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Olvide mi dolor en brazos del mafioso

Capítulo 1

La lluvia caía fina sobre los jardines impecables de la mansión Morgan Vanderbilt aquella fría mañana de otoño. Los enormes ventanales de vidrio reflejaban el cielo gris, mientras los empleados cruzaban los pasillos en silencio, acostumbrados a la grandeza y a las reglas estrictas de aquella casa.

Sin embargo, para Lilith Miller, la mansión nunca había sido solo un lugar lujoso.

Era su hogar.

Lilith Miller (protagonista)

Lilith había crecido entre aquellos pasillos inmensos, los candelabros dorados y los jardines perfectos. Pero, aunque conocía cada rincón de la propiedad, sabía con exactitud cuál era su lugar dentro de ella.

El ala del servicio.

Su padre, Franklin Miller, era el chofer de la familia Vanderbilt y también el hombre de mayor confianza del señor Christopher Morgan Vanderbilt.

Christopher Vanderbilt

Franklin era discreto, leal y absolutamente entregado a su trabajo. Christopher confiaba en él más que en muchos ejecutivos de las propias empresas familiares.

Lilith siempre admiró a su padre.

Él era todo lo que tenía.

Su madre, Ana Maria Souza, una brasileña dulce y amable, había muerto cuando Lilith tenía apenas un año. No conservaba recuerdos de ella, solo algunas fotografías antiguas y las historias que Franklin le contaba en las noches más difíciles.

Aun así, Lilith no creció rodeada de frialdad.

Camile Vanderbilt

Camile Vanderbilt, esposa de Christopher, siempre trató a la niña con cariño. Y el propio Christopher jamás hizo distinción entre Lilith y sus hijos legítimos.

Liam Vanderbilt.

Michele Vanderbilt.

Michele Vanderbilt

Michele, de hecho, era su mejor amiga desde la infancia. Las dos crecieron juntas, estudiaron en las mismas escuelas y compartieron secretos, risas y sueños.

Pero Liam...

Liam Vanderbilt

Liam siempre fue distinto.

Desde muy pequeña, Lilith alimentaba sentimientos secretos por el heredero de los Vanderbilt. Tal vez todo había empezado cuando él la defendió de unos chicos en la escuela. O quizá cuando le secó las lágrimas después de que ella se cayera de la bicicleta en los jardines de la mansión.

Nunca lo supo con certeza.

Solo sabía que lo amaba en silencio.

Y también sabía que aquel amor era imposible.

Liam era guapo, popular, arrogante en la medida justa y heredero de un imperio multimillonario. Ella, en cambio, no era más que la hija del chofer.

Aun así, a veces la confundía.

Había momentos en los que Liam parecía verla de verdad.

Miradas largas.

Sonrisas discretas.

Bromas provocadoras.

Pero Lilith siempre ahogaba cualquier esperanza antes de que creciera.

Porque la vida ya le había enseñado demasiado pronto que los sueños hermosos solían terminar en dolor.

Tenía apenas catorce años cuando perdió a su padre.

Aquella noche, Franklin salió a buscar a Christopher a una reunión fuera de la ciudad. El auto derrapó sobre la carretera mojada. El accidente fue fatal.

Lilith jamás olvidaría el vacío de esa madrugada.

El silencio.

La sensación de estar completamente sola en el mundo.

Lloró hasta quedarse sin fuerzas.

Y fue Christopher Vanderbilt quien la abrazó cuando ella se vino abajo.

—No estás sola, mi niña —le prometió, sujetándole el rostro con firmeza—. Mientras yo esté vivo, voy a cuidar de ti.

Y cumplió.

Lilith siguió viviendo en la mansión. Estudió en las mejores escuelas, tuvo comodidad, protección y oportunidades que jamás habría imaginado.

Pero, aunque la familia Vanderbilt la quisiera, nunca olvidó quién era.

Ni cuál era su lugar.

Los años pasaron.

Lilith creció.

La niña tímida se convirtió en una joven deslumbrante. Su cabello castaño le caía por la espalda en ondas, sus ojos tenían la intensidad del cielo antes de una tormenta, y su delicadeza escondía una fuerza silenciosa.

Tenía dieciocho años y cursaba el último año de preparatoria cuando todo empezó a cambiar.

Sobre todo Liam.

De pronto, él comenzó a verla de otra manera.

Muy distinta.

Los cumplidos se hicieron más frecuentes.

Los roces, más prolongados.

Las provocaciones, más intensas.

Lilith intentó resistirse.

Intentó ignorar cómo se le aceleraba el pulso cada vez que él se acercaba.

Pero Liam sabía exactamente cómo derribar sus defensas.

La hacía reír.

La hacía sentirse especial.

Deseada.

Amada.

Y, por primera vez en su vida, Lilith se permitió creer que quizá aquel amor imposible no era tan imposible.

Entonces llegó el primer beso.

Ocurrió en la biblioteca de la mansión, una noche silenciosa. Liam le sostuvo el rostro con delicadeza y le dijo que estaba cansado de fingir que no sentía nada.

Lilith le creyó.

Dios...

Cómo le creyó.

Llegaron los mensajes escondidos.

Los encuentros secretos.

Las falsas declaraciones de amor.

Hasta que, al fin, se entregó por completo a él.

Aquella noche, Lilith sintió que estaba viviendo un sueño.

Liam fue intenso.

Cariñoso.

Cuidadoso.

Y ella le entregó no solo su cuerpo, sino también su corazón.

Entero.

A la mañana siguiente, Lilith despertó extasiada.

El corazón le parecía ligero.

Sonrió sola incontables veces mientras caminaba por la mansión.

Por fin Liam la amaba.

Por fin sus sentimientos habían sido correspondidos.

O eso pensaba.

Aquella tarde estaba estudiando en la biblioteca cuando oyó voces masculinas entrando en la habitación. Asustada, se escondió detrás de unas cajas apiladas cerca de los estantes.

Entonces escuchó su propio nombre.

Y se quedó helada.

Era Liam.

Se reía con dos amigos de la universidad.

—Les dije que sería fácil —comentó Liam entre risas—. La chica prácticamente me idolatra desde niña.

El corazón de Lilith empezó a latir con tanta fuerza que dolía.

—¿Entonces lo lograste? —preguntó uno de sus amigos.

—Claro que lo logré —respondió Liam con arrogancia—. Gané la apuesta.

El mundo de ella se derrumbó.

En ese instante.

Con esas palabras.

Lilith sintió que el aire le desaparecía de los pulmones.

Pero siguió escuchando.

Cada palabra cruel.

Cada carcajada.

Cada detalle repugnante sobre lo fácil que había sido llevarla a la cama.

Cuando por fin terminaron la conversación, Lilith salió despacio de detrás de las cajas.

Los tres se quedaron en silencio.

Liam palideció de inmediato al verla.

—Lilith...

Ella no lloró.

No gritó.

No suplicó.

Solo lo miró de frente.

Y eso pareció peor que cualquier escándalo.

—Qué bueno saber que no fui más que una apuesta para ti —dijo con la voz firme, aunque se estuviera muriendo por dentro—. Espero que disfrutes tu premio.

Liam intentó acercarse.

—Lilith, espera...

Ella levantó una mano.

—A partir de hoy, no quiero que vuelvas a mirarme nunca más.

El silencio que se apoderó de la biblioteca fue devastador.

Liam parecía en shock.

Pero Lilith solo le dio la espalda y salió.

Cuando llegó a su habitación, se derrumbó.

Lloró como nunca antes había llorado.

Lloró por la humillación.

Por el amor destruido.

Por la chica ingenua que había creído en promesas vacías.

Y aquella noche, frente al espejo, con los ojos rojos y el corazón hecho pedazos, se hizo una promesa silenciosa:

Jamás volvería a permitir que alguien la tomara por idiota.

Los días siguientes fueron fríos.

Dolorosos.

Lilith cumplió su promesa.

Nunca volvió a mirar a Liam.

Nunca volvió a responder sus intentos de hablar.

Y, por primera vez en su vida, fue Liam quien empezó a sufrir con la distancia.

Pero dos meses después, el destino decidió destruir otra vez lo poco que quedaba de su paz.

Lilith bajaba las escaleras de la mansión cuando un fuerte mareo se apoderó de su cuerpo.

Todo dio vueltas.

Perdió el equilibrio.

Y cayó.

Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba en una habitación de hospital.

El olor intenso a medicamentos le invadió la nariz.

Christopher Vanderbilt estaba sentado junto a la cama.

Más adelante, Liam permanecía sentado, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza baja.

El ambiente en la habitación era pesado.

Aterrador.

—¿Qué pasó? —preguntó Lilith, confundida.

Christopher respiró hondo antes de responder.

—Estás embarazada, mi niña.

Lilith se quedó sin reacción.

No.

Eso no podía estar pasando.

—No... debe de haber algún error...

—No hay ningún error —respondió Christopher con firmeza.

El silencio se volvió asfixiante.

Entonces él miró directamente a Liam.

Su expresión se endureció.

—Y este irresponsable se va a casar contigo.

Liam se levantó de inmediato.

—Papá, yo...

—¡Cállate! —rugió Christopher—. Ya hiciste suficiente daño.

Lilith sentía que la cabeza le daba vueltas.

Embarazada.

Estaba embarazada.

Y llevaba en su vientre a un hijo del hombre que le había destruido el corazón.

Liam todavía intentó discutir, pero Christopher no le dejó opción.

—O te casas con ella, o te quito absolutamente todo.

Quince días después, Lilith se convirtió en la esposa de Liam Vanderbilt.

Sin amor.

Sin felicidad.

Sin sueños.

La ceremonia se realizó solo en el registro civil, simple y silenciosa.

Y esa misma noche, ella comprendió el tamaño del error que estaba cometiendo.

Liam la dejó sola en la noche de bodas.

Y siguió dejándola sola los días siguientes.

Las semanas siguientes.

Los meses siguientes.

Su matrimonio se convirtió en una prisión silenciosa.

Una casa fría.

Una relación vacía.

Lilith sabía exactamente dónde estaba su esposo todas las noches.

Con Emma Stone.

Emma Stone (amante de Liam)

Emma era bonita, manipuladora y completamente enamorada del estatus que Liam podía ofrecerle. Y Liam ni siquiera se esforzaba por ocultar la aventura.

Aquello iba destruyendo a Lilith poco a poco.

Pero ella soportaba.

Por el bebé.

Solo por el bebé.

Entonces, meses después, nació Victoria.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Lilith vio emoción verdadera en el rostro de Liam.

Él sostuvo a su hija en brazos como si fuera lo más precioso del mundo.

En ese instante, Lilith creyó que quizá las cosas podían cambiar.

Tal vez Liam finalmente maduraría.

Tal vez se enamoraría de la familia que habían creado.

Pero se equivocaba.

Porque, aunque amaba a su hija, Liam siguió con Emma.

Y en ese momento, Lilith simplemente se rindió.

Dejó de esperar amor.

Dejó de esperar cambios.

Dejó de esperar a Liam.

Entonces pasó a vivir solo para su hija.

Sin imaginar que el destino todavía tenía planes mucho más crueles para ambos.

Capítulo 2

Lilith narra...

Mi hija nació pequeña.

Tan pequeña que tuve miedo de sostenerla por primera vez.

Victoria parecía demasiado frágil para aquel mundo cruel. Sus deditos diminutos sujetaron mi dedo justo después del parto, y en ese instante supe que viviría solo por ella.

El médico decía que necesitaba cuidados especiales.

Los primeros meses fueron difíciles.

Hospitalizaciones.

Fiebres repentinas.

Noches sin dormir.

Pasaba horas sentada junto a aquella cunita de hospital, observando su respiración, rezando para que siguiera allí conmigo.

Fueron meses de puro miedo.

Pero después de su primer cumpleaños, todo cambió.

Victoria se hizo fuerte.

Nunca volvió a tener ni siquiera una gripe.

Y eso fue el mayor alivio de mi vida.

Creció dulce, inteligente y cariñosa. Tenía los ojos de su padre, pero la sonrisa era mía.

Victoria Vanderbilt Miller

Sus rizos castaños se movían por la casa mientras corría detrás de mí diciendo:

—¡Mamá, atrápame!

Y yo olvidaba por unos segundos el infierno que era mi vida.

Porque mientras yo vivía por nuestra hija...

Liam vivía en un mundo paralelo.

Durante los primeros meses después del nacimiento de Victoria, él todavía aparecía de vez en cuando. Tomaba a nuestra hija en brazos, jugaba unos minutos con ella y luego volvía a desaparecer.

Pero todo empeoró cuando Emma Stone apareció embarazada.

A partir del nacimiento de la hija de ella, Liam se volvió todavía más ausente.

Charlotte.

Charlotte (supuesta hija de Liam)

Ese era el nombre de la niña.

Resultaba irónico que pudiera ser el padre perfecto para otra criatura mientras abandonaba a su propia hija.

Vivíamos en una casa que el señor Christopher nos había dado justo después del nacimiento de Victoria. Era una casa hermosa, cómoda, en un barrio exclusivo, pero completamente vacía.

Porque las casas sin amor se convierten en prisiones silenciosas.

El señor Christopher enfermó poco tiempo después y tuvo que ir a Europa para recibir tratamiento. Antes de partir, dejó parte de las empresas en manos de Liam.

Y lo poco que todavía quedaba de mi matrimonio murió allí.

Liam prácticamente se mudó a casa de Emma.

Pasaba días enteros allá.

Dormía allá.

Vivía allá.

Mientras mi hija y yo quedábamos en el olvido.

Victoria tenía apenas tres años, pero sentía la ausencia de su padre como nadie.

Siempre corría hacia la puerta cuando escuchaba cualquier auto.

Siempre preguntaba si era papá.

Y cada vez que no lo era, yo veía la decepción en sus ojitos.

Hasta que un día empezó a hacer preguntas que me destruían el alma.

—Mamá... ¿dónde está papá?

Yo respiraba hondo y sonreía.

—Trabajando, mi amor.

Pero hubo una noche...

Una noche que jamás olvidaré.

Victoria estaba acostada en mi regazo viendo caricaturas cuando me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Mamá... ¿por qué papá no me quiere?

Mi corazón se detuvo.

Sentí como si alguien me hubiera clavado un cuchillo en el pecho.

Porque ningún niño debería hacer esa pregunta.

Ninguno.

La abracé con fuerza.

—Tu papá te ama, princesa.

Pero hasta yo pude notar cuánto falló mi voz en aquella mentira.

Los días pasaron.

Entonces ocurrió lo peor.

Victoria empezó a toser.

Al principio pensé que era solo una gripe, pero la fiebre apareció rápido. Perdió el color, se cansaba, no tenía fuerzas ni para jugar.

Esa madrugada apenas podía respirar.

Me desesperé.

Le pedí al chofer que nos llevara de inmediato al hospital.

Las horas siguientes fueron una mancha borrosa.

Exámenes.

Médicos corriendo.

Enfermeros entrando y saliendo.

Hasta que un médico apareció con el rostro demasiado serio.

Y en ese instante lo supe.

Supe que mi vida estaba a punto de terminar.

—Señora Lilith... su hija tiene una enfermedad pulmonar grave y extremadamente rara.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No... eso no... no puede ser...

—Necesitamos llevarla inmediatamente a la UCI.

Mi mundo se oscureció.

Por primera vez en años, tomé el teléfono para llamar a Liam.

Nuestra hija lo necesitaba.

Marqué una vez.

Nada.

Dos.

Cinco.

Diez veces.

Y él no contestaba.

Seguí insistiendo hasta que por fin atendieron la llamada.

Pero no era Liam.

Era Emma.

—¿Qué quieres? —preguntó con desprecio.

Mi voz salió temblorosa.

—Necesito hablar con Liam... es urgente.

Ella soltó una risa baja.

—Está ocupado.

—Emma, por el amor de Dios... es cuestión de vida o muerte. Mi hija está muy enferma.

Hubo silencio durante unos segundos.

Entonces respondió con frialdad:

—Le daré el recado.

Y me colgó en la cara.

Esperé.

Una hora.

Dos.

Un día entero.

Y Liam nunca apareció.

Una semana.

Una semana completa.

Y nada.

En el punto más alto de mi desesperación, fui a casa de Emma.

Cuando llegué allí, sentí que mi corazón moría una vez más.

Liam estaba en el jardín.

Riendo.

Jugando despreocupado con una niña pequeña que seguramente era Charlotte.

Mientras nuestra hija luchaba por sobrevivir en una UCI.

Entré en aquella casa sin que me importara nada.

Liam se puso de pie de inmediato.

—¿Qué haces aquí?

Empecé a llorar.

—Victoria se está muriendo... nuestra hija te necesita.

Emma apareció justo detrás de él.

Y los dos se rieron.

Se rieron.

Como si yo estuviera loca.

Como si mi dolor fuera un chiste.

—Deja de mentir, Lilith —dijo Liam, irritado—. No inventes enfermedades usando el nombre de mi hija solo para llamar mi atención.

Mi desesperación aumentó.

—¡Estoy diciendo la verdad! ¡Está internada! ¡Te necesita!

Pero él no me creyó.

No quiso creerme.

Entonces Emma le tomó el brazo y dijo:

—Sácala de aquí.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Me echaron de aquella casa como a un perro callejero.

Me senté en la acera completamente destruida.

Temblando.

Sola.

Entonces tomé el celular y llamé a Michele.

Mi mejor amiga.

Mi cuñada.

Apenas contestó, empecé a llorar desesperadamente.

Le conté todo.

Cada detalle.

Y escuché a Michele gritar al otro lado de la línea:

—¡Voy a matar a Liam si le pasa algo a Victoria!

Regresé al hospital sin poder dejar de llorar.

Pero cuando llegué, encontré a toda la familia Vanderbilt reunida.

Camile.

Michele.

Y el señor Christopher.

Había vuelto de Europa.

Apenas me vio sola, preguntó de inmediato:

—¿Dónde está mi hijo?

Lo miré sintiendo que algo moría dentro de mí.

—En la casa de su otra familia.

El rostro de Christopher se endureció.

—¿Qué?

—Está con su otra hija... dijo que nosotras dos solo queríamos llamar la atención.

Christopher se puso furioso.

Tan furioso que le temblaban las manos.

—¡Traigan a Liam aquí ahora! —les gritó a los guardias.

En ese instante apareció un médico.

—Señora Lilith... necesito hablar con usted.

Se me heló el cuerpo entero.

—Su hija está muy grave. Estamos haciendo todo lo que podemos... pero quizá no pase de esta noche.

Caí de rodillas.

Y lloré.

Lloré como una niña perdida.

Camile y Michele me abrazaron mientras yo me destruía allí, en aquel pasillo frío.

Entonces le supliqué al médico:

—Por favor... necesito verla.

Solo me permitió cinco minutos.

Cuando entré en aquella UCI...

Mi mundo se acabó.

Mi niña estaba llena de aparatos.

Tan pequeña en aquella cama enorme.

Tan frágil.

Abrió despacio los ojitos cuando sintió mi presencia.

Y aun en esa situación...

Me sonrió.

Dios mío...

Sonrió.

Tomé su manita con cuidado.

—Pronto iremos a casa, mi amor.

Entonces Victoria habló con su voz débil:

—Mamá... ¿por qué mi papá no me ama?

Sentí que el corazón se me partía en mil pedazos.

Pero forcé una sonrisa.

—Tu papá está trabajando, princesa. En cuanto pueda, vendrá a verte.

Ella hizo una sonrisita cansada.

Y empezó a cerrar los ojitos despacio.

Entonces los aparatos se dispararon.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Los médicos corrieron.

Los enfermeros me apartaron.

Yo gritaba desesperada.

—¡NO! ¡MI HIJA NO!

Me sacaron de la sala.

Y me quedé afuera... escuchando los sonidos desesperantes que venían de la UCI.

Después de largos minutos, el médico salió.

Y yo lo supe.

Lo supe incluso antes de que abriera la boca.

—Lo siento mucho, señora... hicimos todo lo posible... pero no resistió.

No recuerdo mi grito.

Solo recuerdo el dolor.

La sensación de que me habían arrancado el alma del cuerpo.

Camile cayó al suelo llorando.

Michele gritaba de desesperación.

Y yo...

Yo simplemente dejé de existir.

Fue entonces cuando Christopher entró al pasillo acompañado de Liam.

El médico explicó lo que había ocurrido.

Y Christopher perdió el control.

Agarró a Liam del cuello de la camisa con violencia.

—¡POR TU CULPA ELLA MURIÓ!

En ese momento vi en los ojos de Liam algo que nunca había visto antes.

Culpa.

Arrepentimiento.

Desesperación.

Cayó al suelo llorando.

Pero ya era demasiado tarde.

Demasiado tarde para pedir perdón.

Demasiado tarde para ser padre.

Demasiado tarde para amar a nuestra hija.

Pasé horas sentada en aquel piso helado, sin reaccionar.

Ni siquiera recuerdo quién me llevó a casa.

El funeral de mi hija...

El entierro...

Todo ocurrió como si yo estuviera fuera de mi propio cuerpo.

Ya no sentía nada.

Porque la parte más importante de mí había sido enterrada junto con Victoria.

Cuando volví a casa con Michele, tomé mi decisión.

Liam Vanderbilt murió para mí aquel día.

Miré a Christopher y dije con calma:

—Quiero el divorcio.

Él cerró los ojos durante unos segundos antes de asentir.

—Te ayudaré en todo, mi niña.

Entonces me tomó las manos y completó con la voz rota:

—La culpa fue mía... te obligué a casarte con un irresponsable sin corazón.

Pero en ese momento ya no me importaba la culpa.

Ni el arrepentimiento.

Porque nada en el mundo me devolvería a mi hija.

Capítulo 3

Lilith narra...

Ese mismo día me fui de aquella casa.

La casa donde enterré todos mis sueños.

Donde amé sola.

Donde lloré a escondidas.

Donde vi a mi hija apagarse esperando a un padre que nunca llegó.

Subí despacio las escaleras hasta el cuarto de Victoria. Apenas abrí la puerta, casi me fallaron las piernas.

Todo seguía exactamente igual.

Los juguetes esparcidos sobre la alfombra.

Los dibujos torcidos pegados en la pared.

La ropita doblada con cuidado dentro del armario.

Y su olor...

Dios mío.

El olor de mi hija todavía estaba allí.

Sentí una opresión tan fuerte en el pecho que tuve que apoyarme en la puerta para no caer.

Entré lentamente.

Como si ella aún estuviera dormida en ese cuarto.

Me arrodillé junto a la camita y pasé la mano por las sábanas rosadas.

El silencio era cruel.

Porque antes ese cuarto estaba lleno de risas.

Ahora parecía una tumba.

Mis ojos se posaron en el pequeño conejo de peluche azul que Victoria cargaba a todas partes.

Dormía con él.

Comía sujetándolo.

Veía caricaturas abrazada a él.

Sonreí entre lágrimas al recordarla diciendo:

—Mamá, Copito protege mis sueños.

Tomé el conejito con las manos temblorosas y lo apreté contra mi pecho.

Era todo lo que me quedaba de ella.

Todo.

Después de eso, empecé a empacar mis cosas.

No me llevé mucho.

Algo de ropa.

Documentos.

Objetos personales.

El resto quedó atrás.

Porque aquella casa ya no significaba nada para mí.

Cada pared cargaba dolor.

Cada rincón tenía un recuerdo de mi hija.

Y sabía que, si permanecía allí, yo también moriría poco a poco.

Fui a la mansión Vanderbilt esa misma noche. El señor Christopher había insistido.

Parecía años más viejo desde la muerte de Victoria.

El cabello más gris.

Los ojos cansados.

Y la culpa marcada en el rostro.

Culpa por haberme obligado a casarme con Liam.

Culpa por no haber logrado salvar a su propia nieta.

Los papeles del divorcio estuvieron listos rápido.

Christopher obligó a Liam a firmar sin discutir.

Un mes después de la muerte de mi bebé...

Por fin estaba libre de él.

Libre en el papel.

Porque las marcas que Liam dejó en mí jamás desaparecerían.

A la mañana siguiente tomé mi decisión.

Me iría.

Lejos.

Sin mirar atrás.

Sin despedidas.

Sin regreso.

Italia sería mi nuevo comienzo.

Un lugar donde nadie conociera mi historia.

Donde no pisara los sitios que había frecuentado con mi hija.

Donde no escuchara a nadie preguntar por ella.

Christopher me llamó a su despacho poco antes del viaje.

Apenas entré, puso un sobre sobre el escritorio.

—Esto es tuyo, Lilith.

Fruncí el ceño.

—No quiero dinero.

Él suspiró profundamente.

—Tienes derecho. Fuiste la esposa de mi hijo durante años.

Empujé el sobre de vuelta.

—No estuve con Liam por dinero.

—Lo sé —respondió con la voz cansada—. Y justamente por eso mereces más que cualquier persona de esa familia.

Me quedé en silencio.

Christopher se levantó despacio y se detuvo frente a mí.

—Considéralo una ayuda para empezar de nuevo... y tal vez una forma inútil de intentar aliviar mi conciencia.

Me ardieron los ojos.

Al final, acepté.

No era una fortuna absurda, pero sería suficiente para empezar una nueva vida hasta lograr estabilizarme en Italia.

Pasé el resto del día organizando mis maletas.

Cada prenda que colocaba allí parecía cerrar una parte de mi vida anterior.

En el fondo del bolso, guardé con cuidado el conejito azul de Victoria.

Mi bien más precioso.

Mi último pedazo de ella.

Ya estaba anocheciendo cuando escuché unos golpes suaves en la puerta del cuarto.

Pensé que era Michele.

—Puedes entrar.

Pero se me paralizó el cuerpo entero al ver entrar a Liam.

Parecía destruido.

Los ojos rojos.

El rostro abatido.

La barba sin arreglar.

Por primera vez desde que lo conocía, Liam Vanderbilt parecía un hombre roto.

Endurecí de inmediato mi expresión.

—¿Podemos hablar, Lilith?

Mi voz salió fría.

—Nosotros ya no tenemos nada de qué hablar, Liam.

Él tragó saliva.

—Por favor... solo escúchame.

Crucé los brazos sin responder.

Entonces empezó.

—Sé que nada de lo que diga traerá de vuelta a nuestra hija... ni borrará mi culpa en toda esta historia...

La voz se le quebró.

—Pero necesito que sepas que lo siento mucho, Lilith. Yo amaba de verdad a nuestra hija y...

Lo interrumpí de inmediato.

—Quien ama no abandona, Liam.

Él cerró los ojos con fuerza.

Y eso me dio todavía más rabia.

Porque ahora era fácil sufrir.

Ahora era fácil llorar.

Nuestra hija estaba muerta.

—¿Sabes qué dijo mi hija antes de morir? —pregunté, sintiendo las lágrimas quemarme los ojos—. Preguntó por qué su papá no la amaba.

Liam bajó la cabeza como si hubiera recibido un golpe.

Pero continué.

Porque durante años me tragué el dolor en silencio.

Y ahora él iba a escucharlo todo.

—El error fue mío, Liam. Nunca debí casarme contigo.

Él levantó la vista de golpe.

—No digas eso...

—¡Es la verdad! —mi voz salió más alta—. Debí criar a mi hija sola y dejarte vivir tu gran historia de amor con Emma.

El silencio se apoderó del cuarto.

Pero yo no podía detenerme.

Todo el dolor guardado durante años por fin estaba saliendo.

—Tú me engañaste... me humillaste... me destruiste... me despreciaste todos los días de nuestra vida juntos.

Liam empezó a llorar en silencio.

Pero en ese momento no sentía lástima por él.

Solo sentía vacío.

—Y después hiciste lo peor de todo —continué con la voz rota—. Despreciaste a nuestra hija hasta que murió llamándote.

Él se cubrió el rostro con las manos.

—Para... por favor...

—¡No! ¡Vas a escucharme! Porque yo escuché a mi hija preguntar por qué su papá no la amaba. ¡La escuché llamarte mientras se moría!

Liam cayó de rodillas frente a mí.

Y aquella escena debería haberme destruido.

Años atrás, quizá lo habría hecho.

Pero ahora...

Ahora ya no sentía amor.

Solo resentimiento.

Desprecio.

Dolor.

—Esto, Liam... esto nunca te lo voy a perdonar.

Él lloraba desesperadamente.

—Daría mi vida por volver atrás...

—Pero no puedes volver —respondí con frialdad—. Así que vuelve con tu mujer y con tu hija. Porque ellas sí son tu verdadera familia.

La voz empezó a fallarme.

—Y déjame en paz con mi dolor.

Liam levantó despacio los ojos.

Parecía desesperado.

Perdido.

—¿De verdad te vas?

Respiré hondo antes de responder:

—Mañana me iré para nunca volver.

Él palideció.

—Lilith...

—Y quiero que olvides que alguna vez me conociste. Porque eso es exactamente lo que voy a hacer contigo.

Aquello pareció destruirlo por completo.

Permanecimos unos segundos en silencio.

Entonces vi lágrimas deslizándose por su rostro.

Y en ese instante me di cuenta de una cosa.

El amor que un día sentí por Liam Vanderbilt había muerto junto con mi hija.

Lo que quedaba ahora era solo un hueco vacío dentro de mi pecho.

Él se puso de pie despacio.

Parecía querer decir algo.

Pero no lo dijo.

Tal vez porque al fin había entendido que ya no existían palabras capaces de reparar aquello.

Liam caminó lentamente hasta la puerta.

Y antes de salir, me miró una última vez.

Pero yo no aparté la vista.

No lloré.

No corrí tras él.

Porque aquella noche...

Por fin dejé ir a Liam.

Salió del cuarto en silencio.

Y en cuanto la puerta se cerró detrás de él, entendí que allí terminaba el capítulo más doloroso de mi vida.

El ciclo había terminado.

Y por primera vez en muchos años...

Yo estaba completamente sola en el mundo.

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