Camila Flamme Del Alba se había perdido en los laberínticos salones y pasillos del Castillo de Invierno en Abner. Tenía ocho años. Era un niña seria para su edad. A menudo sentía que no encajaba en esa sociedad tan rígida y protocolar. Veía como otras niñas encontraban puntos en común y enseguida entablaban amistad después de un par de segundos. Este era el motivo por el que decidió salir de la fiesta. Había quedado excluida y nadie parecía notar su presencia. Era el cumpleaños de su primo Saulo por eso estaban en este inmenso y frío castillo. Añoraba volver a su mansión. En Sugey las personas eran cálidas y amables. En el pueblo los aldeanos la adoraban. Allí siempre sabía qué hacer y qué decir. Pertenecía a Castela, a su padre y a su madre.
Dobló esperanzada por otro corredor. Quedó impactada ante la belleza. Este no era el típico pasillo con interminables galerías de puertas cerradas extendiéndose a ambos lados. No. Aquí el suelo brillaba tanto que parecía que estaba mojado y reflejaba los puntos luminosos del techo. Eran millones de chispas doradas de diferentes tamaños que refractaban la luz de la luna que se filtraba al final de la galería a través de los magníficos arcos. Parecía algo mágico como los cuentos que su madre le leía. Era como si un hada traviesa hubiese volado por allí caprichosamente. Dejando una estela de polvo como mudo testigo.
Se había escurrido de la fiesta hacía horas. Vagó sin rumbo fijo tan distraída que ahora no podía orientarse correctamente. La tarde tocaba a su fin, cediendo pasó a la noche. Nunca había visto esta parte del Castillo. Así que concluyó que estaba en los aposentos reales. Este era un lugar prohibido incluso para ella. Era bonito, pero no quería que le cortaran el cuello por ello. Iba a retroceder por donde había venido, pero oyó una música preciosa. No era una canción. Solo era música. No era un piano, conocía su sonido.
Aquello sonaba a plenitud, a algo vivo. Por momentos era elocuente y sobrenatural. Luego se volvía sensual, brillante, metálico, chispeante para casi apagarse en acordes tranquilos, finos y puros. Se amortiguaba solemne, austero, oscuro para elevarse nuevamente abierto, áspero, flotante y suave. Ella jamás había escuchado algo así. Hechizada por esa maravillosa melodía avanzó hasta localizar el origen. Se encontró frente a una puerta. La empujó y esta se abrió suavemente como si la invitara a pasar.
No titubeó con pasos decididos penetró al encuentro de lo que producía esa música celestial. Sus ojos se adaptaron a la semipenumbra. Allí no había nadie y sin embargo, la melodía parecía provenir de todas partes. Desconcertada logró ubicar encima de una mesa una caja musical. Supo lo que era, pues su madre le había regalado una en su cumpleaños pasado, pero esta era diferente. Tenía un hada bailando. Era bellísima. Repentinamente la música cesó. Esto la asustó un poco, pero la curiosidad era más grande. Buscó el mecanismo que activara nuevamente el precioso objeto, pero en su lugar al presionar un botón salió una gaveta oculta. Dentro había una nota. Debajo del Árbol del Sol está la esmeralda milenaria. Al lado del corazón.
Camila vio con horror como el papel se desintegraba de sus manos, convirtiéndose en fino polvo. Nerviosa sacudió sus manos para deshacerse de la evidencia de su culpabilidad. Cerró la gavetita y salió de la habitación lo más rápido que sus pies le permitieron. En ningún momento vio al chico que observaba lo sucedido detrás de una cortina. Corrió tanto con el corazón latiéndole hasta doler y sin mirar por dónde hasta que chocó con una doncella.
- ¿Señorita Camila Flamme dónde ha estado? Medio palacio la está buscando. Sus padres están desesperados.
- Yo me quedé dormida.
- Se habrá visto. Venga la llevo a sus aposentos ya es tarde y todavía no se ha bañado, ni cenado.
Esa noche Camila recibió una severa reprimenda de sus padres, pero mantuvo su versión de que se había quedado dormida y por eso se retrasó. Nunca dijo nada de pasillos mágicos, cajas de música misteriosas y mucho menos comentó del papel que desapareció convertido en polvo. Ese era su secreto. Durmió perfectamente esa noche y a la mañana siguiente fue preparada por las doncellas para participar en la merienda del jardín junto a las otras chicas y chicos de su edad. No le apetecía lo más mínimo, pero no podía negarse. Colocó su sonrisa más falsa en el rostro y bajó haciendo gala de unos modales perfectos.
A media mañana ya no le cabía ni una sola gota de té, ni un pastelito más. Sentía ganas de vomitar y su vejiga amenazaba con vaciarse sin su permiso allí mismo. Lo cual sería muy vergonzoso la verdad, pero hasta que el anfitrión no se parara, las normas de la etiqueta dictaban que ella no podía hacerlo. Creyó seriamente no poder aguantar más. Por fin su primo propuso pasear por los jardines. Al principio siguió al grupo fingiendo un interés que no tenía. Toda su concentración estaba en dominar su impulso fisiológico. Intencionalmente fue quedándose rezagada, hasta que viéndose lejos de los demás corrió desesperada hasta que los perdió de vista se internó entre los árboles y con alivio por fin pudo hacer sus necesidades.
Lo primero fue hacer pipi. Alzó las múltiples capas de tela para no mojarlas. Separó bien sus pies para no estropear las zapatillas. Luego se alejó del lugar componiendo el desorden de tanto vuelo como pudo. Ese acto la salvó de ser seguida. Pues cierto niño esa mañana no le había perdido pie, ni pisada. Era el mismo chico que la noche anterior la vio sacar algo de la caja de música. Él también observó como el papel se desintegró, pero sentía curiosidad por saber qué decía. Fue también el que activó sin querer la melodía de la caja y se escondió asustado por lo que había hecho. Ninguno debió estar allí. Casi no durmió esperando la mañana. Quería entablar conversación con ella, pero esta era tan distante con todos que nadie se atrevía a acercarse.
Le había parecido sospechoso que se separara del grupo y por ese motivo la siguió. Nunca quiso verla en una situación tan vulnerable y delicada. Si alguien se enteraba de esto su reputación podría quedar destrozada y seriamente comprometida. La cara del chico estaba tan roja que rivalizaba con una manzana. Avergonzado se fue de allí. Ya tendría otra ocasión más adecuada para abordarla. Camila ajena a todo este dilema se sintió tan bien después de resolver su problema que hasta las náuseas se le pasaron. Respiró feliz. Bueno su primo dijo que pasearan por el jardín y esto técnicamente lo era. Así que estaba cumpliendo con la sugerencia. Nadie dijo que no se podía disfrutar de una caminata en solitario.
Encontró un sendero y lo siguió. Este conducía a una especie de glorieta. El lugar era hermoso. Se veía en él, ese aire de antigüedad que inspira respeto. Se sentó en un banco de madera y contempló extasiada el paisaje. Era tan agradable aquí. Su mirada fue atraída por un árbol muy grueso. Se acercó con curiosidad.
- ¿Guao, que tan viejo eres? - subió su vista por el troco tratando de ver su copa. Era tan alta como una torre. Los rayos solares se deslizaban entre las ramas separándose en gruesos haces de luz. Era un espectáculo etéreo. De pronto a su cabeza acudieron las palabras del papel de la noche anterior. "Debajo del Árbol del Sol está la esmeralda milenaria. Al lado del corazón." ¿Sería este el árbol del Sol? Se puso a investigar el grueso tronco. Allí estaba un corazón tallado desde hacía décadas quizás. Bueno el corazón listo ¿Y la esmeralda? La frase decía al lado, pero cuál. El derecho o el izquierdo. Si era debajo esto significaba que habría que cavar.
No podía ensuciarse con tierra o la castigarían hasta que fuera adulta. Buscó con qué levantar y mover la tierra. A modo de azada utilizó una piedra plana. Iba a comenzar a excavar por el lado derecho, pues era el más escondido desde la perspectiva del camino, cuando vio un agujero natural en las raíces mismas del árbol. A simple vista no llamaba la atención, pero cuando retiró las hojas caídas y extrajo un poco de tierra topó con una caja metálica. La sacó. Era pequeña y tenía un candado. Le dio dos trastazos con la piedra y este se abrió dejando ver un fuego verde intenso. El cristal de la esmeralda resplandecía con destellos casi deslumbrantes. Camila cerró la tapa sin sacar de adentro su precioso tesoro. Ató firmemente la misma a su falda interior. Era hora de regresar. No quería que pasara lo de ayer.
Afortunadamente para ella una de las niñas se había "caído accidentalmente" entre los rosales y las espinas tenían atrapado su voluminoso vestido. El jardinero y dos doncellas trabajaban para liberarla. Mientras todos los invitados de su primo observaban la inesperada diversión. Por Dios mira que podían llegar a ser crueles, pero eso no tenía nada que ver con ella. Gracias a eso nadie se percató de su ausencia y tampoco de su regreso. Sonrió satisfecha. Era como si nunca se hubiera ido. A unos tres pasos de ella el niño la miraba de vez en cuando y su cara se iba pasando del blanco al rosa y de ahí al rojo más intenso. Camila no reparaba en los presentes solo quería llegar a su habitación para explorar su trofeo.
No es que estuviera robando ni nada. La esmeralda no le pertenecía, pero era tan bonita que quería contemplarla por un día y después la devolvería probablemente. Al fin sacaron a la chillona niña del rosal y la diversión acabó. Su primo Saulo dijo que podían retirarse que por hoy ya se había celebrado bastante su cumpleaños y quería descansar el resto del día hasta la hora de la cena. Camila no podía estar más de acuerdo con esta decisión. Se fue derecha a su habitación, pero allí la esperaba su madre y su tío Gabriel. Querían oírle tocar la canción que cerraría la festividad del cumpleaños. Ella así lo hizo. Camila no se cansaba de ver a su tío Gabriel. Era tan bonito. Su primo Saulo también, pero como era un pesado ella lo ignoraba todo lo que podía.
Apenas si tuvo tiempo de esconder la caja con la esmeralda, cuando llegó su doncella para darle el baño y prepararla para la cena. Estaba frustrada. Era evidente que hasta que no fuera noche cerrada no podría ver esa preciosa gema. Nunca una cena le pareció tan larga. Lo único bueno es que había tomado una vela del candelabro sin que nadie lo notara. Su doncella siempre se llevaba la palmatoria cuando la acostaba. Lo hacía para prevenir un incendio y Camila la comprendía, pero esta noche necesitaba luz. Cuando la sirvienta se fue dejándola bien arropada se sacudió cuanta manta tenía encima. Corrió con la vela al pasillo. Arrastró una caja y estiró su cuerpo con la vela en alto hasta las llamas de la antorcha. Su bata de dormir transparente dejaba ver sus bragas. Su cabello estaba suelto y alborotado. Con una sonrisa deslumbrante bajó al lograr encender la vela y regresó precipitadamente a su habitación.
El niño agachado detrás de una armadura se tapaba con una mano su boca, mientras que con la otra tocaba el pecho donde su corazón parecía querer salir. No volvería a verla hasta pasados seis años, pero ese día se había enamorado sin remedio. Le parecía la chica más audaz y atrevida que había conocido. Camila en cambio solo pensaba en la esmeralda al fin podía verla. Era la cosa más bonita que había visto. Si ella hubiese sabido entonces lo que esa piedra desataría la hubiese arrojado al fondo del mar.
Nota de la autora:
Todas las imágenes que utilizaré en la novela son de Pinterest. Por favor apoyemos a los artistas originales por su talento.
El viento aullaba con cruda fiereza afuera. Empujaba las ventanas con fuerza. Como queriendo invadir con sus frías y turbulentas aguas el interior del majestuoso castillo. Era la peor tormenta que se había vivido en los últimos años. El mal tiempo duraba ya tres días y Sami se sentía impaciente. Esto retrasaba todos sus planes. Quería recorrer sus tierras y ayudar a su gente por última vez antes de ingresar a la Academia Delta Adhara. Estaría tres años fuera. Tenía dieciocho años. En realidad no quería partir a estudiar por tanto tiempo, pero su padre fue tajante. Dijo que sus hermanos se habían graduado en esa escuela y él también lo haría o sí no, no había sucesión del marquesado.
Saúl, Marqués Del Alba, su progenitor. Hablaba con orgullo de padre bendecido sobre su hermano Saulo. Consorte Real en Abner y padre del Príncipe heredero de ese país extranjero y su sobrino a quien él detestaba en silencio. No recordaba un día en que no fuera comparado con el insuperable Saulo y si hablaban de su hermana Sol, entonces era un caso perdido. ¿Quién en el mundo se podía comparar con la deidad Santa Sol? Sami se miraba en el espejo. No estaba envidioso de sus hermanos, al contrario. Se sentía feliz por ellos, pero su aura de grandeza era tan grande que él comprendía que era nada. Había crecido a su sombra y donde quiera que iba era el hermano de Saulo o el hermano de Sol. Nunca era Samuel Del Alba. Solo aquí en sus tierras con su gente recobraba su individualidad y volvía a ser Samuel.
Sus padres y sus hermanos lo adoraban y lo querían y él a ellos. Eso no se discutía, pero por dentro sentía el complejo de no ser suficiente, de nunca poder superar las expectativas depositadas en su persona. Con sus sobrinos la historia era diferente. Adoraba a Camila, pero no lograba comprender a Saulito, llegando a veces a detestarlo realmente. Esto empezó a sentirlo unos cuantos años atrás en Abner. Recordaba que por motivos del cumpleaños del principito habían viajado al Reino de Abner. Saulo esa mañana los invitó a una merienda en donde prácticamente obligó a todos a tomar litros de té. Nadie podía ingerir ni una sola gota más. No sin antes por lo menos ir al baño. Sin embargo, allí seguía él como si nada. Ajeno al sufrimiento colectivo.
Samuel que estaba cerca pudo notar como esta situación divertía a su sobrino. Los mantuvo allí castigados hasta que ya se aburrió y después en vez de terminar la "merienda" les hizo caminar entre los vastos rosales del Palacio de Invierno. Los niños tenían cara de sufrimiento. Todos aguantaban como podían. Sin previo aviso vio como Saulo le puso una zancadilla a una chiquilla que no dejaba de incordiarlo con sus reiterados alteza esto, alteza lo otro. Hasta él se sentía fastidiado, pero de ahí a hacerle daño intencional era otra cosa. El caso es que la niña fue a parar entre las rosas. Saulo fue el primero en reír con verdadero deleite. Los demás pronto lo imitaron e incluso decían que la chica era muy torpe y por eso había tenido ese "accidente"
A partir de ahí Samuel observó más de cerca las inusuales acciones de su sobrino y descubrió que el chico disfrutaba con el sufrimiento ajeno. No es que fuera un niño malo, pero... El tiempo pasó y se fueron distanciando. Se veían cada dos años, unos pocos días y aunque Saulo proyectaba una fachada perfecta. Ciertos rumores circulaban entre la servidumbre. Eran cosas que podían interpretarse como travesuras, pero Samuel estaba dudoso. Por ejemplo la historia de que el Príncipe prestó su halcón de casa al hijo del herrero, pero no explicó que el animal atacaba desde que se le quitaba la capucha o también cuando colocó tres serpientes venenosas entre las sábanas de su maestro de matemáticas. Dijo que no sabían que eran venenosas y un sinfín de cositas que daban qué pensar.
A la única persona que ese chico temía de verdad, era a su tía Sol. Cuando ella estaba presente procuraba ser el niño más adorable del mundo. Y realmente lo era. Saulo había heredado la belleza de Gabriel y las virtudes de Saulo su padre. Era el mejor en todo. Incluso siendo más pequeño que él lo superaba con la espada y nunca pudo ganarle. La única vez que vio realmente triste al chico fue cuando la antigua Reina Amalia, su abuela había sido asesinada. Ese día lo vio llorar auténticamente, pero también lo vio matar por primera vez. Se le concedió hacer justicia por la soberana y él cortó aquella cabeza del asesino como si cortara mantequilla. Sus ojos estaban tan vacíos que parecían posos violetas. Fue aterrador. Samuel sacudió la cabeza. No quería pensar en su sobrino.
Un golpe de viento logró abrir la ventana detrás de él. La lluvia triunfante invadió alegremente el lugar que hasta hacía unos segundos le había estado prohibido. Mojó sin misericordia en cuestión de segundos el espacio, mientras el viento huracanado jugaba con las cortinas y derribaba adornos. Un papel arrastrado por el vendaval vino mansamente a posarse en sus pies. Lo recogió con una sonrisa. Era la carta de su sobrina Camila. Sí alguien en todo el mundo comprendía cómo se sentía él, era ella. La hija de Santa Sol.
Siempre se habían llevado bien a pesar de la diferencia de edad. Camila era más joven. Rememoró la imagen de la chica. Hacía un año que no se veían aunque mantenían una correspondencia activa. Su sobrina en aquel entonces amenazaba con convertirse en una belleza extraordinaria. Tenía la personalidad de una Reina. Poseía un carácter ingenioso y burlesco. Era la pesadilla de muchas chicas y el sueño de muchos jovencitos. Toda una rompecorazones. Eso es lo que se veía por fuera, pero él sabía que por dentro eran iguales. Inseguros y lastimados por la grandeza de sus orígenes.
Ella todavía no ingresaría a la Academia no tenía la edad, pero prometía verlo todos los días. Total, la Academia era como su otra casa. Creció allí. Su madre era la jefa del Departamento de Desarrollo y su padre el Director de dicha Institución. Entraba y salía del lugar sin que nadie la detuviera. En Sugey nadie le hacía daño. Era la hija de sus benefactores. Nunca era Camila, pero ella ocultaba con una sonrisa la tristeza de perder su identidad y correspondía gentil el saludo con todos los aldeanos. Por eso siempre se habían querido. Entre ellos sí se reconocían. Él era solo Sami y ella Mila.
Una criada entró a la habitación y horrorizada se fue a luchar contra las ventanas que batían furiosamente de un lado para otro a capricho del viento. En segundos quedó empapada desde los pies hasta la cabeza. Samuel dejó la carta encima de una mesita. La prensó con un pesado libro para que no volviera a ser sacudida por el aire y se fue a ayudar a la joven. Entre los dos con esfuerzo lograron asegurar la ventana. Impidiendo que la tormenta de afuera volviera a invadir adentro. Se apoyaron jadeantes contra la misma. El esfuerzo no fue sencillo. La naturaleza tiene una fuerza que a veces supera los límites humanos. Samuel sentía el cuerpo frío. El agua empezaba a escurrirse. Miró a la criada y ya no pudo apartar la vista.
Su cuerpo que hace un segundo se encontraba frío ahora le quemaba. Allí estaba aquella chica. Era joven. Apenas si estaba entrando a la adultez. No era una belleza, pero la lluvia había pegado la tela en los lugares correctos y la volvió transparente. A través del escote se revelaban unos senos turgentes con pezones rosados que invitaban a ser probados. La mirada de Samuel se volvió peligrosamente intensa. Era ardiente y ávida. La muchacha se percató de esto, pero como era muy sensata. Lejos de aprovechar este momento, pidió permiso para retirarse. Ella era pobre y no aspiraba a ser el desahogo del joven marqués. Era precioso claro, pero ella conocía su lugar y ese nunca sería al lado de su futuro amo.
Samuel se quedó allí solo con el cuerpo raro. Últimamente le pasaban cosas que no podía explicar como ahora. Eran súbitas, inesperadas. Ya no sentía frío a pesar de estar empapado. Al contrario. Estaba ardiendo como si tuviera fiebre y una necesidad de algo desconocido tensaba incómodamente sus pantalones. Bajó su mano allí y se acarició rítmicamente pensando en la imagen de unos pezones rosas a través de una prenda mojada hasta que el alivio se derramó en el suelo. Sí, quizás era mejor que se marchara a Delta Adhara. Aquí corría el riesgo de convertirse en un canalla. Esta era su tierra, su gente. Quería protegerlos, mejorarles la vida. No los ofendería por los ardores de su juventud.
Su padre siempre le enseñó a ser un caballero, pero qué difícil le resultaba en ciertas ocasiones. Se fue al baño. Dejaría que el agua enfriara su lujuria. Después empezaría a organizar el equipaje. Ya había tomado una decisión. No iría al viaje de recorrido previsto. Se marcharía apenas el clima se calmara. Esto era lo mejor para él y para su gente. Su padre tenía razón. La distancia da una perspectiva adecuada del panorama general. Y como decía su madre "A todo lo que te reste paz súmale distancia"
Una semana después Samuel emprendía el viaje más importante de su vida. Solo que aún no lo sabía. Porque como dice Bilbo Bolson en El Señor de los Anillos, de J. R. Tolkien "No hay nada más peligroso que el primer paso que das fuera de la puerta de tu casa, pues nunca sabes a dónde te conducirán tus pies."
Camila observaba desde lo alto del acantilado el paisaje de Sugey a sus pies. Allí estaba la Academia Delta Adhara con el lago cristalino y profundo, pero tan fácil de bordear para llegar desde un lado al otro. No se cansaba de mirar esta hermosa vista. Vio crecer este pueblo y a su gente. Hoy había subido hasta acá por pura frustración 🙄😣. Necesitaba calmarse. Tomar perspectiva desde la distancia. ¿No entendía por qué tenía que esperar un año más para poder estudiar allí? Su padre había sido contundente. La había amenazado con enviarla a un convento si seguía insistiendo. Su madre más conciliadora intervino y dijo que no podían cambiar las reglas solo por beneficiarla. Solo tenía que esperar un año más y ya podría matricular.
La Academia tenía solo dos requisitos de inscripción. Uno era tener más de quince años para poder entrar y el otro tener talento probado en cualquier área del conocimiento. No importaba si se retrasaban en entrar. Podían matricular incluso hasta los veintiún años, pero nunca antes de los quince. Salió tan enfadada que hasta se le olvidó que hoy era el día en que llegaba su tío Samuel. Aunque ella le llamaba Sami o primo. Él era la única persona en el mundo que comprendía cómo se sentía. Camila pensó que lo vería mañana. Seguro que hoy tendría que descansar del viaje y organizar sus cosas. No quería importunar. También estaba la cuestión de que seguro Sami compartiría habitación con un compañero de cuarto.
Sus padres trabajaban en restaurar el ala norte del castillo. Cada vez eran más los estudiantes que matriculaban en la Academia. Venían procedentes tanto de Castela como de Abner y de diferentes clases sociales y procedencias, pues se había aceptado a plebeyos prometedoramente talentosos. El prestigio de la institución era inmenso. Ella había crecido allí. Conocía a todo el personal y las reglas, pero su vida era tan aburrida. Odiaba no tener amigas. Las chicas que la invitaban a fiestas de té lo hacían no por ella, si no por el esplendor de sus padres y las conexiones familiares. Estaba harta de tanta hipocresía. Por eso quería estudiar allí, para demostrar que ella también era digna. Pero nada de eso era posible porque aunque tenía privilegios, algunos lugares de la Academia le estaban prohibidos como la biblioteca. Solo por no ser alumna y no tener quince años.
Con rabia le dio una patada a una roca que fue a caer al vacío, pero eso hizo que perdiera el equilibrio. Por un horrible momento pensó que iba a morir por infantil y malcriada, pero alguien la haló hacia atrás. Cayó encima de un cuerpo sólido que la sostenía por el pecho. Instintivamente se giró como una gata lista para atacar y quedó a horcajadas encima de... ¡Oh Dios Mío! Esto podía costarle la cabeza a ella y a sus padres. Sabía quién era. Su retrato un poco más aniñado adornaba la galería de su mansión. Reconocería esos ojos en cualquier parte. Era la primera vez que lo veía en persona. Esto era vergonzoso. ¿Qué pensaría? Una señorita no debía actuar tan agresiva y menos aplastar con su cuerpo el de un hombre. Empezó a levantarse rápidamente, pero esto fue peor. Su pie se entedó en los largos volantes del vestido. No, no podía estar pasándole esto. No había vivido lo suficiente. Separó sus labios de los ajenos. Logró pararse como pudo con la cara totalmente pálida.
- Lo siento alteza. No era mi intención.- el Príncipe Ian de Castela estaba tendido todavía en el piso. Inmóvil y conmocionado por lo sucedido. Solo la miraba desde su posición. La muchacha se recortaba contra el cielo azul. Se veía preciosa. Sabía que ahora tenía catorce años. Hacía seis que no la veía, pero nunca la había olvidado. Ellos no coincidieron más después de aquel cumpleaños en Abner. Como Príncipe heredero de Castela no asistía a muchos eventos y por supuesto a los pocos que iba, ella no tenía acceso. Ahora tenía dieciséis años y al fin había convencido a su padre de lo ventajoso y estratégico que resultaría que él y Alicia asistieran a la Academia. Argumentó que su hermana necesitaba encontrar un buen partido y que todos los jóvenes de prestigio estaban aquí y que en su caso podía establecer poderosas alianzas.
La verdad era que quería escapar por tres años de las interminables señoritas falsas que lo asechaban. Por suerte su padre todavía era joven por lo que no se hablaba de sucesión y menos de compromisos concertados. El Reino atravesaba una época de paz y existían magníficas relaciones con Abner, por lo que no había que temer. Ian era el único hijo varón de Rangel de Castela con la concubina Leila Valdés Pino, mientras que Alicia era hija de la Reina Consorte Marianna Evariste. Esta mujer los había criado a los dos como hermanos carnales, pues Leila había fallecido en el parto. No obstante Marianna siempre había hablado al chico bien de la difunta e incluso le había enseñado fotos de ella para que él no la olvidara.
La Reina no volvió a tener más hijos. Decía que no había necesidad, pues ya existía un heredero. No fue hasta un año atrás que Ian se enteró de algunos secretos que explicaban muchas cosas. Había caído en sus manos el diario de la Reina. Resulta que su madrastra Marianna y su madre Leila habían quedado embarazadas con la diferencia de una semana. También supo que su madre antes de ser concubina, fue la dama de compañía de la soberana. Como esta última no lograba quedar en cinta solicitó a su esposo que tomara a Leila como concubina. Hasta ahí la historia era bastante común. Lo extraño fue que durante años ninguna lograba quedar embarazada. Los médicos reales decían que todo estaba bien con ellas por lo que su padre llegó a creer que era infértil. Un día su padre casualmente le dio por visitar a su esposa y cual no sería su sorpresa al encontrar a las dos mujeres teniendo sexo entre sí.
Se escondió y observó la escena entre fascinado y horrorizado. Luego las oyó hablar de tomar cierto té para prevenir el embarazo. No querín darle hijos a él, ni a nadie. Era un pacto que habían hecho entre ellas por el amor que se tenían. Entonces lo comprendió todo. Otro hombre en su lugar las hubiera matado por semejante traición, pero Rangel era muy inteligente. No podía permitirse un escándalo de esa magnitud contra dos casas poderosas, que sustentaban parte de su poder. Además su padre el Rey no le pasaría la corona hasta que no tuviera herederos. A modo de venganza y para solucionar su problema, hizo cambiar las hierbas del famoso té por otras con efecto contrario. Estas últimas favorecían la concepción. Sin que ellas sospecharan nada les fue suministrada la nueva infusión. Al cabo de un mes comenzó a visitarlas indistintamente. Solo respetó los días de los períodos de ambas mujeres y el resultado fue un embarazo casi simultáneo.
Rangel obtuvo el trono y dos hijos en el proceso. También se negó a conceder el divorcio a Marianna. Hicieron un trato. Él nunca más la tocaría y además podía disfrutar de todos los beneficios de ser Reina. A cambio debía criar a los niños sin distinción. Ambos podían tener sus cosas muy discretamente. Incluso podían contar con el apoyo del otro para despachar a algunos amantes fastidiosos. Al final llegaron a quererse como hermanos y bajo su dirección el Reino de Castela florecía y prosperaba. Los niños crecieron admirablemente ajenos al oscuro secreto detrás de sus orígenes.
Ian finalmente se puso de pie. Se sacudió la ropa. Mientras Camila procuraba ni levantar la vista del suelo, pues es instinto humano desconfiar de cosas peligrosas. Cómo Ian no hablaba Camila se atrevió a levantar la vista y preguntar.
- ¿Alteza se ha hecho daño?
- No.
- Yo... Le doy las gracias. Si me dispensa. Debo irme. Se hace tarde.
Él asintió y ella se fue apresuradamente con la larga cola de su vestido arrastrando el suelo como una vaporosa nube de seda y encajes. Su pelo flotaba con la brisa con destellos dorados. Llevaba latiendo a mil por hora el corazón y en los labios una sensación desconocida. Nunca pensó que su primer beso fuera un accidente y menos con el Príncipe de Castela. Dios esto era grave, por suerte el chico parecía todo un caballero. Mientras Camila se perdía en la distancia Ian se quedó allí observando el paisaje en el que ella ahora formaba parte. Se tocó los labios. Le había robado hacía seis años atrás su corazón y ahora su primer beso.
Podía solicitar a su padre un compromiso con la muchacha por decreto imperial, pero no quería eso. La Academia se veía nítidamente desde aquí y más allá estaba el precioso lago y Sugey. Ah maravilloso Sugey donde vivía la mujer de sus sueños. La flor más hermosa del Reino. El chico hizo un gesto con la mano e inmediatamente apareció un hombre a su lado.
- ¿Ya mi hermana está instalada?
- Sí alteza, pero comparte habitación con otra chica.
- ¿Con quién?
- Con Clara Flamme.
- ¿Con quién comparto habitación yo?
- Con Caden Flamme.
Ian contempló el paisaje que se extendía a sus pies. Era tan hermoso como una pintura, pero ahora que la chica no se veía dejó de interesarle.
- Vamos. Está cayendo la tarde. Es un excelente momento para conocer la ciudad. Dame mi capa.
Media hora después Ian caminaba por aquellas calles adoquinadas que había contemplado desde la distancia. Era una ciudad desbordante de vida y alegría. Las farolas iluminaban por todas partes. Tenía hambre por lo que entraron a una taberna. La tarta de manzana era la especialidad del local. Alguien tocaba una canción popular al piano. El ambiente era relajado. El chico salió de allí y vagó con su escolta por varios lugares. Luego se encaminaron hacia la Academia. Mañana sería la Ceremonia de Inicio. Ahora iría a conocer a su compañero de habitación. Los Flamme eran familia lejana para él. Rara vez los había visto personalmente. Todos los nobles se conocían, pero eso era porque cada dos años se enviaban retratos para saber la apariencia.
Sabía que su padre y el Director de este lugar eran primos y mantenían una estrecha comunicación, pues Delta Adhara era el centro del entramado político de Castela. Se sentía libre. Nadie asechándolo. Casi sin normas, ni protocolos. No llevaba ni doce horas en la maravillosa Sugey y ya la amaba. Esa noche cuando se acostó. Recordó el accidentado beso recibido y no pudo evitar sonreír antes de quedar profundamente dormido.
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