En los confines de una manada diezmada, donde la crueldad es el pan de cada día, la joven Luneth ha sido condenada a una existencia de servidumbre y maltrato. Despreciada por su estatus de Omega Pura y marcada por la brutalidad de un pasado donde sus padres fueron asesinados y ella, torturada, logró escapar por la valerosa intercesión de su madre. Sus tíos, una familia ambiciosa y fría, solo la acogieron por la sangre ancestral que corre por sus venas: Luneth es la legítima heredera de la Diosa Luna, un secreto celosamente guardado que la convierte en una pieza clave en juegos de poder que ni siquiera comprende.
Años de miseria han endurecido su espíritu, pero no han apagado la chispa de su corazón. Cuando el temido Rey Alfa, soberano de todas las manadas y cuya reputación de guerrero implacable y desfigurado precede a su nombre, regresa de años de guerra, la manada de Luneth es convocada a un baile. Huyendo de la crueldad de sus primos, Luneth busca refugio en la tranquilidad del bosque, donde el destino la aguarda. A la orilla de un lago, sus ojos se encuentran con los de un extraño de mirada dorada, un hombre cuya presencia inunda sus sentidos y desata un vínculo innegable: su Destinado. A pesar de su propio miedo al rechazo, Luneth no puede negar la magnitud de su enlace, pero el hombre la sorprende al aceptarla con una devoción que ella jamás imaginó. Antes de que sus captores puedan encontrarla, él desaparece con una promesa enigmática: "Regresa al baile. Pronto descubrirás quién soy".
El drama estalla cuando el Rey Lycanth, con un aura de poder y cicatrices apenas disimuladas, irrumpe en el baile. Presencia el maltrato hacia Luneth y, ante la estupefacción de todos, la reclama como su Luna, su esposa, declarando que cualquier agravio contra ella será castigado con la muerte. Esta revelación desata un torbellino de intrigas, celos y conflictos internos. Luneth, ahora la inesperada Reina, debe navegar por una corte llena de víboras que la desprecian por su origen y un vínculo con un hombre que aún desconoce, pero cuyo amor la consume. El pasado de sus padres, los secretos de la Diosa Luna, y la amenaza constante de aquellos que codician su poder se entrelazan en una red de peligros. Luneth deberá encontrar la fuerza para ser la Luna que su Rey necesita, desentrañar los misterios que la rodean y aceptar un amor que desafía las convenciones, incluso cuando este se convierte en el blanco más vulnerable para sus enemigos. En un mundo donde cada decisión tiene un precio de sangre, ¿podrá la Omega despreciada forjar su propio destino y conquistar la oscuridad de su Rey?
El frío en las Tierras del Norte no era simplemente una cuestión de clima; era una presencia viva que se arrastraba por las grietas del suelo de piedra y se enroscaba en los huesos de quienes no tenían nada. Para Luneth Moonlight, el frío era su único compañero constante.
A las cuatro de la mañana, cuando la luna —su homónima— aún colgaba pálida y burlona en el firmamento, Luneth ya estaba de rodillas. El agua del balde estaba tan helada que sus dedos habían pasado de un rojo doloroso a un blanco entumecido. El cepillo de cerdas duras rascaba el suelo del gran salón de la mansión de la manada, un sonido rítmico que intentaba ahogar los gritos de sus propios recuerdos.
—Limpia más rápido, rata de alcantarilla —siseó una voz desde la escalera.
Luneth no levantó la vista. No necesitaba hacerlo para saber que era Carla, su prima mayor. Podía oler su perfume floral empalagoso mezclado con el hedor de la arrogancia. Carla, una Beta de linaje "noble", disfrutaba especialmente de ver a la "Heredera de la Luna" reducida a fregar manchas de vino rancio.
—Lo siento, Carla. El hielo en el agua dificulta...
Un zapato de seda fina impactó contra el costado de Luneth, derribándola. El agua sucia se derramó sobre su túnica raída, empapando su piel y provocándole un espasmo de puro terror térmico.
—¡Es "Señorita Carla" para ti, esclava! —gritó la joven, su rostro distorsionado por una mueca de asco—. Mi madre dice que es un milagro que te permitamos dormir bajo este techo después de la vergüenza que tus padres trajeron a esta manada. Deberías estar agradecida de que no te dejamos en el bosque para que los ferales te devoraran.
Luneth apretó los puños, las uñas clavándose en sus palmas callosas. *Vergüenza*. Esa era la palabra que usaban para camuflar el asesinato. Sus padres no habían traído vergüenza; habían traído luz, una luz que su tío Ricardo y su tía Lisandra habían necesitado apagar para usurpar el control de la manada tras la masacre.
—Sí, Señorita Carla —susurró Luneth, con la voz quebrada.
—Limpia este desastre. Y cuando termines, ve a las cocinas. Mi madre quiere que las bandejas de plata brillen para el anuncio de hoy. Si encuentro una sola mota de polvo, te aseguro que pasarás la noche en las celdas de castigo.
Carla se alejó con un paso altivo, dejando a Luneth sola en la penumbra del salón. El silencio regresó, pero no la paz. Al cerrar los ojos, el olor a ceniza volvió a inundar su mente.
Tenía ocho años cuando el mundo se volvió rojo. Recordaba el calor insoportable de las llamas devorando la casa de campo, el crujido de la madera y el aullido agónico de su padre, el antiguo Alfa, intentando contener a los traidores que vestían máscaras de sombras. Recordaba a su madre, con la túnica empapada en sangre, arrastrándola hacia el pasadizo secreto bajo el hogar.
—*Escucha, Luneth...* —le había dicho su madre, sus ojos plateados brillando con una intensidad sobrenatural a pesar de la debilidad—. *Eres más de lo que ellos creen. Llevas la sangre de la Diosa. No dejes que apaguen tu chispa. Vive... por nosotras, vive.*
El empujón de su madre la salvó, pero el sonido de la espada atravesando la carne de su progenitora fue lo último que escuchó antes de que la oscuridad del túnel la tragara. Horas después, sus tíos la "encontraron" y, bajo la fachada de la caridad, la convirtieron en su sirvienta personal, asegurándose de que el resto de la manada la viera como una Omega defectuosa, una paria sin valor.
—¿Luneth? ¿Estás bien?
Una mano pequeña y cálida se posó en su hombro. Luneth dio un respingo, saliendo de su trance. Era Sara, una de las pocas criadas que aún se atrevía a mostrarle un gramo de humanidad.
—Estoy bien, Sara. Solo... se me cayó el balde.
—Vi lo que hizo esa arpía de Carla —murmuró Sara, pasándole un trapo seco—. Toma, sécate un poco. El tío Ricardo está de un humor de perros. Dicen que el Rey Lycan llegará antes de lo previsto.
Luneth sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua fría. El Rey Lycan, Ethan Dark'Raven. Un nombre que se pronunciaba en susurros de terror. Se decía que era un monstruo de dos metros de altura, con el cuerpo cubierto de cicatrices de mil batallas y un corazón de obsidiana. Había pasado los últimos años aplastando rebeliones en las fronteras, y su regreso solo podía significar dos cosas: tributos o sangre.
—¿Por qué vendría a una manada tan pequeña como la nuestra? —preguntó Luneth, poniéndose de pie con esfuerzo.
—Nadie lo sabe con certeza —respondió Sara en voz baja, mirando por encima de su hombro—. Pero los rumores dicen que busca algo. O a alguien. Dicen que su manada, la Manada de la Sombra Eterna, necesita una Luna para estabilizar el poder del Rey, pero que él ha rechazado a todas las hijas de los Alfas más poderosos.
Luneth soltó una risa amarga y carente de alegría.
—Pobres de ellas. Ser la esposa de un hombre así debe ser como firmar una sentencia de muerte.
—Bueno, al menos ellas tienen vestidos de seda para morir —suspiró Sara—. Vamos, apresúrate. Lisandra está llamando a todas a la cocina.
El resto de la mañana fue un borrón de trabajo extenuante. Luneth fue golpeada dos veces por el cocinero por no pelar las patatas con suficiente rapidez y humillada por Mariela, su otra prima, quien decidió que era divertido tirar sus pendientes de oro al cubo de la basura para que Luneth tuviera que buscarlos entre los restos de comida podrida.
Al mediodía, el salón principal estaba lleno. Todos los miembros de la manada estaban presentes. Su tío Ricardo, un hombre de hombros anchos y ojos fríos como el pedernal, se puso de pie en el estrado. A su lado, Lisandra lucía un vestido de terciopelo púrpura que gritaba opulencia.
—¡Hijos de la Luna! —bramó Ricardo, su voz resonando en las vigas—. Hoy es un día de gloria y deber. Nuestro soberano, el Rey Ethan Dark'Raven, regresará de la guerra mañana al anochecer. Para honrar su victoria y mostrar la lealtad de nuestra manada, celebraremos un baile de gala. Todas las mujeres solteras deben asistir. El Rey busca una compañera, y es mi deseo que la futura Reina de todas las manadas salga de este hogar.
Las primas de Luneth, Carla y Mariela, se miraron con sonrisas de suficiencia. Ya se veían sentadas en el trono de obsidiana.
—Sin embargo —continuó Ricardo, su mirada cayendo sobre Luneth, que estaba de pie en la esquina más oscura del salón, con el delantal manchado—, debemos mantener los estándares. Aquellas que no tengan un linaje digno o que sean una mancha para nuestra reputación, permanecerán en las sombras, sirviendo a los invitados. No toleraré que el Rey vea nada que no sea perfección.
Un coro de risas burlonas recorrió la sala. Luneth bajó la cabeza, dejando que su cabello oscuro ocultara las lágrimas de rabia que amenazaban con caer. "Mancha para la reputación". Ella era la hija del Alfa original, la legítima heredera, y estaba siendo tratada como basura por los mismos que habían robado su legado.
Cuando la multitud se dispersó, Luneth se retiró a su "habitación": un rincón húmedo en el sótano, junto a las calderas. Se sentó en su jergón de paja y sacó un pequeño objeto que guardaba escondido en un hueco de la pared. Era un medallón de plata, oxidado y sucio, con el símbolo de una luna creciente entrelazada con una rama de fresno.
Era lo único que le quedaba de su padre.
—¿Crees que él se daría cuenta, papá? —susurró a la oscuridad—. ¿Crees que este Rey monstruoso vería la verdad si me mirara a los ojos?
No hubo respuesta, solo el silbido del viento invernal golpeando la pequeña rejilla del sótano. Luneth se acostó, abrazando sus propias rodillas para conservar el calor. Mañana sería otro día de tortura, de servir copas y limpiar restos, mientras el mundo celebraba a un Rey guerrero.
Lo que Luneth no sabía era que el destino no es una línea recta, sino un círculo. Y que las cenizas de su pasado estaban a punto de ser avivadas por un fuego que ni ella ni todo el reino de los hombres lobo podrían apagar. La Omega despreciada estaba a punto de descubrir que, a veces, la oscuridad más profunda es la que mejor protege a la luz más brillante.
Esa noche, por primera vez en años, Luneth soñó. No soñó con fuego ni con sangre. Soñó con un par de ojos dorados que la observaban desde la espesura del bosque, una mirada que no pedía servidumbre, sino que exigía una devoción que ella nunca había conocido.
—*Regresa al baile...* —susurró una voz profunda en su sueño, una voz que vibraba en su alma como un trueno distante—. *Pronto sabrás quién soy.*
Luneth despertó sobresaltada, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se tocó el pecho, justo donde el medallón de su padre descansaba sobre su piel. Por un instante, solo por un instante, el frío del sótano desapareció, reemplazado por un calor antiguo y poderoso que emanaba de su propia sangre.
El juego de poder había comenzado, y la pieza más importante del tablero aún no sabía que era la Reina.
El día del Gran Baile amaneció con un sol pálido que no lograba calentar las estancias de la mansión Moonlight. Para el resto de la manada, era un día de esperanza y excitación; para Luneth, era el comienzo de una pesadilla coreografiada.
Desde el alba, los pasillos bullían con el ajetreo de los sirvientes y el aroma penetrante de los aceites esenciales, perfumes importados y el vapor de las bañeras que se preparaban para la aristocracia de la manada. Luneth no había parado ni un segundo. Sus pulmones ardían por el polvo de las alfombras que había tenido que sacudir y sus manos temblaban mientras sostenía una pesada bandeja con el desayuno de sus primas.
Al entrar en la habitación de Carla, el calor sofocante de la chimenea la recibió de golpe. Carla y Mariela estaban rodeadas de modistas, telas de seda y encajes que costaban más de lo que un sirviente ganaba en toda su vida.
—Llegas tarde, criatura inútil —bufó Carla sin siquiera mirarla, mientras una costurera ajustaba el corpiño de su vestido rojo carmesí—. Deja eso en la mesa y ven aquí. Mis botas de montar necesitan un último pulido, y quiero que lo hagas mientras las tengo puestas. No tengo tiempo para esperar a que te dignes a trabajar.
Luneth tragó saliva y dejó la bandeja. Se arrodilló frente a su prima, sintiendo el peso del desprecio sobre su nuca. Mientras frotaba el cuero de las botas, Mariela se acercó con una sonrisa maliciosa, jugueteando con un collar de perlas.
—Dime, Luneth —ronroneó Mariela, inclinándose para que su voz solo fuera audible para ellas—. ¿Has oído los rumores sobre el Rey Ethan? Dicen que tiene el rostro tan desfigurado por las garras de un Alpha rebelde que obliga a sus amantes a cerrar los ojos para no vomitar.
Luneth no respondió. Sabía que cualquier palabra sería usada en su contra.
—¡Te he hecho una pregunta, Omega! —exclamó Mariela, dándole un empujón con el pie que hizo que Luneth perdiera el equilibrio.
—No... no he oído nada, Señorita Mariela —susurró Luneth, recuperando su posición—. Solo que es un guerrero formidable.
—Un guerrero que nunca pondría sus ojos en alguien como tú —intervino Carla, mirándose al espejo con suficiencia—. Imagina la escena: el Rey llega, busca a su Luna, y se encuentra con la hija de los traidores, oliendo a ceniza y jabón barato. Sería un insulto para su linaje incluso que respiraras el mismo aire que él.
En ese momento, la puerta se abrió de par en par. Lisandra entró con la elegancia de una depredadora. Su vestido de terciopelo verde oscuro resaltaba la frialdad de sus ojos. Al ver a Luneth arrodillada, una chispa de satisfacción cruzó su rostro.
—Basta de charlas, niñas. Tenemos mucho que hacer —sentenció Lisandra. Luego, se dirigió a Luneth con una voz gélida—. Tú. Levántate.
Luneth obedeció, manteniendo la mirada en el suelo. Lisandra se acercó a ella y, con una mano enguantada, le levantó el mentón con brusquedad. El contacto fue doloroso; las uñas de su tía se clavaron en la carne tierna de su mandíbula.
—Esta noche será crucial para nuestro futuro —dijo Lisandra, recorriendo el rostro de Luneth con una mirada de asco—. Mi esposo y yo no permitiremos que una presencia tan... desagradable como la tuya arruine nuestra oportunidad de emparentar con el Rey.
—Estaré en las cocinas, tía —respondió Luneth con la voz trémula—. No me verán.
—Oh, no. Ricardo ha decidido que eso no es suficiente. El Rey tiene sentidos muy agudos. El olor de una Omega de tu... condición, podría molestarlo. Pero tampoco podemos dejarte desatendida; eres experta en causar problemas. Servirás las mesas de la terraza exterior. Llevarás esto.
Lisandra sacó de una caja una máscara de hierro oxidado y una túnica de lino gris, áspera y pesada. La máscara no era una pieza de gala; era un objeto de castigo antiguo, usado para marcar a los esclavos de guerra. Solo cubría la mitad superior del rostro, pero sus bordes eran afilados y carecía de cualquier adorno.
—Es por tu propio bien, querida —añadió Lisandra con una sonrisa venenosa—. Así nadie tendrá que ver tus ojos, esos ojos que tanto me recuerdan a tu madre. Y así, el Rey solo verá a una sirvienta sin nombre, una sombra en la periferia de su gloria. Si te quitas esa máscara antes de que el último invitado se vaya, te juro que desearás haber muerto con tus padres en aquel incendio.
Las primas soltaron una carcajada. Luneth tomó la máscara con manos temblorosas. El metal estaba frío, oliendo a humedad y a olvido.
***
Las horas pasaron como una tortura lenta. El sol se ocultó y las antorchas de la mansión se encendieron, transformando la propiedad en un faro de luz en medio del bosque oscuro. Carruajes de lujo llegaban uno tras otro. Alfas de manadas vecinas, Betas influyentes y guerreros con armaduras ceremoniales llenaban el salón de baile.
Luneth estaba en la terraza, el viento nocturno azotando su túnica de lino. La máscara de hierro le pesaba sobre el puente de la nariz y le rozaba las mejillas, pero el dolor físico era preferible a la humillación de los comentarios que escuchaba al pasar.
—¡Eh, tú! ¡Sirvienta! —gritó un Alfa joven y corpulento, ya ebrio por el hidromiel—. ¡Trae más vino aquí! ¿Qué te pasa en la cara? ¿Eres tan fea que el Alfa Ricardo tiene que esconderte?
Luneth se acercó en silencio y llenó su copa. El hombre intentó agarrarle la muñeca, pero ella fue más rápida y retrocedió.
—Vaya, la pequeña sombra tiene reflejos —rio el hombre, volviéndose hacia sus amigos.
Desde su posición, Luneth podía ver el interior del salón a través de las grandes puertas de cristal. Carla y Mariela bailaban con elegancia, luciendo como las joyas de la corona de la manada. Su tío Ricardo reía con otros líderes, moviéndose con la confianza de un hombre que se cree intocable. Era la mansión de su padre. Eran las tierras de su linaje. Y allí estaba ella, oculta tras una máscara de hierro, sirviendo a los hombres que habían brindado sobre las cenizas de su hogar.
De repente, un silencio sepulcral cayó sobre el salón. La música se detuvo. Incluso el viento pareció contener el aliento.
Un aura de poder puro, denso y oscuro se filtró desde la entrada principal. No era el poder común de un Alfa; era algo primordial, algo que hacía que los lobos internos de todos los presentes se encogieran de miedo y sumisión.
—El Rey... —susurró alguien en la terraza.
Luneth se quedó petrificada. En el umbral del salón, flanqueado por guardias con capas negras, apareció un hombre que parecía haber sido esculpido en la misma roca de las montañas. Ethan Dark'Raven.
Su presencia era abrumadora. Vestía de negro absoluto, con una capa de piel de lobo sobre los hombros. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, y aunque su postura era rígida y militar, había una ferocidad contenida en cada uno de sus movimientos. Lo más impactante, sin embargo, era su energía. Era como un agujero negro que devoraba toda la luz del lugar.
El Rey avanzó por el salón sin mirar a nadie. Los invitados se apartaban a su paso como las aguas ante una tormenta. Ricardo salió a su encuentro, haciendo una reverencia tan profunda que resultaba patética.
—Majestad... es un honor inigualable recibirlo en la Manada Moonlight —dijo Ricardo, su voz temblando ligeramente.
Ethan no respondió de inmediato. Sus ojos, que según los rumores eran dorados, estaban ocultos en la penumbra de la estancia, pero Luneth sintió que buscaban algo. Una inquietud extraña comenzó a crecer en su pecho. El medallón que llevaba oculto bajo la túnica pareció calentarse contra su piel.
—Ahorraos los halagos, Alfa Ricardo —dijo el Rey, y su voz fue como un trueno profundo que resonó hasta en las paredes de la terraza—. He venido a cumplir con la tradición. Pero advierto que mi paciencia es corta y mi tiempo es oro. Que comience el desfile de vuestras hijas, si es que eso es lo que deseáis.
Luneth, desde la oscuridad de la terraza, sintió una punzada de angustia. No podía soportar ver más. Ver cómo Carla o Mariela intentaban seducir a ese hombre, ver cómo su familia ganaba más poder a costa de mentiras.
El peso de la máscara de hierro se volvió insoportable. El aire dentro de ella era escaso y el olor a metal le revolvía el estómago. Miró hacia el bosque, más allá de las luces de la mansión. Los árboles ancestrales se mecían bajo la luz de la luna, llamándola. El bosque prohibido, el lugar donde nadie se atrevía a entrar de noche, parecía el único refugio posible.
—No puedo más —susurró para sí misma.
Aprovechando que la atención de todos, incluidos los guardias de la terraza, estaba centrada en la figura imponente del Rey en el interior del salón, Luneth se deslizó hacia la barandilla de piedra. Con la agilidad que le habían dado años de trabajo forzado, saltó hacia los jardines inferiores.
Corrió. Corrió como si su vida dependiera de ello, dejando atrás el ruido de la orquesta, las risas crueles de sus primas y la mirada gélida de su tía. Se adentró en la maleza, sintiendo cómo las ramas rasgaban su túnica gris, pero no se detuvo.
Necesitaba quitarse esa máscara. Necesitaba respirar. Necesitaba que la luna, la verdadera dueña de su nombre, la viera sin el desprecio de los hombres.
Sin saberlo, mientras se hundía en las sombras del bosque prohibido, unos ojos dorados se habían desviado del estrado real hacia la ventana de la terraza, captando el rastro de un aroma que no debería existir: una mezcla de jazmín nocturno, ceniza y una pureza ancestral que hizo que el lobo del Rey, por primera vez en siglos, soltara un rugido de reconocimiento.
El Rey Ethan Dark'Raven no estaba allí para elegir a una hija de Alfa. Estaba allí porque el destino lo había arrastrado hacia la Omega que todos intentaban ocultar.
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