La lluvia caía en silencio sobre las ventanas, fina y constante, como si el cielo lamentara la partida.
Dante Moretti observaba a la joven delante de él, frágil, con los ojos verdes humedecidos y las manos pequeñas agarrando la maleta con fuerza.
Ella intentaba parecer valiente, pero el temblor en los labios la delataba.
Él se acercó, y su voz sonó baja, casi un susurro.
"Todo va a estar bien, piccola (pequeña)".
La punta de los dedos de él rozó el rostro de ella, en un toque tierno que Bianca jamás olvidaría.
"Esto será importante para ti. Tan pronto como te gradúes, nos volveremos a ver".
Por un instante, él vaciló. La mirada firme cedió lugar a algo más suave, más humano.
"Y cuando vuelvas..." - murmuró próximo al oído de ella - "vas a estar deslumbrante. Aún más linda de lo que eres ahora. Serás... mi tormento." - la última frase fue dicha casi inaudible.
Bianca sintió el corazón dispararse, y antes de que pudiera preguntar, Dante se inclinó y le besó la frente.
Fue un toque breve, pero lo suficiente para marcar una despedida.
Cuando él se alejó, todo lo que quedó fue el sonido de la puerta cerrándose, y el eco de lo que nunca fue dicho.
El ruido del motor del avión sustituyó el recuerdo.
Bianca abrió los ojos, respirando hondo, intentando escapar de la niebla entre sueño y memoria.
Por un instante, aún podía sentir el calor de la mano de él en su piel.
Cinco años habían pasado.
Y, aún así, Dante Moretti seguía siendo el recuerdo que más dolía, y el que ella menos conseguía olvidar.
(Punto de vista de Bianca)
Soy Bianca Moretti, tengo 20 años y esta es mi historia.
Nací en Milán, hija de Lorenzo e Isabella Vitali.
Perdí a mi madre cuando tenía apenas tres años, en un accidente que cambió todo.
Mi padre me crió solo, dedicando la vida a mí y a la empresa que construyó al lado de su mejor amigo, Vittorio Moretti, padre de Dante.
Dante siempre estuvo cerca.
Él era el ahijado querido de mi padre, el hombre en quien él más confiaba.
Para mí, él era el imposible, el hombre que yo admiraba en silencio desde niña.
Tenía aquel aire seguro, la mirada profunda y la presencia que llenaba cualquier espacio.
Y, aún así, parecía siempre lejos de mí.
Cuando mi padre descubrió que estaba enfermo, tomó una decisión que cambió mi destino:
garantizar que yo fuera cuidada por alguien de confianza.
Y ese alguien... fue Dante.
A los dieciséis años, me convertí en su esposa.
Un matrimonio frío, sin promesas, sin besos, apenas un contrato y la mirada distante de un hombre que veía aquello como un deber.
Yo, ingenua, quise creer que el amor nacería con el tiempo.
Pero, poco después, él me mandó lejos.
Dijo que yo necesitaba estudiar, madurar, convertirme en quien yo debía ser.
En realidad, él solo quería distancia.
Ahora, el avión descendía sobre Florencia, el sonido del avión tocando el suelo hizo que mi corazón se disparara, latí más rápido a cada segundo. Era como si cada latido dijera: volviste.
Por un instante, cerré los ojos y respiré hondo. El aire del avión era el mismo de siempre, seco, frío, casi impersonal, pero de repente parecía diferente. Era el aire del retorno, el comienzo de lo que esperé por cinco años.
Cuando el aviso de desembarque resonó, solté el cinturón y me acomodé el abrigo sobre los hombros. Me miré de reojo en el reflejo de la ventana. El cabello oscuro caía en ondas leves, y mis ojos verdes, heredados de mi madre, parecían más firmes, menos ingenuos. La chica que partió llorando quedó atrás.
Ahora, quien volvía era una mujer.
Londres me dio un diploma. La distancia, madurez. Pero nada, absolutamente nada, borró el nombre de él de mis recuerdos: Dante Moretti.
Así que atravesé el vestíbulo, un hombre alto, de traje impecable, se acercó con un leve gesto.
- ¿Signora Moretti? - preguntó.
Mi apellido aún sonaba extraño en la boca de extraños.
- Sí - respondí.
- Fui enviado por el señor Dante. Él pidió que la llevara directamente a la Villa Moretti.
Por un segundo, vacilé.
Él no vino.
Claro que no vino. Dante Moretti no hacía ese tipo de gesto. Era práctico, contenido... distante. El mismo hombre que, cinco años atrás, me mandó lejos con un toque suave y palabras que yo nunca conseguí olvidar: "Cuando vuelvas, estarás deslumbrante".
Apreté el puño. "Pues lo estoy, Dante", pensé. "Y esta vez, no me voy".
- Muy bien - dije apenas, siguiendo al conductor hasta el coche.
El viaje fue silencioso. Allá afuera, las colinas de la Toscana parecían recibirme como viejas conocidas. El sol dorado cubría los viñedos y los olivos, y por un momento, sentí algo que no esperaba sentir: nostalgia.
No de Italia. De él.
Pero yo aparté el pensamiento. Yo no vine a revivir el pasado.
Vine a recuperar lo que es mío y a construir un futuro.
Cuando el portón de hierro se abrió, vi la Villa Moretti surgir imponente, antes ese lugar se llamaba Villa Vitali donde crecí y está exactamente como yo recordaba, y al mismo tiempo, diferente. Más fría. Como si hasta las paredes hubieran olvidado que allí vivía alguien.
El conductor estacionó y bajó para abrir la puerta.
- ¿Quiere que avise que la Signora llegó? - preguntó.
Asentí con una leve sonrisa. - Diga apenas que la esposa del señor Moretti volvió a casa.
Mientras él se alejaba, permanecí allí, parada, observando el jardín que un día fue mi refugio. Las mismas rosaledas de mi madre aún florecían cerca de la veranda, y el aroma dulce de los pétalos se mezclaba al viento suave.
Cerré los ojos por un instante y sentí el peso de los años lejos de aquel lugar.
Pero, cuando los abrí, todo lo que quedaba era determinación.
Yo no soy más la niña que Dante mandó al exterior.
Ahora, yo soy Bianca Moretti.
Y estoy lista para tomar de vuelta mi lugar, y todo lo que siempre fue mío.
(Punto de vista de Dante)
Mi nombre es Dante Moretti, y tengo treinta y cuatro años.
Soy CEO de una de las mayores constructoras de Europa, herencia de una asociación que comenzó mucho antes de que yo naciera, entre mi padre, Vittorio Moretti, y el hombre que se convirtió en mi padrino y casi un segundo padre, Lorenzo Vitali.
La vida me enseñó pronto que el éxito exige sacrificios.
Trabajo, estrategia, frialdad.
Tres palabras que moldearon quién soy, o quién aprendí a ser.
Pero ninguna de ellas me preparó para el día en que Lorenzo me llamó al hospital, el rostro pálido, los ojos serenos, y me pidió algo imposible.
—Dante… quiero que prometas que cuidarás de Bianca.
En la época, ella tenía dieciséis años. Una niña dulce, ingenua y completamente ajena al peso de aquel pedido.
Yo intenté rechazar. Dije que aquello era una locura, que había otras formas de protegerla, pero Lorenzo no me escuchó.
Sabía que no tenía tiempo, y me miró con la misma firmeza que siempre usaba cuando quería que yo dijese “sí”.
—Necesito tener la certeza de que ella estará segura… y de que todo lo que construí permanecerá en las manos correctas. Si ella se queda sola tendrá que ir a un orfanato o algo parecido, todo lo que construí caerá en las manos de aquellos tiburones devoradores. Dante, no puedes dejar que eso suceda.
Y así, entre papeles, lágrimas y promesas, y los papeles de autorización de mi padrino para que ella pudiese casarse pues era menor, acepté.
Acepté casarme con una niña que yo vi crecer.
La ceremonia fue silenciosa.
Sin flores, sin invitados, sin sonrisas.
Apenas dos firmas y el sonido frío de la pluma rayando el papel.
Yo me convencí de que estaba haciendo lo correcto.
De que era apenas un acto de lealtad, un acuerdo para proteger el legado de Lorenzo y garantizar el futuro de Bianca.
Pero, en el fondo, sabía que el problema no era la promesa, sino lo que ella despertaba en mí.
Recuerdo a Bianca niña, corriendo por la casa, esparciendo juguetes por el escritorio e interrumpiendo reuniones con sus risas.
Recuerdo las veces en que aparecía en las fiestas de familia e implicaba con mis novias, lanzándome miradas desafiantes, como si fuese dueña de mí.
Yo me reía de eso. Hasta el día en que dejé de hallar gracia.
No sé cuándo exactamente dejé de verla como la niña de trenzas que robaba mis chocolates.
Tal vez haya sido cuando la vi por primera vez usando un vestido largo y tacones alto, percibí que ella ya no era más una niña.
O cuando noté el modo como ella me miraba, no como a una figura distante, sino como a un hombre.
El hecho es que, desde aquel momento, todo en mí quiso olvidar lo que sentía.
La distancia parecía la única solución.
Entonces, cuando ella completó dieciséis años, y el mundo se tornó pequeño demás para esconder lo que yo temía, encontré una salida.
Envié a Bianca para el exterior, bajo el pretexto de estudiar, construir una carrera, crecer.
Pero, en verdad, yo necesitaba que ella estuviese lejos de mí.
Lejos del hombre que yo podría convertirme si la dejase quedarse.
Había una cláusula en la promesa que le hice a Lorenzo, una que nunca dejé de cargar como un fardo:
Cuando Bianca se volviese mayor de edad y encontrase a alguien que la amase, yo debería dejarla ir. — no sé si seré capaz de cumplir esa cláusula.
Y ahora… ella está volviendo.
Formada, adulta, independiente.
La niña que antes era apenas un deber ahora es un recuerdo vivo de lo que luché tanto para olvidar.
Yo debería estar satisfecho. Ella cumplió lo que prometí a Lorenzo, creció, estudió, se tornó fuerte.
Pero hay algo en mí que teme ese reencuentro.
Y si yo cedo…
Si yo permito que esos sentimientos antiguos despierten, estaré traicionando todo lo que juré proteger.
El nombre, la memoria de mi padrino… y tal vez, a mí mismo.
No.
Yo no puedo dejar que eso suceda.
—Señor Moretti — la voz de Carlo su asistente rompió el silencio, cautelosa. — La señora Bianca ya llegó. Está instalada en la villa.
Mi puño se cerró sobre la pluma.
—Muy bien. Diga a la gobernanta que providencie lo que fuese necesario. — Hice una pausa corta. — Y que me mantenga informado, caso necesite de algo.
—¿Debo avisarla que el señor desea verla más tarde?
—No. — La palabra salió seca. — Eso no será necesario.
Cuando él salió, el silencio volvió a tomar cuenta de la sala, pero esta vez parecía diferente. Más denso.
Cinco años.
Cinco años luché contra mí mismo intentando convencerme de que Bianca era apenas una responsabilidad heredada junto con una fortuna.
La niña de cabellos oscuros que insistía en sentarse a mi lado durante las cenas, que me miraba con aquel brillo curioso, como si yo fuese el centro del universo.
Recuerdo el día en que mi padrino me pidió para cuidarla, la voz fraca, la mirada implorando: “Promete que no la dejarás desamparada, Dante”.
Yo prometí. Y cumplí.
Pero nadie me avisó que cuidar de ella significaría luchar contra mí mismo.
Cerré los ojos por un instante, apoyando las manos en la mesa. Es más fácil pensar en ella como una responsabilidad que admitir lo que realmente sentía o… "siento"
Y yo jamás permitiré que ese sentimiento crezca dentro de mí de nuevo.
Abrí los ojos y caminé hasta la ventana. Allá fuera, las colinas de la Toscana se extendían bajo el sol de la tarde, doradas, serenas, lo opuesto de todo lo que yo sentía.
La villa aparecía a la distancia, el tejado rojizo entre los cipreses.
Allá dentro, Bianca estaba de vuelta.
Yo podía negar mil veces, pero sabía lo que aquella presencia despertaba en mí.
El amor que nunca debió haber nacido.
Y que, ahora, amenazaba renacer.
—Ella es sólo una niña Dante — murmuré, como si decir eso en voz alta pudiese tornarlo real. — Sólo una niña. Tu deber es protegerla, nada más.
Pero el eco de mi propia voz no me convenció.
El reloj marcaba casi las diez de la noche cuando Dante Moretti finalmente apartó los ojos de la pantalla del ordenador. La amplia sala de su oficina en Florencia estaba sumida en la penumbra; solo la luz amarillenta de una lámpara de pie se reflejaba en los muebles de madera oscura y los papeles esparcidos. El silencio solo era interrumpido por el suave sonido del vino servido en dos copas.
—Necesitas descansar, amore —murmuró Mellinda, acomodándose en el brazo del sillón de él, con la sonrisa perezosa de quien se sentía demasiado a gusto en ese espacio.
Dante levantó los ojos. Mellinda Santori —linda, rubia, ambiciosa, hija de un importante empresario— era su compañía desde hacía casi un año. Una relación discreta, casi secreta, mantenida lejos de los ojos de la prensa y de los socios. Para muchos, Dante era un hombre soltero, casado solo con el trabajo.
Y, de alguna manera, era eso lo que él quería creer. El trabajo le servía de escudo, de excusa conveniente para mantenerse lejos de lo que más lo perturbaba: Bianca.
Desde que ella había regresado a Italia, él se había estado escondiendo detrás de informes, reuniones interminables y viajes de negocios que siempre parecían surgir a última hora. Cuando el reloj daba las nueve de la noche, él todavía estaba allí; no porque hubiera algo urgente, sino porque prefería enfrentarse a cualquier planilla antes que a los ojos de ella.
Los ojos que lo desarmaban, que lo hacían recordar promesas que nunca quiso cumplir.
Él apoyó la copa y se inclinó para besar a Mellinda, cuando una llamada seca en la puerta los interrumpió.
—Adelante —dijo, con voz firme, sin esconder la molestia.
El asistente, Carlo, apareció en la puerta. Estaba visiblemente tenso, lo que pronto llamó la atención de Dante.
—Señor Moretti, perdóneme que lo interrumpa, pero es urgente —dijo él, vacilante.
—Entonces dilo de una vez —respondió Dante, volviéndose hacia los papeles.
Carlo tragó saliva. —Tal vez sea mejor que hablemos en privado.
Mellinda arqueó una ceja, cruzando los brazos.
—Puedes hablar, Carlo. Aquí no existen secretos.
Dante no dijo nada. Solo se recostó en la silla, en silencio.
El asistente vaciló por un instante, luego soltó:
—Su esposa intentó ponerse en contacto. Como no lo consiguió, me pidió que le avisara que no dormirá en casa hoy, pues fue a visitar a su madre, señor.
La frase cayó en el aire como un trueno.
El sonido de vidrio rompiéndose resonó cuando Mellinda dejó que la copa se le resbalara de la mano. El vino se esparció por la alfombra, manchando el beige con un rojo oscuro, como sangre.
—Gracias, Carlo. Puedes retirarte. —La voz de Dante salió baja, controlada, casi fría.
—¿Su... esposa? —repitió Mellinda, con voz temblorosa—. ¿Esto es alguna broma, Dante?
Él cerró los ojos por un instante. —Mellinda... no es lo que estás pensando.
—¿Ah, no? —Ella soltó una risita incrédula—. ¡Porque parece exactamente lo que estoy pensando! ¡Estás casado y nunca me lo contaste!
—Es más complicado que eso —respondió él, levantándose—. El matrimonio no fue una elección mía. Fue... una promesa.
—¿Una promesa? —Ella cruzó los brazos, dolida y furiosa—. ¡Una promesa no justifica mentiras! Me hiciste creer que yo era la única mujer de tu vida.
—Mellinda, ella era una niña cuando nos casamos —dijo él, intentando mantener la voz calmada—. Era el deseo de mi padrino. Yo solo... cumplí mi palabra.
Pero las explicaciones parecían inútiles. Mellinda ya tomaba su bolso, con los ojos llorosos y la rabia hirviendo en la voz.
—Entonces tal vez deberías ir hasta tu esposita... para visitar a su madre como el buen hijo y marido que eres.
La puerta se cerró con fuerza tras ella, dejando un silencio pesado en el aire.
Dante se quedó parado por un instante, mirando el vino derramado en la alfombra, el símbolo perfecto de la confusión que se extendía nuevamente en su vida.
Con un suspiro, se sentó de nuevo, masajeándose las sienes.
"Cinco años...", pensó. Cinco años desde que Bianca se había ido. Una adolescente impulsiva, de ojos verdes y cabello oscuro, que lo miraba con una mezcla peligrosa de admiración y ternura.
Él la había mandado lejos creyendo que, con el tiempo, todo se resolvería. Que ella lo olvidaría.
Pero el destino parecía tener planes diferentes.
Ahora, con ella de vuelta en Villa Moretti, durmiendo bajo el mismo techo, cada noche se convertía en un campo minado. Él fingía tener reuniones hasta tarde, fingía tener cenas de negocios. Fingir se había convertido en su forma de sobrevivir.
—Carlo —llamó, con voz ronca. El asistente, que esperaba afuera, reapareció.
—¿Señor?
—Mañana, quiero que el chófer vaya a buscarla. Dile que la lleve directamente a Villa Moretti.
Carlo asintió. —¿Necesita algo más, señor?
Dante fijó la vista en la ventana, con la mirada perdida en el horizonte de Florencia iluminada.
—No. Eso es todo.
Mientras el asistente salía, Dante se quedó solo con sus pensamientos.
Con ella cerca, todo lo que él intentaba enterrar volvía a la superficie: el deber, la culpa y aquel sentimiento que jamás consiguió nombrar, pero que ahora amenazaba con resurgir, tan peligroso como antes.
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