En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad
.
Pero el alma tiene un límite, y el de Fah se rompió una noche de tormenta seca sobre el Gran Puente de la Bahía.
Allí, donde el metal se encuentra con el abismo y el viento huele a sal y olvido, Fah decidió que su historia no merecía más capítulos. Lo que ella no sabía era que, mientras cerraba los ojos para abrazar el vacío, el destino estaba disparando balas a solo unos metros de distancia. No sabía que su salto hacia la muerte la pondría directamente en los brazos de la vida más peligrosa de la ciudad.
Dará.
La mujer de la mirada de obsidiana y manos enguantadas. La reina de un imperio construido sobre el silencio y el poder. Al salvar a Fah, Dará no solo rescató un cuerpo del océano; reclamó un alma para su propia causa.
Esta no es solo una historia de mafias y lujos prohibidos. Es la crónica de una transformación. Es el relato de cómo unas manos acostumbradas a limpiar lodo de botas ajenas, aprenden a sostener el peso del oro y el acero.
Es el momento en que la víctima deja de mirar al suelo para descubrir que, bajo la protección de la mujer más temida, ella también puede ser el depredador.
Bienvenidos a un mundo donde el amor es una posesión, la lealtad es la única moneda de cambio y la libertad... la libertad tiene el tacto de las Cadenas de Terciopelo.
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del instituto, pero para Fah, el día carecía de luz. Ella siempre había sido la primera en ofrecer ayuda; era la que explicaba los ejercicios de matemáticas a quien no entendía y la que rescataba gatos abandonados en el patio trasero. Sin embargo, su buen corazón era su mayor debilidad en un entorno de tiburones.
En los pasillos, el grupo de Mina, la chica más popular, la interceptó. Fah, con su complexión atlética y su característico wolf cut, proyectaba una imagen de fortaleza que las chicas explotaban para su propia estética.
—Fah, cariño, mira mis botas —dijo Mina, señalando un calzado de diseñador manchado con un poco de lodo—. Me da asco caminar así. Límpiame.
Fah apretó los puños. Sabía que si se negaba, vendrían los empujones o el vacío social. Se arrodilló lentamente. Mientras limpiaba el cuero caro con su propio pañuelo, escuchaba las risas de las demás.
—Es tan útil tener a alguien que parezca un chico pero que sea tan dócil —susurró una de las seguidoras—. Mañana sale el nuevo bolso de edición limitada. Ya sabes qué hacer, Fah. Si no lo compras, recordaremos a todos en la escuela por qué nadie quiere ser tu amiga de verdad.
Fah entregó los últimos ahorros que tenía para su almuerzo. Se quedó ahí, de pie, viendo cómo se alejaban. Su bondad se sentía como una cadena pesada que solo servía para que otros la arrastraran.
Horas más tarde, el sonido de las olas chocando contra los pilares del puente era lo único que Fah podía soportar. Ya no quería ser el "accesorio" de nadie. No quería que su apariencia fuera una herramienta de estatus para personas que la despreciaban.
Se subió a la barandilla fría. El viento marino despeinaba su cabello corto. Justo cuando sus pies perdían contacto con el metal, el aire se llenó de un estruendo metálico: ¡Bang! ¡Bang!
A unos metros, en la zona baja del muelle, una persecución de autos negros terminaba en una lluvia de fuego. Fah cerró los ojos. Aquellos disparos eran el réquiem perfecto para su final. Se lanzó al vacío, esperando el impacto frío del agua.
El encuentro con la oscuridad
Pero el agua nunca llegó.
Un brazo envuelto en tela negra y táctica la rodeó por la cintura con la fuerza de un depredador. El tirón fue tan violento que Fah sintió un crujido en sus costillas. Fue lanzada de regreso al pavimento del puente, rebotando contra el asfalto.
—¡Maldita sea, quédate en el suelo! —gruñó una voz femenina, profunda y cargada de una autoridad gélida.
Fah sollozó de dolor, intentando respirar. A través de su vista nublada por las lágrimas, vio a una mujer cuya presencia borraba todo lo demás. Estaba vestida de negro de pies a cabeza, con una funda de arma en el muslo y los nudillos manchados de algo que no era pintura. Era Dará.
Dará ni siquiera la miró con lástima; la sujetó del mentón con guantes de cuero, obligándola a sostenerle la mirada un segundo antes de que Fah perdiera el conocimiento por el choque emocional y el impacto.
—No te salvé para que te mueras ahora —fue lo último que escuchó Fah antes de que todo se volviera negro.
El despertar no fue heroico. Fue un lento ascenso desde un abismo de negrura hacia un dolor punzante que le martilleaba las sienes. Fah intentó moverse, pero su cuerpo pesaba como si estuviera hecho de plomo. Las sábanas bajo sus dedos eran de una seda tan fría y costosa que su mente, acostumbrada a la aspereza de su vida diaria, no lograba reconocerlas.
Al girar la cabeza con esfuerzo, notó un hundimiento en el colchón, justo a su lado. El corazón le dio un vuelco. Había una silueta allí; alguien había estado descansando a centímetros de ella. El calor residual de ese cuerpo aún flotaba en el aire, mezclado con un aroma magnético: una combinación de sándalo, pólvora lejana y algo dulce, como vainilla oscura.
Antes de que pudiera entrar en pánico, el sonido de una puerta deslizándose la hizo estremecer.
Una figura recortada por la luz tenue del pasillo entró en la habitación. Fah parpadeó repetidamente, pero su visión seguía siendo un mapa borroso de sombras. Solo distinguía el brillo de una pijama de seda color guinda que fluía con cada paso de la mujer.
—Aún estás aturdida —dijo una voz. Era la misma voz ronca y autoritaria del puente, pero ahora suavizada por un matiz de calma peligrosa.
La mujer se sentó en el borde de la cama. El peso de su presencia llenó la habitación. Sin decir más, extendió una mano enguantada —extrañamente, seguía usando guantes incluso en pijama— y le ofreció una pequeña pastilla blanca y un vaso de agua cristalina.
Fah, con la mente revuelta y el instinto de supervivencia anulado por el dolor, obedeció. El agua fresca le alivió la garganta seca.
Cuando terminó de beber, la mujer dejó el vaso en la mesilla de noche y se inclinó sobre ella. Fah contuvo el aliento, esperando un golpe o un interrogatorio, pero lo que recibió fue un gesto que nunca había experimentado: la mujer acarició su rostro con el dorso de los dedos. El contacto fue firme, casi posesivo.
—Duerme, Fah —susurró la mujer, pronunciando su nombre como si ya fuera dueña de él—. Aquí nadie va a obligarte a comprar nada, ni a humillarte por lo que pareces. Aquí, solo existes porque yo lo permití.
Fah se sintió hundirse de nuevo en las almohadas. Mientras sus ojos se cerraban por efecto del medicamento, se preguntó cómo esa mujer sabía tanto de sus miserias en el instituto. Lo último que sintió antes de sucumbir al sueño fue la mirada intensa de Dará vigilándola desde la oscuridad.
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