El mármol bajo sus pies estaba frío, casi tanto como el aire que se filtraba entre las cortinas de seda de la mansión. Kassandra descendió las escaleras con lentitud, los dedos rozando el pasamanos de ébano como si buscara algo a qué aferrarse. El vestido azul noche, ceñido a su cintura antes de caer en un fluido remolino hasta sus tobillos, había sido su elección, la única que le habían dejado hacer ese día. El tejido, suave como el tacto de un amante que nunca tuvo, se pegaba a sus caderas al moverse, recordándole con cada paso que su cuerpo era un objeto de exhibición, no de placer. Sus pechos, altos y firmes bajo el escote en V, se alzaban con cada respiración contenida, como si el simple acto de inhalar fuera un desafío. El cabello castaño, normalmente recogido en un moño impecable, caía ahora en ondas desordenadas sobre sus hombros, como si hasta los rizos se hubieran rendido al peso de la rutina.
La mesa del comedor estaba puesta para dos. Los cubiertos de plata brillaban bajo la luz tenue de los candelabros, reflejando destellos que bailaban sobre el mantel de lino blanco. Solo un plato había sido usado, el de él. El tenedor que Kassandra sostenía entre los dedos tembló levemente antes de que lo dejara caer con un clink seco contra la porcelana. El sonido resonó en el vacío de la estancia, como un recordatorio de que, una vez más, comería sola. Seis años. Seis malditos años desde que su padre la había arrastrado hasta el altar con lágrimas en los ojos y la excusa de que era "por el bien de la familia". Seis años desde que Fabián le había puesto un anillo en el dedo con la misma frialdad con la que firmaba contratos. Seis años en los que su cuerpo había sido un peón en un juego que nunca entendió.
Se llevó una copa de vino a los labios, el líquido tinto manchando el borde del cristal como sangre seca. El sabor amargo le quemó la garganta, pero lo tragó igual, dejando que el alcohol le recordara que aún podía sentir algo. En el espejo dorado del recibidor, su reflejo le devolvió la mirada: labios pintados de un rojo oscuro, casi negro, como si llevara el luto de su propia vida; ojos miel, antes brillantes, ahora opacados por el cansancio de fingir. Se acercó, los dedos rozando el frío cristal. La mujer que le devolvió la mirada era hermosa, sí, pero era una extraña. Una muñeca de porcelana a la que le habían pintado una sonrisa permanente.
El reloj de pared dio las nueve con un tac metálico que le erizó la piel. El evento social de Fabián empezaba en media hora, y ella aún no se había movido. Podría no ir, pensó, mientras el vino le calentaba las venas con una rebeldía líquida. Podría quedarme aquí, desnudarme, meterme en la bañera y dejar que el agua se lleve esta piel que ya no es mía. Pero sabía que no lo haría. Porque al final, siempre cedía. Siempre obedecía.
El trayecto en el auto fue un borrón de luces y sombras. Cuando llegó al salón de eventos, el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas la envolvió como una niebla espesa. Las mujeres llevaban vestidos que costaban más que el salario anual de su antigua niñera, su abuela, como ella la llamaba, y los hombres olían a colonias caras y a poder heredado. Kassandra entró con la barbilla alta, los tacones hundiéndose levemente en la alfombra persa, como si hasta el suelo quisiera tragársela. No buscó a Fabián de inmediato. En cambio, aceptó una copa de champán de una bandeja que pasaba y dejó que el líquido burbujeante le quemara la lengua.
Fue él quien la encontró. Estaba junto a la barra, rodeado por un grupo de socios que reían como hienas ante un chiste que ella no alcanzó a escuchar. A su lado, una mujer de labios carmesí y vestido escarlata, demasiado ajustado, demasiado obvio, tenía una mano posada en su antebrazo, como si marcara territorio. Fabián llevaba un traje negro que resaltaba su complexión atlética, la camisa blanca impecable bajo la chaqueta, el nudo de la corbata tan perfecto que parecía un lazo al cuello de un condenado. Cuando sus ojos café se posaron en ella, Kassandra sintió el peso de esa mirada como un dedo recorriendo su columna vertebral.
—No me digas que por fin decidiste honrarnos con tu presencia —dijo él, sin moverse del sitio, la voz lo suficientemente alta para que los demás lo escucharan, pero con un dejo íntimo que solo ella captó.
Kassandra apretó los dientes tras la sonrisa falsa que ya tenía ensayada.
—Disculpa la demora. El tráfico en la autovía estaba… insoportable —mintió, acercándose con pasos medidos. El perfume de la mujer roja—algo floral, empalagoso—le llegó en una ola nauseabunda.
Fabián arqueó una ceja, divertido. Se despegó con deliberada lentitud del grupo, dejando a la mujer con los labios fruncidos como si le hubieran arrebatado un juguete. Cuando estuvo frente a Kassandra, el calor de su cuerpo la obligó a retroceder medio paso, pero ella se quedó quieta, desafiante.
—Llegas tarde, querida —susurró, la palabra como un cuchillo envuelto en seda—. Me preocupaba que te hubieras olvidado de mí.
El aliento le rozó la oreja, cargado del aroma a whisky que siempre lo acompañaba. Kassandra contuvo el escalofrío que le recorrió la espalda.
—No me olvido —replicó, girando la cabeza justo lo suficiente para que sus labios casi se rozaran—. Solo llego a mi propio tiempo.
La sonrisa de Fabián se ensanchó, carnosa, como la de un lobo que acaba de oler sangre.
—Tu tiempo siempre ha sido… peculiar —dijo, y antes de que ella pudiera responder, su mano se posó en la cintura de Kassandra, los dedos hundiéndose en la tela del vestido con una posesión que hizo que su estómago se apretara—. Pero esta noche —continuó, acercando los labios a su sien—, los invitados esperan ver a la señora de la casa. No a una niña rebelde.
El contacto le quemó a través de la tela. Kassandra sabía que debería apartarse, pero algo en la forma en que él la miraba—como si supiera exactamente el efecto que tenía sobre ella—la mantuvo clavada en el sitio. En cambio, inclinó la cabeza apenas, como si aceptara el desafío.
—Entonces no los decepcionemos —murmuró, y antes de que él pudiera responder, se soltó con un movimiento fluido, dejando que sus caderas rozaran las de él al alejarse.
El resto de la velada fue un juego de miradas y toques robados. Fabián no la perdió de vista ni un segundo, incluso mientras fingía interés en las conversaciones de negocios. Cada vez que sus ojos se encontraban, Kassandra sentía el calor subiendo por su cuello, como si él pudiera ver a través del vestido, a través de la piel, hasta el lugar entre sus muslos. La mujer de rojo seguía ahí, aferrada a su brazo, pero Fabián la ignoraba con una indiferencia que rayaba en lo cruel.
En un momento, mientras Kassandra hablaba con un viejo socio de su padre, un hombre cuyo aliento olía a cigarro rancio, sintió el roce de unos dedos en la parte baja de su espalda. No tuvo que girarse para saber que era él.
—Te ves… comestible esta noche —le susurró Fabián al oído, la voz tan baja que solo ella lo escuchó. Su mano se deslizó un centímetro más abajo, justo donde la tela del vestido se pegaba al surco de sus nalgas—. Casi dan ganas de recordarte a quién perteneces.
Kassandra contuvo el aire, las uñas clavándose en el tallo de su copa.
—Lastima que estés tan ocupado —respondió, sin mirarlo—. Con tus invitadas.
La risa de Fabián fue un sonido oscuro, casi un gruñido.
—¿Celosa, mi amor? —preguntó, y antes de que ella pudiera replicar, su mano desapareció.
Cuando el evento terminó, Fabián se quedó atrás, "por negocios", como siempre. Kassandra no esperó a que le ofrecieran llevarla. Tomó su abrigo de la perchera y salió al frío de la noche, el aire helado golpeándole los hombros desnudos como un castigo. El chofer ya la esperaba, pero ella le dijo que prefería caminar un poco. Necesitaba sentir el pavimento bajo sus pies, recordar que aún podía moverse sin permiso.
En la mansión, subió las escaleras con la lentitud de quien lleva una losa a cuestas. Se quitó los zapatos antes de entrar a su habitación, dejando que el vestido cayera al suelo en un charco de seda azul. Frente al espejo del tocador, se observó con una crudeza que rayaba en lo clínico: los pezones duros bajo la tela del sostén, el rubor que aún le teñía las mejillas, el brillo en sus ojos que no era solo cansancio. Se pasó una mano entre los muslos y sintió el calor húmedo que había estado negando toda la noche.
Con un suspiro, tomó el teléfono y marcó el número que conocía de memoria.
—¿Abu? —su voz sonó pequeña, casi infantil.
—Mi niña —la voz de la anciana, áspera pero cálida, la envolvió como un abrazo—. ¿Tan tarde y ya estás en casa?
Kassandra cerró los ojos, dejando que las lágrimas que había contenido toda la noche resbalaran por sus mejillas.
—Siempre llego temprano —mintió—. Solo quería escuchar tu voz.
Hubo un silencio al otro lado de la línea, uno que solo compartían ellas, cargado de todo lo que no podían decir.
—Duérmete, corazón —dijo la mujer al fin—. Mañana el sol sale igual, aunque hoy no lo sientas.
Kassandra colgó y se quedó mirando su reflejo. La mujer del espejo ya no parecía una extraña. Ahora había algo en sus ojos—algo afilado, peligroso—que no estaba ahí esa mañana.
Algo tiene que cambiar, pensó, mientras se desabrochaba el sostén y dejaba que cayera al suelo.
Y por primera vez en seis años, no era una súplica. Era una promesa, de por fin encontrar la manera de escapar.
El sol de la tarde se filtraba entre los edificios del barrio financiero de Barcelona, dorando las fachadas de piedra y dibujando sombras alargadas en el empedrado. Eduardo Álvarez de Toledo avanzaba con paso firme, los zapatos de cuero italiano resonando levemente contra el adoquín, como si cada pisada fuera un recordatorio de que ya no era el niño frágil que su familia había dejado atrás.
Llevaba un traje de lana gris oscuro, impecablemente cortado, que resaltaba su complexión esbelta pero no oculta la tensión contenida en sus hombros, heredada de años de ser el segundo, el invisible. Sus ojos avellana, más dorados bajo la luz del atardecer, escaneaban el entorno con una calma calculada, como si midiera no solo las distancias entre los edificios, sino también el peso de cada mirada que se posaba en él.
El café La Sombra Dorada era su refugio en las tardes de trabajo, un lugar donde el aroma a grano recién molido se mezclaba con el susurro de conversaciones en voz baja y el crujido de papeles de negocios. Se acomodó en su mesa habitual, cerca de la ventana, donde la luz entraba en ángulos oblicuos, iluminando los informes financieros que desplegó sobre la mesa de mármol. Sus dedos, largos y de uñas perfectamente cuidadas, deslizaron las páginas.
Cada número era una victoria silenciosa: aquí, el retorno de la inversión en aquel fondo que su padre había descartado como "demasiado arriesgado"; allí, los beneficios de la adquisición de aquella bodega de vino en Rioja, que ahora valía tres veces lo que había pagado por ella. Sonrió, apenas un arqueo de labios, mientras sus pulgares acariciaban el borde de la taza de espresso que la camarera acababa de dejar frente a él. El calor del café se filtraba a través de la porcelana, un recordatorio tangible de todo lo que había logrado sin que nadie, especialmente su familia, se diera cuenta.
—Otro día, otro millón —murmuró para sí mismo, la ironía amarga en la voz. No era el dinero lo que lo excitaba, sino el poder de decidir, de mover piezas en el tablero sin pedir permiso. Su hermano Fabián siempre había sido el favorito, el heredero brillante, el que recibía los elogios y las palmadas en la espalda. Pero Eduardo había aprendido que las sombras eran más poderosas que la luz cegadora. En la oscuridad, uno podía moverse sin ser visto. Y él había perfeccionado ese arte.
Mientras revisaba las proyecciones del próximo trimestre, su mente divagó hacia algo más personal. Seis años. Seis malditos años desde que su hermano se había casado con aquella mujer de la que ni siquiera quiso saber el nombre. Kassandra, había escuchado de paso en alguna conversación familiar, como un detalle sin importancia. Su padre había insistido en que asistiera a la boda, pero él, postrado en una cama de hospital por otra de sus crisis de salud, se había negado. "No quiero conocer a otra muñeca más en la colección de Fabián", había dicho, con el desdén que solo la juventud herida puede permitirse. Ahora, sin embargo, una curiosidad malsana lo carcomía. ¿Cómo sería ella? ¿Otra socialité vacía, obsesionada con el brillo de los diamantes y el eco de su propio nombre? O quizá... quizá algo más.
El dedo índice de Eduardo trazó círculos distraídos sobre el mantel de lino, como si estuviera dibujando el contorno de un rostro desconocido. No era el tipo de hombre que se dejaba llevar por fantasías, pero había algo en la idea de una mujer atrapada en el mismo juego que él había odiado toda su vida: el de las apariencias, el de los roles asignados. ¿La habría doblegado Fabián a su voluntad, como hacía con todo lo que tocaba? La idea lo irritó y, al mismo tiempo, encendió algo oscuro en su pecho. Si había algo que Eduardo entendía era la dinámica del poder. Y si esa mujer era tan solo un peón en el tablero de su hermano... bueno, los peones podían convertirse en reinas si se movían con astucia.
Afuera, el cielo se teñía de púrpura y naranja, como si la ciudad misma estuviera ardiendo en silencio. Eduardo cerró los informes y se recostó en la silla, estirando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento hizo que la camisa se levantara ligeramente, revelando un vello oscuro y fino en el abdomen, y la cicatriz pálida de una operación antigua, un recordatorio de los años en que su cuerpo había sido su mayor traición. Ahora, sin embargo, cada centímetro de su piel era suyo, ganado a fuerza de disciplina y silencio. Se pasó una mano por el pelo, más oscuro que el de Fabián y siempre ligeramente despeinado, como si se negara a someterse incluso al orden de un peinado impecable.
La terraza del café estaba casi vacía a esa hora, solo un par de ejecutivos fumando puros en un rincón y una mujer mayor leyendo un libro con lentes de montura dorada. Eduardo se levantó y caminó hacia el balcón, apoyando las manos en la barandilla de hierro forjado. El viento le trajo el olor a sal del Mediterráneo, mezclado con el humo de los tubos de escape y el perfume dulce de las glicinias que trepaban por los muros. Cerró los ojos y respiró hondo. Seis años lejos de los Álvarez de Toledo. Seis años construyendo un imperio que lo hiciera inmune a sus juegos. Y sin embargo, aquí estaba, pensando en una mujer que ni siquiera conocía, imaginando cómo sería desarmar el mundo perfecto que su hermano había construido a su alrededor.
—Señor Álvarez —la voz de la camarera lo sacó de sus pensamientos—. ¿Desea algo más?
Eduardo abrió los ojos y la miró. Era joven, de mejillas sonrojadas y una coleta que se balanceaba con cada movimiento. Otra que lo veía como un cliente más, como un cheque con piernas. Pero hoy no estaba de humor para juegos.
—No, gracias —respondió—. Solo el aire.
La chica asintió y se alejó, confundida por su tono. Eduardo volvió a mirar la ciudad, pero esta vez su mente no estaba en los rascacielos ni en los mercados financieros. Estaba en Madrid, en una mansión que nunca había visitado, imaginando a una mujer de vestido azul noche descendiendo una escalera de mármol, con los labios pintados de rojo oscuro y una sonrisa. Kassandra. El nombre le quemaba en la lengua, como un trago de whisky demasiado fuerte.
Se ajustó la corbata, un gesto automático, y sintió el roce de la seda contra su cuello. El poder no era solo dinero, pensó. Era esto: la capacidad de hacer que los demás desearan lo que tú querías que desearan. Y de repente, Eduardo supo que quería conocerla. No por morbo, no por venganza, sino porque algo en su instinto le decía que ella, como él, llevaba una máscara. Y las máscaras, cuando se quitaban, revelaban las verdades más peligrosas.
El olor a gardenias siempre la llevaba de regreso.
Bastó que una brisa cargada de ese perfume atravesara la ventana entreabierta de su habitación para que Kassandra dejara de contemplar el techo. El ramo que Fabián había ordenado colocar en el vestíbulo, siempre gardenias blancas, siempre el mismo mensaje silencioso de propiedad, había impregnado hasta los rincones más remotos de la mansión. Ella cerró los ojos y respiró, y de inmediato estuvo allí: dieciocho años, un vestido marfil colgado en la puerta, una casa llena de voces que no le pedían opinión.
—No es una boda, es un acuerdo que beneficia a todos—, había dicho su madre aquella mañana, sosteniendo una copa de champaña que nunca se terminaba. La luz del sol de abril entraba oblicua por los ventanales del salón, iluminando el polvo que danzaba sobre las carpetas extendidas en la mesa del estudio. —Vas a agradecerme cuando seas mayor.
Kassandra había estado de pie junto al piano, con las manos entrelazadas tan fuerte que las uñas le dejaban marcas en las palmas. El vestido de prueba le apretaba en la cintura, una premonición de todas las constricciones por venir.
—¿Agradecerte por venderme al pastor que otorgue más beneficios comerciales? —La pregunta había escapado como un hilo de voz, tembloroso, casi inaudible. —¿Eso es lo que esto es? Vendieron a su hija por un negocio más, y si me niego es alguien inocente quien paga el precio.
Su padre no la miró a los ojos. Estaba sentado tras la mesa, con el ceño tenso y los dedos manchados de tinta del contrato que acababa de firmar. Junto al ramo de gardenias, ese primer ramo, el de la transacción, descansaban dos carpetas con etiquetas impresas: Capitulaciones matrimoniales y Alianzas comerciales. Kassandra recordaba haber intentado distinguir dónde terminaba la hija y empezaba el activo, y haber fracasado.
—Lo hacemos por Soledad —dijo su padre, firme y sin titubear. Su voz tenía esa cualidad de los hombres acostumbrados a que sus decisiones no se cuestionaran. —Su vivienda, su salud que es muy cara para ti. Necesitas entender que esto es responsabilidad. Si no lo haces, todo lo que amas corre riesgo.
—No es justo —susurró ella. —Tú sí puedes pagar, solo es ajustar un poco más las cuentas. No puedo decidir sobre mi vida así.
—No se trata de ti —intervino el abogado de la familia, un hombre cuyo nombre Kassandra ya había borrado de su memoria. Se acercó con una pluma estilográfica extendida, como quien ofrece una daga con la empuñadura hacia adelante. —Solo debes firmar y cumplir lo que se acuerde. La seguridad está garantizada. Nada cambiará tu rutina. Solo te pedimos que tengas compromiso con la familia.
"Compromiso" era una palabra elegante para decir "obediencia". Kassandra pasó las páginas sin ver, el murmullo de los adultos se mezcló con un zumbido sordo que le apretaba las sienes. Pensó en decir que no. Lo pensó de verdad, con la intensidad desesperada de quien contempla un precipicio y considera saltar. Pero entonces escuchó la frase que su familia repetía desde semanas atrás, la trampa perfecta: Es por el bien de todos, especialmente de Soledad. Solo así podemos hacernos cargo de tu Nana. Sabes que su enfermedad y su vivienda es muy cara.
Soledad. Abu. La única persona que la había amado toda su vida, sin condiciones, sin transacciones.
Más tarde, en la habitación contigua, Jennifer Somerset le sostenía el vestido para la prueba final. Sus manos temblaban mientras clavaba alfileres, y Kassandra notaba el temor transferido a través de la tela.
—No tienes que hacerlo —susurró Jennifer, con la voz tan baja que apenas se distinguía del roce de la seda. —Nos vamos, ahora mismo. Yo manejo. No mires atrás.
Kassandra la abrazó con fuerza, y por un segundo creyó que podía correr. Sus piernas sabrían encontrar la calle, un bus, una salida. Una forma de proteger a su Nana. Pero ¿cómo conseguir mínimamente mil dólares mensuales? Para los negocios de su padre, una cantidad mínima. Para ella, sin respaldo, sin título universitario aún, ese que no llegó a tener porque su esposo no quiso, sin nada más que dieciocho años y un nombre que no era el suyo, una fortuna imposible.
La puerta se abrió. Su madre entró con un "es hora" que borró cualquier plan, cualquier esperanza de fuga.
Media hora después, la iglesia de San Sebastián era una estampa perfecta: vitrales que filtraban la luz en colores de sangre y oro, arreglos blancos que costaban más que el salario anual de la mayoría de los asistentes, un coro que ensayaba Ave María con la precisión de quienes nunca han conocido la desesperación. Fabián la esperaba al final del pasillo. Impecable e inaccesible, la imagen que había creado de sí mismo: traje negro que parecía tallado en obsidiana, corbata perfecta, ojos café que no revelaban nada.
Sus ojos la recorrieron como quien revisa un documento antes de firmarlo. Kassandra sintió un escalofrío que no venía del frío de la nave.
—Aprenderás rápido —murmuró él en la sacristía, antes de que comenzara el ritual. Su aliento olía a menta y poder. —No hagas preguntas. No tomes decisiones sin consultarme. Y sonríe cuando te lo pida.
No hubo tiempo para responder. Para buscar en él alguna grieta, alguna esparanza escondida bajo la armadura. La música comenzó, esa marcha nupcial que Kassandra nunca más pudo escuchar sin sentir náuseas.
Caminó sosteniendo un ramo que pesaba más que sus manos. Cada paso era un sí impuesto, una renuncia pequeña que se acumulaba como sedimento en el fondo de un río. Buscó a su padre en los bancos; él asintió con esa economía de gestos que caracterizaba a los hombres de negocios, y ella supo que de ahí nunca vendría ayuda. Buscó a Jennifer; la encontró al fondo, con la mandíbula apretada y los ojos brillando de furia contenida, de impotencia compartida.
El sacerdote habló de amor, de paciencia, de destino. Palabras hermosas convertidas en jaula, en instrumento de sujeción. Cuando llegó su turno, la garganta le ardió como si hubiera tragado vidrio. El "sí" salió tan bajo que solo ella pareció oírlo, un susurro de rendición que el aplauso de los invitados llenó de inmediato, como la espuma del mar cubre una herida en la arena.
Después vino el salón del hotel Majestic, las copas de cristal que tintineaban con la misma frecuencia de las falsas risas, las fotos donde Fabián le colocaba la mano en la cintura con presión calculada, las palmaditas en la espalda de los socios de su padre que decían "felicidades" pero significaban "bien hecho, conseguiste buen precio". Fabián se inclinó hacia ella para susurrarle al oído, con esa cordialidad que solo él podía convertir en advertencia, en marca de propiedad.
—Desde hoy, representas mi nombre—.
Kassandra supo en ese momento que no iba a ser fácil. Pero todavía no sabía cuán difícil sería esa vida, cuántas formas encontraría él para doblegarla, para convertirla en el mueble perfecto, en la esposa trofeo que sonreía a demanda y callaba a voluntad.
En el civil, le pusieron frente al acta. La pluma pesaba como una barra de plomo. La firma de Fabián ya estaba allí, impecable, sólida, definitiva: trazos anchos de quien nunca duda de su lugar en el mundo. Kassandra escribió despacio, cuidando que las letras no temblaran, que no revelaran el terremoto interior. K-a-s-s-a-n-d-r-a. Cada letra un paso hacia atrás, una celda que se cerraba.
Cuando el último trazo se unió al papel, sintió con absoluta claridad que una puerta se cerraba detrás de ella. No la puerta de la iglesia, ni la del juzgado. Algo más profundo: la puerta de sí misma, de la mujer que podría haber sido.
Seis años después, en la penumbra de su habitación, Kassandra abrió los ojos. El olor a gardenias persistía, insidioso, burlón.
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