El aroma a mantequilla derretida y pan tostado inundaba la pequeña cocina, pero la tensión entre las dos amigas era lo único que realmente se respiraba en el aire. Roberta estaba sentada a la mesa, balanceando los pies con frustración y mirando su teléfono celular como si este tuviera la culpa de todas sus desgracias existenciales.
—Dieciocho años y sigo virgen. Qué feo, de verdad, qué horror —soltó Roberta, dramática, tirando el teléfono sobre la mesa de madera.
Azul ni siquiera se dio la vuelta. Siguió concentrada en la sartén, moviendo la espátula con un ritmo mecánico que delataba su falta de paciencia.
—¿Y qué quieres? ¿Que te haga una pancarta? ¿Te pongo un anuncio en la televisión o qué, Roberta? —respondió Azul, con la voz cargada de un sarcasmo frío y filoso.
Roberta cruzó los brazos sobre el pecho y la miró de reojo, fingiendo indignación.
—Sabes, para ser tan bonita tienes un genio espantoso, Azul. Deberías hacértelo mirar.
—Mmmm, viene con el empaque —replicó Azul, encogiéndose de hombros sin perder el estilo—. Si no te gusta el genio, no te quedas con el empaque. Así de simple.
Roberta resopló, pero una sonrisa maliciosa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, lista para contraatacar donde sabía que le dolería a su amiga.
—Sí, te creo... Pero en todo caso, si me quisieras exhibir con tu pancarta o tu anuncio de televisión, tendría que ser a las dos. Nos iríamos a mitad de precio en la publicidad.
Azul se congeló un segundo, con la espátula en el aire, antes de reanudar su tarea.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Porque tú también eres virgen, mi amor. No te hagas —sentenció Roberta con tono triunfal.
Azul soltó un suspiro largo, apagó la hornilla de la estufa con un clic seco y finalmente se giró para enfrentar a su amiga. Su expresión era de absoluta indiferencia.
—Sí. La diferencia es que a mí no me importa en lo más mínimo. Y ahora, deja de distraerme, que por tu culpa casi se me quema el desayuno.
Roberta abrió los ojos de par en par, genuinamente escandalizada por la actitud de su compañera de cuarto. Para ella, el estatus de su inocencia era una crisis de Estado; para Azul, parecía ser tan relevante como el clima del día anterior.
—¿Cómo que no te importa? ¡Debería de importarte! —exclamó Roberta, levantando las manos.
—¿Por qué? Dame una sola buena razón —desafió Azul, cruzándose de brazos.
—¡Porque cuando te cases, tu marido tiene que saber que eres toda una diosa! —soltó Roberta, como si estuviera recitando una verdad universal e innegable—.
Azul rodó los ojos con tanta fuerza que casi le dolió. Caminó hacia la mesa con dos platos de huevos con tocino y los golpeó levemente al dejarlos caer. Se sentó frente a Roberta, mirándola con una mezcla de lástima y cansancio.
—Rob, en serio, deja de pensar esas cosas. Da miedo escucharte.
—¡Es la realidad! —insistió Roberta, señalando la con el tenedor—.
Azul pensó por un momento y soltó su pensamiento más profundo y sincero . En estos tiempos, aunque vayan de modernos, los hombres siguen buscando mujeres que no estén experimentadas y que sean sumisas. No lo expresan en voz alta porque les da vergüenza, ¡pero te juro que lo piensan!
Roberta soltó una carcajada irónica mientras le untaba mermelada a una tostada.
—Pues qué suerte que a mí no me interese un hombre que busque una esclava sin experiencia. Qué flojera de vida.
—Bueno, tú quédate con tus discursos intelectuales —replicó Roberta, acomodándose en la silla con una mirada soñadora y un brillo de picardía en los ojos—. Porque yo sí quiero. Quiero un hombre alto, muy alto. Con un perfil griego perfecto, de esos que caminan y huelen a peligro puro... mmmm. Que tenga manos fuertes y una cosa grande, suculenta, jugosa...
Azul detuvo la tostada a medio camino de su boca. Miró a Roberta con una ceja levantada, debatiéndose entre la risa y el asco.
—A ver, Roberta... ¿Tú qué quieres? ¿Un hombre o un pedazo de carne para el asado? Porque estás describiendo un filete de exportación, no a un ser humano.
Roberta no se inmutó. Le dio un mordisco a su comida, masticó rápidamente y le dedicó a Azul una sonrisa radiante y cínica.
—Es exactamente lo mismo, mi reina... pero con una cuenta de banco bien gorda. Si viene con dinero, que me lo den término medio.
Azul se llevó una mano a la frente, completamente derrotada por la audacia de su amiga. Sabía que argumentar con Roberta cuando se ponía en ese plan era una batalla perdida desde el inicio. No había lógica que pudiera ganarle a sus fantasías de telenovela.
—Rob, cállate y come, ¿quieres? Por favor —pidió Azul, señalando el plato con la cabeza, rogando internamente por unos minutos de silencio.
Roberta solo se rió, tomó su vaso de jugo y brindó al aire, completamente feliz de haber desquiciado a su amiga una mañana más.
Del otro lado de la ciudad, la realidad era diametralmente opuesta a la tranquila cocina de Azul y Roberta. El lujoso penthouse de cierto heredero de Rusia era la definición exacta del caos total. Las cortinas de seda importada permanecían cerradas, bloqueando cualquier rastro de luz natural, pero no podían ocultar el desastre: botellas de champán vacías rodando por el suelo de mármol, prendas de ropa fina esparcidas por los muebles de diseñador y un aroma denso que mezclaba alcohol caro, perfumes importados y el inconfundible olor a encierro del día siguiente.
Taras cruzó el umbral del enorme piso, esquivando un cojín de terciopelo que yacía en el piso. Se llevó una mano a la nariz, conteniendo una mueca de absoluto desagrado.
—Por Dios, ¿qué pasó aquí? ¿Qué huele así? Qué asco, de verdad —exclamó Taras, elevando la voz mientras avanzaba por el pasillo principal hacia la sala de estar—. ¡Ah, aquí estás! ¡Levántate!
En el centro del sillón principal, medio cubierto por una manta de piel, se encontraba el heredero. Tenía el cabello rubio revuelto, la camisa desabrochada y un brazo tapándole los ojos para protegerse de la mínima claridad que se colaba por las rendijas.
—Mmmm... cállate —gruñó el heredero desde el fondo del sofá, arrastrando las palabras—. Me duele la cabeza... me va a explotar.
—A mí me vale —replicó Taras sin pizca de compasión. Caminó directo hacia el sillón y, sin dudarlo, le plantó una patada firme en la pierna—. Yo no tengo la culpa de que decidieras acabar con todo el alcohol de este país en una sola noche. Así que levántate.
El heredero soltó un quejido dramático, hundiéndose más en los cojines y abrazándose el estómago como si el simple movimiento de Taras le causara náuseas físicas.
—En serio, Taras... me estoy muriendo. No es broma, veo la luz —susurró, con voz ronca y pastosa.
—Pues si eso pasa, no te preocupes, yo me encargo de repatriar tu cuerpo con la tía Nadenka para que te entierre en Moscú —respondió Taras, cruzándose de brazos con una frialdad puramente siberiana—. Pero por el momento, párate, que vamos tardísimo. El chofer ya lleva media hora esperando abajo.
El cumpleañero fallido rodó sobre su costado, quejándose del dolor que el cambio de posición le provocaba en las sienes.
—Huy... uno ya no puede festejar su cumpleaños en paz en este maldito lugar —protestó, estirando los brazos con pereza extrema.
Taras lo miró fijamente, con una ceja levantada y una expresión de absoluta incredulidad.
—Tu cumpleaños fue hace seis meses. Estamos a mitad de año, idiota.
—Pero ya tengo la credencial de aquí —replicó el heredero, sacando de la nada un plástico que brilló débilmente en la penumbra y agitándolo con orgullo—. Ya soy legal en este país. Eso merece un festejo perpetuo.
Taras avanzó un paso, le arrebató el documento de las manos de un tirón y lo guardó en su propio saco. Su rostro se volvió serio por un instante, perdiendo el tono de burla.
—Tu papá te va a matar si se entera de esa cosa. Sabes perfectamente que está prohibido que te metas en estos líos y que llames la atención de la prensa o de las autoridades locales.
El heredero suspiró, pasándose las manos por la cara para intentar espabilarse de una vez por todas. Sabía que su amigo tenía razón; el nombre de su familia pesaba demasiado como para andar jugando a ser un ciudadano común y corriente.
—Sí, mamá, ya lo sé —respondió con fastidio, sentándose por fin en el borde del sofá—. Prometo que no se va a enterar. Nadie dice nada, nadie sabe nada. Oye...
—¿Qué? —preguntó Taras, mientras comenzaba a juntar un par de vasos de cristal de la mesa de centro.
El heredero paseó la mirada por el vacío de la enorme sala, como si buscara un fantasma entre los muebles de lujo.
—¿Y la chica? —preguntó, bajando un poco la voz, denotando una mezcla de frustración y vergüenza.
Taras soltó una risotada limpia y sonora que resonó en las paredes altas del penthouse.
—Jaja, esa se fue al poco rato de que llegaron. Pasó otra vez, ¿verdad?
El heredero se tomó la cabeza con ambas manos, hundiéndose en los hombros. La humillación de la noche anterior empezaba a ganarle al dolor de la resaca.
—Sí... no pude. Te lo juro que traté, Taras. Traté con todas mis fuerzas. Ella estaba ahí, se veía increíble... traía una lencería que, por Dios, no dejaba absolutamente nada a la imaginación. Se suponía que sería la noche perfecta. Pero mi amigo de aquí abajo nada más no se animó. Se quedó dormido antes que yo. Y pues... ella se enojó, me insultó en dos idiomas y se fue.
Taras dejó los vasos en la barra de la cocina integrada y regresó a la sala, mirando a su amigo con una palmada de consuelo en el hombro, aunque sin perder la sonrisa burlona.
—Bueno, no te preocupes. Suele pasar. El exceso de vodka no perdona a ningún hombre, ni al heredero de un imperio.
El rubio levantó la cabeza, fulminándolo con la mirada, visiblemente irritado por la ligereza con la que su amigo se tomaba su tragedia personal.
—Tú lo dices porque eres célibe, eunuco, impotente... o simplemente no te gusta ocuparlo. No entiendes la presión.
Taras soltó otra carcajada, acomodándose los puños de la camisa con una elegancia impecable que contrastaba con la facha de su amigo.
—Jaja, no soy ninguna de esas cosas, te lo aseguro. Y créeme que sí lo ocupo, solo que yo soy sumamente discreto y no ventilo mis asuntos. Y la verdad... me funciona muy bien.
El heredero imitó el tono refinado de su amigo, haciendo muecas infantiles con la boca mientras se ponía de pie con dificultad.
—"Me funciona muy bien, ñññañññañ"... Qué presumido eres. Pásame una aspirina antes de que decida morir de verdad en tu alfombra.
Taras regresó de la cocina a paso rápido, llevando un vaso de agua fría en una mano y dos pastillas efervescentes en la otra. Se detuvo frente al sillón y prácticamente le arrojó los medicamentos a las manos , mirándolo con una severidad que no admitía más quejas.
—Ten, tómate esto. Date un baño rápido y baja. Nos vamos en exactamente cinco minutos —sentenció Taras, cruzándose de brazos y revisando su propio reloj de pulsera con impaciencia.
El rubio miró el vaso con desconfianza, como si el agua fuera a envenenarlo, y luego levantó los ojos hacia su primo, adoptando su mejor cara de cordero degollado. Sabía perfectamente qué hilos mover para negociar con él.
—Dame treinta minutos... —suplicó el heredero, estirando las palabras con pereza—. Treinta minutos y te compro una botella del mejor vodka de exportación que encuentres en este mercado. De ese que te gusta a ti.
—No —respondió Taras de inmediato, sin parpadear.
—Anda... —insistió el rubio, juntando las manos en un gesto de ruego.
—No.
—Anda, sí, sí, sí, sí, no seas malo —repitió como un niño pequeño, balanceándose en el sillón.
Taras suspiró profundamente, frotándose el puente de la nariz. Sabía que si bajaban en ese estado, la reunión de negocios sería un desastre absoluto. Además, la mención de un soborno siempre abría una pequeña ventana de oportunidad si se sabía negociar bien. Miró a su primo de arriba abajo, calculando el costo del retraso.
—Te doy cuarenta y cinco minutos —cedió Taras, apuntándolo con el dedo índice en tono de advertencia—. Cuarenta y cinco minutos exactos, y a cambio me compras el último reloj que acaba de salir al mercado. Ese de la edición limitada que viste en la revista el mes pasado.
El heredero sonrió de oreja a oreja, viendo la victoria prácticamente en sus manos. Cuando se trataba de gastar dinero, a él no le importaba en lo más mínimo el precio, con tal de ganar un poco de tiempo para recuperar la dignidad.
—Una hora completa y te compro dos de esos relojes —contraatacó el rubio, guiñándole un ojo.
Taras guardó silencio durante dos segundos, fingiendo que lo meditaba seriamente, aunque por dentro ya había aceptado la oferta. Dos relojes de esa categoría valían totalmente la pena el retraso ante los socios locales.
—Muévete. Ni un minuto más ni uno menos—advirtió Taras, dándose la vuelta.
—¡Sí! Gracias, gracias, gracias —exclamó el rubio, saltando del sillón con una energía renovada que no parecía propia de alguien con una resaca monumental. Se lanzó hacia Taras y le plantó un sonoro beso en la mejilla—. ¿Quién es el niñero más lindo de este mundo? ¡Mi gruñón favorito!
Taras lo empujó con brusquedad, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano y poniendo una cara de absoluto asco.
—¡Quítate! No me des besos, animal, me dejas toda tu baba en la mejilla. Y te lo he dicho mil veces: no soy tu niñero, soy tu primo. Muévete de una vez antes de que me arrepienta y te baje a rastras por las escaleras.
Taras salió del departamento a paso firme, cerrando la pesada puerta principal detrás de él con un golpe seco. El silencio volvió a reinar en el enorme y caótico penthouse, dejando al rubio completamente solo con el desorden de su fiesta fallida.
La sonrisa del heredero se desvaneció en el acto. Soltó un largo suspiro, tomó el vaso de agua de un solo trago y dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo del sofá. Miró hacia el techo alto y luego bajó la vista hacia su propio cuerpo, frunciendo el ceño con una mezcla de profunda frustración y tristeza.
—Ay... esta vez sí me pasé —habló al aire, en la solemnidad de la sala vacía. Luego, bajó la mirada hacia sus pantalones, dándose una palmada suave en el muslo—. Pero tú también me volviste a fallar, amigo. En serio, ¿cuándo vamos a dejar de ser nuevos?
Se pasó una mano por el rostro, verdaderamente confundido por su propia situación. No entendía qué estaba haciendo mal o qué pasaba con su cabeza y su cuerpo.
—¿Es que no quieres estar con una hermosa chica o qué? Dime, ¿qué es lo que quieres? —continuó su monólogo, reprochándose a sí mismo—. Te he dado de todo. Te he puesto enfrente a modelos de pasarela internacional, a las hijas de los jefes de los clanes más importantes de nuestra tierra, te he traído actrices famosas... de todo. Y tú, nada más no quieres reaccionar.
Caminó hacia el gran ventanal del penthouse, mirando el horizonte de la ciudad. El sol de la mañana empezaba a golpear los cristales, obligándolo a entrecerrar los ojos. La presión familiar y el peso del apellido le cayeron encima de golpe.
—A este paso no voy a dar descendencia nunca. Mi padre me va a desheredar si se entera de esto. Dieciocho años y sigo nuevo... Qué feo, de verdad, qué horror. Y para colmo de males, feo no soy. Sé perfectamente lo que valgo y lo que provoco. Pero aquí sigo, invicto por las razones equivocadas.
Con un último suspiro de resignación, el heredero caminó a paso lento hacia el baño principal, desabrochándose los botones de la camisa que le quedaban y preparándose para enfrentar el agua fría, con la esperanza de que el baño no solo le quitara la resaca, sino también la racha de mala suerte que lo perseguía.
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