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El renacer de la esposa humillada

Capítulo 1

...El arrepentimiento de Astrid fue haberse sacrificado demasiado por una familia que nunca la valoró....

—Felicidades, doctor Lucas. Convertirse en jefe del Departamento de Cirugía a una edad tan joven es un logro verdaderamente extraordinario.

Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro de Lucas mientras estrechaba la mano de uno de sus colegas.

—Gracias.

Esa noche, el salón de un hotel lujoso estaba repleto de médicos, directivos del hospital, socios comerciales y familiares. La celebración organizada para festejar el nombramiento de Lucas como jefe del Departamento de Cirugía se desarrollaba con gran pompa.

Lucas era el centro de atención. A donde fuera, siempre había alguien que se acercaba a felicitarlo. Todos elogiaban su éxito y lo admiraban.

Como su esposa, Astrid permanecía de pie no muy lejos de allí.

—Señora Astrid —una mujer de mediana edad se le acercó con una sonrisa amable.

Astrid la reconoció como la esposa de uno de los médicos más veteranos del hospital donde trabajaba Lucas.

—Debe estar muy orgullosa del logro de su esposo.

—Sí —respondió Astrid con una sonrisa sincera.

—El doctor Lucas es extraordinario. Desde siempre supe que llegaría lejos.

Astrid asintió. Su mirada se dirigió involuntariamente hacia Lucas, que conversaba con algunos directivos del hospital.

Astrid lo había acompañado en cada paso desde que cursaba la carrera de Medicina. Había apoyado cada una de sus luchas. Había escuchado cada una de sus quejas. Había sido testigo de todo su esfuerzo. Y esa noche, ver a su esposo en la cima del éxito debería haberla hecho igual de feliz.

—El doctor Lucas tiene suerte de tener una esposa que siempre lo apoya.

Astrid sonrió con timidez. Pero antes de que pudiera responder, otra voz se escuchó a sus espaldas.

—Oh, de eso no estoy tan segura.

La sonrisa de Astrid se congeló al instante. Reconoció esa voz. Marta, su suegra.

La mujer se acercó con un vestido color burdeos que lucía costoso. Una sonrisa delgada adornaba sus labios.

Astrid sabía perfectamente que una sonrisa así siempre era mala señal.

—¿A qué se refiere? —preguntó la otra mujer, desconcertada.

Marta soltó una risita.

—Lucas es afortunado en muchas cosas.

Su mirada se posó lentamente sobre Astrid.

—Pero en cuanto a su esposa...

Marta exhaló un largo suspiro.

—Yo creo que mi hijo merece a alguien mejor.

El espacio a su alrededor enmudeció de pronto. Astrid sintió que la sangre dejaba de fluir por su cuerpo. La mujer que había estado conversando con ella se removió, visiblemente incómoda.

Marta no había terminado. Su mirada recorrió a Astrid de la cabeza a los pies y volvió a subir hasta su rostro.

—Si yo fuera tú, me daría vergüenza salir de mi casa.

La frase brotó con absoluta naturalidad en medio del bullicio de la fiesta, de la boca de Marta. La mujer de mediana edad con aspecto glamuroso.

Las risas y las conversaciones de los invitados aún se escuchaban en distintos rincones del salón, pero para Astrid, todos esos sonidos desaparecieron en un instante. Sus manos se paralizaron.

Lentamente, Astrid levantó el rostro. Frente a ella estaba Marta, su suegra. La mujer sonreía. Pero esa sonrisa no contenía ni una gota de calidez. Al contrario, estaba cargada de burla.

—¿Por qué dice eso? —preguntó Astrid en voz baja.

Marta exhaló un largo suspiro, como si estuviera lidiando con alguien sumamente irritante.

—Dije que si yo fuera tú, me daría vergüenza mostrarme en público.

Varios invitados que se encontraban cerca detuvieron sus conversaciones de inmediato. Sus miradas pasaron de Marta a Astrid. Sabían que esas palabras no eran una broma: eran una humillación. Y una humillación lanzada deliberadamente frente a todos.

Astrid sintió que la garganta se le secaba.

—Señora...

—Mírate bien —Marta señaló el cuerpo de Astrid sin el menor reparo.

—Cuando Lucas te presentó a la familia, eras bonita. Tenías un cuerpo esbelto. Todos elogiaban tu aspecto —la mirada de la mujer descendió de la cabeza a los pies de Astrid.

—¿Y ahora? —Marta dejó escapar una risita—. Dios mío. Casi ni te reconozco.

Algunas personas se mostraron visiblemente incómodas. Sin embargo, nadie se atrevió a intervenir.

Astrid bajó la cabeza. El calor comenzó a extenderse por su rostro. Sabía lo que la gente veía al mirarla. Un cuerpo obeso, mejillas redondeadas, brazos que ya no eran delgados. Lo sabía todo. Porque cada vez que se miraba al espejo, ella también lo veía.

Después de dar a luz a su hija hacía dos años, el cuerpo de Astrid había cambiado drásticamente. Había probado de todo: dietas, ejercicio, reducir las porciones. Pero el peso se resistía a bajar.

Por no mencionar que su tiempo y su energía se agotaban en atender a su esposo, a su hija y las necesidades del hogar. Sin embargo, todos esos sacrificios eran invisibles. Lo único que la gente veía era su figura. No su entrega.

—Astrid se ha esforzado mucho, señora —intervino una de las invitadas, tratando de mediar.

Marta resopló.

—¿Esforzarse? —la mujer rio con sarcasmo—. Si a eso le llamas esforzarse, entonces ya no sé qué significa rendirse.

Se oyeron algunas risas dispersas. Quizás no eran malintencionadas, solo risas que surgieron por la situación.

Pero aun así, cada una de esas risas golpeó el rostro de Astrid como una bofetada. Se mordió el interior del labio para no llorar.

"No. No voy a llorar. No aquí. Y menos frente a todos ellos", pensó Astrid.

Fue entonces cuando se escuchó una voz a sus espaldas.

—Ya basta.

El corazón de Astrid se aceleró. Lucas, su esposo, se acercaba. Vestía un traje negro que lo hacía lucir aún más apuesto e imponente.

Esa noche era una noche importante para él. Muchos médicos, colegas y directivos del hospital habían acudido a celebrar su nuevo cargo.

Astrid miró a Lucas con una esperanza que brotó de pronto en su pecho. Por fin alguien iba a defenderla. Esperaba que su esposo pusiera fin a todo aquello.

Pero esa esperanza duró apenas unos segundos. Porque Lucas se colocó justo al lado de su madre.

—¿Acaso mamá no está diciendo la verdad?

El rostro de Astrid palideció de golpe. Como si la sangre hubiera desaparecido de su cuerpo.

—¿Qué?

Lucas metió ambas manos en los bolsillos del pantalón. Su expresión era impasible: no había enojo, ni objeción, ni defensa alguna para su esposa.

—Astrid, tienes que aprender a cuidarte.

El corazón de Astrid se estrujó.

—¿Tú también piensas así?

Lucas soltó un largo suspiro.

—Ya te lo he dicho muchas veces.

—¿Te avergüenzas de mí? —la pregunta escapó sin pensarlo.

Lucas guardó silencio. Y su silencio fue mucho más doloroso que cualquier respuesta.

Astrid sintió que algo se desmoronaba dentro de ella. Todo ese tiempo había intentado convencerse de que Lucas todavía la amaba. De que su esposo solo se preocupaba por su salud. Resultó que todo había sido una ilusión suya.

Esa noche, Astrid por fin conoció la verdad. Lucas se avergonzaba de ella.

—¿Soy tema de conversación entre tus amigos? —preguntó con un hilo de voz.

Lucas apartó la mirada.

Al instante, las lágrimas inundaron los ojos de Astrid. Su pecho se comprimió como si alguien estuviera pisoteando su corazón frente a todos.

Marta volvió a hablar.

—Lo dije desde el principio: Lucas merece a una mujer mejor.

Esta vez, algunos invitados quedaron verdaderamente estupefactos. Esas palabras eran demasiado crueles, demasiado explícitas. Pero a Marta no le importaba. Su mirada seguía fija en Astrid.

—Mira a las esposas de los doctores de aquí —Marta señaló a varias de las mujeres invitadas.

Astrid siguió la dirección de su gesto. Las mujeres que se encontraban por el salón eran, en efecto, hermosas. Cuerpos esbeltos. Aspecto elegante. La mayoría tenía carreras profesionales de las que sentirse orgullosas.

—¡Y ahora mírate a ti! No trabajas. No tienes logros. Ni siquiera cuidas tu apariencia.

Las palabras la golpearon con una fuerza brutal. Los ojos de Astrid se nublaron de lágrimas. Cada palabra se clavaba como un cuchillo, sin piedad. Porque durante los últimos seis años, su vida entera había girado en torno a la familia.

Cuando Lucas aún luchaba por completar su especialización, fue Astrid quien administró las finanzas del hogar. Cuando Lucas llegaba de madrugada por las guardias del hospital, fue Astrid quien lo esperó despierta.

Cuando su hija nació y se enfermó, fue Astrid quien pasó las noches en vela. Había entregado todo su tiempo, toda su energía, toda su vida a la familia. Pero esa noche, todo eso parecía no haber existido jamás. Solo veían sus defectos. No sus sacrificios.

—Como esposa de un médico, debería saber cuidar su estilo de vida. Su obesidad rebaja la imagen profesional de su esposo —comentó uno de los invitados.

—Es verdad. La gente seguramente se pregunta: ¿por qué la esposa del doctor Lucas está obesa? ¿Acaso el doctor Lucas no puede curarla? —susurró otro.

Astrid miró a Lucas con esperanza. Tal vez su esposo diría algo para defenderla.

Pero Lucas permaneció en silencio. Un silencio que dolía mucho más que todas las humillaciones de Marta. Porque ese silencio significaba que estaba de acuerdo.

Todos callaron. Ya no se oían risas ni murmullos.

Ahora, solo la respiración entrecortada de Astrid resonaba en el salón. Las lágrimas corrían sin que pudiera detenerlas.

Pero, extrañamente, en medio de aquel dolor inmenso, algo comenzó a cambiar dentro de ella. La esperanza. Ese sentimiento que siempre se había aferrado a mantener, finalmente murió esa noche.

Lentamente, Astrid levantó el rostro. Sus ojos húmedos miraron a Lucas y luego a Marta, alternadamente.

—Ahora lo entiendo —la voz de Astrid era muy suave. Pero todo el salón pudo escucharla.

Lucas frunció el ceño.

—¿Entiendes qué?

Astrid se secó las lágrimas. No porque hubiera dejado de sufrir, sino porque no quería que volvieran a ver su debilidad.

—Entiendo cómo me ven.

Marta se cruzó de brazos.

—¿Y?

Astrid tomó una larga bocanada de aire. Una inspiración que se sintió como una despedida de su vida anterior.

—Voy a recordar esta noche. Voy a recordar cada insulto que me lanzaron —la mirada de Astrid hizo que la sonrisa de Marta se fuera apagando lentamente.

El corazón de Lucas latió con una incomodidad repentina. Había algo diferente en la mirada de su esposa. Algo que nunca había visto antes. No era la mirada de una mujer herida, sino la mirada de alguien que lo ha perdido todo y ya no tiene miedo de perder nada más.

—Algún día se van a arrepentir de lo que pasó esta noche —la voz de Astrid sonó serena.

Después de decir aquello, Astrid se dio la vuelta. Caminó hacia la salida del salón, pasando entre los invitados que habían enmudecido. Nadie intentó detenerla. Nadie la siguió.

Nadie se dio cuenta de que esa noche acababan de destruir a una mujer que siempre había callado. Porque algunas heridas no destruyen a las personas; al contrario, hacen nacer a alguien nuevo. Alguien que, algún día, haría que todos lamentaran haberla menospreciado.

Capítulo 2

En cuanto la puerta del salón se cerró, las piernas de Astrid perdieron toda su fuerza. Su cuerpo se tambaleó y sus manos se aferraron apresuradamente a la pared más cercana para no caer. Le costaba respirar. No por cansancio ni por haber caminado demasiado, sino por el dolor que le llenaba el pecho. Un dolor demasiado grande para contenerlo.

Las lágrimas que había forzado a mantenerse desde hacía rato cayeron a borbotones, sin poder detenerse. Hasta que se convirtieron en un llanto imposible de frenar.

—¿Por qué...? —la voz de Astrid se quebró—. ¿Por qué tenía que ser frente a todos?

Astrid se cubrió la boca. Pero los sollozos escapaban de todas formas. Su cuerpo temblaba con violencia.

Quizás la gente creía que la humillación de Marta era lo más doloroso de esa noche. Pero no lo era. Lo que verdaderamente la había destrozado era Lucas. Su esposo.

El hombre que una vez le prometió que la protegería. El hombre que sostuvo su mano frente al altar y juró amarla en cualquier circunstancia.

Ese hombre estuvo ahí, escuchó y vio todo, y eligió guardar silencio. Peor aún: Lucas le dio la razón a su madre.

Astrid sentía que le estrujaban el pecho hasta hacerlo pedazos. Seis años de su vida los había entregado a ese hombre. Cuando Lucas era apenas un médico joven con ingresos modestos, fue Astrid quien administró sus finanzas.

Cuando Lucas tuvo que estudiar hasta altas horas de la noche para obtener su especialidad, fue Astrid quien se aseguró de que todo en el hogar funcionara.

Cuando su hija nació y lloró toda la noche por la fiebre, fue Astrid quien se mantuvo despierta hasta el amanecer.

¿Y Lucas? Lucas dormía porque al día siguiente tenía que trabajar.

Astrid nunca se lo recriminó. Porque lo amaba. Lo amaba profundamente.

Pero esa noche, por primera vez, se hizo una pregunta a sí misma: ¿alguna vez Lucas la había amado con la misma intensidad?

Su teléfono sonó. El nombre de Lucas apareció en la pantalla.

Astrid lo miró fijamente. Las lágrimas volvieron a correr. Antes, ver ese nombre siempre la hacía sonreír. Ahora lo único que sentía era dolor.

El teléfono seguía sonando. Finalmente, Astrid contestó.

—¿Qué quieres? —preguntó con la voz ronca.

—Astrid, ¿dónde estás? —Lucas respondió con otra pregunta, en tono cortante.

Ni una palabra de disculpa ni un asomo de arrepentimiento. Esa primera frase terminó de enfriar el corazón de Astrid.

—¿Para qué necesitas saber dónde estoy?

—No te comportes como una niña —la voz de Lucas al otro lado de la línea se elevó aún más.

Astrid rio. Una risa que sonaba devastadora.

¿Una niña? Después de todo lo que había pasado, ¿Lucas seguía pensando que la culpable era ella?

—Tú misma te pusiste en ridículo esta noche —continuó Lucas, furioso.

Esas palabras hicieron que Astrid se quedara helada.

—¿Qué?

—Arruinaste el ambiente de la fiesta.

Las lágrimas de Astrid se detuvieron. No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Yo arruiné el ambiente?

—Si tan solo hubieras controlado tus emociones...

—¡Basta! —Astrid le gritó a Lucas. Era la primera vez que lo hacía en todos los años de matrimonio.

El grito hizo que Lucas callara de inmediato.

—¿Dices que yo me puse en ridículo? —la respiración de Astrid era agitada—. Lucas, tu madre me insultó delante de todos.

Lucas siguió en silencio, sin responder.

—Tú, que eres mi esposo, también me humillaste. ¿Y ahora me echas la culpa a mí?

Se escuchó un largo suspiro de Lucas al otro lado. Como si fuera él quien estuviera enfrentando un gran problema.

—Solo quiero que cambies. Tu gordura me avergüenza.

La frase era tan simple. Y sin embargo, resultaba mucho más dolorosa que todos los insultos de Marta.

Finalmente, Astrid comprendió. El problema no era su peso ni su apariencia. El problema era que Lucas ya no la quería.

Las lágrimas de Astrid volvieron a caer. Pero esta vez no hubo llanto. Solo sentía un vacío absoluto.

—Entiendo lo que quieres decir. Buenas noches, Lucas.

Astrid colgó. Después apagó el teléfono. No quería volver a escuchar la voz de su esposo.

El camino de regreso se sintió interminable. Las luces de la calle se veían borrosas porque sus ojos no dejaban de llenarse de lágrimas. Cada rincón de la ciudad le recordaba a Lucas. El restaurante donde tuvieron su primera cita. La librería donde Lucas le compró su novela favorita. El parque donde caminaron juntos empujando la carriola de su hija.

Todos esos recuerdos se habían convertido en cuchillos. Cada vez que los evocaba, el pecho de Astrid dolía más.

Al llegar a la casa, Astrid entró de inmediato. La casa grande se sentía terriblemente silenciosa. No había sonidos ni calidez, solo soledad.

Astrid caminó hasta la habitación de Ariana, su hija de apenas dos años. La niña dormía profundamente.

—¿Se portó bien? —le preguntó Astrid a Iris, su prima.

—Sí. Desde que la dejaste, Ariana estuvo tranquila. A la hora de dormir obedeció sin protestar —respondió Iris con una sonrisa suave.

—¿Ya regresaste? ¿Ya terminó el evento? —preguntó Iris, extrañada.

—Me adelanté. Estaba preocupada por Ariana —respondió Astrid con una sonrisa tenue.

—Entonces me voy —dijo Iris. Astrid la había llamado específicamente para que cuidara a su hija mientras salía.

Después de asegurarse de que su hija estaba bien, Astrid se dirigió a su habitación. Se quitó todas las joyas que había usado para la fiesta.

Sin querer, sus ojos se posaron sobre algo que había encima de la cama. Una pequeña caja de regalo, medio escondida debajo de la almohada.

Astrid frunció el ceño. No recordaba haber comprado nada. Con extrañeza, la abrió. Adentro había un collar de diamantes precioso.

Astrid se quedó atónita. Era evidente que el collar era muy caro. Su corazón se aceleró.

"¿Lucas me compró este collar?", murmuró. Una sonrisa comenzó a formarse lentamente en su rostro.

Pero esa sensación cálida duró solo unos segundos. Porque una pequeña tarjeta cayó del interior de la caja.

Astrid la recogió. La leyó. Y al instante, todo su cuerpo se paralizó.

Para Stella.

Gracias por hacer que mis días tengan más color.

— L

El tiempo pareció detenerse. Astrid releyó la nota una y otra vez, para asegurarse de que no había leído mal. Sus manos comenzaron a temblar.

"¿Stella? ¿Quién es?", pensó. Su mente trabajaba a toda velocidad, intentando recordar a la dueña de ese nombre.

"¿La 'L' se refiere a Lucas?", murmuró al reconocer que la letra se parecía a la caligrafía de su esposo.

"¡Quizás Lucas me ha estado engañando todo este tiempo!"

Astrid trató de averiguar quién era Stella. Abrió las redes sociales de Lucas. Buscó el nombre de Stella en cada publicación.

De pronto, sus ojos se detuvieron en una foto donde Lucas estaba sentado frente a su escritorio. Un teléfono encendido mostraba como fondo de pantalla a una mujer hermosa. Claramente, no era una foto de Astrid.

"¿De quién es ese teléfono? ¿Por qué esa cara me resulta conocida?", se dijo Astrid.

Amplió la imagen para verla con más claridad.

—Es esa modelo... —susurró.

Hacía unos días, Astrid había visto el rostro de esa mujer en una revista. Una modelo joven en pleno ascenso, con un rostro hermoso, estatura alta, cuerpo esbelto. Perfecta. Exactamente el tipo de mujer de la que Lucas se sentiría orgulloso.

Lentamente, Astrid se dejó caer al suelo. El collar resbaló de sus manos. Las lágrimas comenzaron a brotar a raudales. Hasta que se rindió al llanto, desbordando toda su tristeza y su dolor.

Un llanto mucho más desgarrador que el anterior. Porque esta vez no solo era su dignidad lo que se había roto, sino su corazón.

Todo este tiempo, Astrid había creído que Lucas solo se avergonzaba de ella. Resultó que había otra razón. Una razón mucho más cruel, que nunca se había atrevido a imaginar.

Astrid abrazó sus propias rodillas. Su cuerpo temblaba con violencia. Esa noche, sintió que su matrimonio quizás había terminado hacía mucho tiempo. Y ella fue la última en darse cuenta.

Capítulo 3

Habían pasado tres días desde la noche de la humillación. Pero para Astrid, se sentían como tres años.

La casa que alguna vez fue cálida se había transformado en un lugar que la asfixiaba. Cada rincón le recordaba a Lucas. Cada objeto le recordaba una herida. Y lo más doloroso de todo: Lucas actuaba como si nada hubiera pasado. Como si jamás hubiera destrozado el corazón de su esposa unos días atrás.

Esa mañana, Astrid preparaba el desayuno cuando Lucas bajó del segundo piso con su ropa de trabajo impecable. Camisa blanca, pantalón gris oscuro y zapatos relucientes. Lucía perfecto, como siempre.

—Ya me voy —fue todo lo que dijo Lucas.

Astrid estaba de pie frente a la mesa del comedor. Aún sostenía la espátula.

—Quiero preguntarte algo.

Lucas se detuvo. Su mirada se dirigió a Astrid.

—¿Qué?

El corazón de Astrid latió más rápido. En el fondo, le aterraba escuchar la respuesta. Pero le aterraba aún más vivir en la mentira.

—¿Quién es Stella?

El rostro de Lucas cambió por una fracción de segundo. Tan rápido que tal vez otra persona no lo habría notado.

Pero Astrid lo vio. Vio la sorpresa y el pequeño destello de pánico que asomaron antes de que él lograra ocultarlos.

—¿Stella?

—Sí —Astrid se esforzó por mantener la voz serena—. ¿Quién es?

—Solo una conocida —respondió Lucas de forma escueta, mientras tomaba su maletín.

Astrid apretó la espátula con más fuerza.

—¿Una conocida a la que le compras un collar de diamantes?

Lucas se quedó callado, visiblemente sin palabras. Pero solo por un instante.

—Eso es un asunto de trabajo.

Un asunto de trabajo. Astrid casi se echó a reír. ¿Desde cuándo un médico compra collares de diamantes por asuntos de trabajo?

Pero Lucas no le dio oportunidad de seguir preguntando.

—Tengo que irme, ya se me hizo tarde.

Se marchó sin más, dejando a Astrid sola en la cocina.

Por la tarde, Marta llegó a la casa sin tocar la puerta, como era su costumbre. La mujer entró como si fuera la dueña, con su bolso caro al hombro.

En cuanto vio a Astrid en la sala, chasqueó la lengua.

—Lo único que haces es sentarte todo el día. Con razón estás así de gorda.

Astrid cerró los ojos un momento. Estaba verdaderamente agotada.

Marta no dejó de hablar. Se sentó en el sofá.

—¿No te da vergüenza?

Astrid optó por callarse. Pero su silencio solo motivó a Marta a seguir.

—Si yo fuera tú, no me atrevería a aparecer en ningún evento.

Astrid respiró hondo.

—Tal vez usted no vino hasta aquí solo para hablar de mi cuerpo.

—Claro que no —Marta sonrió—. Hoy vienen mis amigas.

Astrid asintió brevemente.

La mujer continuó hablando.

—Resulta que todas quieren ver a Lucas.

Otra vez Lucas. Astrid ya ni se sorprendía. Las amigas de su suegra siempre aprovechaban para consultarle o pedirle consejos de salud cuando lo veían.

Dos horas después, Astrid se arrepentía de haber aceptado recibir a las visitas de Marta en su casa. Se arrepentía profundamente.

En la sala se había reunido el grupo de amigas de Marta: varias mujeres de mediana edad sentadas en círculo, disfrutando de la comida y las bebidas.

En cuanto se mencionó a Lucas, los ojos de Marta se iluminaron.

—Mi hijo ahora es jefe del Departamento de Cirugía —su tono orgulloso sonaba como el de alguien que acaba de ganar la lotería.

—Vaya, impresionante.

—Lucas siempre fue brillante desde niño —Marta rio satisfecha—. Por suerte salió a su padre.

Varias de las mujeres rieron con ella.

Entonces una de ellas preguntó:

—¿Y tu nuera?

Marta miró de reojo a Astrid, que estaba sentada en un rincón jugando con su hija.

—Ah, esa.

—La verdad es que Lucas merece a una mujer mejor.

Las palabras provocaron un silencio instantáneo en la sala. Pero Marta no sintió la menor culpa.

—Si se hubiera casado con una doctora o una empresaria, habrían hecho mejor pareja —prosiguió Marta en voz baja, como si le doliera.

Astrid bajó la cabeza. Las manos le temblaban sobre el regazo. Ya habían sido incontables las veces que esa mujer la había humillado. Pero, por alguna razón, el dolor seguía sintiéndose como una herida fresca.

Fue entonces cuando Astrid decidió salir a pasear con Ariana. Si se quedaba un minuto más, terminaría llorando frente a su hija.

La tarde estaba nublada. El cielo se veía gris cuando Astrid caminó sin rumbo por la acera, llevando de la mano a su pequeña hija, que canturreaba alegremente.

La mente de Astrid estaba tan llena que le pesaba la cabeza. También sentía el pecho oprimido.

Stella. Ese nombre giraba sin cesar en sus pensamientos. ¿Y si Lucas realmente le era infiel? ¿Y si todo este tiempo la habían engañado? ¿Y si todo lo que temía resultaba ser cierto?

Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron hasta un café. Fue entonces cuando alguien la llamó por su nombre.

—¿Astrid?

Astrid giró la cabeza y se quedó inmóvil. Un hombre alto estaba de pie a unos metros de ella. Rostro atractivo, mandíbula marcada, complexión atlética.

—¿M-Mateo?

El hombre se rio.

—Vaya, todavía te acuerdas de mí.

—Dios mío. ¿De verdad eres tú, Mateo? —Astrid aún no lo podía creer.

Por supuesto que se acordaba de él. Mateo había sido su compañero en la universidad. Un hombre que en su época era conocido por su inteligencia y su personalidad agradable.

Habían sido amigos cercanos desde el colegio. Pero la vida los llevó por caminos distintos. Mateo tuvo que irse a Inglaterra para encargarse del negocio familiar.

—¿Cuántos años llevábamos sin vernos? —preguntó Astrid.

—Casi diez —respondió Mateo—. ¿Es tu hija? —su mirada se dirigió a Ariana.

—Sí. Se llama Ariana. Acaba de cumplir dos años —contestó Astrid.

Terminaron sentándose juntos dentro del café. Al principio fue solo una conversación ligera. Sobre el trabajo y recuerdos del pasado.

Poco a poco, Mateo notó algo.

—Astrid, ¿estás bien?

La mujer levantó el rostro. Esa pregunta tan simple fue justamente lo que hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas. Porque en los últimos días, nadie le había preguntado eso.

Mateo observó su expresión. Luego exhaló con suavidad.

—¿Qué te pasa? Cuéntame, tal vez pueda ayudar.

Astrid dudó. Pero, sin saber por qué, sintió la necesidad de hablar.

Dos horas después, Mateo lo sabía todo. Sobre las humillaciones de Marta, sobre la sospecha de la infidelidad de Lucas con Stella. También sobre el collar de diamantes. Cuanto más escuchaba, más se le ensombrecía el rostro.

—Maldito —fue la primera palabra que salió de la boca de Mateo. Le enfurecía que trataran así a su amiga.

Astrid bajó la mirada.

—Todavía no tengo pruebas.

—¿Y si buscamos esas pruebas?

Astrid lo miró con extrañeza.

Mateo sacó su teléfono. Minutos después, un hombre entró al café. Tendría unos cuarenta años. Mirada penetrante y ademanes serenos.

—Te presento a Julio —dijo Mateo, poniéndose de pie.

El hombre extendió la mano.

—Julio Fernández.

Astrid se la estrechó.

—Astrid.

—Es amigo mío. Antes era policía; ahora es detective privado —Mateo sonrió y Julio soltó una risa breve.

Mateo se inclinó hacia adelante.

—Si Lucas realmente te está engañando, Julio encontrará las pruebas. No voy a permitir que nadie te haga daño, Astrid.

Los ojos de Astrid se abrieron grandes y su corazón latió más rápido. Sintió alegría porque de pronto había aparecido un rayo de esperanza. La esperanza de conocer la verdad. Fuera cual fuera el resultado, Astrid ya estaba cansada de vivir en la incertidumbre.

—Hay algo más —continuó Mateo—. Estoy construyendo una empresa aquí.

Astrid lo miró, desconcertada.

—¿Y?

Mateo esbozó una leve sonrisa.

—Necesito una socia.

Astrid rio suavemente.

—¿Yo?

—Sí —respondió Mateo sin vacilar—. Tú.

Astrid volvió a reír. Creyó que bromeaba.

Pero Mateo lucía completamente serio.

—Te conozco. Y estoy seguro de que puedes.

—Eso fue hace mucho —dijo Astrid en voz baja.

Mateo negó con la cabeza. Su mirada se clavó directamente en ella.

—Sigues siendo la misma Astrid. La mujer inteligente que se graduó con las mejores calificaciones de la carrera de Administración de Empresas.

Astrid se quedó inmóvil. Hacía años que nadie recordaba eso. A nadie le importaba. Todos la veían únicamente como un ama de casa obesa. Pero Mateo recordaba sus logros.

—Llevo mucho tiempo buscando a la persona indicada. Y por fin te encontré —Mateo sonrió.

Los ojos de Astrid comenzaron a humedecerse porque se sentía valorada.

—Me estás sobrevalorando.

—No —respondió Mateo con firmeza, reclinándose en su silla—. Además, no soporto ver que maltraten a una buena persona que ni siquiera conoce su propio valor.

Esas palabras dejaron a Astrid sin habla. Todavía no se daba cuenta de que ese encuentro vespertino cambiaría su vida para siempre.

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