde el principio.

Quizá, en algún momento, una parte de ustedes piense: "Necesito saber cómo termina." Pero espero que otra, mucho más grande, susurre: "Ojalá esta historia no termine nunca."

Gracias por darle una oportunidad a esta novela y por decidir recorrer este viaje conmigo.

Espero, de todo corazón, que la disfruten. ❤️

Bajo la misma Luna (Prólogo, parte 1)

Dicen que la luna jamás olvida.

Cuando era niña escuché aquella frase de labios de una anciana cuyo rostro ya no consigo recordar. Durante años creí que solo era una leyenda más, una de esas historias que los viejos cuentan para asustar a los pequeños o para hacer que las noches parezcan más misteriosas. Nunca imaginé que llegaría el día en que comprendería el verdadero significado de aquellas palabras.

Porque esa noche, bajo la luz de una luna inmensa y plateada, fui yo quien quedó grabada en su memoria.

El mundo estaba muriendo.

El aire era tan espeso que respirar dolía. Cada bocanada llenaba mis pulmones con el sabor metálico de la sangre y el amargo olor del humo. El viento arrastraba cenizas que descendían lentamente desde el cielo, como si estuviera nevando sobre un reino condenado. A lo lejos aún se alzaban columnas de fuego que devoraban bosques enteros, iluminando el horizonte con un resplandor rojizo que hacía parecer que el propio firmamento ardía.

No quedaba ningún sonido de victoria.

Solo el eco de los gritos que habían desaparecido hacía apenas unos minutos.

Solo el silencio de quienes jamás volverían a levantarse.

Mis piernas cedieron una vez más y tuve que apoyar una rodilla sobre la tierra ennegrecida. Sentí cómo el barro húmedo se mezclaba con la sangre que escapaba de mi cuerpo. No sabía si era la mía o la de alguien más. Después de tantas horas luchando, todas tenían el mismo color.

Mis manos temblaban, no por miedo, nunca fue el miedo, era el agotamiento.

El precio.

Habíamos sabido desde el principio que ninguno de nosotros saldría ileso de aquella batalla.

Levanté lentamente la vista.

Frente a mí se alzaba una enorme grieta suspendida en el cielo. No era una herida hecha sobre la tierra, sino sobre el propio espacio. Oscura, interminable y viva.

Parecía respirar.

De su interior surgían sombras que no tenían forma definida. A veces parecían manos tratando de escapar. Otras veces adoptaban rostros deformes que gritaban sin emitir sonido alguno. La sola presencia de aquella oscuridad hacía que el aire se volviera más frío.

No debía existir, nunca debió abrirse y, sin embargo, allí estaba.

Esperando.

La espada que sostenía comenzó a deshacerse entre mis dedos. La hoja, cubierta por pequeñas grietas luminosas, se convirtió lentamente en partículas doradas que el viento dispersó sin piedad.

Había cumplido su propósito.

Sonreí con tristeza.

—Supongo que tú también estás cansada...

Había sido mi compañera desde que era apenas una niña. Me había protegido, guiado y acompañado incluso cuando todos los demás dudaban de mí.

Ahora desaparecía igual que yo, qué irónico.

Escuché pasos apresurados detrás de mí, no necesité girarme para saber quién era.

Podía reconocer el sonido de sus pasos incluso en medio de una tormenta, incluso entre miles de soldados, incluso ahora.

—¡No!

Su voz rompió el silencio del campo de batalla, jamás la había escuchado temblar.

Era una voz firme, acostumbrada a dar órdenes, incapaz de mostrar debilidad delante de nadie, pero esa noche sonaba completamente rota.

Sentí cómo unas manos sujetaban mis hombros antes de que pudiera caer definitivamente al suelo.

—Mírame...

No obedecí, no porque no quisiera, sino porque temía que, si lo hacía, ya no tendría fuerzas para seguir adelante.

Él respiraba con dificultad.

Su armadura estaba completamente destruida y la sangre descendía por su frente, ocultándole parcialmente uno de sus ojos. Tenía varias heridas profundas en los brazos y el pecho, pero seguía sosteniéndose de pie únicamente porque yo aún respiraba.

Siempre había sido así, terco, demasiado terco.

Una risa muy débil escapó de mis labios.

—Sigues... sin escucharme...

—Cállate.

Era una orden, pero también una súplica.

—No hables.

Sentí cómo apretaba con más fuerza mi mano, intentando detener la sangre que escapaba entre sus dedos.

Era inútil, los dos lo sabíamos.

A unos metros de distancia, los pocos sobrevivientes permanecían inmóviles, caballeros, magos, guardianes.

Todos observaban la escena con una mezcla de impotencia y tristeza, nadie se acercaba, nadie decía una palabra, porque todos comprendían lo mismo.

Habíamos llegado al final.

Levanté nuevamente la vista hacia la inmensa grieta que seguía abierta sobre nuestras cabezas, aún no era suficiente, todavía podía sentir aquello.

Esa presencia dormida.

Esperando el instante preciso para despertar de nuevo, cerré los ojos, entonces llegaron los recuerdos, no de la batalla, sino de una primavera lejana.

Un jardín cubierto de flores blancas, el sonido de una fuente.

La risa de un niño corriendo delante de mí mientras insistía en que algún día sería más rápido que el viento.

—Eso es imposible —le había dicho riendo.

—Entonces seré más rápido que tú.

Siempre discutíamos, siempre terminábamos riendo, abrí lentamente los ojos.

El mismo niño estaba ahora frente a mí, solo que ya no era un niño y tampoco estaba sonriendo.

Sus ojos, aquellos que tantas veces me habían mirado con paciencia, orgullo e incluso enfado, estaban llenos de lágrimas.

Nunca lo había visto llorar.

Ni siquiera cuando perdió a las personas que más amaba, ni siquiera cuando tuvo que cargar sobre sus hombros el peso de una corona que jamás deseó, pero ahora... Ahora lloraba por mí.

Y ese dolor era mucho más difícil de soportar que cualquiera de mis heridas.

—Te prometí... —murmuré con un hilo de voz— que sonreirías más...

Él negó una y otra vez.

—No.

—Lo prometiste...

—No hables.

Intentó levantarme entre sus brazos, el movimiento arrancó un dolor insoportable de mi pecho.

No pude evitar cerrar los ojos con fuerza, algo caliente descendió por mi mejilla, no estaba segura de si era sangre...

...o una lágrima.

En ese mismo instante, el cielo volvió a rugir, no fue un trueno, fue algo mucho peor.

La inmensa grieta comenzó a expandirse lentamente, como si una fuerza invisible estuviera desgarrando el firmamento desde el otro lado.

Las sombras se agitaron, los magos levantaron sus báculos al mismo tiempo, los caballeros desenvainaron las pocas espadas que aún conservaban.

El miedo volvió a recorrer el campo de batalla. Y entonces... Una voz habló.

No provenía del cielo, ni de la tierra.

Parecía surgir desde el interior de mi propia alma.

—Aún no ha terminado...

Bajo la misma Luna (Prólogo, parte 2)

—Aún no ha terminado...

Aquellas palabras no resonaron en mis oídos, sino en lo más profundo de mi pecho. Fueron tan antiguas como el primer amanecer y tan frías como el vacío entre las estrellas. Durante un instante olvidé el dolor, la sangre y el peso de mi cuerpo. Solo existía aquella voz, envolviéndolo todo con una calma aterradora, como si el destino hubiera decidido pronunciar su sentencia.

Abrí lentamente los ojos, la grieta ya no permanecía inmóvil.

Las sombras comenzaron a retorcerse unas sobre otras hasta formar un inmenso remolino que parecía devorar la luz de la luna. Incluso el resplandor plateado que hasta entonces había iluminado el campo de batalla empezó a desvanecerse, absorbido por aquella oscuridad imposible.

Los magos dieron un paso atrás.

Jamás pensé que llegaría a ver el miedo reflejado en los rostros de quienes habían dedicado toda su vida a estudiar lo desconocido.

Uno de ellos cayó de rodillas.

—No... —susurró con la mirada perdida—. No puede despertar otra vez...

Otro levantó su báculo con manos temblorosas.

—El sello se está rompiendo.

No, negué lentamente con la cabeza, todavía no, no podía permitirlo.

Habíamos perdido demasiadas vidas para llegar hasta allí.

Miles de soldados habían abandonado a sus familias convencidos de que nunca regresarían. Caballeros cuyos nombres jamás aparecerían en los libros de historia habían entregado su último aliento creyendo que alguien más podría vivir un día más. Magos que consumieron hasta la última gota de su energía permanecían ahora inmóviles sobre aquella tierra devastada.

Todo aquello... No podía haber sido en vano.

Intenté incorporarme.

Un dolor insoportable atravesó mi pecho, sentí cómo algo cálido volvía a llenar mi garganta.

Tosí.

La sangre cayó lentamente sobre la mano que aún sujetaba la mía.

Él cerró los ojos apenas un instante, solo un instante, pero bastó para comprender lo desesperado que estaba.

—No te muevas.

Su voz apenas era un susurro.

—Por favor...

Era extraño.

Había pasado tantos años escuchándolo hablar con autoridad que aquella súplica parecía pertenecer a otra persona.

Lentamente levanté mi mano libre, me costó más de lo que imaginaba, mis dedos rozaron su mejilla, estaba fría, empapada por lágrimas que él ni siquiera parecía notar.

Siempre pensé que, si algún día llegaba este momento, tendría algo importante que decirle.

Palabras dignas de ser recordadas, una despedida, una promesa.

Algo.

Pero mi mente estaba completamente en blanco, solo podía contemplar su rostro, quería memorizarlo una última vez.

La forma en que el viento desordenaba su cabello oscuro.

La pequeña cicatriz junto a su ceja izquierda, recuerdo que era de una pelea absurda cuando ambos éramos apenas unos niños.

La manera en que fruncía el ceño cada vez que intentaba ocultar sus emociones.

Había cambiado tanto... Y, al mismo tiempo, seguía siendo el mismo muchacho que una vez insistió en trepar un árbol solo para demostrarme que las alturas no daban miedo.

Sonreí con dificultad.

—Sigues siendo un idiota...

Él soltó una risa entrecortada, una risa rota.

Dolorosa.

—Y tú... sigues sonriendo cuando menos deberías hacerlo.

Durante un breve instante, el tiempo pareció detenerse, no existían la guerra, ni las llamas, ni la oscuridad.

Solo nosotros.

Como si el universo hubiera decidido concedernos un último recuerdo antes del final.

Entonces el suelo comenzó a temblar, no era una vibración cualquiera, era un latido, lento, pesado, profundo.

Como si el propio mundo tuviera un corazón oculto bajo las montañas.

Las grietas comenzaron a extenderse por la tierra.

Las piedras se elevaron algunos centímetros antes de desintegrarse en el aire, los caballos supervivientes relincharon desesperados, las aves huyeron del bosque en una bandada caótica, incluso el viento dejó de soplar.

Todo guardó silencio y desde el centro de la inmensa grieta surgió una única mirada.

No vi un rostro, no distinguí una figura, solo unos ojos.

Dos enormes ojos dorados abiertos en medio de la oscuridad infinita, no parpadearon, simplemente me observaron, como si me hubieran estado esperando durante siglos.

Un escalofrío recorrió cada rincón de mi cuerpo, aquella presencia no transmitía rabia, ni odio, era algo mucho peor.

Paciencia.

La paciencia de quien sabe que, tarde o temprano, obtendrá aquello que desea, entonces comprendí.

La batalla nunca había sido para destruirlo, ni siquiera para vencerlo, solo luchábamos por ganar tiempo, sentí un peso insoportable sobre el pecho.

El sello... Jamás fue eterno.

Solo era una espera, una espera que alguien tendría que prolongar una vez más.

Bajé lentamente la mirada hacia el colgante que descansaba sobre mi cuello, una pequeña luna tallada en cristal, estaba agrietándose.

Una luz blanca comenzó a escapar desde su interior, no era una luz cualquiera, podía sentirla, reconocía aquella energía, había convivido con ella toda mi vida.

Era mi magia... No.

Era algo mucho más antiguo que yo.

Las grietas siguieron extendiéndose hasta cubrir toda la superficie del cristal, el aire comenzó a vibrar, los caballeros retrocedieron instintivamente, los magos inclinaron la cabeza.

Nadie habló, porque todos sabían lo que iba a ocurrir.

Él también lo comprendió.

Apretó mi mano con tanta fuerza que casi dejó de dolerme el resto del cuerpo.

Negó una vez, después otra y otra más.

Como un niño incapaz de aceptar la realidad.

—No...

Su voz se quebró.

—Encontraremos otra forma.

Quise creerle, por un instante realmente quise hacerlo, pero ambos conocíamos la verdad desde hacía mucho tiempo, simplemente ninguno había tenido el valor de pronunciarla.

El sello siempre exigía una vida y aquella vida... Siempre había sido la mía.

Una suave brisa levantó mi cabello, las nubes comenzaron a apartarse lentamente, como si obedecieran una orden silenciosa.

La luna apareció una vez más sobre nosotros, más brillante, más cercana, más hermosa que nunca.

Su luz descendió hasta envolver mi cuerpo, el dolor desapareció, el ruido desapareció.

Incluso el miedo dejó de existir, solo quedó una inmensa paz, lo miré por última vez.

Quise grabar aquel instante en mi alma.

Porque, de alguna forma que no lograba explicar, sentía que volveríamos a encontrarnos.

No sabía cuándo, no sabía dónde, ni siquiera sabía si seguiríamos siendo las mismas personas, pero esa certeza era más fuerte que cualquier profecía.

Acerqué mi frente a la suya, cerré los ojos y sonreí.

—Espérame...

Fue apenas un susurro, tan débil que el viento estuvo a punto de llevárselo, sin embargo, él lo escuchó, vi cómo sus labios temblaban, cómo intentaba responder, cómo extendía ambas manos para impedir que la luz me envolviera por completo, pero ya era demasiado tarde.

La luna había tomado su decisión y el destino... También.

Justo antes de que mi conciencia comenzara a desvanecerse, una imagen desconocida cruzó mi mente, no era el campo de batalla, no era aquel reino.

Era una enorme mansión bañada por el sol, un jardín lleno de rosas blancas y una niña de cabellos plateados, de no más de seis años, que corría entre las flores riendo con una felicidad tan pura que resultaba imposible no sonreír al verla, entonces la niña se detuvo de golpe, giró lentamente la cabeza y, como si pudiera verme al otro lado del tiempo... Clavó en mí unos ojos idénticos a los míos.

El mundo entero desapareció y todo quedó envuelto en una oscuridad absoluta.

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