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La Rebelde Y El Rey De La Mafia

Capítulo 1

El barrio donde Júlia Ferraz nació nunca apareció en las postales de la ciudad. Era uno de esos lugares olvidados por el tiempo, donde las casas estaban pegadas unas a otras, los postes vivían apagados y los niños aprendían a correr antes de andar, no por diversión, sino para sobrevivir.

Ella vivía en una casita de dos habitaciones, con paredes desconchadas y el techo cubierto de goteras remendadas con plásticos y ladrillos. Era allí, en ese pedazo de mundo, donde Júlia aprendió a ser fuerte.

A los 19 años, cargaba sobre sus hombros una responsabilidad que la mayoría de las chicas de su edad jamás imaginaría. Su madre había muerto cuando ella tenía apenas 13, víctima de una bala perdida durante un asalto al mercado de la esquina. ¿El padre? Nunca supo quién era. Desde entonces, quien cuidaba de ella era el abuelo, Ernesto Ferraz, un señor testarudo y dulce, con manos callosas de quien ya ha trabajado demasiado y una sonrisa que, a pesar de la miseria, nunca dejaba de aparecer cuando miraba a la nieta.

—Tienes fuego en los ojos, niña —decía él—. Y el fuego, cuando se usa bien, puede iluminar el mundo. Pero si no tienes cuidado... quema todo.

Júlia no estudiaba desde los 16. Dejó el bachillerato para trabajar como dependienta en un mercadillo que pagaba el salario mínimo y exigía todo de ella: cuerpo, paciencia, horas extras y, a veces, dignidad. Pero ella nunca se vendió. Prefería ser despedida antes que agachar la cabeza ante un hombre asqueroso o un patrón abusivo.

En el vecindario, era vista como rebelde. Y lo era. Tenía el pelo negro despeinado, recogido en un moño flojo, tatuajes caseros en las muñecas y la costumbre irritante de decir lo que pensaba. Llevaba un encendedor en el bolsillo, no porque fumara siempre, sino porque le gustaba encender cosas viejas y ver el fuego consumir lo que ya estaba roto.

Júlia era rabia y ternura, mezcladas en dosis iguales.

El día en que todo cambió comenzó como otro cualquiera: se despertó antes del sol, hizo café con el último polvo que tenía, cambió la sábana sudada del abuelo, preparó la sopa aguada que había aprendido a hacer cuando el hambre era rutina. Después, salió con los auriculares colgados y la cara de pocos amigos, como siempre.

En el hospital público, la noticia llegó como una puñalada:

—El señor Ernesto necesita un nuevo ciclo de quimioterapia, pero, lamentablemente... el tratamiento no será liberado sin los exámenes de alto costo. Y esos exámenes... bueno, usted sabe.

Ella sabía. Dinero. Siempre él. Siempre faltando.

—¿Cuánto cuesta todo? —preguntó con la voz seca.

La enfermera la miró con pena. —Cerca de veinte mil reales.

Júlia sintió el mundo girar.

Veinte mil. Ella ganaba mil doscientos al mes, cuando no cortaban los días que llegaba tarde. La única opción que le quedaba era la humillación: pedir dinero prestado al usurero del barrio, o... hacer lo que juró que nunca haría.

Venderse a sí misma. No el cuerpo, sino la libertad.

Fue en ese exacto momento, cuando ella salió del hospital con los ojos rojos y los puños cerrados, que el coche negro paró frente al portón. Dos hombres descendieron. Uno de ellos parecía un guardaespaldas. El otro, un diablo disfrazado de príncipe.

Edward Salvatore.

Pero Júlia aún no sabía quién era él. Aún no sabía que aquel hombre —con sus ojos de hielo y presencia opresora— iba a poner su vida patas arriba.

Ella solo supo que él era peligroso... cuando él la llamó por su nombre.

—¿Júlia Ferraz? —dijo él, como si ya fuera dueño de ella.

Ella lo encaró con desprecio y respondió:

—¿Quién pregunta?

JÚLIA FERRAZ

Capítulo 2

El hombre frente a ella no parecía real. Alto, moreno, demasiado elegante para ese barrio miserable, vestía un traje negro hecho a medida. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, y los ojos... Dios, los ojos. Eran grises. No de un gris común — eran como acero mojado: fríos, calculadores, peligrosos.

Edward Salvatore.

Júlia cruzó los brazos, desconfiada. El otro hombre a su lado — un matón calvo con cara de pocos amigos — no apartaba la mirada de ella por un segundo.

— No voy a repetir — dijo Edward, con voz baja, ronca, y tan autoritaria que parecía cortar el aire. — Entra en el coche. Tenemos algo que discutir.

— Si me estás confundiendo con alguna zorra desesperada, déjame avisarte... — ella comenzó, lista para explotar.

Pero él alzó la mano, interrumpiéndola con un simple gesto.

— Sé exactamente quién eres, Júlia Ferraz. Nieta de Ernesto. Diecinueve años. Rebelde, orgullosa, y llena de deudas impagables.

Ella sintió la sangre helarse. ¿Cómo sabía tanto?

— ¿Quién eres tú? — ella gruñó. — ¿Policía? ¿Usurero? ¿Psicópata?

Una sonrisa surgió en sus labios, lenta y cruel.

— Soy el hombre que puede salvar al único pariente que tienes. O... ver desde la platea cómo se muere de inanición en un hospital de quinta.

La rabia subió como fuego. Ella avanzó un paso, el dedo en alto:

— Si pones un dedo encima de mi abuelo, yo te...

— ¿Tú qué? — Edward inclinó el rostro, levemente divertido. — ¿Vas a pegarme? ¿Con esa tu valentía de vidrio?

Ella paró. Porque, por primera vez, sintió miedo. Real. Profundo. Y no por ella. Sino por lo que ese hombre podía hacer con el viejo Ernesto.

— ¿Qué quieres de mí? — susurró, por fin.

Edward sacó un sobre del abrigo y se lo extendió. Dentro, había un contrato.

Contrato de matrimonio.

— Vas a ser mi esposa, Júlia. A cambio, yo pago todo. El hospital, los exámenes, el tratamiento, la casa, todo. Tu abuelo vivirá con comodidad hasta el fin.

Ella abrió los ojos, impactada. La primera reacción fue reír. Y fue exactamente lo que ella hizo.

— Estás loco. Totalmente loco. ¿Por qué ibas a querer casarte conmigo? ¡Hay mujeres lindas, ricas, rubias, de tacones altos y silicona muriendo por ti!

— Justamente. — Él la encaró. — Ninguna de ellas sirve. Necesito a alguien como tú. Una chica común. Sin conexiones. Sin familia grande. Sin lazos. Una farsa creíble.

— ¿Y si me niego?

Edward se recostó en el asiento trasero del coche, relajado.

— Entonces tu abuelo muere en hasta seis meses. Y tú sigues viviendo en este agujero, siendo explotada, esperando un milagro que no vendrá.

Aquella frase golpeó como un puñetazo en el estómago. Ella quiso gritar. Quiso golpearlo. Pero la verdad era un monstruo que ella ya conocía: estaba sola. Y sin salida.

— Esto es secuestro emocional. Es chantaje. Es asqueroso. — Ella escupió las palabras como veneno.

Él sonrió. Una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

— Yo prefiero llamarlo... oportunidad.

Silencio.

El mundo de Júlia parecía desmoronarse. La vida entera ella luchó para ser libre. Y ahora, la única forma de salvar al único que ella amaba... era vendiéndose.

— Esto es un infierno. — susurró, derrotada.

Edward Salvatore la observó por algunos segundos y respondió, con calma:

— Bienvenida a mi mundo, pequeña.

Ernesto Ferraz

Capítulo 3

“Hombres como yo no nacen. Son moldeados en el infierno.”

— Edward Salvatore

Era una noche silenciosa. El cielo sin luna, el aire pesado de tormenta, y la oficina de Edward Salvatore sumida en la penumbra. Él estaba sentado, solo, con las mangas de la camisa arremangadas y una carpeta abierta sobre la mesa de cristal.

Dentro de ella, había fotos. Registros. Informes.

Información sobre una chica de diecinueve años.

Nombre: Júlia Ferraz.

Status: observada.

Perfil: perfecta.

Pero para entender por qué Edward estaba allí, planeando forjar un matrimonio con una desconocida, era preciso retroceder un poco más en el tiempo — a los escombros del hombre que él solía ser.

Tres años antes

Edward Salvatore era temido. Nadie osaba pronunciar su nombre en voz alta dentro del submundo del crimen. Líder de una de las familias más poderosas de la mafia internacional, comandaba negocios ilegales entre Europa y América del Sur con mano de hierro, frialdad absoluta y una reputación de crueldad silenciosa.

Pero hasta los monstruos se enamoran.

Y fue esa flaqueza que casi lo mata.

Su error tuvo nombre y perfume: Chiara, una mujer deslumbrante, sofisticada, dulce por fuera — podrida por dentro. Ella entró en su vida como un veneno disfrazado de cura. Se infiltró en su mundo, en su cuarto, en su corazón. Y cuando tuvo acceso a todo... vendió información a los enemigos.

Edward escapó por poco de una emboscada que lo dejaría muerto y descuartizado en un galpón abandonado. La mujer huyó con millones en joyas y datos confidenciales.

Desde entonces, él hizo un voto:

“Nunca más confiaré en algo demasiado bonito para ser real.”

Él se endureció. Mató sin dudar. Limpió el imperio.

Y pasó a resolver todo con lógica, números, control.

Presente.

Cuando sus abogados presentaron la necesidad de estabilizar su imagen para cerrar un acuerdo con inversores árabes — que exigían moral, matrimonio y familia “estructurada” — él no dudó.

Necesitaba una esposa. Pero no cualquier esposa.

— Elijan a alguien sin vínculos, sin ambiciones, sin acceso a nuestro mundo — ordenó a Marco, su mano derecha. — Quiero a alguien que yo pueda controlar. Que me necesite. No que me desee.

Días después, Marco entregó el nombre.

Júlia Ferraz.

— Vive en una favela olvidada. Trabaja en un mercadito de barrio. Criada por el abuelo. La madre murió joven, el padre desapareció. Tiene historial de rebeldía, pero es limpia. Nunca fue presa, nunca se involucró con drogas.

— ¿Y por qué ella aceptaría? — Edward preguntó, sin mirar.

— Porque el viejo Ernesto Ferraz está muriendo. Y ella daría la vida para salvarlo.

Edward cerró los ojos por un instante.

La decisión fue rápida. Cínica. Fría.

Él ya había sido engañado por amor. Ahora, usaría el dolor para comprar silencio.

Júlia sería su esposa por contrato.

Nada más.

Nada menos.

Lo que él no esperaba — aún — era que aquella chica rebelde, con fuego en la mirada y cicatrices invisibles, fuese la única capaz de quemarlo por dentro.

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