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Rencarneci Para Cuidar A La Familia De La Villana

está loca

Aviso

En varios capítulos ahí imágenes de los personajes si no coinciden con los personajes de la portada es por noveltoon cambio la portada.

Los personajes son como en las imágenes que están.

—¿Por qué me duele? ¿Qué me pasó? ¿Acaso no morí cuando me desplomé por exceso de trabajo?

—¡Mamá! —lloró un niño.

—¿Eh...? —Valeria abrió los ojos y vio a un pequeño llorando frente a ella.

—¡Aprendí la lección! —sollozó.

La joven observó que el niño cargaba varios libros enormes, uno en cada mano.

—¡Mamá! —volvió a llorar.

—Oh, no, cielo.

Al darse cuenta del peso que cargaba, le quitó los libros de las manos.

El niño la miró sorprendido.

—¡Mami, prometo no volver a molestarte! ¡Juro que ya no te avisaré más cuando estés con otros hombres! —dijo jugando nerviosamente con sus dedos.

En ese momento apareció una sirvienta.

—Mi señora Valeria, el joven Lucas entendió. No volverá a molestarla —dijo la mujer.

—¿Valeria? ¿Soy yo? —preguntó señalándose mientras sonreía.

—Sí. Usted es la esposa del señor Sebastián Montenegro.

—No puedo creerlo... —sonrió—. Espera... ese nombre me suena.

Su expresión cambió de golpe.

—No puede ser...

—Soy Valeria Suárez. No puede ser... ¿Soy la villana?

De repente saltó emocionada.

—¡Espera! ¡Soy Valeria de Montenegro! ¡Eso significa que soy millonaria!

Pero la alegría duró apenas unos segundos.

—No... espera...

Recordó la historia.

Valeria era una derrochadora, adicta a las compras y obsesionada con los hombres. Descuidó a su esposo, maltrató a su hijo y terminó sola cuando se acabó la fortuna de Sebastián.

—¡¡Noooo!! —gritó—. ¡Voy a morir pobre y sola!

Cayó sentada en el suelo.

Todos se acercaron preocupados.

Lucas también quería hacerlo, pero tenía demasiado miedo.

—Señora, ¿le dio otro colapso nervioso? —preguntó la sirvienta con curiosidad.

—No, no. Descuida.

Volvió a ponerse de pie y observó a su alrededor.

—Bueno, ya me iré —dijo la sirvienta.

—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Valeria alarmada.

—La familia ya no ayudará más al señor Sebastián debido a usted.

—¿¡Qué yo!? —se señaló.

—Sí. Usted es su esposa. Debería encargarse de la casa y de todo lo demás. Además, ya no tienen dinero. Es mejor que me vaya ahora. No quiero gastar lo poco que queda y que podría usarse para el joven Lucas.

—¡¿Qué?!

La mujer se acercó al niño.

—Perdón, Lucas. Tengo que irme.

Lo abrazó.

—Rosa, no te vayas... —lloró el niño.

—Lo siento. Tu madre ya no puede pagarme.

Le dio un beso en la frente.

Y así, Rosa se marchó.

Valeria se quedó sola con Lucas.

—Ah... ¿Qué hago? Apenas volví a la vida y ya me dejaron sola.

Hizo un pequeño puchero.

Entonces vio a Lucas mirando la puerta en silencio.

—Oh, Lucas...

Se acercó y puso una mano sobre su hombro.

—¡NO ME TOQUES! —gritó el niño.

—Eh... Lucas, perdón. No quería molestarte.

—¡Mientes! ¡Tú me odias desde que nací! —lloró.

Valeria no sabía qué hacer.

—Yo... yo...

Buscó las palabras correctas.

—¡Te odio! ¡Ojalá nunca hubieras sido mi madre!

Y salió corriendo hacia su habitación.

Valeria se quedó inmóvil.

Luego se dejó caer sobre el sofá.

—Genial. Soy la villana de un libro y mi hijo me odia.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

—Toda mi vida estuve sola. En mi otra vida era enfermera. Trabajé hasta morir y nunca tuve una vida propia. Ahora estoy aquí, pobre, con un hijo que me odia y un esposo en coma.

De repente se levantó.

—¡Un esposo en coma!

Recordó toda la historia.

Sebastián era un hijo no reconocido, por eso sufría tanto desprecio. En la secundaria ella y él eran enemigos, pero una noche coincidieron en una fiesta. Después quedó embarazada de Lucas y poco tiempo después Sebastián sufrió un accidente que lo dejó en coma.

Valeria subió las escaleras.

Vio una puerta entreabierta y entró.

Allí estaba Sebastián.

Acostado sobre la cama.

—Ah... este es Sebastián.

Se acercó lentamente.

—Es muy guapo.

Lo observó con atención y tocó suavemente su cuello.

—Es hermoso. Tiene una cara de porcelana... y su cabello...

Rió.

—Ah, tengo un esposo súper guapo. En mi otra vida nadie me miraba.

Hizo un puchero.

De pronto los monitores comenzaron a sonar con fuerza.

—¡Oh! Me asustaste.

Rió mientras seguía tocando su rostro.

—Eres muy, muy guapo.

Poco a poco el sueño la venció y terminó dormida junto a él.

"Valeria Suárez... ¿qué pretendes?"

Una voz resonó en la oscuridad.

Uno de los dedos de Sebastián se movió ligeramente.

Al día siguiente.

La luz del sol iluminó el rostro de Valeria.

—¿Mamá?

Lucas apareció sosteniendo un gran recipiente lleno de agua.

—Eh...

Bostezó.

—Ah... Lucas, cielo.

Intentó acariciarle la cabeza, pero el niño se apartó.

—¿Qué viniste a hacer aquí? —preguntó con seriedad.

Ella sonrió y se estiró.

—¿No ves? Estoy con tu padre.

—Mamá, deja de mentir. Tú nunca duermes con papá. Tienes tu propio cuarto.

—¿¡Qué!? ¿Cómo voy a dormir lejos de tu padre?

Lucas no entendía nada.

"Valeria, deja de fingir delante del niño."

El monitor volvió a sonar.

—Mamá, deja de decir tonterías. Alteras a papá.

—Perdón, hijo. Oh, ¿qué llevas ahí?

—Es para bañar a papá.

—¡¡¿QUÉ?!! ¿Tú lo vas a bañar?

—Mamá, tú dijiste que debía hacerlo yo.

Bajó la mirada.

—¿Lo estoy haciendo mal?

Valeria se levantó de inmediato.

—No, pero esto no te corresponde. Solo tienes siete años.

"Sí, claro. Desde los cinco años lo tienes haciendo todo porque no es hijo de mi hermano mayor."

—Lucas, dame eso.

—No, mamá. Yo puedo hacerlo.

—Lucas Montenegro, dame ese recipiente.

—¡No! ¡Es mi papá! ¡Tú quieres matarlo!

Ambos comenzaron a tirar del recipiente.

De pronto el agua salió volando y cayó directamente sobre Sebastián.

"¡¡VALERIA!!"

Ella escuchó algo.

—¿Qué fue eso?

Se limpió el oído.

—Mira lo que hiciste, mamá —la regañó Lucas.

—Yo no hice nada. Ahora ve a cambiarte. Debes ir a la escuela.

El niño obedeció.

Cuando salió de la habitación, Valeria volvió a mirar a Sebastián.

—¿Acaso tú hablaste?

No hubo respuesta.

—Mmm...

Lo observó unos segundos.

—Qué raro. Juraría que escuché mi nombre.

Sonrió de forma traviesa.

—Bueno, como se te cayó agua encima, tendremos que cambiarte de ropa.

"¿Cómo?"

Valeria comenzó a buscar ropa.

"¿Ella me desea? Está loca."

—Bueno, te pondré esto y esto...

Se acercó.

"¡Oye, oye! Estoy en coma. ¡No puedes aprovecharte de mí!"

Comenzó a desabotonarle la camisa.

Entonces tocaron la puerta.

—¡Mamá! ¡Ya me voy a la escuela!

—¡¿Qué?!

Valeria se levantó de golpe.

"Gracias, hijo."

Abrió la puerta.

—¿Adónde vas solo?

—A la escuela. ¿Acaso no me dijiste que me cambiara?

—No, no... Tú no vas a ir solo a ningún lado. Te acompañaré.

—No puedes. Papá está en coma y si los vecinos ven que te vas, te denunciarán.

—Ah... no voy a permitir que mi hijo vaya solo.

Se cruzó de brazos.

—Ya sé.

Lucas esperó confundido.

Minutos después vio bajar a su madre por las escaleras.

Estaba arreglada y se veía muy bonita.

—¿Mamá?

—¿Qué? ¿Me veo mal? —preguntó tímidamente.

Llevaba un enterizo, una camisa, dos trenzas y un sombrero decorado con flores.

—No... solo que nunca te habías vestido así.

—Ya me di cuenta de que había demasiada ropa provocativa. Creo que la quemaré. Pero mira...

Sonrió orgullosa.

—¡Tarán!

Entonces Lucas vio algo detrás de ella.

Y abrió los ojos como platos.

Valeria había sacado a Sebastián en una silla de ruedas.

—¡¡Mamá!! —gritó asustado—. ¿Qué vas a hacer?

—Vamos a llevar a tu padre con nosotros. Así nadie me denunciará y podremos ir en familia.

Sonrió feliz.

"Valeria está loca."

—Mamá está loca —dijo Lucas

una idea que salió mal

Lucas todavía seguía mirando a su madre como si hubiera perdido la razón.

Valeria empujaba la silla de ruedas de Sebastián con una enorme sonrisa.

—¡Vamos! ¡Salida familiar! Lastima que auto no andaba pero tenemos pies más divertido.

—Mamá, la gente nos está mirando.

—Que miren qué hermosa familia.

—Nos están señalando.

—Que señalen.

—Mamá...

—Lucas, relájate. Nadie puede arruinar este hermoso día.

"Valeria estás loca", pensó Sebastián.

Después de varios minutos llegaron a la escuela.

Los estudiantes y algunos padres comenzaron a voltear hacia ellos.

No era normal ver a una mujer llevando a un hombre en coma hasta la escuela.

Mucho menos si esa mujer era Valeria Montenegro.

Varias madres comenzaron a susurrar.

—¿No es ella?

—Sí, la esposa de Sebastián.

—Pensé que ya había huido con otro hombre.

—Yo también.

—Pobre Sebastián.

—Y pobre niño.

Lucas bajó la cabeza.

Ya estaba acostumbrado.

Siempre hablaban así.

Valeria frunció el ceño.

No le gustaba escuchar aquello.

Una mujer elegante se acercó con una sonrisa burlona.

—Valeria, cuánto tiempo.

Valeria la observó.

No tenía idea de quién era.

—Hola Tú.

La mujer pareció sorprendida.

—¿No me recuerdas?

—Mmmm...No.

—Soy Patricia.

—Ah creo creo que viene algo de recuerdo.

Seguía sin recordarla.

Patricia sonrió con superioridad.

—Bueno es normal que no me recuerdes nunca vienes y veo que las cosas van cada vez peor para ti.

Su mirada pasó de Lucas a Sebastián.

—Traer a tu esposo en coma a la escuela es bastante desesperado.

Algunas mujeres soltaron pequeñas risas.

Lucas apretó los puños.

Sabía lo que venía después.

Siempre era igual.

—Aunque debo admitir que Sebastián sigue siendo muy atractivo —continuó Patricia—. Es una lástima que terminara así.

Las demás volvieron a reír.

Valeria sintió que algo dentro de ella se enfriaba.

Quizá la antigua Valeria soportaba aquellas burlas.

Pero ella no.

—¿Y qué tiene de gracioso?

Las risas se apagaron.

Patricia parpadeó.

—¿Perdón?

—Mi esposo sufrió un accidente.

Su voz era tranquila.

—¿Te parece divertido?

La mujer abrió la boca sin saber qué responder.

—Y mi hijo escucha todo lo que dicen.

Valeria rodeó los hombros de Lucas con un brazo.

El niño levantó la cabeza sorprendido.

—Así que si vinieron a burlarse de un hombre enfermo y de un niño de siete años, deberían sentir vergüenza.

El lugar quedó en silencio.

Patricia enrojeció.

—Yo no...

—Sí, lo hiciste.

Valeria sonrió.

—Pero no te preocupes. Te perdono.

Patricia casi se atragantó.

Las otras madres comenzaron a apartar la mirada.

Lucas observó a su madre sin poder creerlo.

Era la primera vez.

La primera vez que alguien lo defendía.

Valeria se agachó frente a él.

—Ahora ve a clases.

Lucas dudó unos segundos.

—¿Vendrás a buscarme?

La pregunta salió tan rápido que ni él mismo se dio cuenta.

Valeria sonrió.

—Por supuesto.

Lucas bajó la mirada.

Intentó ocultar una pequeña sonrisa.

—Está bien.

Y corrió hacia la escuela.

Valeria lo observó marcharse.

Luego bajó la vista hacia Sebastián.

—¿Viste eso? Fui una madre increíble.

"Solo hiciste lo mínimo."

—Gracias.

"Yo no dije nada."

—Sí, sí. Gracias por reconocer mi talento.

Después de dejar a Lucas en la escuela, Valeria se quedó mirando la entrada.

—Ahora... ¿qué hago?

Miró a Sebastián.

Sebastián seguía sentado en la silla de ruedas, inmóvil.

—Bueno, esposo. Tenemos varias horas libres.

"Nosotros no tenemos nada."

—¿Quieres volver a casa?

"Si porfavor."

—Perfecto. Yo tampoco.

"¿Eh?"

Valeria comenzó a empujar la silla por las calles.

Después de caminar un rato, el delicioso aroma de comida llamó su atención.

Sus ojos brillaron.

—¡Empanadas!

Sin perder tiempo, se dirigió a un pequeño puesto callejero.

Minutos después estaba sentada en una mesa de plástico.

Frente a ella había varias empanadas y un vaso de jugo.

Sebastián permanecía a su lado.

—Mmm...

Valeria dio un mordisco.

—Qué rico.

"Al menos alguien está disfrutando el día."

Ella giró la cabeza y lo observó.

—¿Sabes qué?

Silencio.

—Eres increíblemente guapo.

"Ahí vamos otra vez."

Valeria apoyó la barbilla sobre sus manos.

—De verdad.

Lo examinó de arriba abajo.

—Tus pestañas son largas.

"Gracias... supongo."

—Tu nariz es perfecta.

"Qué observación tan extraña."

—Y tu mandíbula...

Valeria asintió varias veces.

—Es una mandíbula de protagonista.

"¿Qué significa eso?"

—Definitivamente eres el hombre más atractivo que he visto.

Sebastián quería golpearse la cabeza contra algo.

Lamentablemente estaba en coma.

—Qué injusticia.

Valeria suspiró.

—Yo trabajé toda mi vida.

"Claro por qué viva de mi dote de boda"

Tomó otra empanada.

—Nunca tuve novio.

" Supongo que eso fue mi culpa"

Otra mordida.

—Nunca tuve una cita.

"Bueno tuve un accidente no nos pudimos conocer bien"

Otra mordida.

—Nunca nadie me regaló flores.

"¿Y sus amantes que? ¿nunca le dieron nada?"

Sebastián no entendía nada.

Por primera vez la escuchó hablar sin bromear.

—Pero ahora tu y Lucas son mi prioridad.

Valeria sonrió suavemente.

—Mas Lucas que es tan Lindo hermoso no puedo creer algo tan lindo salió de mi.

" Claro Pero te tiene miedo."

—Y un esposo ridículamente atractivo.

"Ridículamente atractivo..."

Valeria asintió.

—Sí.

Se inclinó hacia él.

—Si despiertas, prometo cuidarte muy bien.

Sebastián sintió algo extraño.

Era la primera vez en años que alguien le decía algo así.

Pero rápidamente recordó quién era.

Valeria Montenegro.

La mujer que había hecho su vida miserable.

"Mentira."

Ella tomó un sorbo de jugo.

—También prometo no aprovecharme de ti mientras estés inconsciente.

"¿También?"

—Aun no me puedo Resistir eso pecho.

"Ya empieza"

Valeria volvió a observar su rostro.

—Muy difícil.

"¡¡VALERIA!!"

Una señora que estaba en la mesa de al lado la observó con horror.

Valeria se dio cuenta.

—¿Qué?

La mujer señaló a Sebastián.

—¿Está hablando sola?

Valeria sonrió.

—No. Estoy teniendo una conversación muy profunda con mi esposo.

La señora miró al hombre inmóvil.

Luego a Valeria.

Luego otra vez a Sebastián.

Y decidió levantarse para cambiar de mesa.

"Perfecto. Ahora todos creen que estás loca."

—No importa.

Valeria tomó otra empanada.

—Mientras seas tan guapo, puedo soportarlo.

Valeria estaba terminando su tercera empanada.

—Sebastián, creo que deberíamos comprar flores para decorar la casa.

"Creo que deberías dejar de hablar sola."

—También necesito aprender a cocinar.

"Eso sí me preocupa."

—Y buscar trabajo.

"Eso me preocupa más."

De repente una sombra apareció sobre ellos.

—Disculpe, señora.

Valeria levantó la cabeza.

Dos policías estaban frente a la mesa.

—¿Sí?

Uno de ellos señaló a Sebastián.

—¿Qué le ocurrió a este hombre?

—Nada.

—¿Nada?

—Está en coma.

Los policías intercambiaron miradas.

—¿Y por qué lo pasea por la ciudad?

—Porque es mi esposo.

Silencio.

—¿Su esposo?

—Sí.

—¿Y está en coma?

—Sí.

—¿Desde hace cuánto?

—Siete años.

Los policías volvieron a mirarse.

Ahora parecían mucho más preocupados.

—Señora... ¿está segura de que sigue vivo?

Valeria abrió mucho los ojos.

—¡Claro que está vivo!

—¿Tiene cómo demostrarlo?

—Bueno...

Miró a Sebastián.

—Respira.

—No lo vemos respirar.

—Respira muy despacio.

—Ya veo.

El segundo policía comenzó a tomar notas.

—¿Y por qué está sentado aquí?

—Porque estamos teniendo una cita.

Los dos policías se quedaron congelados.

"¿Una qué?"

—¿Una cita? —repitió uno.

—Sí.

—¿Con un hombre en coma?

—Sí.

—¿Y hablan?

—Claro.

"NO."

—¿Y él le responde?

—Bueno... no siempre.

Los policías dieron un paso atrás.

—Creo que debemos acompañarla a la comisaría.

—¿Qué?

—Solo para aclarar algunas cosas.

—¡Pero no hice nada!

—Señora, lleva una hora hablando sola con un hombre inconsciente.

—¡Es mi esposo!

—Por favor, acompáñenos.

 

Media hora después.

Valeria estaba sentada en una celda.

—Esto es injusto.

—Usted dijo que tenía una cita con un hombre en coma.

—Porque era una cita.

—Eso no ayuda a su caso.

—¡Está vivo!

Mientras tanto Sebastián seguía afuera.

Sentado en su silla de ruedas.

Completamente inmóvil.

Un policía lo observaba nervioso.

—Da miedo.

"Y tú eres un inútil."

 

Ese mismo momento.

Lucas regresó de la escuela.

—¿Mamá?

La casa estaba vacía.

—¿Papá?

Silencio.

El niño recorrió las habitaciones.

Nadie respondió.

Su corazón comenzó a acelerarse.

—No...

Recordó todas las veces que su madre lo había abandonado.

—No otra vez...

Corrió hacia la habitación de Sebastián.

Vacía.

La silla de ruedas tampoco estaba.

Lucas sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas.

—Se fueron...

Se abrazó a sí mismo.

—Mamá se fue...

Bajó lentamente las escaleras.

La enorme casa parecía más vacía que nunca.

aparece la protagonista

Valeria seguía sentada en la comisaría con los brazos cruzados.

—Esto es discriminación.

—Señora, por favor guarde silencio —dijo el policía.

—Solo porque paseo a mi esposo creen que estoy loca.

—Le estaba dando de comer una empanada a un hombre en coma.

—¡Porque quería compartir!

El policía se llevó una mano al rostro.

En ese momento la puerta se abrió.

Una mujer entró.

Tenía el cabello largo, una expresión amable y una belleza que llamaba la atención.

Valeria la reconoció de inmediato.

—¡Susana!

La protagonista de la novela.

La mujer destinada a quedarse con Sebastián.

Susana se acercó a los oficiales.

—Disculpen. Creo que todo esto es un malentendido.

—¿Conoce a esta mujer? —preguntó uno de ellos.

—Sí.

—¿Y al hombre?

Susana miró hacia Sebastián.

Su mirada se suavizó.

—También.

Valeria hizo un pequeño puchero.

Claro que lo conocía.

En la novela, Sebastián despertaba años después y terminaba enamorándose de Susana.

Los dos estaban destinados.

Mientras ella era la villana.

Susana se acercó a la silla de ruedas.

—Señor Sebastián...

Tomó suavemente una de sus manos.

Valeria observó la escena.

Por alguna razón sintió una extraña molestia en el pecho.

No era tristeza.

No era enojo.

Era algo raro.

Como si alguien estuviera intentando quitarle algo suyo.

—Qué tonto... —murmuró.

La mano de Sebastián permaneció inmóvil.

Susana bajó la mirada.

—Me alegra ver que sigue estable.

Valeria notó una pequeña tristeza en sus ojos.

Recordó que en la novela Susana siempre había admirado a Sebastián.

Incluso antes de enamorarse de él.

Por eso, verlo en aquel estado la hacía sufrir.

—¿En qué estabas pensando?

Valeria parpadeó.

—¿Eh?

—¿Cómo se te ocurre sacar a Sebastián de esa manera?

—Yo solo...

—¿Y si le ocurría algo?

—Pero...

—¿Y si necesitaba atención médica?

Valeria bajó la cabeza.

Por alguna razón sentía que la estaban regañando como una niña.

—Lo siento...

Susana suspiró.

—De verdad eres imposible.

Entonces se acercó al escritorio de los policías.

—Pagaré la fianza.

Valeria abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Alguien tiene que sacarte de aquí.

—¿Por qué viniste?

Susana se quedó callada unos segundos.

Valeria recordó algo.

Antes de que la arrestaran, los policías habían revisado algunos documentos médicos de Sebastián.

Y allí había visto una anotación.

Contacto de emergencia:

Mi querida Susana.

Aquella frase seguía dándole vueltas en la cabeza.

No debería importarle.

Después de todo, Sebastián y Susana estaban destinados a terminar juntos en la novela.

Pero aun así...

Le molestaba un poco.

—¿Viniste por Sebastián? —preguntó en voz baja.

Susana la miró.

—Claro que vine por Sebastián.

Valeria sintió una pequeña punzada en el pecho.

Minutos después salieron de la comisaría.

Sebastián seguía sentado en su silla de ruedas.

Susana caminó directamente hacia él.

—Vamos a llevarte a casa.

Con cuidado comenzó a acomodarlo para subirlo al automóvil.

Valeria observó la escena.

Y volvió a hacer puchero.

—Qué considerada...

Susana terminó de acomodar a Sebastián en el asiento trasero.

Luego cerró la puerta.

—Perfecto.

Valeria abrió la otra puerta para subir.

—¿Qué haces? —preguntó Susana.

—¿Cómo que qué hago?

—Pensé que irías caminando.

—¿Caminando?

Valeria la señaló indignada.

—¡Es mi esposo!

Susana se quedó callada.

—Debo ir con él.

—...

—Además, si despierta y no me encuentra, se pondrá triste.

—Está en coma.

—Los detalles no importan.

Por primera vez, Susana no supo qué responder.

Miró a Sebastián.

Luego a Valeria.

Y después volvió a mirar a Sebastián.

Finalmente soltó un largo suspiro.

—Sube.

Valeria sonrió victoriosa.

—Gracias.

Entró rápidamente al auto y se sentó junto a Sebastián.

Incluso tomó una de sus manos.

Susana observó aquello desde el asiento del conductor.

Algo era extraño.

Muy extraño.

La antigua Valeria jamás habría actuado así.

Jamás.

Mientras tanto, Valeria acomodaba cuidadosamente la mano de Sebastián sobre su regazo.

—Listo.

Susana la observó por el espejo.

—¿Puedes dejar de tratarlo como un muñeco?

—No.

—...

—Es mi esposo.

Susana volvió a quedarse sin palabras.

Cuando llegaron a la casa, Susana ayudó a Valeria a bajar a Sebastián del automóvil.

Entre las dos lograron acomodarlo nuevamente en su silla de ruedas.

—Con cuidado.

—Lo tengo —dijo Valeria.

Subieron la rampa de la entrada.

Una vez dentro, dejaron a Sebastián en el salón.

Valeria acomodó una manta sobre sus piernas.

—Listo.

Susana observó la escena en silencio.

Entonces habló.

—¿Sabes qué, Valeria?

La sonrisa de Valeria desapareció.

—¿Qué?

—Me das asco.

El ambiente se volvió pesado.

Valeria levantó lentamente la cabeza.

Susana apretó los puños.

—Por tu culpa Sebastián terminó así.

Valeria no respondió.

—Mientras él luchaba por esta familia, tú gastabas dinero, salías con otros hombres y abandonabas a Lucas.

Cada palabra era como una piedra.

—Si hubieras estado a su lado...

La voz de Susana tembló.

—Quizás las cosas serían diferentes.

Valeria bajó la mirada.

No podía defenderse.

Porque aunque ella no era la verdadera Valeria...

Todo aquello había sucedido.

Y el dolor seguía allí.

—Lo sé... —murmuró.

Susana se sorprendió.

Esperaba una discusión.

No una respuesta tan tranquila.

—Lo sé —repitió Valeria—. Pero Sebastián no morirá.

Susana soltó una risa amarga.

—¿Y cómo puedes estar tan segura?

—Porque despertará.

Valeria observó al hombre dormido.

—Y cuando despierte, todo será diferente.

Susana permaneció en silencio.

Entonces Valeria sonrió de repente.

—Además, ¿por qué te preocupas tanto?

—¿Qué?

—¿No eres la novia de Mateo?

Susana abrió los ojos.

—Eso no tiene nada que ver.

—Claro que sí.

Valeria cruzó los brazos.

—Mateo es el favorito de la familia Montenegro.

—Valeria...

—Y tú eres su novia.

Susana parecía querer responder.

Pero en ese momento sonó su teléfono.

Miró la pantalla.

Mateo.

Su expresión cambió.

—Debo irme.

Valeria sonrió.

—Qué casualidad.

Susana la ignoró.

Antes de salir lanzó una última mirada a Sebastián.

Luego desapareció por la puerta.

La casa volvió a quedar en silencio.

Valeria soltó un largo suspiro.

—Qué miedo da esa mujer cuando se enoja.

Miró a Sebastián.

Luego sonrió.

—Bueno.

Tomó una de sus manos.

—Ahora estamos solos.

Se inclinó un poco hacia él.

—Todos creen que vas a terminar con Susana.

Acomodó su cabello detrás de la oreja.

—Pero eres mi esposo.

Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Tú eres mío.

Y le dio un pequeño beso en la frente.

En ese instante...

Uno de los dedos de Sebastián se movió.

Muy ligeramente.

Valeria no lo vio.

—Cuando despiertes...

Sonrió.

—Tal vez deberíamos darle unos hermanitos a Lucas.

El dedo volvió a moverse.

Un poco más fuerte.

Como si alguien estuviera intentando protestar.

—Aunque primero tendrías que despertar.

Valeria se quedó pensando.

—Espera...

Su sonrisa desapareció.

Miró a su alrededor.

Silencio.

Demasiado silencio.

Parpadeó.

—¿Dónde está Lucas?

La joven se quedó inmóvil.

—...

—¿DÓNDE ESTÁ LUCAS?

Corrió hacia la puerta.

Subió las escaleras.

Revisó habitaciones.

La cocina.

El patio.

Nada.

El pánico comenzó a apoderarse de ella.

—No me digas...

Recordó de golpe.

Desde que salió de la escuela...

No había visto a su hijo.

Valeria palideció.

—Ay no...

Y por primera vez desde que reencarnó, sintió verdadero terror.

—¡Perdí a mi hijo!

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