El aire en el apartamento de la calle Valencia siempre había olido a jazmín y a la promesa de un futuro compartido. Pero esa noche, el aroma era denso, viciado por una extraña electricidad que erizaba la piel de Ariana. Había regresado antes de lo previsto; la cena de aniversario que su novio, Mateo, supuestamente estaba organizando en un restaurante exclusivo, resultó ser una mentira de último minuto. Un mensaje de texto cancelando todo por una "reunión de emergencia" había sido la mecha que encendió una duda que Ariana llevaba meses intentando apagar.
Caminó por el pasillo en silencio, con los tacones en la mano. El apartamento estaba en penumbra, a excepción de una luz mortecina que se filtraba desde la habitación principal. Entonces, lo escuchó. No era el sonido de un informe de oficina ni el tecleo de una computadora. Era una risa. Una risa que conocía tan bien como la suya propia: la de Elena, su mejor amiga desde la infancia.
Ariana sintió un frío glacial recorrer su columna. Empujó la puerta, esperando, rezando por estar equivocada. Pero la realidad la golpeó con la fuerza de un naufragio.
Allí, entre las sábanas de hilo que ella misma había elegido para su hogar, estaban ellos. Mateo, el hombre con el que planeaba envejecer, y Elena, la mujer que había sostenido su mano en cada crisis.
—¿Ariana? —Mateo se incorporó de golpe, el pánico desdibujando su rostro.
Elena ni siquiera tuvo la decencia de cubrirse de inmediato. Sus ojos, antes llenos de complicidad fraternal, ahora reflejaban una mezcla de lástima y triunfo.
—No es lo que parece… —comenzó Mateo, la frase más patética de la historia.
—¿No es lo que parece? —La voz de Ariana salió como un susurro roto, antes de convertirse en un grito que desgarró el aire—. ¡Estás en nuestra cama! ¡Con ella! Hoy es nuestro quinto aniversario, Mateo. El día en que íbamos a hablar de finalmente intentar la fertilización in vitro de nuevo.
—Ari, por favor, escúchalo —intervino Elena, con una calma que resultaba insultante—. Las cosas entre ustedes no estaban bien. Tú estás obsesionada con ser madre, te has convertido en una sombra que solo vive para contar días de ovulación. Él necesitaba aire.
Ariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Obsesionada? —Ariana se acercó a la cama, sus manos temblaban de furia pura—. He pasado tres años sometiendo mi cuerpo a hormonas, a pinchazos, a la decepción de ver cada prueba negativa mientras tú me consolabas… ¿mientras planeabas esto con él?
—No lo planeamos, simplemente pasó —dijo Mateo, tratando de recuperar algo de dignidad mientras se ponía los pantalones—. Ariana, mírate. Estás rota. No puedes darme una familia, y yo… yo no puedo seguir viviendo en este luto perpetuo por niños que no existen.
Ese fue el golpe final. No fue la infidelidad física lo que terminó de romperla, fue la crueldad de usar su mayor dolor como arma. Ariana retrocedió, golpeando la cómoda donde descansaba una foto de los tres en unas vacaciones pasadas. La tomó y la estrelló contra el suelo. El cristal se hizo añicos, igual que su vida.
—Tienen diez minutos para salir de aquí —dijo Ariana, su voz ahora era un témpano de hielo—. O llamaré a la policía y diré que hay intrusos.
—Ariana, es mi apartamento también —replicó Mateo.
—Tú pusiste el depósito, pero yo puse el alma. Y si no te vas ahora mismo, juro por Dios que destruiré cada cosa que te importa antes de que salga el sol. ¡Lárguense!
Elena se levantó con desparpajo, recogiéndolo su vestido del suelo.
—Vámonos, Mateo. Deja que se quede con sus paredes vacías. Al final, es lo único que va a tener.
Cuando la puerta principal se cerró con un eco definitivo, Ariana se desplomó en el suelo. El silencio del apartamento era ensordecedor. Se abrazó a sí misma, llorando hasta que no quedaron lágrimas, hasta que el dolor se transformó en una resolución fría y oscura.
Se puso de pie, se lavó la cara con agua helada y miró su reflejo en el espejo. Las palabras de Mateo —*"No puedes darme una familia"*— resonaban en su cabeza como una maldición.
—Vas a ver de lo que soy capaz —susurró al espejo.
Tomó su bolso, las llaves de su coche y su teléfono. No llamó a nadie. No buscó consuelo. Buscó una solución. Sabía que había una clínica de fertilidad de élite que atendía emergencias y casos privados las 24 horas. Si el destino le había arrebatado el amor, ella le arrebataría al destino su deseo de ser madre, bajo sus propios términos.
Conducir por la ciudad a las tres de la mañana se sentía como viajar por un mundo post-apocalíptico. Al llegar a la clínica, una estructura de cristal y acero que brillaba bajo la luna, Ariana entró con la determinación de quien no tiene nada más que perder.
En la recepción, una enfermera de ojos cansados la miró con sorpresa.
—Buenas noches, ¿tiene cita?
—No. Pero tengo el dinero y la urgencia. Quiero iniciar un proceso de inseminación. Ahora mismo.
Tras una hora de trámites, formularios firmados con manos temblorosas y una evaluación rápida, Ariana se encontró frente a una doctora que parecía procesar los documentos con una eficiencia mecánica.
—Bien, Ariana. Entiendo que es una decisión impulsiva, pero legalmente estás en tu derecho si los fondos están disponibles —dijo la doctora, revisando una tableta—. Has marcado aquí que no deseas donantes con rasgos de linaje Alfa o cambiaformas. ¿Es correcto?
Ariana asintió con firmeza.
—Quiero una vida tranquila. Un bebé humano. Nada de complicaciones, nada de naturalezas dominantes ni mundos que no comprendo. Solo yo y mi hijo.
—Entiendo —respondió la doctora, aunque sus dedos se movieron con una rapidez descuidada sobre la pantalla táctil—. Prepararemos la muestra del catálogo humano estándar.
Lo que Ariana no vio, perdida en su propio torbellino de dolor, fue que el sistema de la clínica estaba sufriendo una actualización de red. Un pequeño icono de error parpadeó en la esquina superior de la tableta. La casilla que Ariana había marcado como "Humano" se deslizó hacia abajo por un fallo de la interfaz, seleccionando en su lugar un perfil sombreado en dorado, una muestra que nunca debería haber estado en el catálogo general.
Era la muestra de **Alexander Blackwood**, guardada bajo estrictos protocolos de seguridad y anonimato, destinada supuestamente a una investigación genética de élite, no a una inseminación accidental.
Ariana fue llevada a la sala de procedimientos. Mientras miraba las luces blancas del techo, solo pensaba en una cosa: mañana sería el primer día de su nueva vida. Una vida donde nadie volvería a decirle que no era suficiente.
No sabía que, en ese preciso instante, una semilla de poder absoluto, de una naturaleza antigua y feroz, estaba siendo plantada en su vientre. No sabía que acababa de vincularse con el hombre más peligroso del continente.
La traición de Mateo había sido el fin de su mundo, pero el error de esa noche sería el comienzo de una guerra que ella nunca pidió, pero que Alexander Blackwood estaba destinado a ganar.
El eco de la puerta cerrándose al entrar en su apartamento fue el sonido más pesado que Ariana había escuchado jamás. El lugar, que hasta hacía unas horas compartía con el hombre que creía amar, ahora se sentía como una tumba de cristal. Las luces de la ciudad se filtraban por los ventanales, proyectando sombras largas sobre el suelo de madera.
Se movió mecánicamente, con el cuerpo entumecido tras el procedimiento en la clínica. Aún podía escuchar la voz pausada y profesional de la doctora: *"El proceso ha sido un éxito, Ariana, pero la concepción biológica puede tardar algunos días en ser definitiva. Tu cuerpo necesita calma. Ten paciencia, descansa y deja que la naturaleza haga su trabajo"*.
—Paciencia... —susurró Ariana para sí misma, acariciando su vientre aún plano con una mezcla de esperanza y temor.
Se dejó caer en la cama, sin siquiera quitarse la ropa. El cansancio emocional era superior al físico. Cerró los ojos, intentando borrar la imagen de Mateo y Elena, sustituyéndola por la posibilidad de esa pequeña vida que, con suerte, empezaba a florecer en su interior. En ese estado de duermevela, el silencio de la habitación se convirtió en su único refugio.
Pasaron las horas hasta que un rayo de sol matutino la obligó a despertar. El dolor seguía ahí, pero la determinación de no dejarse vencer era más fuerte. Necesitaba orden, necesitaba un plan y, sobre todo, necesitaba ingresos para la nueva vida que planeaba construir sola.
Se levantó con cuidado, recordando la advertencia de la doctora, y preparó una taza de té antes de sentarse frente a su computadora. Al abrir su bandeja de entrada, un correo nuevo resaltaba sobre las notificaciones de redes sociales y los mensajes de disculpa que Mateo no dejaba de enviar y que ella borraba sin leer.
El asunto del correo decía: **"Propuesta de empleo: Niñera Interna - Residencia Blackwood"**.
Ariana sintió un vuelco en el corazón. Había postulado a través de una prestigiosa página web de niñeras días atrás, casi por instinto, atraída por el alto salario y la ubicación retirada que prometía la oferta.
> **Estimada Srta. Ariana,**
> Hemos revisado su perfil y su experiencia previa en cuidado infantil. Nos gustaría agendar una entrevista presencial para el puesto de niñera del joven Ethan. El Sr. Blackwood requiere una persona con absoluta discreción y dedicación.
> Por favor, preséntese mañana a las 10:00 AM con su currículo actualizado y referencias en la siguiente dirección:
> **Mansión Blackwood - Camino de la Cumbre, Sector 7.**
> En caso de dudas, puede contactar a la Sra. Martha, ama de llaves principal, al número adjunto.
Ariana buscó la ubicación en el mapa. Era una zona boscosa, exclusiva, alejada del ruido de la ciudad y, lo más importante, de cualquier lugar donde pudiera encontrarse con su pasado. No conocía al tal Alexander Blackwood, el anuncio mencionaba que era un empresario que viajaba constantemente, lo cual le pareció perfecto: un jefe ausente significaba menos preguntas sobre su estado de salud.
—Mansión Blackwood —leyó en voz alta.
No sabía que Martha, la mujer que la entrevistaría, era la antigua nana del Alfa y su persona de mayor confianza. Tampoco sabía que, mientras imprimía su currículo, el "error" de la clínica ya estaba empezando a cambiar su metabolismo. Una pequeña chispa de energía, una fuerza que no pertenecía al mundo humano, estaba reclamando su lugar en su vientre.
Ariana cerró la computadora. Mañana iría a esa mansión. Mañana empezaría a trabajar para el hombre que, sin saberlo, ya era el dueño del secreto que ella llevaba dentro.
Se acostó de nuevo, esta vez con una pequeña sonrisa. El destino le estaba abriendo una puerta, y ella estaba dispuesta a cruzarla, sin sospechar que al otro lado la esperaba el lobo.
La mañana del lunes nació con un cielo pálido y una brisa que obligó a Ariana a ajustarse su abrigo de lana. Frente al espejo del recibidor, se aseguró de que su aspecto fuera impecable. Llevaba una blusa blanca de seda, pantalones de vestir oscuros y el cabello recogido en un moño bajo que le confería un aire de profesionalismo y serenidad. Se aplicó un poco más de rubor; el cansancio de las últimas noches y el sutil revuelo que sentía en su sistema —un cosquilleo extraño en la base de su vientre— la hacían lucir algo más pálida de lo habitual.
—Solo es una entrevista, Ariana. Un nuevo comienzo —se susurró a sí misma, evitando mirar la maleta que ya tenía preparada en su habitación, por si acaso.
Pidió un taxi a través de la aplicación. Mientras esperaba, sintió una punzada de náusea que la obligó a sentarse un momento. "Es el estrés", pensó, recordando las palabras de la doctora en la clínica. No podía permitirse mostrar debilidad. Nadie en la mansión debía saber sobre la inseminación; para el mundo, ella era simplemente una mujer joven buscando estabilidad laboral.
El taxi llegó diez minutos después. El conductor, al ver la dirección en el GPS, la miró por el retrovisor con una ceja levantada.
—¿Va a la Cumbre, señorita? Es una zona privada. Los guardias en la entrada principal suelen ser bastante estrictos.
—Tengo una entrevista de trabajo —respondió ella, mirando por la ventana cómo los edificios de la ciudad se transformaban gradualmente en frondosos bosques de pinos y robles.
A medida que el vehículo ascendía por el Camino de la Cumbre, la civilización parecía desvanecerse. Al llegar a la entrada de la propiedad, un imponente portón de hierro negro con el emblema de una cabeza de lobo estilizada les cerró el paso. Tras una breve verificación de su nombre en una lista digital, el portón se deslizó sin hacer ruido. La mansión apareció al final de un sendero flanqueado por estatuas de piedra: una estructura gótica moderna, de piedra oscura y ventanales inmensos que parecían observar todo lo que se acercaba.
Al bajar del taxi, Ariana sintió que el aire allí arriba era diferente. Era más puro, cargado de un aroma a bosque y a algo más... algo antiguo y dominante que la hizo estremecer.
Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme de ama de llaves impecable y un delantal perfectamente almidonado, la esperaba en la entrada. Su rostro era una mezcla de severidad y calidez maternal.
—Buenos días, Srta. Ariana. Soy Martha —dijo la mujer, extendiendo una mano firme—. He estado esperando su llegada. Pase, por favor.
El interior de la mansión era aún más imponente que el exterior. Techos altos, alfombras que amortiguaban cada paso y un silencio que solo era roto por el tic-tac de un reloj de pie. Martha la guio hacia una oficina decorada con madera de caoba.
—El Sr. Alexander Blackwood se encuentra actualmente en el extranjero cerrando un acuerdo comercial de gran importancia —explicó Martha mientras tomaba asiento frente a ella—. No regresará hasta dentro de una semana. Por ello, él ha delegado en mí la responsabilidad de seleccionar a la persona adecuada para cuidar de lo más valioso que tiene: su hijo, Ethan. Yo fui la nana de Alexander cuando era pequeño, así que sé exactamente lo que esta familia necesita.
Ariana entregó su currículo, tratando de que sus manos no temblaran. Martha lo revisó con una mirada analítica.
—Su experiencia es sólida, pero este no es un empleo de oficina, Ariana. Buscamos a alguien que sea la sombra y el apoyo de Ethan. Como decía el anuncio, el puesto es de **interna**. Usted vivirá aquí de lunes a viernes. Tendrá su propia suite junto a la habitación del niño. Sus salidas serán los sábados por la mañana y deberá estar de regreso el lunes a primera hora. ¿Es esto un problema para usted?
—En absoluto —respondió Ariana con firmeza—. De hecho, busco la estabilidad que ofrece un puesto de interna. Estoy totalmente dispuesta a dedicarme al cuidado del niño.
Martha asintió, satisfecha.
—Sus tareas incluyen supervisar sus comidas —Ethan tiene una dieta muy específica y rica en proteínas—, ayudarlo con sus estudios básicos, acompañarlo en sus juegos y, lo más importante, velar por su seguridad. Esta casa es grande y Alexander es un hombre con muchos enemigos y responsabilidades. La discreción es nuestra ley máxima. Jamás se habla de lo que sucede dentro de estos muros.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió con un estrépito. Un niño pequeño, de unos cinco años, entró corriendo. Tenía el cabello oscuro y unos ojos intensos, de un color gris azulado que recordaban a una tormenta en el mar. Ariana sintió una extraña descarga eléctrica al verlo; había algo en la mirada del pequeño que le resultaba inquietantemente familiar, aunque no sabía por qué.
—¡Martha! ¡Dijo que hoy vendría alguien nuevo! —exclamó el niño, deteniéndose en seco al ver a Ariana.
—Ethan, recuerda tus modales —lo reprendió Martha con suavidad, pero con una sonrisa—. Ella es Ariana. Podría ser tu nueva niñera.
Ariana se puso a la altura del niño y le sonrió con una ternura genuina.
—Hola, Ethan. He oído que eres muy valiente cuidando esta mansión mientras tu papá no está.
El niño la observó con una curiosidad felina. Se acercó un poco y, de repente, arrugó la nariz, olfateando el aire cerca de ella. Ariana se tensó. ¿Acaso podía oler su miedo? ¿O tal vez el cambio químico que estaba ocurriendo en su interior?
—Hueles... diferente —dijo Ethan, ladeando la cabeza—. Hueles a flores, pero también a algo cálido. Me gusta.
Martha intercambió una mirada rápida con el niño, una que Ariana no supo interpretar.
—Los niños tienen instintos muy agudos en esta casa, Ariana —comentó el ama de llaves—. Parece que ya tienes su aprobación, y eso es el noventa por ciento del trabajo.
Tras una hora más de conversación sobre los protocolos de la casa, Martha se puso de pie.
—El puesto es suyo, Srta. Ariana. Puede empezar hoy mismo. Si tiene sus cosas en la ciudad, podemos enviar a un conductor por ellas, o si las trae consigo, podemos instalarlas ahora. El sueldo es el doble de lo que marca el mercado, debido a la exclusividad y el régimen de internado.
—He traído una maleta pequeña, el resto puedo traerlo el próximo lunes —dijo Ariana, sintiendo un alivio inmenso. El salario le permitiría ahorrar lo suficiente para su futuro hijo, y la seguridad de la mansión la mantendría lejos de Mateo.
—Excelente. Venga, le mostraré sus aposentos. Alexander llamará esta noche para recibir mi informe. Le sugeriría que se familiarice con la rutina de Ethan de inmediato.
Mientras subía las escaleras siguiendo a Martha y Ethan, Ariana se acarició el vientre por encima de la tela de su pantalón. "Lo logramos", pensó. Estaba a salvo en una fortaleza de piedra, trabajando para un hombre que no conocería en una semana. Tenía tiempo para procesar su embarazo en secreto, para fortalecerse.
Lo que Ariana no sabía es que los instintos de los Blackwood no eran simples corazonadas infantiles. Mientras ella se instalaba en su lujosa habitación, Ethan corría hacia la ventana a ver el bosque, sintiendo una conexión que no podía explicar. Y a miles de kilómetros de allí, en una oficina acristalada en Londres, Alexander Blackwood sintió una punzada repentina en el pecho, una llamada de su lobo que le exigía regresar a casa antes de lo previsto. Algo había cambiado en su territorio. Alguien había entrado en su hogar, y su sangre ya empezaba a reconocerla.
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