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NUNCA TE DARÉ EL DIVORCIO

PRÓLOGO

El sonido del reloj marcaba las horas con una precisión que le resultaba insoportable. En la penumbra de su estudio, Kairos se frotó las sienes, sintiendo el peso de una historia que nunca había querido protagonizar. Su matrimonio con Zahraea había sido una transacción más que una unión, un contrato firmado con tinta dorada y ambiciones ocultas. Ella quería estabilidad y dinero; él, la libertad de esperar a Alessia, el único amor que había conocido y que, hasta el último segundo, creyó que regresaría.

Pero el destino nunca había sido benévolo con él. Alessia volvió, sí, pero no con la promesa de un amor renacido, sino con la furia de un pasado que no sabía cómo soltar. La noche del accidente quedó grabada en su memoria con una nitidez brutal: los faros cegadores, el crujir del metal, los gritos ahogados en el asfalto. Alessia había sido la responsable, y de algún modo, en ese instante, todo lo que alguna vez creyó seguro se desmoronó.

Zahraea, práctica como siempre, no tardó en tomar una decisión. No estaba dispuesta a cargar con un matrimonio sin amor ni con un hombre cuya lealtad jamás le perteneció. Acepto el divorcio con la frialdad de quien firma un trato comercial después de haber fallecido el abuelo de Kairos, pero Kairos percibió la chispa de algo más detrás de sus palabras. Entonces, sucedió lo inexplicable.

La primera vez que escuchó sus pensamientos, creyó que era el cansancio jugándole una mala pasada. Pero las frases que murmuraban en su mente no eran suyas. Eran de ella.

"Si juego bien mis cartas, puedo sacarle una fortuna."

"Que viva con su amado demonio disfrazado de oveja, ¡ja! quisiera ver la cara de tonto cuando se de cuenta que ella está involucrada en la estimulación de la muerte de su abuelo"

"El divorcio es mi billete de salida, y me aseguraré de que valga cada centavo."

Kairos sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No se trataba solo de la traición evidente, sino de algo más profundo: el hecho de que, por primera vez, tenía la ventaja. Había pasado años creyendo que Zahraea era la perdedora en este matrimonio, la mujer atrapada en una relación sin amor. Ahora, veía la verdad.

Ella no era la víctima. Él tampoco.

El divorcio ya no era una opción. No porque quisiera castigarla, sino porque había algo en ella que nunca había visto antes, una parte de Zahraea que había permanecido oculta detrás de su sonrisa impecable y su porte elegante. Ahora, tenía acceso a sus pensamientos más íntimos, a sus estrategias, a su orgullo herido. Y lo más sorprendente de todo: le fascinaba.

Kairos apoyó los codos en la mesa y sonrió por primera vez en semanas. El juego apenas comenzaba.

Zahraea no sospechaba nada. Aún lo miraba con la misma indiferencia de siempre, creyéndose intocable, segura de que él, absorto en su desgracia por Alessia, aceptaría cualquier condición con tal de librarse de ella. Pero lo que ella no sabía era que, ahora, él podía ver más allá de su máscara.

Los días transcurrieron entre silencios calculados y miradas furtivas. Zahraea se paseaba por la casa con su elegante desinterés, revisando documentos con su abogado y fingiendo que la situación le era indiferente. Pero Kairos escuchaba sus pensamientos con claridad cristalina.

"Si me muestro demasiado apresurada, sospechará."

"Necesito pruebas de que él nunca me quiso. Mensajes, fotos… algo que incline la balanza a mi favor."

"Podría mencionar el accidente en la demanda… insinuar que su descuido me puso en peligro, de verdad que necesito con urgencia a ese demonio vestido de oveja."

Cada idea, cada estrategia, se le revelaba como un susurro dentro de su mente. Y, mientras más escuchaba, más se daba cuenta de que Zahraea era mucho más astuta de lo que había imaginado.

Durante años la había subestimado, viéndola solo como la esposa ambiciosa que se aferraba a su posición. Ahora entendía que no solo estaba buscando dinero; estaba buscando venganza. Por cada desprecio, por cada noche en la que él no la había mirado, por cada comparación implícita con Alessia. Pero, Kairos ya no tenía intención de dejarla ir.

Una noche, la encontró en el estudio, con papeles esparcidos sobre el escritorio. No era común verla tan enfocada, tan metida en sus propios planes. Él se acercó con calma, fingiendo no saber lo que tramaba.

— Kairos: ¿Trabajando hasta tarde? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.

Zahraea ni siquiera levantó la vista y respondió —Alguien tiene que ocuparse de mi futuro —respondió con frialdad.

Kairos dejó escapar una risa baja —¿Tan ansiosa estás por deshacerte de mí?– penso Kairos mientras la observaba en silencio.

Ella lo miró entonces, y por primera vez, él vio algo diferente en sus ojos. No era solo desprecio, ni siquiera odio. Era determinación.

"Que suene convincente. No muestres debilidad."

— Zahraea: No soy yo la que ha estado esperando a otra persona todo este tiempo, pero dame dignidad hasta que nos divorciemos —respondió, con una sonrisa gélida.

Kairos sostuvo su mirada, pero esta vez, en lugar de ver a la mujer que siempre había ignorado, vio a alguien que podía igualarlo en cada jugada. Y eso le pareció más atractivo de lo que estaba dispuesto a admitir.

Se inclinó un poco más hacia ella, disfrutando el modo en que sus pensamientos se volvían confusos por un segundo.

"¿Qué está haciendo? ¿Por qué me mira así? ¿ Acaso le herí el orgullo al aceptar sin drama el divorcio?, ¿ Debo ajustar mi plan? "

— Kairos: Sabes que no te lo haré fácil por este tiempo perdido, ¿verdad? —susurró.

— Zahraea entrecerró los ojos y respondió —No esperaba menos de ti.

Por primera vez en años, Kairos sintió que la verdadera batalla apenas comenzaba. Un matrimonio forzado había sido su destino. Pero lo que venía ahora… sería su elección.

Kairos observó a Zahraea mientras ella recogía los papeles del escritorio con movimientos pausados, como si quisiera demostrar que no estaba alterada. Pero él podía escucharla.

"Algo cambió en él. Antes quería librarse de mí lo antes posible. ¿Por qué ahora parece... entretenido?"

Era una sensación extraña, casi inquietante, pero también embriagadora. Durante años, ella había sido un personaje secundario en su propia historia, la esposa que estaba ahí por conveniencia, la mujer que él apenas miraba porque siempre tenía la mente puesta en otra. Ahora, en cambio, no podía apartar los ojos de ella.

— Kairos: Dime algo, Zahraea —dijo él, cruzándose de brazos—. Si te diera lo que quieres, si firmara los papeles sin rechistar, ¿realmente serías feliz?

Ella dejó los documentos en la mesa con un suave golpe y lo miró con una media sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Zahraea: La felicidad no es mi prioridad.

"Pero verte perder, sí lo es. Desde que eramos niños nunca me agradaste por arrogante y estupido"

Kairos, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No de miedo, sino de una emoción nueva, adictiva. Ella no quería solo su dinero. Quería derrotarlo. Quería que él sintiera lo que era perder el control, lo que era ser invisible, lo que era estar atrapado en un matrimonio sin salida.

Y por primera vez en su vida, él no quería ceder.

— Kairos: Interesante —murmuró, inclinándose un poco más hacia ella—. Porque yo pensaba que querías librarte de mí cuanto antes, pensó para si mismo.

Zahraea no retrocedió ni un milímetro, solo sostuvo su mirada de forma indiferente y pensó

"Si sigue reaccionando así, quizá deba cambiar de estrategia... No sé qué está tramando, pero no voy a caer en su juego."

Pero, Kairos ya no estaba seguro de quién jugaba con quién. Sin previo aviso, tomó los papeles de divorcio y los sostuvo entre sus manos.

— Zahraea: ¿Qué haces? —preguntó ella, con una súbita tensión en la voz.

Él sostuvo su mirada mientras, con una lentitud exasperante, rompía una de las páginas en dos. Los ojos de Zahraea brillaron con furia, pero trato de mantener la compostura.

"Maldito... No pensaba que sería tan descarado. Acaso este idiota se golpeó la cabeza más fuerte de lo que pensé, ¿ que le pasa? "

— Kairos: No voy a darte el divorcio —declaró, arrojando los pedazos de papel sobre el escritorio—. No así.

Zahraea apretó la mandíbula, sus nudillos blancos alrededor del bolígrafo que sostenía. No dijo nada , porque no sabía que decir para disimular sus verdaderas emociones , solo pensó tratando de mostrarse indiferente mientras miraba los pedazos de papel tirados en el suelo.

"No sé porque está haciendo esto, pero no puedes retenerme en este matrimonio para siempre."

Por un momento, el silencio entre ellos fue absoluto. Luego, Zahraea sonrió de una manera que no tenía nada de dulce.

— Zahraea: Muy bien —susurró— Espero que tu amante no se vuelva loca.

En ese instante, Kairos supo que su matrimonio nunca volvería a ser el mismo. Lo que había comenzado como un simple contrato ahora era una guerra de voluntades. Y lo peor de todo es que, por primera vez, tenía más interés en su esposa de lo que jamás había tenido en Alessia.

Quizás, solo quizás, Zahraea había sido su verdadero destino desde el principio.

EL COMPROMISO SELLADO

El salón principal de la mansión Lazarescu estaba iluminado con candelabros dorados, reflejando su luz sobre los finos muebles de caoba y las paredes cubiertas de retratos familiares. Una chimenea crepitaba suavemente, llenando la estancia con un calor acogedor que contrastaba con la frialdad de la conversación que estaba a punto de ocurrir.

Zahraea permanecía sentada con la espalda recta, su expresión serena y su vestido azul oscuro impecablemente alineado sobre sus piernas cruzadas. Frente a ella, sus padres, Apia y Filemon, mantenían la misma postura imperturbable, sus rostros reflejando la certeza de quienes estaban a punto de cumplir con un deber inquebrantable.

A su lado, Kairos Lazarescu no podía disimular su incomodidad. Sus dedos tamborileaban contra el reposabrazos del sillón, su mandíbula apretada con una tensión evidente. Cada músculo de su cuerpo gritaba rechazo, pero el peso de la tradición y la voluntad de su familia lo mantenían allí, atrapado en una conversación que no quería escuchar.

—Esta unión no es solo un matrimonio —declaró Calisth , el patriarca de la familia y el abuelo de Kairos, con su voz firme—. Es la consolidación de un pacto que se hizo en mi generación.

Kairos bufó, cruzándose de brazos y dijo —No puedo creer que en pleno siglo XXI sigamos hablando de “pactos” como si esto fuera un maldito contrato de negocios.

Su madre, Sherah, le dirigió una mirada severa.

— Asca: No es un contrato, Kairos. Es una promesa. Una que nuestros padres hicieron con los abuelos de Zahraea — dijo con seriedad el padre de Kairos.

— Kairos: Eso no significa que yo tenga que hacerlo —espetó él, su mirada oscura clavándose en su padre—. Yo no acepté nada.

—No es cuestión de aceptación —intervino Filemon, con la paciencia de quien ha esperado años para esta conversación—. Es cuestión de responsabilidad.

Kairos soltó una carcajada amarga y se giró hacia Zahraea, quien seguía sin pronunciar palabra.

— Kairos: ¿Y tú qué opinas de todo esto? —preguntó con burla—. ¿Estás de acuerdo en casarte con alguien que no te ama?

Zahraea inclinó la cabeza, sus ojos reflejando una calma intrigante y le respondió

— Zahraea:No es una cuestión de amor, sino de conveniencia.

— Kairos: ¿Conveniencia? —repitió él con incredulidad—. No puedo creer que realmente estés de acuerdo con esto.

— Kairos: ¿Por qué no lo estaría? —respondió ella con una leve sonrisa—. Es un matrimonio beneficioso para ambas familias.

Kairos apretó los dientes. La tranquilidad de Zahraea lo irritaba más de lo que debería. ¿Cómo podía estar tan serena ante una decisión que iba a marcar el resto de sus vidas?

— Kairos: Yo no puedo casarme contigo —soltó finalmente, su voz firme—. No puedo, porque ya amo a alguien más.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

Los padres de Kairos intercambiaron miradas discretas, pero no parecieron sorprendidos. Los padres de Zahraea tampoco se inmutaron. Solo ella, la futura esposa impuesta, pareció encontrar el comentario interesante.

— Zahraea: Te refieres a Alessia, ¿cierto? —pregunto con naturalidad.

Kairos sintió que la furia se avivaba dentro de él y respondió —Sabes que sí.

— Zahraea: Entonces es una lástima que el amor no sea suficiente.

Su tono no era cruel ni sarcástico, sino simplemente factual, como si estuviera hablando de un acuerdo financiero en lugar de un matrimonio.

Kairos se puso de pie de un salto, empujando el sillón hacia atrás —No voy a hacer esto. No puedo hacerlo.

Su padre lo miró con dureza y le dice ante su reacción —No tienes opción.

Kairos sintió un nudo en el estómago. Toda su vida había estado bajo la sombra de su familia, obedeciendo sus reglas, cumpliendo con sus expectativas. Pero esto... esto era demasiado.

Zahraea, sin embargo, seguía sentada, sin una pizca de emoción en su rostro y le dice —Si tanto te molesta, propón una alternativa.

Kairos la miró, desconcertado y le pregunta —¿Alternativa?

— Zahraea: Sí. Si encuentras una forma en la que nuestras familias puedan obtener los mismos beneficios sin este matrimonio, estaré encantada de escucharte.

Kairos sintió que su corazón latía con fuerza. Por un momento, creyó que había encontrado una salida.

Pero cuando miró a sus padres, a los de Zahraea, y vio la seguridad con la que ellos permanecían en sus asientos, comprendió la verdad: no había alternativa. Su destino ya estaba escrito.

Y por primera vez en su vida, Kairos Lazarescu no tenía escapatoria.

El peso de la tradición colgaba en el aire, sofocante e inquebrantable. Kairos pasó una mano por su cabello en un gesto de frustración. No podía aceptar esto. No quería aceptar esto.

—No hay alternativa —intervino Acsa Lazarescu, su voz grave y autoritaria—. Lo mejor que puedes hacer, hijo, es aceptar tu deber y seguir adelante.

Kairos sintió que su rabia se mezclaba con desesperación. Sus ojos oscuros recorrieron la habitación, buscando una salida, una grieta en la armadura de la decisión familiar. Pero todo lo que encontró fueron rostros imperturbables y la misma certeza con la que había crecido: en esta familia, el deber estaba por encima de los deseos personales.

Y, sin embargo, Zahraea no parecía molesta. No protestaba, no intentaba convencerlos de que todo esto era una locura. Ella lo había aceptado.

— Kairos: ¿Por qué no dices nada? —la acusó con el ceño fruncido—. ¿Por qué aceptas esto como si fuera algo normal?

Zahraea lo miró con la misma calma con la que había afrontado todo el encuentro.

—Zahraea: Porque es lo que se espera de mí —respondió, simplemente—. Y porque, a diferencia de ti, entiendo que resistirse no cambiará nada.

Kairos dejó escapar una carcajada incrédula.—¿Eso crees?

— Zahraea: Si — respondió sin dudar.

Había algo inquietante en su seguridad. No era resignación, ni sumisión. Era algo más profundo, más calculado. Como si supiera algo que él aún no entendía.

— Kairos: No voy a casarme contigo, Zahraea —insistió, con la mandíbula apretada—. No voy a pasar el resto de mi vida atado a alguien que no amo.

Zahraea sostuvo su mirada con una expresión imperturbable.

— Zahraea: No necesitas amarme —dijo con una tranquilidad alarmante—. Solo necesitas casarte conmigo.

Sus palabras lo golpearon como un balde de agua fría.

— Kairos: ¿Eso es todo para ti? ¿Un simple acuerdo, sin emociones de por medio?

Zahraea sonrió, pero no era una sonrisa dulce. Era una sonrisa de conocimiento, de alguien que había entendido desde hace mucho cómo funcionaba el mundo.

— Zahraea: Las emociones son irrelevantes en este tipo de cosas.

Kairos sintió que la rabia lo consumía. ¿Cómo podía ser tan fría? ¿Cómo podía aceptar su destino sin luchar?

—Kairos:Entonces, dime, Zahraea —dijo, con los dientes apretados—. ¿Qué ganas tú con este matrimonio?

Por primera vez en la noche, Zahraea pareció considerar su respuesta con más detenimiento. Luego, inclinó la cabeza y lo miró directamente a los ojos.

— Zahraea: Seguridad —dijo simplemente—. Posición. Protección. Todo lo que una mujer como yo necesita para moverse en este mundo sin que la aplasten.

Sus palabras lo desconcertaron. No porque no entendiera su lógica, sino porque no esperaba que fuera tan honesta al respecto.

— Kairos: ¿Y qué pasa si me niego? —preguntó, desafiándola.

Zahraea suspiró y se puso de pie con elegancia y le dice sin emociones —Entonces te quedarás solo con tus ideales románticos… y con la desilusión de saber que nunca fuiste capaz de cumplir con lo que se esperaba de ti.

Kairos sintió que su estómago se revolvía. Sabía que ella tenía razón. No importaba cuánto gritara o pataleara. No importaba cuánto insistiera en su amor por Alessia. Su destino ya estaba trazado.

Zahraea dio un paso hacia él, acercándose lo suficiente como para que sus palabras quedaran solo entre ellos.

—Pero te haré una promesa, Kairos —susurró, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Tu amante es lo más insignificante para mí.

Y con esas palabras, se giró y salió del salón, dejando a Kairos con una sensación que nunca antes había experimentado: la certeza de que acababa de perder una batalla que ni siquiera sabía que estaba peleando.

ADIÓS, ALESSIA

Kairos caminaba con paso firme por la calles cementadas, sintiendo cómo el viento nocturno agitaba su cabello. La ciudad estaba en calma, pero su interior era un caos. Sus manos estaban cerradas en puños dentro de los bolsillos de su abrigo, y su mandíbula apretada con una tensión que no se disipaba desde la conversación con sus padres.

No quería estar aquí. No quería pronunciar las palabras que sabía que lastimarían a la única persona que realmente amaba, pero no tenía elección.

Se detuvo frente a la entrada de un pequeño café con luces cálidas filtrándose a través de las ventanas. Dentro, en una mesa junto a la ventana, Alessia lo esperaba.

Su corazón se encogió al verla. Llevaba un suéter negro de lana que resaltaba su piel blanca y su cabello largo y rubio platinado caía en ondas suaves sobre sus hombros. Se veía hermosa, como siempre, pero había una sombra en su mirada. Ella ya sabía.

Kairos entró y se sentó frente a ella sin decir una palabra. Durante unos segundos, el silencio entre ellos fue insoportable. Finalmente, Alessia fue la primera en romperlo.

—Dime que es una broma —susurró, su voz temblorosa.

Kairos bajó la mirada a sus manos, incapaz de sostener la desesperación en sus ojos —Ojalá lo fuera —murmuró.

Alessia negó con la cabeza, soltando una risa amarga —No puedo creerlo. No después de todo lo que hemos pasado durante estos dos años.

Kairos sintió un nudo en la garganta —No quiero esto, Alessia. No creas ni por un segundo que lo quiero.

— Alessia: Pero lo aceptaste.

Sus palabras fueron un golpe directo a su orgullo, porque sabía que tenía razón. Podía gritar, podía rebelarse, pero al final, había aceptado el matrimonio.

— Kairos: No tenía otra opción.

Sofía lo miró con el ceño fruncido —Siempre hay opciones, Kairos. Siempre.

Él negó con la cabeza, sintiendo cómo su frustración se acumulaba en su pecho.

— Kairos: No cuando se trata de mi familia.

— Alessia: ¿Y qué hay de nosotros? —preguntó ella, con los ojos vidriosos—. ¿Qué pasa con todo lo que hemos construido juntos?

Kairos respiró hondo y tomó sus manos entre las suyas —Escúchame —susurró—. Esto no significa que te estoy dejando.

Alessia se estremeció —¿Cómo puedes decir eso? Vas a casarte con otra mujer.

Él apretó sus manos con más fuerza, como si eso pudiera evitar que se alejara.

— Kairos: Solo necesito tiempo. No sé cómo, pero encontraré la manera de salir de esto. Te lo prometo.

Alessia soltó una carcajada vacía —¿Y qué esperas que haga mientras tanto? ¿Que espere pacientemente a que decidas cuándo estarás listo para mí?

Kairos sintió que su mundo se desmoronaba —Dame una oportunidad.

Alessia apartó sus manos y se levantó con un suspiro pesado —No puedo hacer esto, Kairos. No puedo quedarme aquí viendo cómo te casas con otra mujer mientras me pides que espere.

Kairos sintió un vacío en el pecho —Alessia …

Ella negó con la cabeza y tomó su bolso.

— Alessia: Me voy –El pánico lo golpeó como un puño en el estómago.

— Kairos: ¿Qué?

— Alessia: Voy a irme al extranjero. No puedo quedarme aquí viéndote con ella.

Kairos se puso de pie de golpe, sintiendo que su mundo se venía abajo —No puedes hacer eso.

Alessia lo miró con dolor —¿No puedo? Tú estás eligiendo lo que crees que es tu destino. Yo haré lo mismo.

Kairos sintió que la desesperación lo ahogaba, pero sabía que no podía detenerla. Sabía que la estaba perdiendo.

— Kairos: ¿Volverás? —susurró.

Alessia esbozó una triste sonrisa —Eso depende de ti.

Y con esas palabras, salió del café, dejándolo solo con la certeza de que su amor se escapaba entre sus dedos.

Kairos se quedó allí, inmóvil, mientras el sonido de los tacones de Alessia se alejaba. Cada paso que daba era un golpe directo a su pecho. Su mente le gritaba que corriera tras ella, que la detuviera, que le prometiera que encontraría una solución antes de que fuera demasiado tarde. Pero sus pies no se movieron.

Se dejó caer en la silla con una maldición entre dientes, llevándose las manos a la cabeza. El café a su alrededor seguía lleno de gente charlando, ajenos al desastre que acababa de ocurrir en su mesa.

"Me estoy volviendo loco."

Tomó su teléfono con dedos temblorosos y abrió la conversación con Alessia. Su último mensaje era de esa mañana: Nos vemos a las 8 pm ,Te amo.

Kairos tragó en seco y comenzó a escribir —"No te vayas. Necesito tiempo."

El cursor parpadeó. Dudó. Maldita sea, dudó.Con un gruñido de frustración, borró el mensaje antes de enviarlo y golpeó la mesa con la palma abierta. Un par de clientes lo miraron con curiosidad, pero no le importó.Nada importaba en ese momento.

No supo cuánto tiempo se quedó ahí, pero cuando salió, la noche ya estaba avanzada. Caminó sin rumbo fijo hasta que se encontró en la plaza donde solía reunirse con Alessia en sus años de universidad. Las luces tenues de los faroles iluminaban las bancas y los árboles, dándole un aire nostálgico que lo hizo sentirse aún peor.

Sacó un cigarro de su chaqueta y lo encendió con manos temblorosas. Inhaló profundamente, esperando que la nicotina aliviara algo del peso en su pecho.

— Kairos: ¿Te das cuenta de lo que has hecho? —se preguntó en voz baja, exhalando humo. Sabía la respuesta. Había dejado ir a la única mujer a la que realmente amaba.

Su teléfono vibró en su bolsillo, y por un segundo, su corazón se aceleró con la esperanza de que fuera Alessia.

Pero no. Era su madre. Apretó la mandíbula y contestó con voz áspera.

— Kairos: ¿Qué?

— La madre de Kairos: ¿Dónde estás? La cena terminó hace horas.

Kairos dejó escapar una risa sin humor —Supongo que no importa, ¿verdad? Mientras cumpla con mi deber, poco importa si estoy bien o no.

Del otro lado de la línea, su madre suspiró.

—Sabes que no se trata de eso, Kairos.

— Kairos: Claro que sí —espetó él, apretando el cigarro entre los dedos—. Todo en esta familia se trata de mantener las apariencias, de cumplir con las promesas del pasado sin importar lo que queramos.

— Madre de Kairos: No seas dramático. No es el fin del mundo.

Kairos sintió una risa amarga subir por su garganta —Para mí sí lo es.

— Madre de Kairos: Vuelve a casa —ordenó su madre con firmeza—. Necesitamos hablar.

Kairos no respondió. Solo cortó la llamada y guardó el teléfono en su bolsillo. No iba a regresar. No todavía.

Al día siguiente, lo primero que hizo fue ir al apartamento de Alessia. Golpeó la puerta con insistencia, su corazón latiendo con fuerza.

Nada. Volvió a llamar. Nada.

Tomó su teléfono y marcó su número. Sonó varias veces antes de que la contestadora automática tomara la llamada.

"Hola, soy Alessia. Si es importante, deja un mensaje. Si no, mejor envíame un mensaje de texto."

El tono sonó. Kairos cerró los ojos con frustración—Alessia , por favor, hablemos. No tomes decisiones apresuradas. Solo… llámame.

Colgó, pero en el fondo sabía la verdad. Ella se había ido.

Días después, la noticia llegó a él como un golpe directo al pecho, Alessia había tomado un vuelo al extranjero. Se había ido sin despedirse, sin darle una oportunidad de arreglar las cosas.

Kairos pasó horas mirando la pantalla de su teléfono, esperando un mensaje, una señal de que aún había esperanza.Pero nada llegó.

La realidad cayó sobre él con un peso insoportable. Alessia se había ido. Y él estaba atrapado en un matrimonio que no quería, con una mujer que no entendía.

El destino ya estaba escrito.

Y por primera vez en su vida, sintió que lo había perdido todo.

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