Leonardo "Leo" Santamaría
*"Soy Leonardo Santamaría, pero todos me llaman Leo. 30 años, cirujano, profesor universitario y el hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Desde que tengo memoria, he vivido rodeado de expectativas: ser el mejor, estar a la altura del apellido Santamaría, hacer que mi padre se sienta orgulloso. Pero ¿sabes qué? No me importa. Prefiero vivir a mi manera. No necesito demostrarle nada a nadie. Disfruto de las fiestas, las mujeres y la vida sin complicaciones.
Dicen que soy arrogante, que no me tomo nada en serio. Quizá tengan razón. Pero en el quirófano, cuando todo depende de mis manos, ahí es donde realmente existo.
Y luego está ella. Isabela Moreno. La alumna que me desafía en cada clase, la que me mira como si pudiera derribarme con solo un par de palabras. No sé por qué, pero su actitud me saca de quicio… y me fascina al mismo tiempo. Sé que debería mantenerme alejado. Es mi alumna. Es una complicación que no necesito.
Pero algo en sus ojos me dice que guarda secretos… y yo siempre he sido un hombre al que le gusta descubrir lo que los demás intentan esconder."
Isabela "Isa" Moreno
*"Soy Isabela Moreno, tengo 24 años y estudio medicina. Siempre supe que esta carrera no sería fácil, pero para mí nunca ha habido otra opción. La medicina es mi pasión… y mi única oportunidad de darle a mis hijos una vida mejor.
Sí, tengo un hijo y una hija , Matías y Mariana de 7 años . Son mi motor, mi razón para seguir adelante, pero nadie en la universidad lo sabe. He aprendido a separar mi vida personal de mi futuro profesional, porque sé que si alguien descubre que soy madre soltera, lo primero que pensarán es que no podré con la presión. Pero yo sé que puedo.
Lo único que no soporto es la arrogancia. Y si hay alguien que encarna la arrogancia en persona, es Leonardo Santamaría. Creído, mujeriego y con esa sonrisa de ‘lo tengo todo’, como si el mundo fuera suyo. Me pone de los nervios cada vez que me desafía en clase, cada vez que me lanza una mirada como si quisiera leer mi mente.
De seguro se preguntan , si mis gemelos tienen 7? entonces SI... los tube a los 15 ámos y no estoy orgullosa, ni tampoco digo que fue lo peor que me pudo pasar. Solo no era el momento de tener responsabilidades, y SI cometí ese error de querer jugar ala adulta.
El padre de los niños simplemente se hizo responsable en mantenerlos pero solo hasta ahí el no quiere saber de ellos y lo entiendo el también tenía un futuro por delante, cuando el se entero fue a contarles a sus padres y la solución que dieron fue de que,los niños nunca tubiera sus apéllidos y que nunca conocerían quien es su padre, y éllos le pasarían la manutención correspondiente.
Al cabo de que nacen los gemélos, me enteró que sus padres lo mandan a Europa, y éllos se hacen cargo de sus nietos aunque , niegan que sea de su hijo al ser yo menor no les queda de otra ,que mejor no llevar a lo judicial.
El día que mi mamá se entero, de que estaba embarazada fue por una supuesta " amiga" que tenia, fue con él chisme en la escuela y los profesores llamaron a mi mamá y tuve que hacer estudios Online, por qué esa escuela era privada y de ricos, yo llegué a ingresar por mis padrinos que me la pudieron pagar.
Y hace con mis hijos,n brazos me gradué con esfuerzo y muchos obstáculos.
Último año
El sonido del despertador rompió el silencio de la madrugada. Isabela abrió los ojos con dificultad y, con un suspiro, apagó la alarma antes de que despertara a los pequeños cuerpos acurrucados en la cama junto a ella. Matías y Mariana respiraban con tranquilidad, ajenos a la rutina agotadora de su madre.
Se levantó con cuidado, cubriéndolos bien con la manta antes de salir de la habitación. Una ducha rápida, un café cargado y su uniforme de la universidad: pantalón negro, blusa blanca y una bata de laboratorio. A las cinco de la mañana ya estaba lista para enfrentar otro día.
—Mamá, ¿ya te vas? —preguntó Matías, medio dormido, frotándose los ojos.
Isabela se acercó y le besó la frente.
—Sí, mi amor. La abuela vendrá en un rato. Pórtense bien, ¿sí?
—Sí, mami —murmuró Mariana desde la almohada, sin abrir los ojos.
Apretó los labios, sintiendo esa punzada de culpa que la acompañaba cada vez que salía antes de que ellos despertaran por completo. Pero no había otra opción.
Su madre, Sara, y su hermano, Cris, eran su apoyo incondicional. Sin ellos, terminar la universidad hubiera sido imposible. Sara llegaría en breve para llevar a los gemelos a la escuela, mientras que Cris la ayudaría en la tarde con las tareas y la cena. A pesar de los obstáculos, había logrado llegar hasta el noveno semestre. Solo un año más y se graduaría como cirujana.
Ese pensamiento le dio fuerzas mientras abordaba el autobús rumbo a la universidad.
El hospital universitario era un lugar imponente, siempre con estudiantes y médicos de un lado a otro. Isabela ajustó la bata sobre sus hombros y entró en el aula donde tendría su primera clase del día.
No esperaba que el ambiente estuviera cargado de un murmullo extraño, como si algo hubiera cambiado.
—Dicen que este semestre tendremos a un nuevo profesor en cirugía general —susurró una compañera detrás de ella.
—Sí, y no cualquiera… Es Leonardo Santamaría.
El nombre hizo que Isabela se tensara. Lo había escuchado antes. Hijo de uno de los dueños del hospital, cirujano brillante pero con fama de arrogante. Y, según los rumores, un mujeriego empedernido.
Suspiró. Lo último que necesitaba era un profesor que se creyera superior a los demás. Pero nada la preparó para el impacto de verlo entrar al aula.
Leonardo Santamaría tenía presencia. Alto, de cabello oscuro algo despeinado, ojos grises que analizaban la sala con una mezcla de desinterés y autoridad. Su bata de médico abierta revelaba una camisa de vestir remangada hasta los codos.
—Buenos días —dijo con voz grave, caminando con calma hasta el escritorio. Apoyó las manos sobre la mesa y miró a los estudiantes con una sonrisa ladeada—. Soy el doctor Santamaría y, a partir de hoy, seré su profesor en cirugía general.
Se hizo un silencio tenso en la sala.
Isabela cruzó los brazos, con una sensación incómoda en el pecho. Algo en su mirada le resultaba irritante. No se parecía en nada a los otros profesores. Había algo en él que gritaba problemas.
Y lo último que ella necesitaba en su vida… era un problema más.
El hospital universitario olía a desinfectante y café barato. Leo caminó por los pasillos con las manos en los bolsillos, sin apurarse. Era su primer día como profesor y, para ser honesto, le importaba poco.
Ser cirujano era su pasión, pero enseñar… eso era otra historia. No estaba aquí por vocación, sino por conveniencia. Su padre quería que "fortaleciera su imagen" dentro del hospital y que "empezara a asumir responsabilidades". A Leo le daba igual. Había aceptado el puesto solo para que lo dejaran en paz.
No tardó en encontrar el aula. Antes de entrar, escuchó el murmullo de los estudiantes.
—Dicen que este semestre tendremos a un nuevo profesor en cirugía general.
—Sí, y no cualquiera… Es Leonardo Santamaría.
Sonrió con ironía. Su apellido siempre llegaba antes que él.
Abrió la puerta con calma y cruzó la sala con paso firme. El silencio fue inmediato.
—Buenos días —dijo con voz relajada, dejando que su mirada recorriera el aula.
Lo primero que notó fueron las caras expectantes de los estudiantes. Algunos parecían impresionados, otros, nerviosos. Y luego estaban los que ya lo juzgaban antes de conocerlo.
Y ahí estaba ella.
Una chica en la tercera fila. piel blanca de ojos intensos, con el cabello recogido en una coleta. Su expresión era diferente a la de los demás. No mostraba nerviosismo ni admiración, solo una mirada firme, como si estuviera lista para desafiarlo.
Interesante.
Se apoyó en el escritorio y cruzó los brazos.
—Soy el doctor Santamaría y, a partir de hoy, seré su profesor en cirugía general.
Se hizo un silencio.
La chica de la tercera fila no apartó la mirada. Él tampoco.
Sonrió con diversión.
Este semestre… podría ser más entretenido de lo que pensaba.
"Soy Leonardo Santamaría, y si esperas que te diga algo humilde sobre mí, te has equivocado. A lo largo de mi vida he aprendido que, para sobrevivir, tienes que dejar que el mundo vea lo que quieres que vea, no lo que realmente eres. Y eso es lo que hago.
Nací en la cima de la pirámide, o al menos eso es lo que mi padre quería que creyera. Los Santamaría somos conocidos en este país, y para bien o para mal, mi apellido pesa más que cualquier otra cosa. Mi viejo tiene el control del hospital más prestigioso del país. Suena bien, ¿verdad? Pero lo que nadie sabe es lo que implica realmente cargar con ese apellido. Las expectativas son altas, y las personas te ven como algo que no eres, solo por la sombra que proyecta tu familia. Y yo, sinceramente, nunca he sido el tipo de seguir reglas o esperar el visto bueno de nadie. Mi vida, mis reglas.
A los 30 años, podría estar en cualquier lugar, haciendo cualquier cosa. Podría ser un chico de fiesta, tomando un trago con amigos, viajando por el mundo sin responsabilidades. Y, en parte, lo soy. Lo de las fiestas y las mujeres, eso nunca me ha faltado. Vivo en un mundo donde todo es fácil, todo está al alcance de la mano. Pero eso también significa que siempre me ven como el chico de la fiesta, el que nunca tiene un compromiso, el que se ríe cuando el resto de la gente se toma las cosas demasiado en serio.
Pero cuando entro en un quirófano, todo cambia. Ahí es donde realmente soy alguien. Esos minutos, esos segundos en los que una decisión puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte, ahí es donde siento que soy necesario. El bisturí en mis manos, el control, la precisión. Para mí, eso es lo único que importa. El resto del mundo puede ver lo que quiera, pero en mi mente, siempre tengo un solo propósito: salvar vidas.
Mis padres, especialmente mi padre, me han presionado toda la vida para que sea perfecto, para que sea un reflejo de ellos. Pero nunca he necesitado su aprobación. Los Santamaría tienen un legado, pero yo tengo mi propio camino. Quizá no sea el mejor ejemplo de hijo, pero al final del día, ¿quién decide qué significa serlo?
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