El sonido de la alarma retumbó en la habitación, y Gio sintió que su alma abandonaba su cuerpo.
Sin abrir los ojos, estiró una mano y la apagó con un manotazo.
El silencio volvió por unos segundos.
Paz.
Pero, claro, no podía durar.
—Levántate, amor —susurró Jay a su lado, su voz todavía pastosa por el sueño.
Gio gruñó y se dio la vuelta, enterrando la cara en la almohada.
Jay rió entre dientes y, con la energía injustamente alta que tenía por las mañanas, se sentó en la cama y le sacudió el hombro.
—Gio, arriba. Es un nuevo día, una nueva oportunidad para—
—Cállate.
—Esa no es manera de hablarle a tu esposo.
—Mi esposo me despertó. Yo decido qué tono usar.
Jay rodó los ojos y, sin previo aviso, se dejó caer sobre él con todo su peso.
Gio soltó un quejido ahogado.
—¡Jay!
—Despierta o te aplasto los pulmones.
Gio suspiró pesadamente y, con esfuerzo, logró empujarlo a un lado. Jay se dejó caer de nuevo en la cama con una risita, satisfecho con su victoria.
—Odio las mañanas —murmuró Gio, frotándose los ojos.
—Y yo odio verte sufrir, pero aquí estamos —respondió Jay, dándole un beso rápido en la mejilla antes de levantarse de la cama con una energía casi ofensiva.
Gio se quedó tumbado un par de minutos más, escuchando los ruidos de Jay en la cocina. El sonido del café goteando en la cafetera y el suave tarareo de su esposo lo hicieron abrir los ojos con resignación.
No podía permitirse dormirse otra vez.
Después de un par de quejas y estiramientos innecesariamente largos, Gio logró ponerse de pie y arrastrarse hasta la cocina.
Y ahí estaba Jay.
Vestido solo con una camiseta holgada que le llegaba a medio muslo, despeinado y descalzo, sirviéndose café como si no hubiera estado fastidiándolo hace unos minutos.
Tarareaba una canción inventada, moviéndose ligeramente al ritmo de su propio desorden mental.
Gio parpadeó, todavía adormilado.
—¿Cómo logras estar tan feliz a esta hora?
Jay le lanzó una sonrisa resplandeciente.
—Porque la vida es bella y tú me amas.
Gio resopló, sentándose en la mesa con el ceño fruncido.
—Te amo, pero eso no hace la vida menos cruel.
Jay rió y le pasó una taza de café.
Gio tomó un sorbo y dejó escapar un suspiro de satisfacción.
El mundo era un lugar menos terrible después del café.
Pero entonces, algo llamó su atención.
Jay se sentó frente a él con un cuenco de cereal.
Cereal.
Gio frunció el ceño.
—¿Otra vez vas a desayunar esa basura?
Jay alzó una ceja, llevándose una cucharada a la boca.
—No es basura. Es delicioso.
—Es puro azúcar.
—Es pura felicidad.
Gio le quitó el cuenco de las manos.
—Jay.
—Gio.
—Necesitas algo con proteínas. Al menos acompáñalo con yogur o algo decente.
—No quiero algo decente. Quiero mi cereal.
Gio lo miró con desaprobación.
—No sé por qué me esfuerzo.
Jay le sacó la lengua y le arrebató el cuenco de vuelta.
—Porque en el fondo me amas así, irresponsable y adicto al azúcar.
Gio bufó, pero no discutió más. Sabía que era una pelea perdida.
Siguieron desayunando, intercambiando comentarios sobre el clima, el tráfico y el día que les esperaba en el trabajo.
Cuando llegó la hora de alistarse, la casa se convirtió en un campo de batalla.
Gio, metódico como siempre, ya tenía su ropa lista desde la noche anterior.
Jay, en cambio, sacaba y descartaba opciones del clóset como si estuviera en una pasarela de moda.
—No sé qué ponerme —se quejó, sosteniendo dos camisas prácticamente idénticas.
—Jay, es literalmente lo mismo.
—No, esta tiene un cuello un poco más abierto.
Gio revisó la hora en su reloj y se pasó una mano por la cara.
—Nos vamos en cinco minutos. Ponte algo antes de que salga solo.
Jay hizo un puchero, pero al final se decidió.
Cuando estuvieron listos, salieron juntos, como siempre.
A pesar de las peleas matutinas, el café derramado y las discusiones sobre ropa, su rutina tenía algo reconfortante. Algo que, de alguna manera, los mantenía unidos.
Y aunque Gio todavía odiaba las mañanas, sabía que al menos nunca serían aburridas con Jay a su lado.
Gio estaba al volante, con el ceño fruncido y una expresión de puro fastidio. No porque hubiera tráfico—eso ya lo esperaba—sino porque, en teoría, hoy era su día de descanso.
—Todavía no puedo creer que me sacaste de la cama en mi día libre solo para llevarte a la oficina —gruñó, tomando un sorbo de su café.
Jay, en el asiento del copiloto, sonrió inocentemente mientras revolvía la radio en busca de una canción decente.
—No es "solo" para llevarme a la oficina —respondió con un tono dulce—. También necesito tomar tus medidas para tu traje nuevo.
—¿Y eso no podía esperar hasta mañana?
Jay hizo un puchero.
—Gio, el evento es en unos días. ¿Quieres verte increíble o quieres parecer alguien que compró un traje de última hora en una tienda barata?
Gio suspiró.
—Odio cuando tienes razón.
—Lo sé, cariño, lo sé.
El tráfico avanzaba a paso de tortuga, y Gio tamborileó los dedos contra el volante con impaciencia. Jay lo observó de reojo, notando su mal humor, y decidió usar su carta maestra.
—Por cierto… —dijo con tono casual—. Además del café, también te compré algo más porque sabía que hoy estarías gruñón.
Gio arqueó una ceja y miró la bolsa que Jay sacaba de su mochila. Jay se la entregó con una sonrisa de satisfacción.
Gio la tomó con cautela y miró dentro. Sus ojos se iluminaron por un segundo antes de disimularlo con su mejor expresión de indiferencia.
—¿Donas?
—No cualquieras donas —corrigió Jay—. Tus favoritas.
Gio sacó una y le dio un mordisco, cerrando los ojos por un instante en pura satisfacción.
—Mmm… estás tratando de sobornarme.
—¿Está funcionando?
Gio le lanzó una mirada antes de darle otro mordisco.
—Tal vez.
Jay sonrió, satisfecho con su victoria, y subió un poco el volumen de la radio. Una canción animada comenzó a sonar, y esta vez Gio no se quejó. Incluso movía la cabeza ligeramente al ritmo, aunque jamás lo admitiría.
—Ves, ya tienes café, donas y música. ¿Qué más podrías pedir?
—Quedarme en casa viendo series en pijama.
—Demasiado tarde para eso, amor.
Gio suspiró con resignación, pero su humor ya no era el mismo de antes. Cuando finalmente llegaron a la oficina, Jay salió del auto con una sonrisa triunfal.
—Te debo una por esto —dijo Gio mientras se bajaba.
Jay se acercó y le dio un beso rápido en la mejilla.
—Lo sé. Y la cobraré cuando menos te lo esperes.
Gio resopló, pero no pudo evitar sonreír un poco. Al final del día, su esposo sabía exactamente cómo ganárselo… aunque eso significara sacarlo de la cama en su día libre.
⋆。°✩
El ascensor se abrió con un suave “ding” y de él emergió Jay junto a Gio, con su típica energía arrolladora. Su cabello despeinado y su eterna sonrisa descarada eran suficientes para que todos en la empresa supieran que su jefe estaba de buen humor… o tramando algo.
Gio lo miro con una ceja en alto.
—Te ves muy feliz para ser alguien que acaba de cometer un secuestro en pleno día de descanso.
Jay le lanzó una mirada divertida mientras se cruzaba de brazos.
—Y tú te ves demasiado cómodo para alguien que debería estar sufriendo en la oficina de su esposo.
Gio le dio un sorbo a su café.
—Bueno, el soborno ayudó.
—Sabía que funcionaría —dijo Jay con orgullo—. Pero ahora, a lo que vinimos.
Sin más, lo tomó del brazo y lo arrastró sin piedad hacia su oficina. Las miradas los siguieron, pero nadie se atrevió a interrumpir. Todos sabían que cuando Jay y Gio estaban juntos, la oficina se convertía en un campo de batalla verbal.
—No sé por qué pierdo mi tiempo dándote opciones —murmuró Jay mientras revolvía decenas de telas sobre su escritorio—. Al final, siempre terminas usando lo que yo decido.
Gio se dejó caer en un sillón de cuero, mirándolo con diversión mientras el omega sacaba muestras de telas como si su vida dependiera de ello.
—¿Y si, por una vez en tu vida, me dejas escoger? —preguntó Gio, tomando una tela negra mate.
Jay hizo una mueca de disgusto y le arrebató la tela de las manos.
—No. Muy aburrido. Pareces un maldito abogado funerario con esto. ¿Qué te parece este? —le acercó una tela de terciopelo burdeos.
Gio entrecerró los ojos.
—Eso es demasiado… intenso.
—Eres un alfa dominante, te va a quedar perfecto. Además, quiero que te veas delicioso.
—¿Para que todos me miren? —preguntó Gio con tono peligrosamente bajo.
Jay le sonrió, provocador.
—Para que sepan que ya estoy casado con el alfa más guapo de todos y que no pueden ni acercarse.
Gio gruñó con satisfacción, ese lado posesivo suyo asomándose sin remedio. Su omega tenía la boca más afilada del mundo, pero sabía exactamente qué decir para alimentar su ego.
—Me lo pondré, pero solo si me lo quitas después con las manos —susurró Gio, su voz ronca y cargada de feromonas.
Jay sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no se dejó intimidar. Chasqueó la lengua y se cruzó de brazos.
—Tendrás suerte si no te lo arranco a mordidas.
Gio soltó una carcajada y se puso de pie, acercándose peligrosamente. Jay, aunque más bajo, no retrocedió ni un centímetro.
—Eres el peor omega de la historia —murmuró Gio contra su oído.
—Y sin embargo, aquí estás, enamorado de mí hasta los huesos —respondió Jay con una sonrisa burlona.
Gio gruñó, y antes de que pudiera atraparlo, Jay ya estaba del otro lado de la oficina, lanzándole una cinta métrica.
—Ahora quédate quieto, grandote. Tengo que tomarte medidas.
Gio suspiró, resignado. Con Jay, nunca ganaba del todo… pero tampoco quería hacerlo.
Jay estaba de rodillas en el suelo, sujetando con precisión la cinta métrica alrededor del muslo de Gio. Intentaba concentrarse en su trabajo, pero el alfa no se lo estaba poniendo nada fácil. Cada vez que su omega tocaba su piel, Gio se movía ligeramente, lo suficiente como para desestabilizarlo.
—¡Por el amor de Dios, quédate quieto! —exclamó Jay, alzando la vista con una mirada asesina.
Gio sonrió con inocencia fingida, inclinándose levemente hacia él.
—Lo siento, amorcito, pero eres tú quien me está tocando. No puedo evitar reaccionar.
Jay rodó los ojos con fuerza antes de ponerse de pie.
—Tsk, eres imposible, no debí haberte comprado café. Y además, con toda esa ropa encima, medir con precisión es un fastidio.
Gio llevaba un suéter grueso de cuello alto y una chaqueta de cuero sobre él. Jay chasqueó la lengua y le hizo un gesto con la mano.
—Fuera. Todo.
Gio alzó una ceja con diversión.
—¿Todo?
—Todo, menos la ropa interior —especificó Jay con impaciencia, si no lo hacía; Gio se iba a quitar todo—. Necesito tomar medidas exactas, y con esas capas pareces un maldito oso.
Gio sonrió de lado, claramente disfrutando la situación.
—Si querías verme en poca ropa, solo tenías que pedírmelo, cariño.
Jay suspiró, llevándose dos dedos al entrecejo.
—Gio. No estoy de humor para tus estupideces.
—¿Seguro? Porque te veo un poco rojo.
Jay le lanzó una mirada afilada antes de dar un par de pasos hacia su escritorio y tomar su libreta.
—¡Gabo! —llamó con tono autoritario.
La puerta se abrió al instante, y un beta joven entró con la tablet en la mano, listo para tomar notas.
—¿Sí, señor?
Jay ignoró por completo a Gio, que ya se estaba quitando la chaqueta con movimientos exageradamente sensuales.
—Necesito que vayas a la bodega y saques las telas de terciopelo burdeos, azul noche y negro mate —ordenó con profesionalismo—. También las sedas de patrón discreto en tonos fríos.
El asistente asentía rápidamente, tomando notas mientras Gio, en el fondo, se desabrochaba el cinturón con toda la intención de llamar la atención. Jay fingió que no lo veía, pero el beta sí lo notó y desvió la mirada con incomodidad.
—¿Algo más, señor?
—Sí. También los rollos de tela con bordado dorado, pero tráelos solo si ves que combinan con el terciopelo —añadió Jay mientras le lanzaba una mirada fugaz a Gio, que ya se había quitado el suéter y estaba quitándose la camiseta ajustada debajo.
Jay sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver cómo los músculos del alfa quedaban al descubierto. No es que fuera la primera vez que veía a su esposo así, pero ver a Gio quitándose la ropa en su oficina, con esa mirada de puro entretenimiento y picardía, era otra historia.
El asistente carraspeó.
—E-Entendido. Iré por las telas de inmediato.
Salió rápidamente, cerrando la puerta tras de sí, y Jay se giró en el mismo instante en que Gio se terminaba de quitar la camiseta, dejando a la vista su torso definido.
—Eres un desgraciado —murmuró Jay, sintiendo el calor subirle al rostro.
Gio sonrió con total descaro, dejando caer su ropa sobre una silla.
—¿Por qué? Solo estoy cumpliendo órdenes. Tú fuiste quien me dijo que me quitara todo.
Jay suspiró, ignorándolo con todas sus fuerzas y estiró la cinta métrica con la precisión de un cirujano antes de rodear el torso de Gio con ella.
—Pecho, ciento diez centímetros —murmuró, anotando en su libreta.
Gio sonrió con aire de suficiencia.
—¿Te gusta lo que ves?
Jay se tensó por un segundo, pero de inmediato lo golpeó con la libreta en el estómago.
—¡Cierra la boca, animal!
Gio se rió y mientras Jay se inclinaba un poco para medirle la cintura, el alfa aprovechó la cercanía para inclinarse y darle un beso fugaz en la mejilla
Jay se quedó congelado por un segundo antes de chasquear la lengua y darle un codazo en las costillas.
—¿Qué haces? ¡No te muevas!
—Nada, solo un beso inocente —respondió Gio con una sonrisa traviesa.
—"Inocente" mis huevos —gruñó Jay, pasándole la cinta métrica por la espalda con más fuerza de la necesaria—. Cintura, ochenta y cuatro. Ahora, piernas.
Gio alzó una ceja con picardía.
—¿Me vas a medir todo, amorcito?
Jay le dio un golpe con la libreta en el pecho.
—Cállate.
Se arrodilló para medir la circunferencia de los muslos de Gio, pero apenas pasó la cinta alrededor, el alfa aprovechó la oportunidad y exhaló lentamente, liberando una pizca de sus feromonas dominantes.
Jay se detuvo al instante.
—Gio…
—¿Sí?
—Deja de hacer eso ahora mismo.
—¿Hacer qué?
Jay alzó la mirada con un brillo peligroso en los ojos.
—Tus malditas feromonas.
Gio sonrió con total inocencia.
—¿Te afectan, amor?
Jay le recogio el metro y lo azotó, ¿que demonios?, hace menos de 2 horas el maldito alfa estaba a punto de hacer que sus cejas se besaran de tanto fruncir el ceño y ahora era como un perro en celo, no debió haber comprado nada.
—Voy a hacerte un traje con estampado de ositos bebés, maldito.
Gio soltó una carcajada, pero antes de que Jay pudiera retroceder, lo atrapó por la cintura y lo pegó contra su pecho desnudo.
—¡Gio!
—Solo un beso más —murmuró el alfa contra sus labios, antes de robarle un beso lento y profundo.
Jay, sin poder evitarlo, se dejó llevar por un segundo antes de reaccionar y darle un mordisco en el labio inferior.
Gio gruñó en placer, sonriendo contra su boca.
—Eres un pequeño salvaje.
Jay se soltó de su agarre y lo empujó de vuelta a su sitio, con las mejillas ardiendo.
—Ya acabé con las medidas. Ahora vístete antes de que alguien entre y te vea en calzones.
Gio suspiró, burlón, mientras se ponía la ropa con toda la calma del mundo.
—Me encanta cuando te pones así.
—Y a mí me encanta cuando cierras la boca —replicó Jay, dándole la espalda mientras anotaba las medidas.
Gio se acercó una última vez, inclinándose sobre su escritorio.
—Nos vemos en casa, mi omega malhumorado.
Jay ni siquiera lo miró.
—Si llegas a casa y no hay cena, ya sabes por qué.
Gio sonrió, besándole la coronilla antes de salir de la oficina.
Jay se dejó caer en su silla con un suspiro, sintiendo sus feromonas aún revueltas.
Ese maldito alfa iba a volverlo loco.
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