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Fernando López: La Elección de un Hombre

Capítulo 1

Fernando López sabía lo que debía hacerse.

Fue entrenado para ello durante toda su vida, pero creía que el momento de asumir el mando de los "negocios" de la familia tardaría.

Pero los acontecimientos fueron cambiando el rumbo de su destino y todo lo que había planeado, se salió de su control...

...****************...

DIEZ AÑOS ANTES

(la muerte de sus padres)

Tenía 20 años cuando sus padres murieron en un accidente automovilístico.

Siendo el hermano mayor, tuvo que hacerse fuerte para proteger a sus hermanos: Alejandro, de 14 años, y Rodrigo, de apenas 10 años.

Los tres quedaron bajo el cuidado de sus abuelos paternos. La abuela María del Pilar los educaba con "manos de hierro", pero siempre decía que era por su bien.

Su abuelo, Enrique López, dirigía los "negocios", incluso con la salud debilitada. Aún tenía dudas sobre entregar la "organización" en manos del nieto mayor, llegando a considerar pasar el control de todo al nieto del medio, Alejandro.

Todo esto se debía a la insistencia del nieto primogénito en no querer casarse con la hija de un amigo que había salvado la vida de Don Enrique López en el pasado, insistiendo en desposar a su novia, desde los tiempos de escuela, Valéria Garcia. Una chica frívola, que coleccionaba victorias en concursos de belleza y soñaba con el brillo de la fama.

Aquel día, la lluvia fina caía sobre el cementerio.

Al lado de una tumba, Fernando López apretó los ojos para contener la emoción.

Vestido todo de negro, con la mandíbula trabada y las manos apretadas, observaba los dos ataúdes descender lentamente a la tierra. Uno al lado del otro. Sus padres...

El luto pesaba en el pecho, pero la obligación pesaba más.

A los 20 años, Fernando López dejaba de ser solo el primogénito: se convertiría en el líder de una de las organizaciones más temidas de España.

Desde niño había sido moldeado para ello. Entrenado, educado, exigido. Su abuelo, Don Enrique López jamás permitió que sus emociones interfirieran en los negocios.

La familia por encima de todo, la honra por encima del corazón.

Y allí estaba él, delante de la tumba recién abierta, vestido como hombre, pero sintiéndose aplastado como un niño.

—¿Estás listo? — la voz de Alejandro rompió su trance.

El hermano "del medio", a los 15 años, estaba con los ojos rojos, pero intentando tener control de las emociones. Ya Rodrigo, el hermano menor de apenas 10 años, estaba agarrado a sus piernas, intentando tener el apoyo del hermano mayor.

Fernando no respondió.

¿Estaba listo?

No.

Pero tendría que estar…

La reunión en el salón principal de la mansión López ocurrió aquella misma noche. La antigua mansión, construida por Don Enrique en la década de 1950, era más que una residencia: era símbolo de poder, territorio de los López, mostraba el dominio y el poder. Allí, bajo la luz amarillenta de los candelabros antiguos, Fernando asumiría oficialmente el lugar del padre.

Los principales miembros de la organización estaban presentes. Hombres de mediana edad, con ojos fríos y expresiones respetuosas.

Los ojos de Fernando se posaron sobre una joven recatada, con el rostro infantil, sentada en un sillón en el rincón de la sala.

Él trabó la mandíbula. ¿Querían que se casase con una niña?

Él tenía a Valéria Garcia, su novia desde siempre...

Fernando fue preparado. Si no aceptaban a Valéria, él se apartaría de la organización. El amor de los dos era mucho más importante…

Elena Gutierrez no pasaba de una niña de apenas 10 años.

Vestida como adulta, comportada como una mujer de respeto.

Elena exhibía un vestido crema discreto, cabellos oscuros presos en alto con solo algunos rizos sueltos en la intención de aparentar tener más edad.

Sus ojos lo seguían con devoción, observando cada gesto y cada palabra. Ella era la prometida de él desde la cuna.

Ella era su prometida y nada podría cambiar eso. Un pacto sellado entre familias, un acuerdo entre hombres.

Elena era hija de Arturo Gutiérrez, uno de los brazos derechos de Don Enrique López. La niña estaba siendo educada y preparada para convertirse en la esposa de Fernando López.

Mientras él soñaba con libertad, con la organización y con Valéria Garcia, su amada novia, que era apasionada por los propios sueños de grandeza.

La pequeña Elena estudiaba etiqueta, idiomas, administración de una casa, danza y ser dócil y obediente.

Nunca hubo dudas para ella, sabía lo que vendría y aceptó con devoción soñadora.

Lo que Elena no sabía o tal vez supiese y fingiese ignorar, era que el corazón de Fernando pertenecía a otra: Valéria Garcia que era lo opuesto de Elena.

Valéria era espontánea, desinhibida, impulsiva...

Tenía la risa fácil y la ambición descarada. Hija de un empresario decadente del sector textil. Conoció a Fernando en el colegio y desde entonces nunca se separaron. Ella lo encantó y con eso, conquistó su devoción. El heredero de la familia López sería su trampolín para el reconocimiento que merecía.

Cuando fue prohibida de estar al lado del novio en el velatorio de los padres de él, ella no se abatió, tenía confianza en el amor de Fernando por ella.

Fernando tuvo una pelea con el abuelo. Intentó explicar que su corazón pertenecía a Valéria no sería feliz casándose con Elena, una niña sin cualquier atractivos. Pero fue en vano.

En 10 años ella completaría 20 años y él 30, sería la oficialización de la unión entre ellos y la fortificación de la organización.

En ese período, Don Enrique entrenaría a Fernando personalmente para asumir el control de todo.

Fernando vivió los próximos 10 años entre los negocios de la organización y los placeres que su novia Valéria le proporcionaba. Con la certeza de que el abuelo lo liberaría de esa unión ridícula con Elena, una niña sin la vivacidad de Valéria.

Una niña, que tenía el cuerpo magro que más parecía una tabla. Esa era la imagen que él guardó en su memoria, la de una niña sin curvas y tan seria como una vieja.

En ese período, Fernando López desfilaba por la alta sociedad siempre al lado de Valéria Garcia que adoraba joyas y modelos exclusivos... Fernando siempre la encantaba con los mimos más caros. La novia sabía del peso del apellido López y donde quiera que fuese, ella dejaba bien claro y lo que acontecería si no le satisficiesen sus voluntades.

Capítulo 2

El escritorio de Don Enrique López aún exudaba poder. La madera oscura, el olor a cigarro impregnado en los muebles y la cortina de terciopelo pesado bloqueando cualquier vestigio de luz natural, creaban la atmósfera perfecta para decisiones innegociables.

Fernando entró con pasos firmes, pero los ojos pesaban.

Ahora, a los 30 años, era un hombre moldeado por cicatrices. La ausencia de los padres ya no ardía en el pecho, pero había dejado un vacío rellenado por obligaciones, pérdidas y, sobre todo, elecciones mal hechas.

Más de una década al lado de Valéria Garcia lo había transformado en un superviviente emocional. La pasión de la juventud había dado lugar a un amor tortuoso, marcado por idas y venidas, escándalos sofocados y promesas vacías.

Sentado detrás de la mesa, el viejo Don Enrique López lo observaba con la frialdad de sus casi 80 años.

—Siéntese.

Fernando permaneció de pie.

—Prefiero quedarme de pie.

El abuelo alzó una ceja, como quien veía allí la repetición de un patrón que ya no quería tolerar.

—Son diez años, Fernando. Diez años de postergación. De aplazamiento, de vergüenza silenciosa para esta familia. Ya no eres un muchacho.

—Soy lo que usted hizo de mí —respondió Fernando, sin dudar.

Don Enrique López ignoró la provocación.

—Ya fui paciente lo suficiente. Te dejé vivir tu ilusión con esa mujer. Pero el tiempo se acabó —Don Enrique golpeó la mano sobre la mesa—. El matrimonio con Elena Gutiérrez va a ocurrir —los ojos del hombre mayor se estrecharon— o perderás el derecho al mando.

El nombre Elena flotó como una acusación. Fernando apretó los puños.

—Eso es chantaje.

—Eso es destino —replicó Don Enrique con voz grave—. Le juraste a tu madre, en el lecho de muerte, que honrarías el acuerdo de la familia. Juraste delante de mí que cumplirías tu papel.

Fernando se acercó un paso con una mirada amenazadora.

—Tenía 20 años. Acababa de enterrar a mis padres. Estaba perdido.

—¡Y yo te ofrecí estructura! —gritó el viejo, levantándose de la silla con dificultad y sintiendo el pecho apretarse—. Te di la dirección. Y todo lo que pido ahora es que cumplas tu parte. Elena Gutiérrez esperó por una década. Discreta, leal... ella sabe más sobre nuestros negocios de lo que te imaginas. Al lado de ella, serás como un rey. Al lado de esa Valéria...

Don Enrique soltó una risa seca.

—Serás solo un hombre humillado por amar a una mujer que ama más el espejo que a ti.

Fernando apretó los dientes.

—No puedo vivir una mentira. Llamar esposa a una mujer sin atractivo alguno.

—Entonces asiste a tu hermano asumir tu lugar. Alejandro está listo. Y diferente de ti, él no confunde lealtad con deseo, él reconoce el valor de Elena Gutiérrez.

El silencio explotó como un tiro entre los dos. Fernando encaró al abuelo por algunos segundos y después, sin decir nada más, le dio la espalda y caminó hasta la puerta.

Antes de salir, habló sin mirar hacia atrás:

—Prefiero perder todo a vivir con una mujer que no amo. Que Alejandro haga buen provecho.

Y cerró la puerta con la fuerza de quien acababa de romper años de devoción.

El apartamento que Fernando mantenía para Valéria, se localizaba en el centro de Madrid.

Era un lujo meticulosamente montado para impresionar. Todo gritaba estatus: los sillones italianos, las obras de arte moderna, los espejos de marcos dorados. Pero nada ofuscaba el brillo de ella, que incluso a los 28 años, parecía cada vez más deslumbrante.

Estaba frente al tocador, pasando un labial escarlata cuando el timbre sonó.

Sonrió. Sabía quién era.

Fernando entró sin esperar invitación, los ojos cargando aún el peso de la discusión con el abuelo.

Valéria Garcia salió del cuarto y corrió hasta él con entusiasmo, abrazándolo como siempre hacía cuando quería algo.

—Llegaste temprano... no te esperaba —mintió ella.

Él no respondió al abrazo, estaba tenso.

—¿Aconteció algo? —ella preguntó, retrocediendo ligeramente.

Fernando la miró a los ojos. Los ojos color ámbar de ella aún lo hipnotizaban, incluso después de tantos años. Incluso con todas las peleas, las mentiras y las reconciliaciones, parte de él aún quería creer que había amor allí.

—Él quiere que me case con Elena Gutiérrez —dijo.

Valéria parpadeó algunas veces, sorprendida.

—Eso no es novedad. Ese asunto vuelve todos los años.

—Esta vez es definitivo. O me caso con ella, o Alejandro asume la organización.

Ella cruzó los brazos a la defensiva. No estaba en sus planes perder el estatus de señora López.

—¿Y qué respondiste?

—Que prefiero quedarme contigo —él la estrechó en un abrazo—. Dejé claro que no me importa el poder. Dije que puedo recomenzar en otro lugar, una nueva vida contigo.

El silencio que se siguió fue gélido.

Valéria Garcia abrió los ojos. La sonrisa que antes moldeaba el rostro bonito como una máscara, desapareció. Ella retrocedió dos pasos.

—¿Tú... rechazaste el mando de la organización?

—Sí —Fernando respondió, serio.

—¡Fernando! ¿Rechazaste la organización? ¿Por mí?

—Sí, por nosotros. Por nuestra historia —él dio una sonrisa torcida—. Finalmente libre, sin jueguitos y sin fingimientos.

—¿Y tu abuelo?

—Olvídalo. Tengo 30 años, algunas economías e inversiones, puedo cuidar de ti...

—Fernando... la organización…

Antes de que él continuara, su teléfono sonó, era su abuela María del Pilar.

📱—Fernando, ven para casa.

📱—No, abuela. No me uniré a una chica Valéria y me quedaré con ella.

📱—Tu abuelo no está bien...

📱—Llama a un médico. No retrocederé en mi decisión. Él estaba muy bien cuando salí de allí...

📱—Él ya no lo está y él pidió por ti.

La voz trémula de su abuela, hizo que Fernando percibiera que algo estaba errado. Agarró el abrigo y corrió para fuera del apartamento lujoso en que mantenía a Valéria Garcia hacía 10 años.

Cuando llegó a la mansión, la noche ya caía. Las luces de la casa no estaban todas encendidas, y había carros diferentes estacionados.

María Del Pilar lo esperaba, el rostro grave y ojos húmedos.

—Él aún está consciente. Pide por ti...

Fernando respiró hondo, intentando tragar un nudo que subía por la garganta.

—¿Esto es serio?

—Mucho. Tus hermanos están llegando en breve.

Él pasó por ella sin decir nada más. A cada paso que daba por los corredores, memorias venían: las aulas forzadas, las broncas, las órdenes incuestionables...

La sombra de Don Enrique siempre había estado presente en cada decisión de su vida.

Al entrar en la ala reservada solo para atenciones médicas, encontró al abuelo acostado, pálido, con tubos conectados a la nariz y un monitor cardíaco pitando en ritmo lento.

Don Enrique abrió los ojos al sentir su presencia. Por primera vez su expresión no era de mando. Era de súplica.

Fernando sabía que a partir de allí, su vida cambiaría, pero no tenía idea de cuánto.

Capítulo 3

Al este de la mansión reinaba el silencio y la tensión. Solo el sonido de los aparatos llenaba el ambiente.

—Abuelo... —murmuró, mirando al hombre tendido en la cama de hospital.

El esfuerzo de Dom Enrique era visible, aun así, sus ojos aún tenían la intensidad que el mundo aprendió a temer.

—Fernando… tú… viniste...

—Claro que sí. Estoy aquí.

El anciano intentó esbozar una sonrisa, pero fue solo una contracción involuntaria en la comisura de la boca. Un médico se acercó, observó los signos vitales, luego se alejó en silencio. Todos sabían que el tiempo era corto.

—Necesitas… ser fuerte... —susurró el hombre, con dificultad.

Fernando sujetó la mano huesuda de su abuelo, sintiendo la piel helada. Como una película, recordó cuando salió de la presencia de su abuelo y cerró la puerta de golpe sin mirar atrás…

—Aún podemos conversar. Puede recuperarse… hay médicos aquí, todo estará bien…

Don Enrique cerró los ojos por un momento, como si buscara fuerzas en lo más profundo de sí. Cuando volvió a abrirlos, el brillo ya era más débil.

—Te vi crecer... ser moldeado... para este momento. No lo tires todo por una mujer. La familia... siempre en... primero...

Las últimas palabras salieron con esfuerzo.

—¿Abuelo? —Fernando se acercó más—. Abuelo, estoy aquí. Quédate conmigo. No te vayas ahora...

Pero era tarde.

El sonido continuo y agudo del monitor cardíaco cortó el silencio de la sala como una cuchilla.

Don Enrique López se había ido.

Fernando sintió que las piernas le fallaban. Por un instante, todo giró. La mano de su abuelo aún estaba en la suya, pero el calor se había ido. Bajó la cabeza, y lágrimas, que se había negado a derramar desde la muerte de sus padres, finalmente escaparon.

No solo por nostalgia, sino por todo lo que quedó por decir. Por todo lo que nunca se entendió entre ellos.

El cuerpo de Don Enrique López fue velado en la propia mansión, como era tradición…

Una multitud silenciosa pasó por el salón principal decorado con flores blancas y el ataúd barnizado en el centro. Políticos, empresarios, líderes de otras familias...

Todos venían a rendir homenaje al hombre que, durante décadas, fue temido y respetado en igual medida.

Fernando permaneció todo el tiempo al lado del cuerpo, de pie, en silencio. Sus hermanos y su abuela, la matriarca de la familia, se dividían entre quedarse al lado del ataúd y circular entre los invitados, recibiendo las condolencias.

Valeria García... Valeria era lo opuesto a Elena, que estaba presente, discreta, sentada al lado de su padre, Arturo Gutiérrez. Vestida toda de negro y con los ojos bajos, a sus 20 años, era una joven moldeada para el matrimonio.

En cambio, la novia de Fernando López, estaba radiante en su dolor contenido. Saludaba a personas importantes con la naturalidad de una primera dama. En los bastidores, ya era tratada como la futura esposa del nuevo jefe de la organización. Hablaba con firmeza, sonreía con elegancia, como si ya perteneciera a esa posición. Parecía, en fin, en su hábitat.

Fernando observaba todo, en silencio, amarrado a su dolor.

A la mañana siguiente del entierro, María Del Pilar llamó a Raúl, el secretario personal del difunto marido.

—Cuando Fernando se despierte, tráelo para mí.

La matriarca estaba en la biblioteca con una taza de té calmante en las manos, el rostro abatido, cuando Fernando cerró la puerta tras de sí, la abuela le indicó que se sentara frente a ella.

—Él te amaba, ¿sabes eso, verdad? —dijo ella, rompiendo el silencio.

Fernando asintió, con un leve movimiento de cabeza.

—A su manera —respondió él, en un murmullo.

María Del Pilar observó a su nieto durante un largo tiempo antes de hablar:

—Aún no es hora de decidir nada. Los consejeros esperan para saber cómo será el futuro de la organización.

—Ya he renunciado al liderazgo...

—Shh... deja de ser "acalorado". Sabes que Alejandro no sirve para ser el jefe, no está listo ni desea eso.

—¡No me casaré con la hija de los Gutiérrez!

La matriarca respiró hondo, luego dijo con firmeza:

—Quiero que hables con Valeria. Dile que no vas a asumir el liderazgo. Sé firme. Quiero que veas con tus propios ojos lo que hace con esa información.

—Abuela, esto es...

—Una prueba —interrumpió ella—. Necesito que sepas, de una vez por todas, con quién estás tratando. Tu abuelo intentó alertarte hasta el final, ahora es tu turno de verlo por ti mismo.

Fernando se quedó en silencio.

Parte de él ya sabía la respuesta, pero parte aún quería aferrarse a alguna esperanza.

Dos días después del entierro, Fernando salió de la mansión y fue al apartamento lujoso donde mantenía a Valeria, el mismo apartamento donde tantas veces se pelearon, pero también se reconciliaron.

Él la amaba desde siempre y ella también lo amaba, él estaba seguro de eso, pero al verla tomando champán en medio de la tarde, hizo que acatara el pedido de su abuela.

Valeria se levantó del sofá y fue hacia él, animada, con un vestido ajustado, tacones altos y el mismo perfume que él siempre encontró demasiado dulce.

—Pensé que vendrías antes —dijo ella, melosa, dándole un leve beso.

Fernando no lo correspondió. Se sentaron en el sofá. Él mantuvo el tono controlado.

—Los consejeros se reunirán en los próximos días. Pero ya he tomado mi decisión.

Valeria se inclinó hacia adelante, interesada.

—¿Y cuál es?

Él respiró hondo, en el fondo tenía miedo de decepcionarse.

—No me quedaré con el liderazgo. No quiero seguir ese camino. Me alejaré de los negocios de la familia de una vez.

La sonrisa de ella se congeló en el rostro. Los ojos brillaron por un instante... No de emoción, sino de incredulidad.

—¿Cómo así? Tú... ¿estás bromeando?

—No. Es definitivo. La abuela asumirá hasta que Alejandro esté listo. Quiero otra vida. Sin involucramiento con la organización. Una vida solo nuestra, simple y verdadera.

Valeria García se levantó, caminando hacia la ventana como la última vez. Pero ahora no era por contemplación, sino por pánico disfrazado.

—¿Quieres que viva contigo como... como qué? ¿Un hombre común? ¿Lejos de todo?

—Nos amamos, eso basta...

Ella no respondió de inmediato, pero cuando Fernando se acercó, intentando envolverla en un abrazo, ella se apartó de él.

—Gracias por ser tan esclarecedor —dijo ella con burla—. Ahora sal. Necesito pensar... Vuelve mañana.

Fernando sintió que perdería el suelo. Su abuela no podía estar en lo cierto. Estaba seguro de que su novia solo estaba nerviosa... Tal vez estuviera en esos días...

Él solo besó su frente cariñosamente y salió, volvería al otro día y todo se resolvería...

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