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El CEO y la Bebé

Capítulo 1 — El comienzo

Eduardo Belmont siempre fue conocido como un hombre frío, brillante e implacable en los negocios.

Heredero de una de las familias más influyentes del país, CEO del Grupo Belmont, había construido un imperio aún mayor que el que le dejaron sus padres, Clarisse y Xavier Belmont. A los ojos del mundo, Eduardo era el retrato perfecto del éxito: elegante, poderoso, rico e inalcanzable.

Pero detrás de los trajes a medida y la mirada austera, había un hombre que alguna vez amó profundamente.

Eleonor no era solo su esposa.

Era su paz, su hogar.

El amor entre ellos nació en la juventud, intenso y verdadero, de esos que parecen escritos por el destino. Mientras Eduardo cargaba con el peso del apellido Belmont y la responsabilidad de dirigir un imperio, Eleonor era la ligereza que iluminaba sus días.

Ella se reía de lo serio que era.

Él la observaba como si el mundo entero desapareciera a su alrededor.

Se amaban con una intensidad poco común.

Fueron años de complicidad, viajes, sueños compartidos y promesas susurradas durante madrugadas silenciosas. Cuando descubrieron el embarazo de Clara, Eduardo creyó que su vida por fin estaba completa.

Pero el destino fue cruel.

Pocos meses después del nacimiento de su hija, Eleonor recibió el diagnóstico de una enfermedad ósea rara, agresiva y devastadora. En poco tiempo, la mujer vibrante que llenaba de vida la mansión Belmont comenzó a debilitarse.

Eduardo movió cielo y tierra.

Buscó a los mejores médicos del mundo, especialistas, tratamientos experimentales, hospitales internacionales. El dinero nunca fue un problema.

Pero esta vez, ni todo el poder del CEO más influyente del país fue suficiente.

Aquella noche lluviosa que lo cambiaría todo, Eleonor murió en los brazos del hombre que más amaba.

Con apenas tres meses de vida, la pequeña Clara dormía en la habitación de al lado, sin imaginar que jamás volvería a sentir el contacto de su madre.

Eduardo se derrumbó.

Durante seis meses, prácticamente dejó de vivir.

Se encerró dentro de su propio dolor, hundido en recuerdos, fotografías y en el perfume que aún permanecía en la ropa de Eleonor. El hombre que antes era temido en el mundo corporativo se convirtió en apenas una sombra de sí mismo.

Fue Doña Adelaide, la leal ama de llaves de la familia, quien se hizo cargo de la casa y del cuidado de la bebé.

Pero el duelo de Eduardo pronto se transformó en huida.

Animado por su primo Guilherme Belmont y por su mejor amigo Pedro Villar, comenzó a frecuentar los bares más lujosos de la ciudad: noches regadas con whisky caro, música baja y mujeres sin nombre.

Fue en ese vacío donde apareció Patricia, su secretaria.

Hermosa, ambiciosa y siempre disponible, Patricia se convirtió en una distracción conveniente. Entre encuentros a escondidas y sexo sin compromiso, Eduardo intentaba sofocar el dolor que se empeñaba en quedarse.

Pero mientras él huía de su propia realidad, Clara crecía.

Y Doña Adelaide ya no tenía energía para cuidar sola a una bebé tan pequeña.

La mansión necesitaba una nueva presencia.

Alguien capaz de cuidar a la niña.

Con energía y dedicación, como solo una niñera podría tener. Y así comienza la historia de "El CEO y la Bebé".

Capítulo 2 — La última promesa

La lluvia caía con fuerza afuera de la mansión Belmont.

Las gotas golpeaban violentamente contra la ventana de la habitación, como si el cielo compartiera el dolor de aquel momento.

Eduardo Belmont estaba arrodillado junto a la cama.

Los ojos enrojecidos.

Las manos temblorosas.

Y Eleonor en sus brazos.

—No… no me hagas esto… —su voz salió ronca, quebrada.

Sostenía el rostro pálido de su esposa con un cuidado desesperado, como si el simple contacto pudiera mantenerla ahí.

Eleonor sonrió con dificultad.

Incluso frágil, seguía siendo hermosa.

Incluso al borde del final.

—Eduardo… —susurró, casi sin fuerzas— cuida de nuestra niña.

Una lágrima rodó por el rostro de él.

—Tú misma se lo vas a decir. Vamos a volver a casa… juntos.

Ella respiró con dificultad.

Sus ojos empañados buscaron los de él por última vez.

—Prométeme que Clara siempre va a saber cuánto la amé.

Eduardo apretó la mano de ella contra su pecho.

—Te lo prometo.

Eleonor sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero llena de amor.

Y entonces, en sus brazos, el silencio se apoderó de la habitación.

El mundo se detuvo.

Esa noche, Eduardo Belmont perdió a la mujer de su vida.

Y sin saberlo… también se perdió a sí mismo.

A la mañana siguiente, el cielo amaneció gris.

Como si la ciudad entera hubiera despertado de luto.

La llovizna seguía cayendo sobre los jardines de la mansión Belmont cuando el auto negro se estacionó lentamente frente a la entrada principal.

Eduardo bajó primero.

El traje era el mismo de la noche anterior.

Arrugado.

La corbata floja.

Los ojos enrojecidos delataban que no había dormido ni un solo minuto.

En brazos, llevaba a la pequeña Clara, todavía tan pequeña que apenas comprendía el peso del silencio que se apoderaba de aquella casa.

Con apenas tres meses, la bebé dormía tranquila, ajena al vacío que se instalaba en la vida de su padre.

En cuanto entró, Doña Adelaide salió a su encuentro con los ojos humedecidos.

—Dios mío… señor Eduardo…

Se llevó la mano a la boca, conmovida.

Él simplemente le entregó a la bebé con cuidado.

—Cuídela unas horas, Adelaide.

Su voz salió fría y sin vida.

—Voy a resolver lo del funeral.

El ama de llaves asintió en silencio, apretando a Clara contra su pecho.

Eduardo ni siquiera tuvo fuerzas para subir a la habitación.

Fue directo al estudio.

Llamó a la funeraria.

Después al hospital.

Después al registro civil.

Cada llamada era como una puñalada.

Cada documento firmado hacía que todo fuera más doloroso.

Acta de defunción, funeral, cremación.

Palabras que jamás imaginó asociar con el nombre de Eleonor.

La mujer que, apenas unos días antes, aún le sonreía en medio del dolor.

A finales de la mañana, el interfón anunció la llegada de sus padres.

Clarisse y Xavier Belmont habían venido de urgencia desde el extranjero apenas recibieron la noticia.

Cuando su madre entró al estudio y vio a su hijo parado frente a la ventana, inmóvil, no pudo contener las lágrimas.

—Hijo mío…

Eduardo se volvió lentamente.

Al ver a su madre, su postura firme por un instante amenazó con desmoronarse.

Clarisse corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.

Como si aún pudiera protegerlo como cuando era niño.

—Lo siento tanto… —susurró, llorando.

Xavier se acercó enseguida, colocando la mano sobre el hombro de su hijo.

—No estás solo, Eduardo.

Durante unos segundos, él simplemente permaneció ahí, entre los brazos de su madre y la mirada firme de su padre.

Pero entonces se apartó.

El rostro volvió a endurecerse.

—Ya está todo resuelto.

La voz salió seca y controlada.

—El funeral será esta tarde. La cremación, mañana por la mañana.

Clarisse lo miró, asustada por su frialdad.

—Hijo… necesitas descansar.

Eduardo soltó una risa amarga.

Sin humor alguno.

—¿Descansar?

Se pasó la mano por el rostro.

—Ya hice lo que tenía que hacer.

Su mirada fue hacia el escritorio lleno de documentos.

—Me encargué de todo. Hospital, funeral, cremación, firmas, pagos.

Su voz falló por un instante.

—Cumplí con mi papel.

Silencio total.

Entonces respiró hondo.

—Cumplí el papel de hombre íntegro que ella merecía.

Su madre volvió a llorar.

—Eduardo…

Él levantó la mano, interrumpiéndola.

Sus ojos empañados finalmente mostraban el dolor que intentaba sofocar.

—Ahora… necesito estar solo.

La frase cayó como un peso en el ambiente.

—Hijo, no digas eso —imploró Clarisse—. Vinimos desde lejos para estar a tu lado.

Eduardo cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, estaban invadidos por un vacío aterrador.

—Se los agradezco.

Miró a sus padres.

—Pero nadie puede vivir este duelo por mí.

Su voz salió casi en un susurro.

—Necesito sufrir esto en paz.

Xavier comprendió antes que su esposa.

Se acercó a ella y le tomó la mano.

—Vamos a respetar su tiempo.

Clarisse asintió, todavía llorando.

Antes de salir, tocó el rostro de su hijo.

—Estaremos aquí. Cuando nos necesites.

Eduardo apenas asintió con un leve movimiento de cabeza.

Cuando la puerta del estudio se cerró, el silencio finalmente se apoderó de todo.

Y fue ahí… a solas… donde se derrumbó.

Las piernas perdieron la fuerza.

Eduardo cayó de rodillas al suelo.

El rostro escondido entre las manos.

Y por primera vez desde la muerte de Eleonor, lloró sin intentar ser fuerte.

Sin intentar ser el CEO.

Sin intentar ser el señor Belmont.

Solo un hombre.

Ahora viudo.

Que acababa de perder al amor de su vida.

Capítulo 3 — El adiós

El cielo permanecía nublado y caía una llovizna ligera.

Como si el mundo entero estuviera en silencio para honrar la partida de Eleonor Belmont.

La capilla del cementerio estaba colmada de arreglos de lirios blancos, rosas claras y velas delicadas que temblaban suavemente con la brisa fría que entraba por las ventanas entreabiertas.

En el centro del salón, el ataúd blanco descansaba rodeado de flores.

Ella reposaba ahora con un semblante sereno, pero elegante.

Eduardo estaba de pie frente a él.

Inmóvil.

Vestido con un traje negro impecable, sus ojos fríos ocultaban una tormenta.

En brazos, la pequeña Clara dormía tranquila, envuelta en una manta rosada.

Tan pequeña.

Tan inocente.

Sin saber que esa era la última vez que estaría tan cerca de su madre.

Eduardo bajó la mirada hacia el rostro sereno de Eleonor.

Parecía simplemente dormida.

Hermosa y delicada.

Como siempre lo fue.

Un recuerdo atravesó su mente como un golpe.

Ella sonriendo en el jardín de la mansión, con la mano posada sobre su vientre aún pequeño, contándole que esperaban una niña.

El pecho se le apretó.

—Se parece a ti… —murmuró, mirando a Clara—. Tiene tus ojos.

La voz le salió baja, ronca, casi inaudible.

Por un segundo, sintió ganas de recostarse junto a ella y desaparecer junto con todo ese dolor.

Pero entonces Clara se movió levemente en sus brazos.

Y él recordó la promesa.

"Cuida de nuestra niña."

Sus ojos se cerraron con fuerza.

—Lo prometí.

Detrás de él, Clarisse observaba la escena con lágrimas silenciosas.

Su corazón de madre se partía al ver a su hijo intentando mantenerse en pie.

Xavier permanecía a su lado, con la mano firme sobre los hombros de su esposa.

Cuando la ceremonia llegó a su fin, los asistentes comenzaron a despedirse en silencio.

Guilherme y Pedro fueron los únicos amigos que se quedaron.

Solo la familia permaneció.

Y entonces llegó el momento más difícil.

Clarisse se acercó a Eduardo despacio.

Los ojos enrojecidos.

La voz entrecortada.

—Hijo mío… tenemos que volver mañana temprano.

Eduardo permaneció en silencio.

Ella le tocó el brazo con delicadeza.

—No quisiera irme así.

Sus ojos fueron hacia la pequeña Clara.

—Quisiera quedarme.

La voz le falló.

—Quisiera cuidar de ustedes.

Eduardo respiró hondo.

La mirada fija en el ataúd.

—Lo sé, mamá.

Clarisse dejó que las lágrimas cayeran libremente.

—Pero dejaste claro que quieres vivir esto solo.

Él no respondió.

Porque era verdad.

El dolor dentro de él era demasiado grande para compartir.

Xavier se acercó y abrazó brevemente a su hijo.

—Sé fuerte, hijo.

La respuesta llegó seca.

—Siempre lo fui.

Pero por dentro estaba en ruinas.

Antes de irse, Clarisse llamó a Doña Adelaide.

El ama de llaves se acercó con Clara en brazos.

La bebé, ahora despierta, observaba todo con sus ojitos curiosos.

Clarisse tomó las manos de Adelaide.

—Por favor… cuide de ellos por nosotros.

La voz le salió cargada de emoción.

—Cuide de mi hijo… aunque él diga que no necesita a nadie.

Respiró hondo.

—Y cuide de la pequeña Clara como si fuera su nietecita.

Doña Adelaide asintió, con los ojos empañados.

—Se lo prometo, doña Clarisse.

La madre de Eduardo besó la frente de la bebé.

Después miró una última vez a su hijo.

—Cuando estés listo… búscanos.

Eduardo apenas asintió.

Sin palabras.

Sin fuerzas.

Clarisse salió de la capilla apoyada en Xavier, con el pecho apretado por dejar a su hijo en ese estado.

Afuera, la lluvia volvió a caer.

Como lágrimas del cielo.

Cuando todos se fueron, solo quedaron Eduardo, Clara y Doña Adelaide.

El silencio era ensordecedor.

Él se acercó al ataúd una última vez.

Acarició la madera blanca con la punta de los dedos.

—Adiós, mi amor.

La voz se le quebró.

—No sé cómo vivir sin ti.

Una lágrima rodó.

La primera frente a todos.

Y Clara, como si sintiera el dolor de su padre, soltó un pequeño llanto.

Eduardo la tomó en brazos.

Apretó a su hija contra el pecho.

Y por primera vez desde la muerte de Eleonor, entendió que no podía caer.

No del todo.

Porque ahora su razón para seguir respirando estaba en sus brazos.

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