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Lecciones De Seducción

Max y su comienzo

La residencia de los Vogel no era un hogar; era un monumento al éxito. Paredes de mármol negro, ventanales que devoraban la luz de la ciudad y un silencio que Max cultivaba como si fuera su posesión más preciada.

Esa noche, sin embargo, el silencio estaba muerto.

Max bajó las escaleras de caracol ajustándose los puños de su camisa de seda. El eco de unas risas agudas y una música demasiado alegre para su gusto golpeaba las paredes del salón principal. Al llegar al último peldaño, se detuvo.

Allí estaba ella.

Poli estaba sentada en la alfombra persa, con las piernas cruzadas y una copa de vino en la mano. El desordenado moño que llevaba apenas lograba contener una cascada de cabello pelirrojo, encendido y vibrante, que parecía absorber la poca luz cálida del salón. Luca reía a su lado, señalando algo en una tableta. El contraste era casi ridículo: Poli, con su suéter de punto demasiado grande que hacía resaltar aún más el tono de su pelo y su piel clara, parecía una llamarada de color en el mundo monocromático y gris de Max.

—Te lo digo en serio, Poli —decía Luca entre risas—, si entras mañana a la oficina con esa actitud, mi hermano va a tener un infarto antes del mediodía.

—Tu hermano necesita un infarto, o al menos un susto —respondió ella con esa voz vibrante que a Max siempre le recordaba a una mañana de verano—. Tiene la cara tan tensa que parece que sus facciones se van a romper. Y ese pelo... es tan... aburrido. No como el tuyo, que tiene vida propia.

—Mi cara está perfectamente, Poli. Y mis oídos también.

La voz de Max, profunda y cargada de una frialdad cortante, hizo que ambos saltaran. Poli se giró, y por un microsegundo, su sonrisa flaqueó al encontrarse con la figura imponente de Max bajo la luz de la lámpara de araña. Él se veía como un dios griego de negocios: letal, impecable y absolutamente inalcanzable y su sonrisa se borró sabía que Max era un muy serio y egocéntrico.

—¡Max! —Luca se levantó, ajeno a la electricidad estática que acababa de llenar la habitación—. Estábamos celebrando. Mañana es el gran día. Ya instalamos el escritorio de Poli en tu antecámara. Estará literalmente a dos metros de ti.

Max sintió un tic en la mandíbula. ¿Dos metros? Iba a tener esa llamarada pelirroja en su campo de visión todo el día. Iba a oler su perfume de vainilla. Iba a escuchar su risa a través de la puerta. Iba a ser una tortura.

—Espero que también hayas instalado un manual de silencio —dijo Max, acercándose al bar para servirse un whisky puro—. En mi oficina se trabaja, no se juega.

—No te preocupes, Max —dijo ella, y esta vez su tono no era de burla, sino de un desafío suave que lo irritó profundamente—. Sé perfectamente a qué voy. Luca me ha hablado de tus "estándares". Pero el silencio absoluto solo sirve para las bibliotecas y los funerales. En una oficina con alma, hay ruido, además voy hacer muy formal ya lo verás.

Max dejó la botella sobre la barra con un golpe seco. Se giró hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Poli tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. A esa distancia, el cabello pelirrojo de ella parecía desprender calor propio.

—En mi oficina —recalcó él con voz baja y peligrosa—, el alma es la rentabilidad. Y tú eres una pasante que está ahí por un favor familiar. No esperes trato especial, ni risitas, ni mucho menos que soporte ese desorden que llamas peinado. Mañana a las siete, Poli. Ni un minuto más.

— Eso ya lo se, no tienes por qué ser tan pesado.— dijo poli sonriendo.

— Vamos no comiencen a pelear como siempre.— dijo luca.

Max ignoró el comentario de su hermano, manteniendo sus ojos fijos en los de Poli. Esa sonrisa de ella, tan despreocupada y llena de vida, era exactamente lo que él no toleraba: una distracción que no podía cuantificar ni controlar.

—No es una pelea, Luca. Son las reglas de mi casa y de mi empresa —replicó Max, dando un sorbo a su whisky sin apartar la vista de la joven pelirroja—. Si ella quiere ser "formal", que empiece por entender que el tiempo es el activo más caro que tengo. Y me está haciendo perderlo ahora mismo.

Poli soltó una pequeña risa, una que no llegó a ser burlona, sino más bien... compasiva. Como si supiera algo de Max que él mismo ignoraba.

—Mañana a las siete estaré ahí, Max.

 Con el pelo bajo control y la formalidad que tanto te obsesiona —dijo ella, levantándose de la alfombra con una agilidad que hizo que su melena cobriza bailara sobre sus hombros—. Pero no me pidas que apague mi luz solo porque tú prefieres vivir en las sombras. Sería un desperdicio, ¿no crees?

Max apretó el vaso de cristal.

—Lo que tú llamas "luz", yo lo llamo falta de disciplina. Vete a dormir. No quiero quejas mañana sobre el tráfico o el despertador.

—Descansa tú también, Max —respondió Poli, caminando hacia la escalera. Al pasar junto a él, el aroma a vainilla y frescura volvió a invadir su espacio personal—. Parece que te hace falta y no te preocupes en cuanto encuentre un departamento me iré de tu casa.

Luca miró a su hermano y luego a su mejor amiga, soltando un suspiro resignado.

—Mañana va a ser un día largo... Buena suerte a los dos. La van a necesitar.

— Ella necesitará mucha suerte.— dijo Max terminando su bebida.

—¿Escuchaste eso? —preguntó Luca, rompiendo el silencio una vez que Poli desapareció en el pasillo superior—. Se va a ir. En cuanto consiga su primer sueldo, volará. Deberías estar feliz, es lo que querías, ¿no?

capitulo 2 el mundo de poli

Para el mundo, Poli era una explosión de risas y inteligencia, pero por dentro, estaba hecha de acero templado.

Su alegría no era gratuita; era una armadura que había aprendido a forjar en una pequeña casa donde el olor a alcohol barato de su padre siempre intentaba asfixiar las esperanzas. Recordaba las noches en vela, escuchando los pasos erráticos de un hombre que había perdido el rumbo hace años maltratando a su madre, y el sonido constante del despertador de su madre a las cuatro de la mañana.

Su madre, una enfermera de manos agrietadas por el desinfectante y ojos cansados por los turnos dobles, había sido su única brújula. Ella había hecho lo imposible: coser uniformes usados para que parecieran nuevos, saltarse comidas para pagar libros de texto y, finalmente, entregarle todos sus ahorros en un sobre arrugado con una sola instrucción: "Vete a Nueva York, Poli. No mires atrás. Conviértete en alguien a quien nadie pueda apagar".

Por eso, cuando Max Vogel la miraba con desprecio desde su trono de mármol, Poli no se intimidaba. Ella ya había visto a los monstruos de verdad, y no vestían trajes de tres piezas ni olían a colonia cara; olían a derrota y resentimiento.

Esa fortaleza interna de Poli es lo que la hace realmente peligrosa para alguien como Max. Él está acostumbrado a que la gente se doblegue ante su dinero o su poder, pero no entiende que para Poli, un jefe gruñón en una oficina de lujo es un juego de niños comparado con lo que ella ya ha sobrevivido.

...****************...

A la mañana siguiente poli miró toda su ropa y escogió algo que parecía formal se dió un bañó y se arregló enseguida Luca la llevaría a su primer día.

Luca la esperaba en la cocina con dos cafés y una sonrisa nerviosa.

—¿Lista para entrar en la cueva del león? —preguntó él, entregándole su taza—. Max está de un humor... bueno, es Max. Dice que si llegas un segundo tarde te hará archivar documentos en el sótano.

—Que lo intente —respondió Poli con una chispa de travesura—. He lidiado con cosas peores que un hombre con un traje caro y mal humor.

— Max, es muy arrogante no entiendo por qué siempre te molesta.— dijo Luca mientras arreglaba mi cabello.

Luca pasó sus dedos por un mechón rebelde de aquel cabello pelirrojo, acomodándolo con una ternura que solo un mejor amigo —casi un hermano— podía tener. Poli suspiró, sintiendo por un momento que la calidez de Luca era el escudo perfecto antes de enfrentarse al hielo de Max.

—Me molesta porque no puede controlarme, Luca —respondió Poli, tomando un sorbo de café y disfrutando del amargor que la terminaba de despertar—. Tu hermano está acostumbrado a que el mundo sea un tablero de ajedrez donde él mueve todas las piezas. Yo soy la única pieza que no sabe dónde colocar, y eso lo vuelve loco, desde que éramos niños el siempre es así.

—Pues prepárate, porque hoy el tablero es su oficina —advirtió Luca con una mueca—. Y en su terreno, él no juega limpio y lo sabes Pero tranquila por qué hablaré con mi papá para que el no te pueda tocar.

—No por favor, estoy muy avergonzada con tus padres, todavía les tengo que pagar la matrícula.— dijo poli suspirando.

— Ya te dije que lo olvides yo lo pagaré será mi regalo de cumpleaños.— dijo Luca con una sonrisa.

— basta eso, no está en discusión, no quiero que Max o tus papás piensen que me aprovecho de ti, ahora mejor vámonos antes que tú hermano me corra sin siquiera haber firmado mi contrato.— dijo poli.

Luca soltó una carcajada suave, admirando una vez más esa terquedad que tanto caracterizaba a su amiga. Sabía que, para Poli, el honor era lo único que nadie había podido quitarle en la vida

—Está bien, jefa. No se hable más... por ahora —dijo Luca, tomando las llaves de su deportivo—. Pero prepárate, porque si Max ve que llegas conmigo, su nivel de arrogancia subirá tres puntos solo por pura competencia fraternal.

la empresa

El edificio de Vogel Enterprises se alzaba como una torre de marfil moderna en el corazón del distrito financiero. Al entrar, el lujo era demaciado: mármol blanco, seguridad privada con rostros de piedra y un silencio que parecía ensayado. Para Poli, aquel lugar no era imponente; era simplemente un escenario más donde tendría que destacar si quería sacar a su mamá del infierno donde la tenía su padre.

Al llegar al piso ejecutivo, las puertas del ascensor se abrieron con un siseo casi imperceptible. Max ya estaba allí. No sentado, sino de pie frente al enorme ventanal de su oficina, de espaldas a la entrada, con un teléfono en la oreja y la otra mano metida en el bolsillo de su pantalón de sastre azul.

—Setenta y dos segundos tarde —la voz de Max, amplificada por el intercomunicador de la recepción, sonó como un látigo—. Luca, a tu oficina. Tienes una junta con los inversores de Singapur en diez minutos.

Max se giró lentamente. Sus ojos, de color verde, recorrieron a Poli de arriba abajo. Se detuvo un segundo extra en el brillo de su cabello pelirrojo, que hoy parecía más encendido que nunca en contraste con su ropa la cual la hacía ver más sexy y sofisticada, y en la determinación de su mirada.

—Y tú —continuó Max, ignorando el saludo de su hermano—, ahí tienes tu escritorio. Tienes trescientos folios de la auditoría del Grupo Lozano. Quiero un análisis de riesgos y una comparativa de activos antes de las diez de la mañana. Si a las diez y un minuto no está en mi mesa, puedes irte buscando otro lugar donde "no aprovecharte" de nadie.

Luca le lanzó a Poli una mirada de disculpa y le apretó el hombro antes de alejarse. Poli no se inmutó. Caminó hacia su puesto, dejó su bolso con calma y se sentó frente a la montaña de documentos.

—Buenos días para ti también, Max —dijo ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No te preocupes por el reloj. He pasado noches enteras descifrando facturas de hospital mucho más complicadas que tus jueguitos financieros. Te veré a las diez y te haré tragar tus palabras.

Poli se sumergió en el trabajo. Sus dedos volaban sobre el teclado y sus ojos escaneaban los números con una velocidad voraz. A las 9:55 a.m., se levantó, alisó su falda formal y entró al despacho de Max sin llamar a la puerta.

Dejó un sobre impecable sobre el mármol negro de su escritorio, sin prestar atención que Max estaba con David su mejor amigo y un hombre multimillonario Pero no más que Max

—Nueve y cincuenta y cinco —sentenció ella—. Lozano está inflando su patrimonio con propiedades que tienen embargos preventivos. Si firmas ese contrato de fusión, estarás heredando tres demandas laborales y un agujero fiscal en el extranjero.

Max no se movió. Sus ojos de acero pasaron del informe a los labios de Poli, que aún mantenían esa curva de victoria, y luego a David, cuya expresión de fascinación evidente empezó a irritarlo de una manera irracional.

—Vaya, Max... —dijo David, rompiendo el hielo con una sonrisa depredadora mientras se ponía en pie para inspeccionar a poli de cerca—. No me habías dicho que habías contratado a una genio. Y mucho menos que el talento venía en un empaque tan... espectacular y refinado.

—David, cállate —escupió Max, su voz más ronca de lo normal—. Y tú... ¿cómo has conseguido los datos del agujero fiscal? Ese anexo estaba encriptado en los archivos de la auditoría externa.

—Digamos que tengo poca paciencia para los candados, Max —respondió Poli, cruzándose de brazos, lo que acentuó la sofisticación de su atuendo—. Además, cuando has crecido viendo cómo los cobradores disfrazan facturas para engañar a la gente pobre, todo se vuelve fácil.

Max se levantó lentamente, rodeando el escritorio de mármol. Ignoró por completo a David, que los observaba como si estuviera viendo la mejor película del año, y se detuvo frente a Poli. La diferencia de altura la obligó a inclinar la cabeza, pero no retrocedió.

—Has tenido suerte, pelirroja —susurró Max, tan cerca que ella pudo sentir el calor de su cuerpo—. Pero en este mundo, la suerte se agota rápido.

—No fue suerte, Maximiliano. Fue inteligencia. Esa que creías que me faltaba por ser la amiga de tu hermano —le devolvió ella, sosteniéndole la mirada con un desafío ardiente.

—¿Maximiliano? —David soltó una carcajada, acercándose a Poli y extendiéndole una mano con anillos de oro—. Me agradas. Soy David, ¿Cómo dijiste que te llamabas?

Poli estaba a punto de responder cuando la mano de Max se interpuso, sujetando la muñeca de David antes de que pudiera tocar a la chica.

—Se llama "mi empleada" —sentenció Max con una posesividad que ni él mismo entendió—. Y tiene mucho trabajo que hacer. Fuera de aquí, David. La reunión terminó.

David arqueó una ceja, mirando la mano de su amigo y luego la cara de tensión de Max. Una chispa de comprensión brilló en sus ojos.

—Oh, ya veo. El Rey del Hielo ha encontrado algo que quema. Nos vemos luego, preciosa. Espero que Max no sea demasiado... "pesado" contigo.

— No me digas así por favor, me llamo poli.— dijo ella mirando a David.

David soltó una carcajada encantado, ignorando la mirada asesina que Max le lanzaba.

—Poli... —repitió David, saboreando el nombre mientras retrocedía un paso, levantando las manos en señal de rendición ante la hostilidad de su amigo—. Un nombre dulce para una mujer que claramente con carácter.

—Fuera, David. Ahora —ordenó Max, con la voz vibrando en una frecuencia peligrosa.

—Ya me voy, ya me voy. No hace falta que me corras, Max, el mensaje quedó clarísimo —David le guiñó un ojo a Poli antes de salir al pasillo, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una tensión que hacía que el aire en la oficina pesara toneladas.

Max cerró la puerta con un golpe seco y se giró hacia Poli. Se quedó en silencio un momento, recorriéndola con esos ojos verdes que ahora parecían oscurecidos por una tormenta interna. Le molestaba que hubiera impresionado a David, le molestaba que no hubiera bajado la mirada ante él y, sobre todo, le molestaba lo bien que se veía con ese atuendo sofisticado pues era la primera vez que veía bien a poli después de la preparatoria.

—No vuelvas a interrumpir una reunión así —dijo Max, dando un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Poli pudo notar el ligero aroma a tabaco y sándalo de su traje—. Y no uses tu nombre de pila con mis socios. Aquí eres la señorita...

—Soy Poli —lo interrumpió ella, dando un paso adelante en lugar de retroceder, desafiando su táctica de intimidación—. No voy a permitir que me conviertas en un número o en un título gris solo porque te asusta que tenga personalidad. Hice el trabajo, Max. Encontré el fraude que tus expertos no vieron. Si quieres una máquina, cómprate una computadora nueva. Si quieres resultados, me tienes a mí, solo dejame trabajar.

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